Gato viejo, rata tierna Capítulo 18
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Capítulo 18

Gato viejo, rata tierna

Adriana entró en La Parada a las diez y veinte de la mañana con el pelo recogido a toda prisa, la misma ropa de la noche anterior y una rama de romero enganchada en el abrigo.

Mateo caminaba detrás con la cesta de la cena y una expresión demasiado tranquila para un hombre que acababa de cruzar la plaza un domingo acompañado por la mujer cuyo primer beso había retransmitido al pueblo.

Charo levantó la vista de la cafetera.

—Mira quiénes vienen. Gato viejo, rata tierna.

El bar quedó en silencio durante ese medio segundo prodigioso en que veinte personas fingieron no estar pendientes.

Adriana se detuvo.

—¿Perdón?

Charo dejó dos tazas sobre la barra.

—El Gato eres tú —dijo, señalando a Mateo—. Y la rata tierna es ella.

—Había deducido el reparto —respondió Adriana.

En una mesa, Sebas se atragantó con el café. Pilar estaba junto a la ventana leyendo el periódico y no hizo ningún esfuerzo por ocultar que escuchaba.

—No me entusiasma la imagen —continuó Adriana—. Un gato viejo, una rata tierna… ¿Esto termina con él devorándome?

—Qué va —dijo Charo—. Las ratas son listas. El gato lleva meses dando vueltas sin saber dónde meterse.

—Gracias —murmuró Mateo.

—Y he dicho tierna porque eres cariñosa cuando quieres.

—Eso no mejora la posición de presa.

Charo se apoyó en la barra.

—Niña, aquí la única criatura que se come lo que no debe es Rosalía. Tú tienes pinta de defenderte bien.

Adriana miró alrededor. Sebas sonreía, dos mujeres de La Hebra esperaban su respuesta y Mateo permanecía a su lado sin intervenir para explicar que Charo no tenía mala intención. Agradeció que no hablara por ninguna de las dos.

Se quitó la rama de romero del abrigo y la dejó sobre la barra.

—Cuidado —dijo—. La rata muerde.

La carcajada fue inmediata. Charo golpeó la encimera con el paño.

—¡Eso! Gato, ya puedes andar listo.

Mateo ocupó un taburete.

—Llevo toda la vida rodeado de animales con dientes.

—Y todavía no has aprendido —replicó Adriana.

La tensión se deshizo. Charo les sirvió café y tostadas sin preguntar, aunque rectificó a mitad de camino.

—¿Queréis tostadas?

—Sí —respondieron a la vez.

—Esto de preguntar va a retrasar mucho la hostelería.

Adriana se sentó junto a Mateo. No le molestaba que el pueblo supiera que estaban juntos.

Le molestaba que el conocimiento pareciera conceder acceso ilimitado a su intimidad o que la relación sustituyera su identidad.

Había una diferencia entre entrar al bar de la mano y descubrir que alguien ya había escrito el resto de la historia.

Charo esperó a que Mateo se alejara para saludar a Pilar y se inclinó hacia Adriana.

—Si de verdad te molesta, no lo vuelvo a decir.

La seriedad inesperada de la tabernera la desarmó un poco.

—La parte de la presa sí me molesta.

—No estaba pensando en una presa. Mi abuela decía «gato viejo, rata tierna» cuando alguien muy resabiado se quedaba bobo por otra persona. La rata era la que mandaba.

—Eso mejora algo el reparto de poder, aunque la zoología sigue siendo cuestionable.

—Puedo buscar otro animal.

—No. —Adriana miró a Mateo, que escuchaba a Pilar con la cabeza inclinada—. Podemos quedárnoslo si se entiende que la rata tiene criterio propio.

—Y dientes.

—Especialmente dientes.

Charo asintió, satisfecha.

—Trato hecho. Y no te llamaré así cuando hablemos del proyecto.

Adriana la miró con gratitud. Aquella distinción era exactamente la que había intentado explicar: podía ser pareja de Mateo sin que esa relación encabezara cada habitación en la que entraba.

—Gracias.

—De nada. Ahora dime si quieres tomate en la tostada. Estoy agotada de tanta consulta.

—Tomate y aceite.

—Eso ya lo sabía, pero estamos modernizándonos.

Esa mañana, al menos, nadie escribió más de lo que ella permitió.

—¿Habéis dormido bien? —preguntó Sebas desde la mesa.

—Sí —dijo Mateo—. ¿Tú?

—Yo preguntaba por la caseta.

—Y yo por tu colchón. Ya que intercambiamos información privada.

Pilar bajó el periódico para sonreír. Sebas levantó las manos.

—No se puede decir nada.

—Se pueden decir miles de cosas —respondió Adriana—. Prueba con alguna que no incluya mi cama.

—Técnicamente era un banco —señaló Mateo.

Adriana le dio un codazo. Él se llevó la mano a las costillas con exageración.

—Lo ha avisado —dijo Charo—. La rata muerde.

A las once tenían que preparar la primera pequeña exposición de La Hebra en el propio bar.

Charo había cedido la sala del fondo para mostrar prototipos y tomar fotografías del embalaje final.

Nuria llegó con Alma, su hija, y tres cajas de piezas terminadas.

Ángela trajo las tarjetas impresas. Lucía apareció con una bolsa de magdalenas.

En menos de media hora, la sala se llenó de lana, papel, tijeras y opiniones.

Adriana sacó la cámara y organizó las zonas de trabajo.

—Las mantas junto a la pared clara. Las piezas pequeñas sobre la mesa. Nuria, quiero fotografiar tus manos cosiendo una etiqueta si te parece bien.

—Sí, pero avísame antes para quitarme esta tirita.

—No hace falta. También forma parte del trabajo.

—Entonces cobra protagonismo y habrá que pagarle —dijo Ángela.

Mateo tomó una caja.

—¿Dónde la pongo?

Adriana señaló la mesa lateral.

—Allí, por favor. Sin sacar nada todavía.

—Entendido.

La llevó y se apartó. No abrió los paquetes, no decidió qué producto merecía la primera fotografía ni empezó a contar a los presentes cuál era el origen de la colección. Se quedó disponible, lo cual Adriana descubrió que era mucho más útil que estar al mando.

Alma, aburrida tras siete minutos, cogió una de las tarjetas y leyó en voz alta:

—«Pieza elaborada por Nuria Lozano con lana del rebaño de Mateo Roldán». Mamá sale antes.

—Porque ha hecho la pieza —explicó Mateo.

—Pero las ovejas son tuyas.

—La lana es de las ovejas. Yo solo negocio en su nombre.

La niña lo pensó.

—Entonces debería poner Rosalía.

—Rosalía no aportó esta lana —dijo Nuria—. Y menos mal, porque exigiría cobrar en cartón.

Adriana encuadró la escena: las manos de Nuria, la etiqueta, la puntada azul y, al fondo, desenfocada, Alma inclinándose sobre la mesa. Hizo varias fotos. Después entregó la cámara a Mateo.

—¿Quieres probar?

Él la recibió con cuidado.

—Hace años que no uso una de estas.

—El botón sigue arriba. La humanidad no ha querido innovar tanto.

—¿Qué fotografío?

—Lo que tú veas.

Mateo miró la sala a través del visor. Ajustó el enfoque con una lentitud respetuosa.

No apuntó a los productos colocados ni a la pared preparada.

Se agachó y fotografió a Pilar atando un cordel mientras Ángela sostenía el paquete; después, a Charo entrando con una bandeja de cafés; luego, las manos de Maribel doblando una manta.

Adriana observó las imágenes en la pantalla. No eran perfectas. Una estaba algo oscura y otra cortaba parte de la caja. Pero Mateo seguía viendo lo que había querido fotografiar de joven: sombras, paredes, manos.

—Tienes ojo —dijo.

—También tengo cincuenta años. Me dijeron que había llegado tarde.

—Quien te lo dijo era idiota.

—Fui yo.

Adriana le sostuvo la mirada.

—Mantengo el diagnóstico.

Mateo sonrió y le devolvió la cámara.

A mediodía abrieron la sala a los clientes del bar.

No era una venta oficial, solo una prueba para observar reacciones y explicar el proyecto.

Entraron vecinos, excursionistas y una pareja de Hellín que había parado a comer.

La mujer tocó una manta y preguntó el precio.

Cuando Nuria respondió, no hizo un gesto de escándalo.

Leyó la tarjeta, preguntó cuánto tardaban en hacerla y tomó una fotografía para enseñársela a su hermana.

Eusebio, que había pronosticado que nadie pagaría cincuenta y ocho euros por una funda, vio cómo la pareja reservaba una.

—Es para mi hermana —explicó la mujer mientras Nuria buscaba la hoja de reservas—. Se acaba de mudar y quiero regalarle algo que no tenga todo el mundo.

—La costura azul puede variar un poco —advirtió Nuria—. Ninguna queda idéntica.

—Mejor.

Nuria miró a Adriana antes de prometer una fecha. Ella señaló discretamente el calendario de producción pegado a la pared, pero no respondió en su lugar.

—Puedo tenerla en tres semanas —calculó Nuria—. Si la necesita antes, prefiero decirle que no llegamos.

—Tres semanas está bien.

La mujer dejó una señal de veinte euros.

Charo produjo un talonario de recibos del fondo de un cajón y Pilar comprobó que la numeración correspondía a la asociación.

Todo el proceso tardó más que una compra corriente: elección de color, datos, fecha y explicación del cuidado de la lana.

Sin embargo, cuando Nuria arrancó el resguardo y se lo entregó, sostenía el bolígrafo con una emoción que intentó disimular.

—Primera reserva con el precio completo —dijo Ángela.

—Y sin regatear —añadió Maribel.

Adriana hizo una fotografía de la hoja, no de la clienta. Aquel era un hito interno, no material publicitario obtenido sin permiso.

Mateo se limitó a sonreír desde el otro lado de la sala. No dijo que la lana procedía de su rebaño ni convirtió la compra en una prueba de que él había tenido razón. Nuria guardó la señal en la caja y escribió su propio nombre junto al encargo.

—Bueno —dijo Eusebio—, hay gente para todo.

—Por suerte —respondió Pilar—. También para opinar antes de tiempo.

Adriana se movió entre las mesas tomando notas. Qué tocaba la gente primero, qué preguntas hacía, dónde se detenía a leer. Mateo se acercó con dos cafés.

—¿Quieres uno?

—Sí, gracias.

—¿Con leche?

—Solo.

—Pensaba que lo tomabas con leche.

—Por la mañana. Después de comer, solo.

Mateo le entregó el correcto sin convertir la diferencia en un debate.

—Llevamos semanas juntos y ya he descubierto que no sé cómo tomas el café —dijo.

—Llevamos semanas juntos. Sería inquietante que ya creyeras saberlo todo.

—Puedo hacer una tabla.

—Como aparezca una tabla con mis hábitos, regreso hoy mismo a Madrid.

—Descartada la tabla.

Adriana bebió un sorbo. A su alrededor, La Hebra funcionaba como debía: no gracias a una heroína llegada de la ciudad, ni a un pastor que hubiera concedido permiso, sino porque mucha gente aportaba trabajo distinto y empezaba a nombrarlo con justicia.

En la barra, Charo había escrito con tiza el menú del día. Debajo añadió: «Postre especial: tarta de queso deconstruida del Gato». Mateo lo vio y protestó.

—La tarta no ha salido de la caseta.

—La información sí —dijo Charo.

Adriana levantó ambas manos.

—Yo no he contado nada.

—No hacía falta. Has entrado con migas en la manga.

Mateo examinó el jersey de Adriana. Había, efectivamente, una miga adherida cerca del codo.

—Prueba concluyente —dijo Pilar.

La tarde terminó con las piezas guardadas, una reserva, treinta y cuatro fotografías aprovechables y el nuevo apodo instalado con la rapidez de una aplicación no solicitada. Al salir, Sebas se despidió de Mateo con un maullido y de Adriana moviendo los dedos como bigotes.

—Creo que no entiende qué animal soy —dijo ella.

—Dale tiempo. No es rápido.

Cruzaron la plaza. El cielo estaba despejado y las primeras luces se encendían detrás de las ventanas. Mateo llevaba una caja; Adriana, la cámara y las notas.

—¿Te molesta de verdad? —preguntó él.

—¿El apodo?

—Sí.

Adriana lo pensó.

—Me molestaría si tú lo usaras para hacerme pequeña. O si alguien creyera que soy una presa que ha venido a meterse en la vida del Gato. Pero me gusta haber podido darle la vuelta.

—Entonces no lo usaré salvo que tú quieras.

—Puedes usarlo en circunstancias controladas.

—¿Necesito autorización por escrito?

—Dos copias y sello de La Hebra.

Mateo dejó la caja en el suelo para abrirle la cancela del patio trasero del taller. Empujó, se apartó y esperó. Adriana pasó por donde había elegido pasar.

—Gracias, Gato Viejo.

—De nada, rata…

Ella se volvió con una ceja levantada.

—¿Sí?

—Adriana.

—Buena decisión.

Mateo recogió la caja. Ella lo agarró del cuello de la chaqueta y lo besó bajo la luz amarilla del portal.

No necesitaban que el pueblo aprobara la relación. Tampoco que dejara de mirarlos. Bastaba con que, dentro de todas aquellas voces, ambos conservaran la suya.

Desde el corral cercano llegó el sonido de un cencerro. Adriana se separó apenas lo suficiente para hablar.

—¿Rosalía?

Mateo escuchó un momento.

—No. Esa es Estrella.

—¿Seguro?

—Cada una suena distinto.

—Yo también.

—Lo sé.

Adriana sonrió.

—Más te vale.