Capítulo 21
El hombre que ayudaba
Mateo llegó a la gestoría de Ángela con dos cafés y la satisfacción de quien cree haber tenido una idea excelente.
—Te he traído uno sin azúcar —anunció.
Su hermana levantó la vista del ordenador.
—Gracias.
—Y vengo a ayudarte con lo de casa.
Ángela dejó el vaso sobre la mesa sin probarlo.
—Qué pena. El café había empezado bien.
—¿Qué he dicho ahora?
—Nada. Sigue.
Mateo se sentó frente al escritorio. La gestoría ocupaba un local pequeño junto a la plaza y olía a papel, tóner y la colonia cítrica que Ángela usaba desde los veinte años.
En una esquina se apilaban tres cajas con expedientes; sobre la pared, un calendario tenía marcados en rojo los plazos fiscales y, en azul, las citas de sus padres.
—Mamá vuelve esta noche —dijo él—. Puedo llevar yo a padre a rehabilitación y hacer la compra. Y cuando vuelva ella también. Para que no tengas que estar encima.
—¿Encima de qué?
—De todo.
—Enumérame todo.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Sí. Pero quiero saber si tú lo sabes.
Mateo bebió café. Había aprendido a reconocer el tono con que Ángela convertía una conversación en una declaración ante notario.
—Las citas de padre, las medicinas, la compra, los papeles…
—¿Qué papeles?
—Los de la finca.
—¿Cuáles?
—Todos, Ángela.
—Perfecto.
Abrió un cajón y sacó una carpeta verde. Tenía una etiqueta escrita a mano: «COSAS QUE HAGO PORQUE, AL PARECER, NACÍ SABIENDO».
Mateo la miró.
—¿Has preparado eso para mí?
—Lo preparé para no cometer un delito.
La carpeta contenía varias hojas. En la primera había una tabla con cuatro columnas: tarea, frecuencia, tiempo y persona que esperaba que Ángela recordara la tarea. Mateo empezó a leer.
Facturas de pienso. Guías de traslado. Comunicaciones veterinarias.
Renovación de seguros. Solicitud de ayudas.
Citas médicas. Recetas. Rehabilitación. Compra grande.
Reparaciones de la casa. Banco. Declaraciones trimestrales.
Llamadas a proveedores. Revisión de recibos.
Archivo de documentación. Cumpleaños familiares.
Regalos conjuntos. Ropa de temporada de sus padres.
Coordinación con la limpiadora que iba dos horas cada quince días.
—La mitad de esto es de la gestoría —dijo.
—La mitad de esto te la hace la gestoría gratis porque eres mi hermano.
—Yo te pago las declaraciones.
—Pagas la presentación de impuestos. No las horas de perseguirte para que me traigas facturas, comprobar que no estén manchadas de grasa, llamar cuando falta una y recordar los plazos de sanidad animal.
Mateo pasó a la segunda hoja.
—Las citas de padre son dos al mes.
—Las citas son dos. Pedirlas, moverlas cuando coinciden con algo, avisaros, comprobar que haya recetas y recoger los informes no ocurre por generación espontánea.
—Podías haberme pedido que lo hiciera.
Ángela se echó hacia atrás.
—Ahí está.
—¿Dónde?
—El hombre que ayuda. El que espera a que una mujer detecte, piense, organice y reparta, y después aparece para conducir cuarenta minutos y dice que ha hecho la mitad.
Mateo notó que se le tensaba la mandíbula.
—Yo trabajo desde antes de que salga el sol.
—Y yo no te he dicho que no trabajes.
—Parece que todo lo que hago cuenta menos.
—No. Lo que ocurre es que todo lo que haces ha contado siempre. Tu hora con las ovejas es trabajo. Mi hora llamando al seguro es una llamada que hago porque se me da bien. Tu cansancio justifica que no puedas ocuparte de papá. El mío demuestra que soy muy organizada.
Mateo bajó la vista a la carpeta.
En la tercera hoja, Ángela había sumado horas. No era un cálculo exacto, pero la cifra mensual le pareció imposible.
—Esto no pueden ser tantas.
—Por supuesto que no. He olvidado apuntar el tiempo que invierto explicando por qué son tantas.
Mateo siguió leyendo. En una columna aparecían cuatro tardes de agosto marcadas con un asterisco.
—¿Qué significa esto?
Ángela se inclinó sobre la hoja.
—El curso de actualización al que no fui.
—¿Qué curso?
—Uno de gestión agraria en Valencia. Me habían dado plaza, pero coincidió con las primeras semanas de rehabilitación de papá.
—Podías habérmelo dicho.
Ángela lo miró en silencio.
El recuerdo regresó despacio. Su hermana había mandado un mensaje al grupo preguntando si alguien podía llevar a Antonio dos tardes. Mateo contestó que estaba preparando la paridera y que le resultaba imposible comprometerse. Teresa escribió que se organizarían.
Mateo había leído «se organizarían» como «el problema está resuelto».
—Sí me lo dijiste —admitió.
—Os lo dije a todos. Nadie dijo que yo tuviera que renunciar. Simplemente, al final, la única agenda que podía moverse era la mía.
—El ganado no espera.
—Hacienda tampoco. Los clientes tampoco. Papá tampoco. La diferencia es que tu trabajo se considera una fuerza de la naturaleza y el mío una habilidad para hacer huecos.
—Podría haberte sustituido mamá.
—Mamá llevaba a papá a rehabilitación por las mañanas, hacía la casa y estaba pendiente de él por la noche. ¿En qué parte querías colocarle cuatro tardes más?
Mateo volvió a mirar los asteriscos. No había ordenado a su hermana que se quedara. Ni siquiera había pensado en el curso una vez que ella dejó de mencionarlo. Ese era el mecanismo más cómodo: nadie prohibía nada; simplemente todos protegían su propio tiempo hasta que una mujer entregaba el suyo.
—¿Perdiste el dinero? —preguntó.
—No. Era subvencionado.
—No me refiero a la matrícula.
Ángela lo observó con una expresión distinta.
—Perdí el curso. Ya está.
—No está. Lo hemos pagado tú y tu negocio.
Ella apartó la carpeta.
—No quiero que conviertas esto en una penitencia. No necesito que te sientas fatal durante una semana. Necesito no ser siempre la solución automática.
Mateo asintió. Aquello era más difícil que sentirse culpable. La culpa podía soportarse quieto; la responsabilidad exigía reorganizarse.
Él soltó el aire por la nariz. No quería reírse, pero la frase encontró una grieta.
—Tú también te aprovechas de ser graciosa.
—Y no te cobro por ello.
Se quedaron en silencio. Por la ventana, Mateo vio a dos hombres descargar sacos en la tienda de piensos. Uno sostenía la puerta; el otro entraba y salía con el peso. Nadie habría dicho que el de la puerta ayudaba al de los sacos. Ambos estaban trabajando.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó.
Ángela negó con la cabeza.
—Otra vez no.
Mateo apretó los labios.
—Vale. Voy a decirlo de otra manera. ¿Qué parte quieres seguir haciendo tú y qué parte puedo asumir yo de forma completa?
Su hermana lo estudió unos segundos.
—Mejor.
—No te emociones.
—No corro peligro.
Revisaron la lista. Mateo se hizo cargo de las citas de rehabilitación de Antonio durante ese mes, del control de recetas y de las comunicaciones de la explotación que no requirieran firma de gestoría.
Ángela mantendría la contabilidad profesional, pero le enviaría un presupuesto real.
Las decisiones sobre sus padres se hablarían con ellos, no se repartirían como si fueran tareas sin opinión.
—Y el grupo familiar no puede llamarse «Cosas de papá» —dijo Mateo.
—Lo creó mamá.
—Entonces que lo cambie ella. También está dentro de las cosas.
Ángela sonrió por primera vez.
—Cuando vuelva del viaje, se lo dices tú.
—Eso es delegar.
—No. Eso es disfrutar de la justicia poética.
En ese momento sonó el teléfono. Era Antonio.
—¿Dónde está la tarjeta de la clínica? —preguntó sin saludar.
Mateo y Ángela se miraron.
—¿Dónde la dejaste la última vez? —preguntó él.
—Se la di a tu hermana.
Ángela abrió otro cajón y sacó una tarjeta.
—La tengo yo —dijo.
Mateo extendió la mano. Ella no se la entregó todavía.
—¿Para qué la quiere?
—Padre, ¿para qué la quieres?
—Para saber a qué hora tengo el jueves.
—Eso no viene en la tarjeta.
—Pues entonces no la quiero.
Colgó.
Ángela apoyó la frente en los dedos.
—¿Ves? —dijo—. Esto también cuenta.
Mateo tomó la tarjeta y la guardó en su cartera.
—El jueves voy yo. Le preguntaré qué necesita llevar y llamaré a la clínica.
—No me mandes un mensaje el miércoles por la noche.
—No te mandaré ningún mensaje.
—Eso has dicho con demasiado orgullo.
—Déjame empezar por algo.
Al salir, pasó por La Parada. Sebas estaba en la barra y señaló la carpeta verde.
—¿Te has apuntado a estudiar?
—Sí. Administración avanzada de mi propia vida.
Charo le sirvió agua sin preguntar.
—¿Y hay examen?
—Todos los días, por lo visto.
—Pues tú no has sido nunca de estudiar —dijo Sebas—. Te ha tenido que salir una profesora de Madrid.
Mateo dejó el vaso.
—Adriana no tiene nada que ver con la carpeta.
No era del todo cierto. Ella había formulado preguntas que seguían apareciendo en los sitios más incómodos. Pero también sabía que responsabilizarla de su cambio era otra forma de colocarle trabajo encima.
—Claro que tiene que ver —insistió Sebas—. Antes no te preocupaba quién ponía la lavadora.
—Antes tampoco me preocupaba quién hacía las guías del ganado y las hacía mi hermana gratis. No significa que ella tenga que seguir porque yo haya tardado en verlo.
Sebas levantó las manos.
—No te pongas solemne. Era una broma.
—Ya.
Mateo no añadió nada. Aún no sabía muy bien cómo poner límite a una broma sin convertir la conversación en un combate. Bebió el agua y se marchó con la carpeta.
Encontró a Adriana en la plaza, agachada junto a Rosalía. La oveja se había escapado otra vez y llevaba un trozo de cinta adhesiva colgando del cencerro azul, cuyo tintineo agudo la delataba mucho antes de que apareciera.
—No pienso preguntar cómo ha llegado hasta aquí —dijo Mateo.
—La he encontrado intentando entrar en el ayuntamiento. Quizá quiera presentarse a las elecciones.
—Tiene posibilidades.
Adriana vio la etiqueta de la carpeta.
—¿Qué es eso?
Mateo leyó de nuevo el título y sintió la tentación de contarle toda la conversación, de mostrarle que estaba avanzando, de esperar esa expresión cálida que hacía que cualquier esfuerzo pareciera tener una dirección.
—Cosas de la explotación —respondió.
—Parece una carpeta peligrosa.
—Lo es.
Liberaron la cinta del cencerro. Adriana le acarició el lomo a Rosalía y la oveja cerró los ojos con descaro.
—Esta tarde tengo que ir a Albacete —dijo ella—. Han convocado una reunión para preparar la entrevista regional.
—¿Quieres que te lleve?
—No, gracias. Voy con Nuria.
Mateo notó el viejo impulso de explicar que la carretera estaría mojada, que de noche había niebla en un tramo y que él tenía que ir a por material. Lo dejó pasar.
—Vale. Avísame cuando lleguéis.
Adriana levantó una ceja.
—Si me acuerdo.
—Si te apetece —corrigió él.
—Eso está mejor.
Se besaron junto al cencerro azul. Rosalía aprovechó para morder la esquina de la carpeta verde.
Mateo la apartó con cuidado.
—Esta no —dijo—. Esta ya me está costando bastante digerirla a mí.