Capítulo 16
Manual para no arreglarlo todo
La mancha del techo apareció un lunes a las ocho y diez de la mañana, justo encima de la mesa donde Adriana había colocado el ordenador para una presentación importante.
Era pequeña, de un amarillo indeciso, y durante los primeros minutos fingió que podía ser antigua.
La casa de correos tenía muchas marcas cuya edad Pilar describía con expresiones como «eso lleva ahí desde antes del euro».
Adriana apartó el portátil por prudencia y siguió revisando las diapositivas.
A las ocho y veintidós, una gota cayó sobre la letra oportunidad .
—Estupendo —dijo.
Puso una cazuela en el suelo y escribió a Pilar.
Después subió al desván con la linterna del móvil.
La gotera parecía venir de una unión de la cubierta junto al canalón.
No caía un torrente ni se estaba hundiendo el techo.
Había llovido durante la noche y una teja desplazada, una canaleta atascada o el sentido del humor de la vivienda habían decidido participar en su jornada laboral.
Pilar respondió que avisaría a Moisés, el albañil que atendía las reparaciones de la casa.
Adriana le pidió que fuera después de las doce y media, cuando terminara su reunión.
A las nueve tenía otra llamada corta; a las diez, la presentación; a las cinco, un taller de embalaje con Nuria.
Podía trabajar desde la mesa de la cocina y sobrevivir unas horas con una cazuela.
Le envió a Mateo una fotografía porque la noche anterior él le había preguntado si la casa había resistido la lluvia. «Ha decidido producir agua de interior. Ya está avisada Pilar», escribió.
Mateo contestó con un audio de seis segundos.
—Voy para allá.
Adriana escribió «No hace falta», pero él ya no estaba conectado.
A las nueve menos cuarto llamó a la puerta. Llevaba una escalera en la camioneta, una caja de herramientas y la urgencia de un hombre al que acababan de informar de una grieta en una presa.
—Enséñame dónde cae.
—Buenos días a ti también.
Mateo le dio un beso rápido, dejó las botas en la entrada y examinó la mancha. Movió la cazuela cuatro centímetros, como si el recipiente estuviera haciendo mal su trabajo.
—Puede ser el encuentro del faldón con el canalón.
—Eso he pensado.
—No subas al desván.
—Ya he subido.
—Adriana.
—Mateo.
Él miró hacia arriba, preocupado.
—Si hay madera húmeda, puede ceder.
—El suelo está seco y he pisado sobre las vigas. Además, ya está avisado Moisés para después de las doce y media.
—No hace falta esperar. He llamado a Ramón. Viene con su hijo en veinte minutos.
Adriana tardó un instante en procesarlo.
—¿Quién es Ramón?
—El albañil que me arregla la nave. Trabaja bien.
—La casa es de Pilar y Pilar ya tiene a una persona.
—He hablado con ella. Moisés está en Alcaraz y no puede venir hasta mañana.
—Me ha dicho que venía hoy después de comer.
—Eso le ha dicho al principio. Luego la ha llamado. Pero no te preocupes, está todo arreglado.
La frase cayó con más peso que la gota.
—¿Qué está arreglado exactamente?
—Ramón revisa la cubierta, cambia lo que haga falta y le pasa la factura a Pilar. Ya le he dicho que empiece por arriba para no molestarte.
En ese momento vibró el móvil de Adriana. Era un mensaje de Nuria: «Mateo dice que mejor pasamos el taller al miércoles por lo de la obra. A mí me viene bien. ¿Te parece?».
Adriana levantó la pantalla.
—¿También has cambiado mi taller?
—Van a tener que cortar la luz un rato. El ordenador…
—Tengo una batería.
—Y con golpes en el techo no podrás trabajar.
—Eso lo decido yo.
—Solo intento que no tengas que preocuparte.
—Pues lo estás haciendo fatal.
Mateo dio un paso atrás. La preocupación de su cara se endureció en defensa.
—Hay una gotera. No puedes dejar que siga entrando agua.
—No he dicho que vaya a hacerlo. He hablado con la propietaria, hemos buscado un profesional y he organizado mi jornada. Tú has llamado a otro, has acordado una obra en una casa que no es tuya y has movido una reunión que no es tuya.
—Porque Moisés no venía.
—Porque tú has decidido que mañana era demasiado tarde.
—Puede empeorar.
—Y puede no hacerlo. Había opciones. Podías contármelas.
—Cuando hay algo que arreglar, se arregla.
—No. Cuando hay algo que me afecta, se me pregunta.
Mateo se pasó una mano por la nuca. Fuera se oyó el motor de una furgoneta.
—Ya están aquí.
—Pues tendrás que decirles que no entren.
—Han dejado otro trabajo para venir.
—Eso también lo has decidido tú.
—¿Quieres que los mande de vuelta con la gotera ahí?
Adriana notó la trampa de la pregunta: si decía que sí, se convertía en una mujer caprichosa que prefería mojarse antes que aceptar ayuda; si decía que no, la decisión de Mateo quedaba legitimada por los hechos que él mismo había provocado.
Sonó su teléfono. Faltaban ocho minutos para la primera llamada.
—Quiero que salgas, hables con ellos y les expliques que has llamado sin consultar. Quiero que les pagues el desplazamiento si corresponde. Después quiero hacer mi reunión en paz. A las diez y media decidiré con Pilar qué solución tomamos.
—Pero…
—No quiero un hombre que me abra la puerta si después pretende decidir por cuál tengo que pasar.
Mateo se quedó muy quieto.
La frase no era brillante ni nueva; llevaba semanas formándose entre cancelas, reuniones y gestos pequeños. En voz alta sonó más cansada que ingeniosa.
Ramón tocó el claxon. Mateo miró la mancha, la cazuela y a Adriana.
—De acuerdo —dijo.
Ella había esperado otra explicación. La ausencia de pelea la dejó sin el siguiente argumento preparado.
—¿De acuerdo?
—Los mando de vuelta. Hablo con Pilar. Y con Nuria para decirle que el cambio no estaba confirmado.
—Bien.
Mateo cogió la chaqueta.
—Cuando acabes la presentación, ¿quieres que te pase el teléfono de Ramón por si decides llamarlo?
Adriana respiró.
—Sí. El teléfono, sí.
—Te lo envío.
Salió y cerró la puerta. Desde la ventana, Adriana lo vio acercarse a la furgoneta. Ramón bajó el cristal. Mateo habló durante varios minutos, señaló la casa una vez y negó con la cabeza. No pareció culparla ni inventó una excusa. Sacó la cartera, entregó algo al conductor y la furgoneta se marchó.
A las nueve, Adriana se conectó a la llamada desde la cocina. Una gota cayó cada cincuenta segundos en la cazuela del salón. El sonido la acompañó como un metrónomo hostil.
La presentación de las diez era para una empresa de cosmética que quería reposicionarse como «honesta» sin cambiar ni sus envases ni la letra pequeña.
Adriana explicó durante cuarenta minutos que una marca no podía usar el lenguaje de la transparencia como maquillaje.
Mientras hablaba, oyó su propia conversación con Mateo.
Las buenas intenciones no corregían una práctica si se utilizaban para evitar preguntar.
Terminó a las once y dos con el encargo aprobado y una lista de modificaciones. Cuando salió al salón, encontró tres mensajes.
El primero era de Nuria: «Taller hoy a las cinco como estaba. El Gato dice que se adelantó. Le he dicho que no vuelva a gestionar mi agenda y ha dicho que vale. ¿Está enfermo?».
El segundo, de Pilar: «Moisés puede pasar a las cuatro. La mancha no parece grave. Tú decides si te viene bien que entre. La casa es mía, pero mientras la habitas tus horarios son tuyos».
El tercero era de Mateo: el contacto de Ramón, sin comentario añadido.
Adriana llamó a Pilar. Acordaron que Moisés fuera a las cuatro, revisara el desván y, si hacía falta cortar la luz o trabajar dentro, volviera al día siguiente a una hora convenida. Después escribió a Mateo: «Moisés viene a revisar a las cuatro. Gracias por cancelar lo otro».
Él tardó diez minutos en responder.
«Era lo que me habías pedido».
No añadió un corazón, una cara triste ni una petición de perdón. Adriana se preparó una tostada y se sentó frente a la cazuela. Seguía enfadada. También estaba aliviada. Ambas emociones podían coexistir sin obligarla a resolver la relación antes de comer.
Mateo apareció a las cinco menos cuarto, cuando Moisés ya había recolocado dos tejas y limpiado una acumulación de hojas en el canalón. Venía a llevar cajas de cartón al taller de embalaje. Se detuvo en el umbral.
—¿Puedo pasar?
Adriana abrió más la puerta.
—Sí.
Él dejó las cajas junto a la pared.
—Ramón no ha cobrado el desplazamiento. Dice que me lo descontará de la próxima factura, así que seguramente me lo cobrará dos veces.
—Me parece una consecuencia pedagógica.
—A mí también.
Se miraron. Mateo no intentó besarla.
—Lo siento —dijo—. No por haber querido arreglar la gotera. Por actuar como si querer arreglarla me diera derecho a organizarlo todo. Tendría que haberte preguntado qué necesitabas.
Adriana apoyó una mano sobre las cajas.
—Sí.
—Y no volveré a cambiar una cita tuya.
—Eso espero.
Mateo miró hacia la escalera, luego a ella.
—No sé si ahora quieres que me vaya o que siga aquí como si nada.
—No quiero ninguna de las dos cosas.
—Es una respuesta complicada.
—Las personas tenemos esa mala costumbre. —Adriana se cruzó de brazos—. No necesito que desaparezcas cada vez que discutimos. Eso convertiría mis límites en una amenaza: o acepto tu ayuda como tú la das o te pierdo durante dos días.
—No pretendía castigarte.
—Ya. Igual que no pretendías organizarme la mañana. Hablo del efecto, no de tu intención.
Mateo recibió la frase sin bajar la mirada.
—Entonces, ¿qué necesitas?
Adriana pensó antes de contestar. Pedir algo le resultaba más difícil que señalar lo que rechazaba. Una parte de ella prefería encargarse de todo y evitar así la deuda imaginaria de necesitar a alguien.
—Que lleves las cajas. Que hagamos el taller. Que no finjamos que no ha pasado nada, pero tampoco que una discusión lo rompe todo.
—Puedo hacer eso.
—Y esta noche ya veremos.
—También.
No había dramatismo en la aceptación. Adriana sintió el impulso de premiarlo con un beso y lo dejó pasar. Mateo no era un niño que necesitara una golosina por sostener una conversación incómoda. Ella tampoco tenía que convertir cada reconciliación parcial en una absolución física.
—¿Quieres que lleve las cajas al taller o prefieres llevarlas tú?
—Quiero que lleves las dos grandes. Yo cojo la pequeña.
Mateo asintió. No dijo que podía con las tres ni convirtió el reparto en una prueba de fuerza. Tomó las cajas grandes y salió.
En el taller, Nuria había preparado rollos de papel, sellos y cordeles.
Trabajaron dos horas diseñando un sistema de embalaje sencillo.
Mateo siguió las instrucciones, cortó cartones y preguntó antes de reorganizar la mesa.
En un momento dado, vio que Adriana forcejeaba con un rollo de cuerda enredado.
—¿Quieres que…?
—No.
—Vale.
Ella tiró durante un minuto. El nudo empeoró.
—Ahora sí —dijo.
Mateo dejó sus tijeras, se acercó y examinó el enredo.
—Si tiras más fuerte, se cierra.
—Ya me he dado cuenta.
—Hay que aflojar por aquí.
Trabajaron juntos, cediendo cuerda en lugar de tensarla. El nudo se abrió.
—Gracias —dijo Adriana.
—De nada.
Esa noche, al despedirse en la plaza, Mateo señaló hacia su casa.
—¿Quieres que vaya contigo?
Adriana pensó en la discusión, en la furgoneta alejándose y en la forma en que él había aceptado dos veces un no sin convertirlo en castigo.
—Sí —respondió—. Pero la cazuela la quito yo.
—No pensaba discutir semejante privilegio.
Caminaron juntos. La avería estaba resuelta, aunque aquello era lo menos importante que se había reparado durante el día.