Capítulo 14
Los buenos días
El problema de enamorarse de un pastor, descubrió Adriana, era que los amaneceres dejaban de ser un recurso literario y se convertían en una hora de quedar.
A las seis menos cuarto del martes, Mateo llamó a su puerta con dos cafés y una bolsa de tortas de manteca. No tocó el timbre porque Pilar le había advertido de que sonaba en la vivienda de arriba como una alarma antiaérea. Dio tres golpes suaves y esperó.
Adriana abrió envuelta en una bata, con el pelo sujeto de cualquier manera.
—Dime que hay un incendio.
Mateo levantó los vasos.
—Hay café.
—No es una emergencia suficiente.
—Ayer dijiste que querías ver cómo sacábamos el rebaño antes de que saliera el sol.
—Ayer eran las cinco de la tarde. Yo a esas horas tengo ideales.
Él no intentó entrar. Se quedó en el umbral mientras Adriana valoraba seriamente cerrar la puerta, volver a la cama y perder para siempre el respeto de doscientas ovejas.
—Dame diez minutos.
—Te espero en el coche.
—Doce.
—Los que necesites.
Aquel detalle la despertó más que el café.
Mateo llevaba dos semanas demostrando que podía incorporar preguntas a su vocabulario sin que se alterara el equilibrio del planeta.
No siempre. Aún sugería rutas con tono de orden y tenía una capacidad extraordinaria para explicar herramientas a mujeres que acababan de utilizarlas delante de él.
Pero se detenía, rectificaba y, sobre todo, no pedía una medalla cada vez.
Adriana tardó diecisiete minutos. Mateo no comentó los cinco de diferencia.
En la nave, el rebaño era una masa tibia y murmurante.
Los cencerros sonaban aislados, como notas que se buscaran en la oscuridad.
Mateo abrió la puerta lateral y las primeras ovejas salieron con una seguridad que Adriana envidió.
Rosalía apareció en medio, reconocible por el cencerro azul y por el interés inmediato que mostró en el bolsillo de su chaqueta.
—No llevo planos —le dijo Adriana—. Hoy vas a tener que desayunar hierba como una oveja convencional.
Rosalía le mordisqueó la cremallera.
—Te ha echado de menos —dijo Mateo.
—Tenemos una relación basada en que yo pierda material de oficina.
Caminaron detrás del rebaño. El aire frío mordía la nariz y las manos, pero el horizonte empezaba a clarear sobre las lomas.
Adriana bebió el café a sorbos, procurando no tropezar.
Mateo silbaba de vez en cuando y las ovejas corregían el rumbo con una obediencia que ella no pensaba mencionar por miedo a que él extrajera conclusiones equivocadas sobre la comunicación humana.
—Buenos días —dijo él.
—Llevamos juntos cuarenta minutos.
—Ahora está saliendo el sol.
—Ah. El saludo oficial depende de la luz.
—Claro.
Mateo se inclinó y la besó. Fue un beso breve, frío por fuera y cálido por dentro, en mitad de una vereda que olía a romero húmedo.
—Buenos días —repitió.
Adriana lo agarró de la chaqueta antes de que se apartara.
—Ahora sí.
Desde el audio de la verbena habían pasado diez días.
Diez días de mensajes que Mateo redactaba como partes meteorológicos y terminaba corrigiendo con algún intento de coquetería.
Diez días de cafés, roces al mover cajas, una cena en La Parada y besos junto a la puerta de la casa de correos.
Valdebruna había necesitado menos de cuarenta y ocho horas para asumir que estaban juntos y veinticuatro más para atribuirse la previsión.
—Se veía venir —había declarado Charo.
—Lo viste venir porque escuchaste el audio —le recordó Adriana.
—Los buenos periodistas confirman sus fuentes.
La mañana posterior a la verbena, Adriana había entrado en La Parada dispuesta a comprar pan y salir en menos de un minuto. Encontró a tres personas preguntándole si pensaba quedarse en Valdebruna «ahora que tenía novio».
—Mi contrato dura cuatro meses —respondió—. La duración no la ha modificado un beso.
Uno de los hombres de la cooperativa miró a Mateo, que acababa de entrar detrás.
—Ya la convencerás tú, Gato. Una vez se acostumbre al campo, no querrá volver a Madrid.
Adriana sintió la huida subirle por el cuerpo como un ascensor. Antes de que pudiera responder, Mateo dejó las llaves sobre la barra.
—No tengo que convencerla de nada.
—Era una forma de hablar.
—Pues habla de otra cosa.
No lo dijo con voz de héroe ni buscó la aprobación de Adriana.
Pidió su café y se puso a discutir con Charo sobre el resultado del Albacete.
Ella se quedó un momento junto a la puerta, sorprendida por el alivio.
Después compró el pan y decidió sentarse a tomar otro café, no porque Mateo hubiera luchado por su honor, sino porque no había utilizado el comentario para marcar territorio.
Esa mañana, sin embargo, no había nadie mirando. Solo el rebaño, que tenía normas de confidencialidad más fiables que las de la hostelería local.
Llegaron a una loma. Mateo repartió un poco de grano en dos comederos bajos y se quedó observando a una oveja rezagada.
Le palpó una pata con cuidado, comprobó la pezuña y la dejó incorporarse sin forzarla.
Adriana lo miró trabajar. Nunca la fascinación le había parecido una emoción especialmente razonable, pero allí estaba: en las manos grandes que sabían cuánto apretar, en la voz baja que distinguía a cada animal y en la concentración sin alarde.
—¿Qué? —preguntó él al enderezarse.
—Nada.
—Me estabas mirando.
—Estoy recopilando material para la campaña del pastor guapo.
—Dijiste que preguntarías en la cooperativa.
—No ha habido candidatos mejores.
Adriana sacó la cámara. La luz rozaba ya el lomo de las ovejas y convertía el vaho de sus respiraciones en pequeñas nubes. Mateo miró hacia la parte alta de la finca.
—Si abro la portilla norte, puedo hacerlas pasar por la cresta. Con el sol detrás quedaría bien.
Semanas antes, Adriana habría aceptado sin preguntar. Necesitaba una imagen y él ofrecía el paisaje perfecto. Bajó la cámara.
—¿Las harías pasar por ahí si yo no estuviera?
—Hoy no. La parte de arriba sigue blanda por la tormenta y tardaríamos veinte minutos más en llegar al pasto.
—Entonces no.
—Puedo llevarlas despacio.
—No dudo de que puedas. No quiero que la fotografía convierta su mañana en un decorado.
Mateo contempló la cresta dorada, luego el rebaño agrupado junto a unos comederos bastante menos cinematográficos.
—Tendrías una foto mejor.
—Tendría una foto más espectacular. No siempre es lo mismo.
Adriana se agachó junto a la valla. Desde allí, el encuadre incluía las botas embarradas de Mateo, sus manos repartiendo el grano y a Rosalía intentando adelantarse por tercera vez. El sol no aparecía como una corona detrás de un rebaño obediente; entraba de lado, iluminaba polvo, lana y trabajo.
—Sigue como si yo no estuviera —dijo.
—Llevas una cámara a veinte centímetros de mi rodilla.
—Haz un esfuerzo interpretativo.
Mateo volvió al comedero. No miró al objetivo. Separó a una oveja demasiado insistente, comprobó el cierre y llamó a Canelo para abrir espacio. Adriana hizo una ráfaga corta. Después cambió de posición y fotografió la mano de él apoyada un instante sobre la espalda de la oveja rezagada.
Revisó las imágenes. En una, la puntada azul de la campaña parecía existir ya en el cencerro de Rosalía; en otra, el campo era trabajo antes que paisaje. Había obtenido lo que necesitaba sin pedir a los animales ni al pastor que fingieran una vida más bonita.
—Esta va a la selección —dijo, enseñándole la pantalla.
—No se ve la sierra.
—Se ve lo que haces.
Mateo observó la fotografía con una atención que le tensó la boca. Adriana recordó la caseta, la cámara entre sus manos y las sombras que había dejado de perseguir a los veinte años.
—Cuando acabemos la campaña —dijo—, puedes llevarte una copia. Si quieres.
—Quiero.
La respuesta llegó sin defensa. Adriana guardó la cámara antes de convertir aquel momento en algo que debiera explicar.
Mateo sonrió y se acercó. Adriana dio un paso atrás por puro juego. Él se detuvo.
—¿Puedo besarte o estás trabajando?
La pregunta contenía humor, pero seguía siendo una pregunta.
—Puedes. Dispones de treinta segundos antes de que Rosalía nos cobre derechos de imagen.
Esta vez el beso duró más. El sol apareció a sus espaldas y calentó apenas la tela de la chaqueta. Adriana apoyó una mano en el pecho de Mateo y sintió bajo la palma un corazón que no guardaba ninguna relación con su aire tranquilo.
Regresaron a la casa de correos pasadas las ocho. Adriana tenía una videollamada a las diez y necesitaba ducharse. Mateo dejó los vasos en la cocina y se quedó de pie, sin inventar una avería que revisar ni una tarea que justificara prolongar la mañana.
—Gracias por venir —dijo.
—Gracias por no hablar durante los primeros quince minutos.
—Sé tratar con criaturas asustadas.
Adriana se acercó para darle un beso de despedida. Mateo le rodeó la cintura y el beso cambió antes de que ninguno decidiera nada en voz alta. Ella notó la pared fría contra la espalda, las manos de él quietas un instante, esperando.
—¿Tienes prisa? —preguntó Mateo.
—Todavía no.
—¿Quieres que me quede?
Adriana lo miró. Le gustó que lo preguntara. Le gustó aún más poder responder sin sentir que estaba entregando una parte de sí que luego tendría que reclamar.
—Sí.
Subieron la escalera estrecha entre besos y una discusión en susurros sobre quién había dejado una bota en el tercer peldaño.
En el dormitorio entraba una luz dorada a través de las contraventanas.
Mateo la tocó con una mezcla de seguridad y cuidado que no parecía ensayada.
Adriana le desabrochó la camisa azul —otra, no la número tres; él había aclarado el dato sin que nadie se lo pidiera— y apoyó la frente en su hombro cuando la respiración dejó de permitir bromas completas.
No hubo promesas ni música. Hubo piel caliente después del frío, risas cuando el somier protestó y preguntas dichas al oído.
Hubo deseo adulto, sin el examen absurdo de impresionar a nadie.
Cuando Mateo volvió a besarla, Adriana sintió que por una vez la intimidad no la reducía: le daba espacio incluso dentro de un abrazo.
Más tarde se quedaron tumbados, medio cubiertos por el edredón. Faltaban veintiséis minutos para su videollamada.
—Esto mejora bastante los amaneceres —dijo ella.
—Podemos repetir mañana.
—No abusemos. Podría desarrollar hábitos rurales.
Mateo le acarició el hombro. En la calle pasó una furgoneta y tocó el claxon dos veces.
—No quiero que esto se convierta en un espectáculo —dijo Adriana.
—¿Lo del claxon?
—Todo. El audio ya fue suficiente. No quiero entrar en un bar y que me pregunten por tus ronquidos. Ni que cada conversación sobre La Hebra termine con alguien llamándome la novia del Gato.
Mateo se incorporó sobre un codo.
—No ronco.
—Céntrate.
—Me centro. No diré nada.
—No se trata solo de contar o no contar. —Adriana buscó las palabras—. Estoy aquí por mi trabajo. Tengo una vida, clientes, planes. No quiero convertirme en un apéndice simpático de la tuya ni en una historia que el pueblo haya decidido por mí.
—No eres ningún apéndice.
—Bien.
—Y si alguien dice algo, le paro los pies.
Adriana oyó la respuesta protectora. No era mala, pero se quedaba un poco antes de donde ella quería llegar.
—También puedo parar mis propios pies. Lo que necesito es que no alimentes la historia. Que no hables por los dos.
Mateo asintió.
—No hablaré por los dos.
Parecía sincero. Adriana quiso creer que había comprendido todo el alcance de la frase y no únicamente la parte relativa a Charo. Le besó el hombro y salió de la cama.
—Tengo una presentación en veintidós minutos.
—Te preparo café.
—Eso sí puedes decidirlo sin comité.
Mientras se duchaba, Mateo bajó a la cocina. Cuando Adriana volvió, encontró café, dos tostadas y una nota junto al portátil: «No he tocado nada. Ni siquiera ese cable que está pidiendo auxilio».
Él se había marchado. La taza estaba caliente.
Adriana vio el cable mencionado en la nota, torcido junto al rodapié. Mateo podría haberlo tocado, reparado o sustituido antes de que ella bajara. No lo había hecho. Aquella contención minúscula le pareció más íntima que encontrar un cepillo de dientes nuevo junto al suyo.
Adriana se sentó ante la pantalla con el pelo mojado y una sonrisa que tuvo que disimular cuando se conectó su cliente.
Había marcado un límite y Mateo no lo había discutido. De momento, aquello bastaba.
Los buenos días no garantizaban nada sobre el resto de la jornada.
Pero eran una forma preciosa de empezarla.