Gato viejo, rata tierna Capítulo 15
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Capítulo 15

El turno de Ángela

Teresa anunció que se marchaba de viaje durante la comida del domingo, entre el cocido y las natillas, con el mismo tono que habría utilizado para pedir que le acercaran el pan.

—El domingo que viene me voy a Peñíscola con las de gimnasia.

Mateo dejó la cuchara.

—¿Qué gimnasia?

—La que hago los martes y los jueves desde hace cuatro años.

—¿Cuatro años?

Ángela siguió comiendo.

—Te estás cubriendo de gloria.

Estaban los cuatro en la cocina de sus padres.

Antonio ocupaba la cabecera, con el bastón apoyado en la pared y un cojín bajo la cadera operada.

Se movía despacio, pero había servido el vino, cortado el pan y llevado su plato al fregadero sin ayuda hasta que Teresa le ordenó sentarse porque aún quedaban natillas.

Mateo había aceptado aquella coreografía familiar como parte del mobiliario: su madre levantándose, su hermana recordando las citas y su padre protestando lo justo para que lo cuidaran sin reconocer que se dejaba cuidar.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó.

—Cinco noches.

—¿Y padre?

Antonio alzó la vista.

—Padre está aquí y puede contestar.

—Ya lo sé.

—Pues pregunta bien.

Mateo se corrigió.

—¿Tú qué necesitas esos días?

Antonio se tomó su tiempo, quizá por la cadera, quizá para disfrutar de la novedad.

—Que alguien me lleve a rehabilitación el martes y el jueves. Que paséis a verme, pero no por turnos de vigilancia. Y comida para un par de días hasta que pueda cocinar algo.

—Yo dejaré preparado el sábado —dijo Teresa.

—No —intervino Ángela—. Tú el domingo sales a las nueve y no vas a pasar el último día cocinando cinco menús. Organizamos turnos.

Sacó una hoja doblada del bolso. Mateo reconoció un calendario con columnas, colores y nombres.

—¿Ya lo tenías hecho?

—Tenía hecha mi parte. Ahora vamos a rellenar la tuya.

—Yo tengo el ganado.

—Qué sorpresa. Pensaba que esas doscientas ovejas habían aparecido esta mañana.

—No puedo dejarlo todo a una hora fija.

—Yo tampoco. Trabajo en la gestoría, tengo dos hijos, llevo los papeles de vuestra explotación y acompaño a papá a la mitad de las citas.

—A las citas importantes voy.

Ángela dejó el bolígrafo.

—¿Cuáles son las importantes?

—Las del traumatólogo, por ejemplo.

—¿Y rehabilitación no lo es? ¿Recoger recetas?

¿Llamar porque han cambiado una pastilla?

¿Comprobar que haya comida? ¿Pedir la ambulancia si no podéis llevarlo?

Tú apareces en la consulta donde el médico da un diagnóstico y dices que vienes a todo.

Yo organizo las quince cosas que permiten llegar a esa consulta.

Mateo miró a Teresa esperando que mediara. Su madre raspó el fondo de las natillas.

—No me mires. Yo me voy a ver el mar.

—No digo que no vaya a hacerlo —protestó él—. Digo que habrá que ver los horarios.

—Eso es exactamente lo que estamos haciendo —dijo Ángela—. Verlos juntos, no esperar a que yo te llame cuando ya esté resuelto.

Antonio tosió para llamar la atención.

—Puedo quedarme solo. No soy un niño.

—Nadie ha dicho que lo seas —respondió Ángela—. Estamos repartiendo lo que sí necesitas, no decidiendo por ti.

La frase golpeó a Mateo en un lugar conocido. Adriana se la habría podido decir. Quizá se la había dicho ya con otras palabras.

Tomó el calendario.

El martes podía llevar a Antonio a las doce si Julián cubría una hora el rebaño. El jueves tenía una entrega de pienso a primera hora, pero la rehabilitación era a las once. Cabían ambas cosas si confirmaba la entrega en lugar de confiar en que el camión apareciera cuando quisiera.

—El martes y el jueves lo llevo yo —dijo—. El lunes cocinamos para dos días.

—No hace falta que «traigas» si vas a cocinar aquí —señaló Antonio—. Yo pelo patatas.

—Te cuesta estar de pie.

—He dicho que pelo patatas, no que voy a subir al Mulhacén.

Teresa sonrió satisfecha.

—También hay que poner lavadoras —dijo—. Y cambiar las sábanas a mitad de semana.

Mateo miró a Ángela.

—¿Eso no puede esperar hasta que vuelva?

—Las tuyas esperan tres semanas y sigues vivo —replicó ella—. Pero papá suda mucho por la medicación. Conviene no olvidarlas.

Otra tarea invisible emergió de debajo de la normalidad. Mateo anotó «sábanas» en su casilla.

—No pongas esa cara —dijo Teresa—. La lavadora tiene dibujos.

—Sé poner una lavadora.

—Entonces ya tenemos una crisis menos.

Por la tarde, Mateo fue a ver a Julián. Lo encontró cerrando el cercado mientras su hija, Inés, hacía los deberes en la cabina del todoterreno.

—Necesito que me cubras el martes de once y media a una —le dijo Mateo—. Tengo que llevar a mi padre a rehabilitación.

—Vale. Tú me cubres el miércoles a las cuatro.

—¿Qué tienes?

—Dentista con Inés.

—¿No puede llevarla Laura?

Julián cerró el pestillo y lo miró.

—Puede. Pero esta vez voy yo.

—Lo decía porque tú tienes el ganado.

—Y una hija. Las ovejas no me impiden saber dónde está el dentista.

—No he dicho eso.

—Lo has pensado tan fuerte que casi se ha asustado el perro.

Mateo metió las manos en los bolsillos.

—Mi madre se va cinco noches. Ángela ha hecho turnos para mi padre.

—Muy bien.

—Me ha puesto dos rehabilitaciones, comida y una lavadora.

Julián esperó.

—¿Y?

—Nada. Te lo cuento.

—Pensaba que venía una parte difícil.

—Tengo doscientas ovejas.

—Yo ciento sesenta, dos hijos y un suegro con diálisis. Laura y yo hacemos encaje de bolillos con los horarios. El martes te apaño yo y el miércoles me apañas tú.

Mateo pateó una piedra.

—Parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo.

—Nadie se ha puesto de acuerdo. Solo estamos cuadrando la semana.

Inés tocó el claxon desde el vehículo.

—Papá, me falta una división.

—Voy. —Julián abrió la puerta y se volvió hacia Mateo—. El martes te cubro. Envíame la ubicación del cercado que usarás.

—Te la sabes.

—Sí, pero mándamela. Igual cambias de cercado y termino cuidando las ovejas del vecino.

Mateo sospechó que Adriana había fundado una organización clandestina y medio pueblo se había afiliado.

Regresó a casa de sus padres antes de que anocheciera.

Teresa había extendido sobre la mesa un folleto del hotel, el horario del autobús y una lista titulada «Cosas que no pienso resolver desde Peñíscola».

Debajo figuraban, con letra grande: el café, las llaves, las camisas, la compra y cualquier objeto que estuviera delante de quien preguntaba.

—Esa lista parece agresiva —dijo Mateo.

—Es preventiva.

Antonio estaba sentado junto a la ventana con el calendario de Ángela. Había tachado dos casillas.

—¿Qué has quitado? —preguntó Mateo.

—La visita del miércoles por la mañana y que alguien venga a prepararme el desayuno. Sé abrir una cafetera.

—No tienes que demostrar nada.

—Precisamente. No tengo que demostrar que puedo hacerlo todo ni aceptar que vosotros hagáis lo que sí puedo hacer yo.

Mateo se sentó frente a él. El calendario no era un reparto de Antonio como si fuera una parcela. Era una conversación sobre tareas concretas. Algunas requerían ayuda; otras, compañía; otras no necesitaban a nadie.

—Entonces dime cuáles dejamos.

Antonio señaló las dos sesiones de rehabilitación.

—Estas. El autobús no coincide y el taxi cuesta un disparate. El lunes cocinamos tú y yo. El jueves, después de rehabilitación, quiero comer en el bar de la carretera. Y el miércoles he quedado con Hilario para jugar al dominó.

—Eso no estaba en el primer calendario.

—Porque vuestra hermana hace calendarios de cuidados, no de vida.

Teresa levantó un dedo sin apartar la vista del folleto.

—Tu hermana hace el calendario que puede con la información que le dais. Si nadie le cuenta lo del dominó, no se lo inventa.

Antonio cogió el bolígrafo y escribió «Hilario, cinco» en la casilla del miércoles.

—Ya está contado.

Mateo abrió el calendario compartido en el móvil. No esperó que Ángela trasladara los cambios. Marcó sus dos traslados, la comida del lunes y el hueco de Julián. Luego llamó al proveedor de pienso para pedir una franja concreta el jueves. El hombre respondió que pasaría por la mañana, como siempre.

—Necesito saber si será antes de las nueve y media —dijo Mateo—. Si no puedes asegurarlo, lo dejamos para el viernes.

Hubo una negociación breve, dos quejas sobre las rutas y un acuerdo para el viernes.

Mateo colgó. Había movido una entrega sin que ninguna oveja desapareciera ni el negocio se hundiera.

La dificultad no estaba en el cambio, sino en haber considerado hasta entonces que el horario de todos los demás debía doblarse alrededor del suyo.

—Me falta una cosa —dijo.

—La compra —respondió Teresa.

—Iba a decir las medicinas.

—Las medicinas las controla tu padre.

Antonio sacó del bolsillo una hoja con las recetas y las fechas.

—Tu madre sabe dónde están porque vivimos juntos, no porque yo sea analfabeto farmacéutico.

—Entonces, ¿qué hace falta?

—Recoger una crema el martes —dijo Antonio—. Puedes hacerlo mientras estoy dentro de rehabilitación. Y no te quedes una hora en la sala de espera mirándome como si fueras seguridad privada.

—Puedo aprovechar para hacer la compra.

—Eso es.

Teresa entró en la despensa y regresó con una bolsa de tela. Se la entregó a Mateo.

—Toma.

—¿Qué es?

—La bolsa con la que te llevas los táperes.

—Está vacía.

—Eres observador. Desde ahora seguirá estándolo salvo que cocines tú y nos traigas algo.

Mateo soltó una risa incrédula.

—Mamá, sé cocinar.

—Por eso me parece aún más misterioso que lleves veinte años abriendo mi nevera.

—A ti te gusta que venga.

Teresa le acarició la mejilla.

—Me gusta que vengas. No que confundas mi cariño con un servicio de comidas.

La ternura de la frase no redujo su precisión. Mateo sostuvo la bolsa vacía.

—¿Esto tiene que ver con Adriana?

—No. Adriana no me ha pedido que eduque al hijo que ya crié. Esto tiene que ver con que me voy cinco noches y no quiero dejar mi vida preparada para que los hombres de mi casa apenas noten que falto.

—Lo vamos a notar.

—Eso espero.

Teresa volvió al folleto y enseñó una fotografía de la piscina cubierta.

—Voy a llevarme el sombrero grande.

—Es noviembre.

—El sombrero no sabe en qué mes estamos.

Antonio estudió la fotografía.

—Yo quiero uno de esos albornoces del hotel.

—Tú lo que quieres es que te robe un albornoz —dijo Teresa.

—He dicho que quiero uno. Puedes preguntar en recepción cuánto cuesta.

Mateo miró a sus padres discutir sobre bordados y tallas.

Faltaba una semana para el viaje. Nadie había cocinado todavía, puesto una lavadora ni resuelto una urgencia.

Sin embargo, la casa ya parecía distinta porque las tareas habían dejado de flotar alrededor de Teresa y Ángela como si las siguieran por naturaleza.

En el móvil, su nombre aparecía en casillas concretas. No estaba «echando una mano». No estaba sustituyendo a las mujeres hasta que regresaran a su puesto. Eran sus turnos.

Guardó el teléfono y la bolsa vacía.

—El lunes hacemos caldereta —le dijo a Antonio—. Tú pelas las patatas.

—He dicho que sé cocinar, no que acepte tus órdenes.

—¿Quieres pelar las patatas?

—Sí.

—Entonces queda apuntado.

Teresa no levantó la vista del hotel, pero sonrió.