Capítulo 20
Un proyecto con demasiados padres
El correo de la Diputación llegó con el asunto «Propuesta de visibilidad y relato territorial» y el contenido de una emboscada.
Adriana lo leyó en la mesa grande de La Hebra, mientras Nuria cortaba muestras de fieltro y Pilar discutía por teléfono con una empresa de mensajería que pretendía cobrar como urgente un envío que llevaba nueve días parado en Villarrobledo.
La propuesta ocupaba tres páginas. Empezaba felicitándolas por el «atractivo proyecto femenino» y terminaba sugiriendo que, para la presentación regional, sería conveniente contar con un portavoz ganadero que aportara autenticidad, fuerza y conexión con la tierra.
Debajo, entre paréntesis, aparecía un nombre.
Mateo Roldán.
—Ya tenemos padre —dijo Adriana.
Nuria levantó la vista.
—¿De quién?
—Del proyecto. Estábamos tardando.
Pilar colgó el teléfono después de informar a la empresa de que conocía la diferencia entre un retraso y una urgencia provocada por el propio retraso.
—Lee —ordenó.
Adriana leyó en voz alta el párrafo del portavoz. Nuria dejó las tijeras sobre la mesa.
—Llevamos tres años trabajando con la lana, conseguimos la ayuda, hacemos los productos y ahora necesitamos un hombre para parecer auténticas.
—No cualquier hombre —precisó Pilar—. Uno con ovejas. Eso añade textura.
—Mateo no ha pedido esto —dijo Adriana.
No sabía por qué sintió la necesidad de aclararlo. Quizá porque era verdad. Quizá porque la noche anterior él había llegado tarde, cansado y con olor a suavizante, y se había dormido con una mano sobre su cintura después de preguntarle si podía quedarse.
—No importa si lo ha pedido —respondió Nuria—. Importa qué hace cuando se lo ofrecen.
La videollamada estaba fijada para las doce.
Se conectaron desde la antigua casa de correos: Pilar, Nuria y Adriana a un lado de la mesa; Mateo y Eusebio al otro.
Ángela se incorporó desde su gestoría. En la pantalla aparecieron dos técnicos de la Diputación y Ramiro Lozano, responsable de promoción rural, un hombre de sonrisa grande y despacho beige.
Tras diez minutos de felicitaciones, Ramiro llegó al asunto.
—Lo que buscamos es humanizar el proyecto —explicó—. Ponerle cara.
—Ya tiene varias —dijo Pilar.
—Por supuesto. Me refiero a una cara que funcione en medios.
Adriana apoyó los antebrazos en la mesa.
—¿Qué característica concreta consideran que no reúne ninguna de las mujeres que han creado y gestionan La Hebra?
Ramiro sonrió con paciencia institucional.
—No es una cuestión de capacidad. Es relato. La autenticidad del pastor, el vínculo directo con el animal, el conocimiento ancestral…
—Lucía es veterinaria rural —señaló Nuria—. Y tenemos dos ganaderas asociadas.
—Claro, claro. También pueden participar. Pero para abrir la campaña necesitamos una imagen sencilla. Mateo tiene presencia, conoce el oficio y representa muy bien esa masculinidad manchega sobria.
Eusebio asintió como si acabaran de premiarlo a él.
—El Gato habla bien cuando quiere.
Mateo movió los hombros, incómodo. Adriana lo miró. Esperó.
—Yo no tengo inconveniente en echar una mano —dijo él—. Siempre que se deje claro que las que llevan esto son ellas.
El silencio que siguió no duró mucho, pero a Adriana le dio tiempo a escuchar dentro de sí cómo se cerraba una ventana.
—No necesitamos que nos eches una mano desde delante —dijo Nuria.
Mateo frunció el ceño.
—He dicho que dejaría claro de quién es el trabajo.
—Después de que te hayan elegido como cara —respondió Adriana—. El problema no se arregla con que tú nos menciones.
Ramiro intervino con una risa conciliadora.
—No convirtamos una decisión de comunicación en un debate ideológico.
—Toda decisión de comunicación decide quién habla y quién aparece detrás —dijo Adriana—. Es exactamente nuestro trabajo debatirlo.
Uno de los técnicos miró hacia abajo. El otro apagó la cámara durante unos segundos.
Ramiro se recostó en su silla.
—La ayuda contempla acciones de promoción provincial. Tenemos experiencia en lo que funciona.
—Y nosotras tenemos experiencia en este proyecto —replicó Pilar—. No vamos a entregar su relato a nadie, ni siquiera a cambio de una fotografía bonita con una subvención al fondo.
Eusebio soltó aire.
—Tampoco hace falta ponerse así. Mateo puede salir con las ovejas y vosotras con los productos. Hay sitio para todos.
—No estamos discutiendo si cabemos en la foto —dijo Nuria—. Estamos decidiendo quién ocupa el centro y habla en nombre del resto.
Mateo miró a Adriana. Ella sabía que esperaba alguna indicación, una frase que pudiera repetir para acertar. No se la dio.
—Si mi participación genera un problema, no participo —dijo él al fin.
—No la genera tu participación —respondió Adriana—. La genera que aceptes como normal que te propongan dirigir el relato de un trabajo que conociste hace dos meses.
—No he dicho que fuera a dirigir nada.
—Has dicho que no tenías inconveniente.
Aquello le dolió porque era exacto. Se notó en la forma en que Mateo bajó la mirada hacia sus manos.
Ramiro se apresuró a hablar.
—Podemos buscar una fórmula coral. Una intervención inicial de Mateo y después una mesa con las responsables.
—No —dijo Pilar.
—¿Perdón?
—He dicho que no. La intervención inicial será de La Hebra. Mateo puede explicar la aportación de los ganaderos en una mesa donde también estarán las ganaderas y las artesanas. Si eso no encaja en su relato, retiren la acción promocional de la ayuda y justificaremos el gasto por otra vía.
Ángela levantó la mano en su pequeña ventana.
—Técnicamente, se puede hacer. Tendremos que modificar la memoria, pero se puede.
Eusebio la miró desde el otro extremo de la mesa.
—Eso será una barbaridad de papeles.
—Sí —dijo Ángela—. Qué suerte que aquí hay mujeres para hacerlos.
Pilar cerró la reunión sin elevar la voz. Ramiro prometió estudiar una propuesta alternativa, una forma administrativa de decir que esperaba que se les pasara el enfado.
Cuando la pantalla quedó negra, nadie habló durante unos segundos.
Mateo fue el primero.
—Podría haberlo dicho mejor.
—Podrías haber dicho que no —respondió Nuria.
—Lo he dicho al final.
—Cuando ya habíamos dicho que no todas nosotras —señaló Pilar—. No es lo mismo renunciar a algo que rechazar que te correspondiera.
Eusebio se levantó.
—Pues yo sigo sin entender qué daño hacía. Si el hombre tiene tirón, se aprovecha. En los anuncios no sale el consejo de administración entero.
Adriana guardó el portátil en silencio. Eusebio se marchó hablando de susceptibilidades. Ángela se despidió desde la pantalla. Nuria recogió las muestras con movimientos secos y se fue al taller.
Pilar permaneció junto a la ventana.
—Voy a hacer café —dijo—. No porque sea mujer, sino porque el que hace Mateo parece alquitrán.
Los dejó solos.
Mateo se acercó a Adriana.
—No quería quitaros nada.
—Ya lo sé.
—Entonces no entiendo que me mires como si lo hubiera hecho.
Adriana cerró la cremallera del bolso.
—Porque por un momento te pareció razonable que un desconocido decidiera que tú eras la cara adecuada de nuestro trabajo. No pensaste: «Qué disparate». Pensaste: «Puedo hacerlo bien si las nombro».
—Y podía.
—Seguro. Ese es el problema. Que podías ocupar el sitio con mucha elegancia.
Mateo se pasó una mano por la nuca.
—No puedo cambiar todo lo que digo a la primera.
—No te he pedido perfección.
—A veces lo parece.
Adriana sintió el impulso de retirarse, de cerrar la conversación antes de que la incomodidad se volviera dependencia. Reconoció la maniobra y se obligó a quedarse.
—No —dijo—. Te pido que no conviertas cada señalamiento en una evaluación de lo buena que soy contigo.
Mateo la miró de frente.
—Eso ha sonado a frase preparada.
—Llevo años preparándola para distintos hombres.
La respuesta le arrancó una sonrisa involuntaria. A ella también. No resolvía nada, pero aflojaba el nudo lo suficiente para que pudieran tocarlo sin romper la cuerda.
Pilar regresó con tres cafés.
—Ramiro ha escrito —anunció—. Acepta una mesa conjunta y que abra Nuria.
Mateo cogió su taza.
—Bien.
—No pongas cara de haberlo conseguido tú —dijo Pilar.
—Solo he dicho bien.
—Estoy haciendo prevención.
Nuria volvió al cabo de unos minutos. Mateo esperó a que se sentara.
—Cuando nos conectemos otra vez —dijo—, lo primero que voy a decir es que no seré portavoz. No porque me hagáis un favor dejándome salir después, sino porque no me corresponde.
Nuria lo observó.
—Eso está mejor.
—Ya me lo había explicado Adriana.
—No —dijo ella—. Te lo habíamos explicado todas.
Mateo cerró los ojos un instante.
—Eso. Todas.
No hubo aplausos. Mateo se limitó a beber de su taza y volvió a escuchar a Nuria. Adriana agradeció que el momento no se convirtiera en una ceremonia.
Al salir, caminaron juntos hasta la plaza. El aire de noviembre levantaba las hojas secas contra las fachadas. La mano de Mateo se movió hacia la suya y se detuvo a pocos centímetros.
—¿Puedo? —preguntó.
Adriana miró la mano que le ofrecía.
—Sí.
Caminaron unos metros en silencio.
—Tenía que haber dicho que no desde el principio —admitió él.
—Sí.
—No vas a facilitarme esto, ¿verdad?
—Puedo invitarte a comer. Más facilidades me parecen subvención encubierta.
Mateo se rio y apretó los dedos, sin tirar de ella.
La invitación terminó convirtiéndose en una comida en La Parada. Charo les asignó una mesa junto a la ventana y dejó dos cartas sin preguntar qué querían beber.
—He visto que la Diputación ya ha publicado una foto —dijo mientras colocaba una cesta de pan—. Sale Mateo delante de un rebaño y, detrás, una señora a la que le falta media cabeza.
Adriana sacó el teléfono. La publicación llevaba diez minutos en redes. El encuadre procedía de una sesión anterior y el texto anunciaba «el proyecto del pastor albaceteño que devuelve la lana a la vida».
—Qué rapidez —dijo—. Todavía no hemos terminado de discutir y ya han fabricado la versión que querían.
Mateo leyó el texto por encima de su hombro.
—Voy a llamar.
—Primero pregunta qué quieren hacer ellas —respondió Adriana.
Nuria y Pilar acababan de entrar. Mateo les enseñó la publicación y esperó.
—Que la retiren —dijo Nuria—. Y que publiquen una corrección con una imagen del taller.
—¿Quieres que llame yo o llamas tú?
—Llama tú, porque han usado tu fotografía. Yo mandaré la imagen correcta y el texto.
Mateo salió a la puerta. Desde la barra, Sebas observó la escena.
—¿Problemas con la fama? —preguntó cuando volvió.
—Problemas con atribuirse trabajos ajenos.
—Pero si sales tú.
—Por eso.
Sebas miró a Adriana y sonrió.
—Lo tienes bien enseñado.
Mateo dejó el móvil sobre la mesa.
—No soy un perro y ella no es mi adiestradora.
—Hombre, es una forma de hablar.
—Pues busca otra.
El tono no fue agresivo, pero tampoco cómplice. Sebas levantó las cejas y regresó a su café. Charo apareció con una fuente de migas.
—¿Ya habéis arreglado el mundo?
—La Diputación va a retirar la publicación —dijo Mateo—. Nuria les manda el texto correcto.
—Entonces habéis arreglado una esquina. Para antes de comer está bastante bien.
El teléfono de Adriana empezó a vibrar antes de que Charo se alejara. En la pantalla apareció un número de Albacete que no tenía guardado. Lo dejó sonar. Volvió a llamar de inmediato.
—Eso es prensa o una compañía telefónica —dijo Pilar—. En ambos casos quieren venderte algo.
Adriana respondió. Una periodista de la radio comarcal se presentó como Berta Salcedo y preguntó si podía hablar con «la responsable de comunicación del proyecto de Mateo Roldán».
—No existe ese proyecto —dijo Adriana.
Hubo una pausa al otro lado.
—Me refiero a la iniciativa de la lana. Nos ha llegado una nota de la Diputación.
—La iniciativa es de La Hebra. Yo llevo su estrategia de marca.
La periodista cambió de tono sin perder velocidad.
—Precisamente quería contrastar. Nos cuentan que hay discrepancias porque la asociación no quiere que Mateo sea la imagen. ¿Es un conflicto entre las artesanas y los ganaderos?
Nuria levantó la cabeza. Mateo dejó el tenedor sobre el plato.
Adriana activó el altavoz después de avisar a Berta.
—Puedes preguntárselo a Nuria Lozano, impulsora de la línea de productos —dijo—. Está aquí conmigo.
La periodista pareció decepcionada por la falta de guerra.
—Nuria, ¿os molesta que un hombre represente el proyecto?
—Nos molesta que cualquiera represente en solitario un trabajo colectivo —respondió ella—.
Mateo aporta la lana y conoce el oficio.
Yo desarrollo los productos, Pilar preside la asociación, Ángela lleva las cuentas y Adriana ha creado la marca.
La noticia es esa, no que nos hayamos peleado con un pastor.
—Pero la historia personal de Mateo y Adriana añade un elemento atractivo. Campo y ciudad, tradición y modernidad…
Adriana sintió cómo la conversación intentaba arrastrarlas hacia un relato que ya venía escrito.
—Nuestra relación no es el argumento comercial de La Hebra —dijo—. Si queréis cubrir la feria, os enviamos el dosier con autorías, cifras y contactos. Si queréis hacer prensa del corazón, no participaremos.
Mateo la miró. Por un instante pareció dispuesto a intervenir y explicar que no tenían nada que ocultar. Luego se volvió hacia Nuria.
—¿Quieres añadir algo? —preguntó.
—Sí. Que los precios incluyen las horas de trabajo y que la feria será el primer fin de semana de diciembre. Eso es bastante más importante que con quién duerme nadie.
Berta tomó nota. Acordaron una entrevista técnica para la semana siguiente y colgaron.
El móvil vibró otra vez: dos mensajes de medios comarcales, ambos nacidos de la publicación equivocada. Uno pedía «una fotografía simpática de la pareja con una oveja». El otro quería saber si el proyecto enfrentaba a hombres y mujeres del pueblo.
—La Diputación ha convertido una corrección de autoría en una polémica —dijo Adriana.
—La polémica necesita menos investigación que una feria —respondió Pilar.
Durante media hora prepararon un texto breve con los nombres, las funciones y la historia real de La Hebra. Mateo revisó únicamente los datos sobre el rebaño. Cuando sugirió una frase sobre el valor perdido de la lana, la escribió como propuesta al margen y esperó a que Nuria decidiera incluirla.
—Así tendría que haber empezado todo —dijo él.
—Así empieza ahora —respondió Nuria.
Adriana envió el dosier desde la cuenta de La Hebra, no desde la suya ni desde la de Mateo. La presión mediática no había desaparecido. Al menos, la siguiente persona que quisiera fabricar un padre para el proyecto tendría que borrar primero todos los nombres de sus madres.
No hubo celebración. Nuria empezó a repartir pan, Pilar criticó el tamaño de las raciones y Adriana sintió que aquella normalidad era más valiosa que cualquier gesto heroico.
Mateo había reaccionado tarde en la reunión, pero acababa de sostener la decisión cuando la conversación dejó de ser privada y cómoda.
Adriana pensó que los nudos de lana no se deshacían con un tirón. Había que aflojar, encontrar el cabo correcto y aceptar que, durante un rato, la madeja parecería más desordenada que antes.