Capítulo 19
La silla vacía de Teresa
En el cuarto día del viaje de Teresa a Peñíscola, la silla vacía dejó de parecerle a Mateo una emergencia doméstica y empezó a parecerle una provocación.
No porque la casa se hubiera hundido. Al contrario.
Antonio y él habían llegado al jueves sin intoxicarse, sin llamar a Ángela para preguntarle nada y sin enviar a Teresa fotografías que acreditaran su supervivencia.
El calendario familiar seguía en la puerta de la nevera, las tareas tenían dueño y las ovejas no habían presentado ninguna reclamación por abandono.
El problema era que, a las siete menos cuarto de la tarde, Antonio no estaba en casa.
Mateo había pasado a buscarlo para cenar juntos. Habían hablado esa mañana: él terminaría con el rebaño, recogería a su padre y decidirían si iban a La Parada o se quedaban viendo un partido. No era un plan solemne, pero era un plan.
La puerta estaba cerrada. La chaqueta marrón de Antonio no colgaba en el recibidor y el bastón bueno, el que usaba fuera de casa, había desaparecido. En cambio, el teléfono permanecía sobre la mesa del salón, conectado al cargador.
Mateo lo llamó de todos modos. El aparato vibró delante de él con una alegría inútil.
—Muy bien —dijo—. Estupendo sistema de localización.
Recorrió la casa. El dormitorio estaba ordenado. En el baño no había nadie caído. El patio se encontraba vacío y la puerta trasera, cerrada. No vio ninguna nota.
Abrió el grupo familiar. El último mensaje era una fotografía que Teresa había enviado desde el paseo marítimo: cuatro mujeres con gafas de sol, abrigos y una sombrilla cerrada detrás. Ángela había respondido que disfrutara. Antonio había colocado un pulgar hacia arriba tres horas antes.
Mateo empezó a escribir: «¿Sabes dónde está papá?».
Se detuvo antes de enviarlo.
Si preguntaba a Ángela, su hermana llamaría a media comarca, reorganizaría la tarde y volvería a convertirse en la central de información de una situación que ni siquiera sabía si requería ayuda.
Si preguntaba a Teresa, su madre abandonaría durante una hora el viaje que tanto trabajo le había costado tomarse.
Borró el mensaje.
Pensó en los lugares a los que iba Antonio antes de la operación. La huerta de un primo. La ferretería. La cooperativa. El banco de la plaza cuando daba el sol. La Parada los jueves por la tarde, para jugar al dominó con tres hombres que discutían cada partida como si se repartieran tierras.
Era jueves.
Mateo salió de la casa, cerró y recorrió la calle a pie. El aire de noviembre olía a humo de chimenea y tierra húmeda. En la plaza se cruzó con Lucía, que llevaba una bolsa de farmacia.
—¿Has visto a mi padre?
—Esta tarde no.
La veterinaria reparó en su cara.
—¿Ha pasado algo?
—No lo sé. Ha salido y se ha dejado el teléfono.
—¿Quieres que pregunte en el consultorio?
Mateo estuvo a punto de decir que sí. Después imaginó a medio pueblo buscando a un hombre que quizá estaba ganando una partida.
—Primero miro en el bar.
La Parada estaba llena. Una estufa de pellets zumbaba junto a la entrada, la televisión mostraba un concurso sin sonido y cinco mesas reunían parroquianos, barajas y conversaciones. Antonio ocupaba una silla junto a la ventana, con el bastón apoyado en la pared y cuatro fichas de dominó delante.
No parecía perdido.
Parecía feliz.
Tenía la cara encendida, se inclinaba sobre la mesa y discutía con Florencio, un antiguo compañero del taller, acerca de un doble seis que alguien había colocado con intenciones dudosas. Charo observó entrar a Mateo y señaló la partida antes de que preguntara.
—Le faltan siete puntos —dijo—. Si vienes a llevártelo, espera.
Mateo llegó hasta la mesa.
—Padre.
Antonio levantó la mirada.
—Hijo.
—¿Dónde estabas?
Florencio miró alrededor.
—En Cuenca no.
—Te has dejado el teléfono.
—Lo estaba cargando.
—Podías haberme avisado.
Antonio colocó una ficha.
—Te avisé esta mañana de que no sabía si cenaría contigo.
—Dijiste que ya veríamos.
—Y ya he visto que no.
Los otros jugadores procuraron parecer concentrados en el dominó. Charo ni siquiera lo intentó.
—He ido a casa y no estabas —dijo Mateo, bajando la voz—. Con la cadera como la tienes, no puedes salir sin que nadie sepa dónde vas.
Antonio dejó de mirar las fichas.
—¿La cadera cómo la tengo?
—Sabes a qué me refiero.
—Sí. A que desde la operación todo el mundo habla de mí como si fuera un electrodoméstico que hay que vigilar.
—No he dicho eso.
—Has dicho que no puedo salir sin que alguien lo sepa.
—Porque me preocupo.
—Tu madre también se preocupa y lleva cuatro días llamando solo por la noche. Tu hermana se preocupa y hoy no me ha preguntado dónde estaba. Tú has entrado como si me hubiera fugado de una residencia.
Florencio estudió sus fichas.
—Yo lo he traído —dijo—. Y pienso devolverlo cuando terminemos, si no me denuncia antes por haberle ganado.
—Vas perdiendo —replicó Antonio.
—Eso es un detalle administrativo.
Mateo miró a su padre. Había dado por hecho que se encontraba solo en casa esperando que alguien decidiera cómo ocuparle la tarde. No se le había ocurrido que Antonio pudiera llamar a un amigo, organizar transporte y recuperar una costumbre sin solicitar autorización familiar.
—Al menos llévate el teléfono —dijo.
—Eso sí. Se me ha olvidado.
La admisión, sencilla y sin desafío, le quitó a Mateo parte del enfado. No toda la preocupación.
—Podías haberte caído.
—También podía caerme en el baño y tardarías horas en saberlo. No puedes convertir la posibilidad de que ocurra algo en una verja.
Charo dejó un vaso de agua delante de Mateo.
—Siéntate. Estás poniendo nerviosas a las fichas.
—No sé jugar.
Antonio lo miró con auténtica sorpresa.
—¿No sabes jugar al dominó?
—Sé lo básico.
—Entonces no sabes. Cuando acabemos te enseño.
Mateo se sentó en una mesa contigua. Durante los veinte minutos siguientes observó a su padre bromear, protestar, perder por tres puntos y exigir una revancha para el jueves siguiente.
Antonio no era allí el paciente de nadie.
Florencio no le preguntó por la cadera hasta que él mismo mencionó un dolor; Charo no le acercó la chaqueta ni le retiró el vaso antes de terminar.
Cuando se levantó, pidió el bastón y aceptó el brazo de su amigo únicamente para salvar el escalón de la puerta.
Adriana entró en ese momento con Pilar. Llevaban carpetas de La Hebra y las mejillas enrojecidas por el frío.
—Buenas tardes —saludó Adriana—. ¿Reunión de alto nivel?
—Estoy enseñando a mi hijo a socializar —respondió Antonio.
—Llegas cincuenta años tarde —dijo Pilar.
Mateo abrió la boca para explicar que había ido a buscarlo, pero Adriana miró a Antonio, no a él.
—¿Has ganado?
—Moralmente.
—Entonces cuenta como reunión productiva.
Pilar fue a hablar con Charo. Adriana se quedó junto a la mesa de Mateo.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí. Mi padre tiene amigos.
—Una revelación fuerte para un jueves.
—Creía que estaba en casa.
—Y él había decidido no estar.
Mateo detectó una lección posible en aquella frase y esperó que Adriana la desarrollara. Ella se quitó la bufanda.
—¿Vas a tomar algo? —preguntó.
—No lo sé. Padre, ¿quieres que cenemos aquí o vuelves con Florencio?
Antonio se abrochó la chaqueta.
—Ceno contigo. Pero primero quiero reservar mesa para el próximo jueves.
Mateo miró el calendario de su teléfono.
—El próximo jueves tienes rehabilitación a las cinco.
—Termina a las seis. La partida es a las siete.
El primer impulso de Mateo fue enumerar el cansancio, el frío y la dificultad de aparcar cerca del bar. Lo sustituyó por una pregunta.
—¿Qué necesitas para venir?
Antonio señaló el bastón.
—Que me acerques si llueve. Si no, Florencio pasa a buscarme.
—De acuerdo.
—Y que no aparezcas a mitad de la partida preguntando dónde estoy.
—Me llevaré una fotografía de prueba de vida.
—Te puedes llevar un sopapo de prueba.
Adriana rio. Mateo sintió el deseo automático de contarle que había evitado llamar a Ángela y a Teresa, que había buscado una solución por sí mismo. No lo hizo. Aquel no era un examen y ella no era el tribunal.
Cenaron los tres en una mesa junto a la estufa.
Antonio contó la partida con más detalle del que permitían seis rondas de dominó.
Adriana habló de las pruebas de embalaje y preguntó a Antonio por el antiguo taller donde había trabajado.
Él pasó veinte minutos describiendo motores, piezas y compañeros que Mateo conocía solo de nombre.
Mateo se dio cuenta de que sabía cuándo su padre tenía rehabilitación, qué pastillas tomaba y cuánto le dolía la cadera por las mañanas. No sabía a qué compañero había echado más de menos ni por qué había dejado de ir a La Parada antes de la operación.
—No dejé de venir por la cadera —aclaró Antonio—. Dejé de venir porque tu madre se empeñaba en traerme y recogerme, Ángela tenía que mirar sus horarios y yo no quería dar más trabajo.
—Podías habérmelo pedido a mí —dijo Mateo.
Su padre lo observó.
—Tú siempre tenías prisa.
La frase no fue un reproche. Precisamente por eso quedó sobre la mesa con más peso.
Adriana bajó la mirada al plato. No intervino.
—Podemos organizarlo ahora —dijo Mateo—. Pero sin que tengas que pedirme permiso ni que nosotros decidamos que irás todas las semanas. Tú avisas cuando necesites transporte.
—Eso me sirve.
—Y llévate el teléfono.
—Eso también.
Después de cenar, Adriana se despidió. Tenía una videollamada temprano y quería revisar una presentación. Mateo la acompañó hasta la puerta del bar.
—¿Nos vemos mañana? —preguntó él.
—A las once con Nuria y Pilar. La Diputación quiere hablar de la campaña.
—Me refería fuera del trabajo.
Adriana lo miró con una sonrisa tenue.
—Sí. Llámame cuando sepas qué quiere hacer Antonio. No necesito que lo dejes solo para verme.
—No está solo.
—Ya lo sé. Tú acabas de descubrirlo.
Le dio un beso rápido y se alejó por la plaza.
Florencio había regresado a su casa, de modo que Mateo y Antonio caminaron despacio hasta la suya.
Mateo no le ofreció el brazo en cada desnivel.
Esperó a que lo pidiera. Antonio se detuvo dos veces: una para saludar a un vecino y otra para mirar un cartel de una excursión comarcal a las Lagunas de Ruidera.
—Eso te gustaría —dijo Mateo.
—Ya he ido.
—¿Cuándo?
—Con tu madre. Antes de que nacierais. También teníamos vida entonces.
En casa, la silla de Teresa seguía vacía. No tenía paños, notas ni prendas sobre el respaldo. Antonio había insistido en dejarla libre durante el viaje, no como homenaje, sino porque era su sitio y pensaba recuperarlo al día siguiente.
Mateo puso dos vasos sobre la mesa y sacó una hoja en blanco.
—No hagamos otra lista de tareas —dijo Antonio.
—No iba a hacerla. Quiero anotar las cosas que quieres retomar.
—Eso suena a lista con ropa nueva.
—Puede ser. Pero la escribes tú.
Antonio cogió el bolígrafo. Anotó dominó los jueves. Ir una mañana al antiguo taller. Comer con su primo de Alcaraz. Preguntar por la excursión a Ruidera. Debajo dibujó dos columnas: «Necesito transporte» y «Me organizo yo».
—¿Qué te parece? —preguntó.
—Que has heredado la afición de Ángela por las columnas.
—La afición de Ángela la heredó de mí. Yo llevaba almacenes cuando ella llevaba coletas.
Revisaron cada plan. Para el taller, Antonio llamaría a un antiguo compañero. A Alcaraz podían ir juntos una semana en que Mateo tuviera que comprar material. La excursión exigía preguntar si el autobús era accesible; Antonio se encargaría de llamar.
—¿Y si te dicen que no? —preguntó Mateo.
—Buscaré otra.
—Bien.
—No pongas esa cara de estar aprendiendo.
—Es la única que tengo.
El teléfono de Antonio seguía en el salón. Lo encendieron y encontraron dos llamadas perdidas de Teresa. Mateo no devolvió la llamada de inmediato. Preguntó a su padre si quería hacerlo él.
Antonio pulsó el botón de vídeo.
Teresa apareció en la pantalla con el mar oscuro detrás. Llevaba el sombrero de paja que había defendido al hacer la maleta y una de sus amigas cantaba fuera de plano.
—Por fin —dijo—. ¿Dónde estabas?
Antonio miró a Mateo y sonrió.
—Jugando al dominó.
—¿Has vuelto a ir?
—Y voy el jueves que viene.
La alegría de Teresa fue inmediata.
—Ya era hora. Llevas meses diciendo que volverías.
Mateo sintió una punzada incómoda. Su madre lo sabía. Había sabido que Antonio echaba de menos las partidas, igual que sabía cuándo había una cita y quién necesitaba comida. Incluso la vida social de todos parecía almacenada en su cabeza.
—No tienes que organizarlo tú —dijo.
Teresa frunció el ceño.
—No pensaba hacerlo. Estoy mirando el mar con un licor de arroz en la mano.
—¿Eso existe? —preguntó Antonio.
—Existe desde el segundo vaso.
Por una vez, la llamada no giró alrededor de lo que faltaba en casa. Antonio contó la partida. Mateo preguntó qué habían hecho ellas. Teresa enseñó la playa, presentó a dos amigas y relató una discusión con el camarero del hotel por una paella que contenía tres guisantes y demasiada imaginación.
Antes de colgar, dijo que el autobús llegaría al día siguiente a las ocho de la tarde.
—Estaremos allí —dijo Antonio.
Mateo lo miró.
—¿Quieres que vayamos los dos?
—Sí.
—Entonces estaremos.
Teresa alzó el vaso.
—Qué coordinación. Os dejo cinco noches y volvéis convertidos en un comité.
—Un comité sin secretaria —dijo Mateo.
—Esos son los mejores. Buenas noches.
Cuando terminó la llamada, Antonio se acercó al calendario familiar. En la parte superior, Mateo había escrito el domingo anterior «hasta que vuelva mamá», como si aquella organización fuera un puente provisional y Teresa tuviera que recuperar todo el peso al cruzarlo.
—Esto sobra —dijo Antonio.
Tachó las cinco palabras, no las tareas repartidas debajo.
—Mañana le preguntamos qué quiere seguir haciendo y qué no —dijo Mateo—. Y le contamos qué vamos a mantener nosotros.
—Sin presentárselo como un regalo.
Antonio señaló el calendario con el bolígrafo.
—Y no vale poner nuestros nombres para que luego sea ella quien compruebe si cumplimos.
—Cada uno se ocupa de lo suyo. Si algo afecta a los tres, lo hablamos los tres.
—Mira qué casa tan moderna.
—Tiene sillas y conversación. No llamaría todavía a una revista.
Antonio rio y dejó el bolígrafo. Por primera vez desde que Teresa se había marchado, no estaban preparándose para devolverle una casa intacta. Estaban pensando cómo compartirla cuando regresara.
Después, Antonio dobló la hoja de sus planes y la guardó en el bolsillo de la chaqueta.
—Esta no va en la nevera —dijo—. Es mía.
—Entendido.
La silla de Teresa continuó vacía entre ellos. Mateo ya no la vio como el puesto de mando abandonado ni como un hueco que los dos hombres debieran llenar para demostrar que podían valerse solos.
Era el lugar de una mujer que estaba en otra parte porque había decidido estarlo.
Y, antes de que regresara, ellos también podían aprender a tener una vida que no dependiera de que ella permaneciera sentada allí.