Capítulo 17
Una noche sin cobertura
Mateo preparó la cena en la caseta restaurada del cerro del Enebral porque allí no había cobertura y, después de la experiencia de la verbena, consideraba prudente que los teléfonos quedaran fuera de cualquier conversación sentimental.
No se lo planteó a Adriana de ese modo.
—¿Te apetece cenar el sábado en el cerro? —le preguntó el jueves—. Hay una caseta que arreglamos hace unos años. Chimenea, mesa y un banco que se hace cama. Yo llevaría la comida. No hay señal y por la noche hace frío.
Adriana lo observó por encima de una etiqueta.
—¿Esto es una invitación o el prospecto de un medicamento?
—Intento darte información suficiente.
—Me apetece. ¿A qué hora?
—A la que termines.
—A las ocho.
—Paso a recogerte a las ocho y cuarto.
—Mira qué bien se te da aprender horarios.
El sábado, Mateo dejó el rebaño recogido, preparó una cazuela de cordero con setas y verduras, una ensalada de pimientos asados y una tarta de queso que se abrió por un lado al desmoldarla. Teresa habría cubierto la grieta con mermelada y afirmado que formaba parte del diseño. Él la dejó visible.
También llevó mantas, leña, agua, dos copas y una botella de vino. Dudó frente a un jarrón pequeño. Finalmente colocó dentro tres ramas de romero y una flor tardía que encontró junto al cercado. Le pareció ridículo. La dejó.
Adriana salió a las ocho y cuarto con una mochila y una bolsa.
—He traído pan y chocolate —dijo—. No sé qué se come en una caseta sin cobertura.
—Lo mismo que con cobertura, pero sin fotografiarlo.
—Una experiencia radical.
Subieron en la camioneta hasta donde terminaba la pista.
Después caminaron diez minutos bajo un cielo limpio.
La caseta era rectangular, de piedra clara, con tejas nuevas y una puerta baja.
Un grupo de pastores y vecinos la había restaurado para usarla durante rutas y jornadas de trabajo.
Dentro había una chimenea, una mesa robusta, estantes con velas, una pila de leña y un banco ancho cubierto con colchonetas.
Adriana vio el romero nada más entrar.
—¿Decoración?
—Había un jarrón.
—Y has sentido que no podía seguir vacío.
—Me ha dado pena.
—No te preocupes. No se lo diré a Sebas.
Mateo encendió el fuego mientras ella colocaba el pan. El silencio de fuera era enorme, pero no vacío: se oían hojas, algún insecto y un cencerro lejano. Adriana dejó el móvil apagado en la mochila.
—¿Estás seguro de que no hay cobertura o has instalado un inhibidor? —preguntó.
—He comprobado que no se envían audios.
—Qué pena. Tenía preparado un discurso para el grupo de avisos.
Cenaron despacio. Adriana alabó el guiso sin fingir sorpresa por que él supiera cocinar. Mateo agradeció el cumplido sin explicar que la receta era de su abuelo ni enumerar todos los ingredientes. La tarta rota apareció al final.
—Es deconstruida —dijo él.
—No. Se te ha roto.
—El mundo de la marca admite interpretaciones.
—Mi oficio tiene límites éticos.
Compartieron la parte que se había mantenido en pie y comieron el resto directamente de la fuente. El fuego calentó pronto la caseta. Mateo se quitó el jersey; Adriana se descalzó y dobló las piernas sobre el banco.
—¿Traes aquí a todas tus citas? —preguntó ella.
—Sí. Hay una lista de espera detrás de la puerta.
—Con razón has puesto flores.
La broma abrió un espacio que llevaba tiempo rondándolos. Mateo sirvió un poco más de vino.
—No he tenido tantas relaciones como Charo cree —dijo.
—¿Cuántas cree Charo?
—Depende del día. Entre tres y una compañía itinerante de teatro.
—Me interesa especialmente la compañía.
—Era un grupo que actuó aquí un verano. Yo tenía veintitrés años y ayudé a montar el escenario. Desde entonces, según la versión, estuve con la protagonista, con la directora o con dos hermanas acróbatas.
—¿Y qué ocurrió de verdad?
—Me tomé una cerveza con el técnico de luces.
Adriana rio.
—Tu leyenda tiene poca base documental.
Mateo apoyó los antebrazos en la mesa.
—Estuve siete años con Carmen. Yo tenía treinta y pocos. Ella trabajaba en una tienda de muebles en Albacete y venía los fines de semana. Hablábamos de vivir juntos, pero yo siempre lo planteaba como que ella viniera aquí.
—¿Nunca pensaste en ir tú?
—Decía que no podía dejar el rebaño. Era verdad, pero no era toda la verdad. Podía haber buscado opciones, contratar a alguien, repartir días. Ni siquiera hice las cuentas. Pensaba que mi vida era la fija y la suya la que tenía que moverse.
Adriana no respondió enseguida. El fuego crujió.
—¿Te dejó por eso?
—Por eso y por más cosas. No era una villana ni yo una víctima. Se cansó de esperar una conversación que yo daba por terminada antes de empezar. Después tuve relaciones más cortas. Cuando alguna mujer quería algo serio, encontraba motivos para pensar que no encajaría aquí.
—¿Y encajaba alguna?
—No lo sé. Nunca pregunté cómo querían encajar. —Mateo giró la copa—. Era más fácil decir que yo estaba hecho a mi manera. El Gato Viejo. Como si el apodo me absolviera de todo.
Adriana lo miraba sin lástima. Él agradeció aquella atención limpia, que no corría a tranquilizarlo.
—¿Te arrepientes de no haber ido a Albacete? —preguntó.
—Me arrepiento de no haber considerado que podía hacerlo. A veces uno confunde no elegir con ser fiel a sí mismo.
—Eso es bastante lúcido para un hombre que ha intentado venderme una tarta rota como alta cocina.
—El vino está ayudando.
Adriana extendió una mano sobre la mesa. Mateo puso la suya encima.
—Yo viví seis años con Daniel —dijo ella—. Éramos buenos juntos en muchas cosas. No era controlador. Ese es el problema: cuesta explicar por qué una desaparece cuando nadie le ha ordenado desaparecer.
Mateo esperó.
—Él organizaba mejor los viajes, así que acabó eligiendo los destinos.
Tenía un horario menos flexible, así que cenábamos cuando él podía.
Su casa era más grande, por eso yo me mudé.
Su trabajo exigía silencio, por eso el mío fue ocupando una esquina.
Cada decisión tenía lógica. Yo las aceptaba y después me enfadaba porque él no adivinaba todo lo que yo no había dicho.
—¿Y te fuiste?
—Una mañana vi que tenía la ropa de invierno en cajas porque no cabía en el armario.
Llevaba dos años viviendo allí y seguía siendo una invitada muy bien organizada.
—Adriana acarició con el pulgar la mano de Mateo—.
Terminé la relación. Pero también comprendí que yo había cedido terreno sin negociar.
Ahora, cuando siento que alguien se acerca demasiado a una decisión mía, a veces me marcho antes de averiguar si está dispuesto a hablar.
—Como con la gotera.
—Con la gotera no me marché.
—No.
—Quise hacerlo. Mentalmente ya había metido el portátil en el coche y estaba buscando pisos en Cuenca.
Mateo apretó suavemente sus dedos.
—Gracias por quedarte a discutir.
—Gracias por mandar la furgoneta de vuelta.
—Me costó cincuenta euros.
—Una sesión de terapia te habría costado más.
Sonrieron, pero la conversación no perdió profundidad.
—¿Qué temes perder ahora? —preguntó Mateo.
Adriana miró el fuego.
—La capacidad de reconocer mi propia vida. No quiero despertarme dentro de cinco años y descubrir que todas mis decisiones eran razonables, pero ninguna era mía. ¿Tú?
Mateo pensó en la casa vacía, el rebaño al amanecer y la facilidad con que había convertido la costumbre en carácter.
—Temo que, cuando termine tu contrato, te vayas a Madrid y esto se convierta en una anécdota bonita. —Tragó saliva—. Y temo pedirte que te quedes de una manera que confirme todas las razones por las que deberías marcharte.
Adriana sostuvo su mirada.
—Eso sí que es complicado.
—Te dije que el vino ayudaba, no que hiciera milagros.
—Mi contrato termina en diciembre. No he decidido qué haré después.
Mateo sintió el impulso de enumerar soluciones: podía trabajar desde allí, la casa de correos seguiría libre, él tenía una habitación que podía convertir en estudio. Las ideas llegaron ordenadas y completas.
No las dijo.
—Cuando quieras hablarlo —respondió—, te escucharé.
Adriana levantó su copa.
—Eso ha estado muy bien.
—Tengo momentos.
—No lo estropees.
Adriana acercó los pies al fuego.
—¿Y qué tal va la organización del viaje de tu madre?
—Todavía no se ha ido y el calendario ya tiene más versiones que tus etiquetas. Mi padre ha borrado dos visitas porque no quiere que lo vigilemos, ha añadido una partida de dominó y me ha encargado dos rehabilitaciones.
—Suena a que ha participado.
—Con entusiasmo. También ha pedido que nadie le prepare el desayuno. Mi madre ha escrito una lista de cosas que no piensa resolver desde Peñíscola y ha puesto las llaves en segundo lugar.
—¿Qué ocupa el primero?
—El café. Hay prioridades familiares.
Sonrieron. Después Mateo se puso serio.
—Ángela quiere que mantengamos el calendario cuando mi madre vuelva. No solo para el viaje. Vamos a repartir las citas de forma fija.
—¿Te parece bien?
—Me parece que tendría que haber ocurrido hace años. Y también me fastidia porque tendré que mover cosas. Las dos son verdad.
—Cambiar no exige que te encante cada consecuencia.
—Menos mal. Mover una entrega de pienso no me ha provocado ningún despertar espiritual.
—Lo importante es que no esperes a que Ángela te diga qué tienes que mover.
Mateo asintió. Le gustaba que Adriana no lo convirtiera en un hombre nuevo por haber rellenado unas casillas. También le incomodaba. Era mucho más fácil transformarse ante alguien dispuesto a confundir intención con resultado.
—No quiero hacer estas cosas solo para que tú pienses mejor de mí —dijo.
—Entonces no las hagas por mí.
—No las hago por ti.
—Perfecto.
Adriana no añadió estoy orgullosa ni sabía que podías .
Le rellenó la copa y le preguntó qué quería hacer Antonio después de rehabilitación.
Mateo habló del café del bar de la carretera, del dominó y de su padre, no de sí mismo.
La conversación cambió de centro con una naturalidad que le mostró cuánto tiempo había ocupado él sin notarlo.
Recogieron la mesa juntos. Mateo lavó los platos en una palangana y Adriana los secó.
No discutieron quién hacía qué; tampoco fingieron que el reparto había surgido por intervención divina.
Ella eligió secar porque el agua estaba helada.
Él aceptó lavar porque había cocinado y conocía la grasa de la cazuela.
Cuando terminaron, extendieron las mantas sobre el banco. Fuera había empezado a soplar viento. Adriana se acercó a la puerta para mirar las estrellas y Mateo se colocó detrás, sin rodearla todavía.
—¿Tienes frío? —preguntó.
—Un poco.
—¿Quieres una manta o esto?
Abrió los brazos. Adriana se volvió y entró en ellos.
—Esto.
El beso empezó lento. Ya conocían el modo en que el otro respiraba, dónde se interrumpía una risa y cómo formular una pregunta sin apagar el deseo.
Mateo sintió las manos de Adriana bajo su camisa y el cuerpo de ella pegado al suyo.
Cerró la puerta. La chimenea dejó la habitación en una luz naranja y suave.
Se desvistieron sin prisa, entre el calor del fuego y el aire frío que se colaba por las piedras.
Hubo caricias, palabras bajas y un instante en que Adriana se golpeó el codo con la pared y ambos acabaron riéndose sobre las mantas.
La intimidad no borró lo que habían hablado.
Lo volvió más real: dos cuerpos que se deseaban sin confundir deseo con derecho.
Más tarde, Adriana se durmió con la cabeza en su pecho. Mateo miró las vigas. Podía imaginar una vida entera con ella con una facilidad peligrosa: desayunos, herramientas en un estudio, un hueco en su armario, dos tazas junto al fregadero.
La imaginación no pedía permiso. Los actos sí.
No despertó a Adriana para contarle el futuro que acababa de construir en silencio. Le subió la manta hasta el hombro y escuchó su respiración mezclada con el viento.
Por primera vez, no tener cobertura le pareció menos importante que no llenar el silencio con una respuesta que ella aún no había dado.