Gato viejo, rata tierna Capítulo 13
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Capítulo 13

Nadie baila pasodobles por accidente

Mateo se cambió de camisa tres veces.

La primera era blanca y lo hacía parecer, según Teresa, un hombre que iba a pedir un crédito.

La segunda tenía unos cuadros tan grandes que Ángela preguntó si pensaba acudir a la cita o tapar una mesa.

La tercera era azul oscuro, sencilla y limpia, y habría resultado perfecta si su madre y su hermana no lo hubieran visto probársela.

—Esa —dijo Teresa desde la puerta de su dormitorio.

—No he preguntado.

—Por eso te lo digo gratis.

Mateo se abrochó el puño.

—¿Podéis dejar de entrar?

—La puerta está abierta —respondió Ángela.

—Es mi casa.

—Y tu madre tiene la llave desde antes de que tú supieras usar una cuchara.

Teresa le alisó el cuello con dos dedos. Mateo se dejó hacer durante un segundo y después se apartó, consciente de que acababa de ofrecer una demostración práctica de uno de sus problemas.

—Sé vestirme solo.

—Lo sabemos —dijo su madre—. Lo que no sabíamos era que aún recordaras cómo.

Las piezas del tractor estaban ya en la nave.

Mateo había ido a Albacete a las cuatro, cuando el almacén de repuestos seguía abierto, y regresó con un rodamiento, dos juntas y una factura que guardó en la carpeta antes de que Ángela pudiera preguntarle por ella.

Durante un momento pensó en proponer a Adriana que lo acompañara y aprovechar el viaje.

Descartó la idea: ella había dicho que trabajaba hasta las ocho y la invitación era a cenar, no a pasar la tarde esperando junto a un mostrador de recambios.

El segundo trayecto de la jornada era una ineficacia absoluta. También era la primera vez en mucho tiempo que Mateo organizaba su trabajo alrededor del tiempo de una mujer sin presentar el ajuste como un favor que debía agradecerle.

A las ocho y doce aparcó delante de la antigua casa de correos.

Había calculado el trayecto a Albacete, el tiempo para encontrar estacionamiento y hasta un margen de ocho minutos por si Adriana quería ponerse otro abrigo.

A las ocho y catorce comprendió que llegar antes de la hora acordada y esperar dentro del coche era una forma bastante digna de no dirigir la noche.

A las ocho y cuarto exactas, Adriana salió.

Llevaba pantalones negros, botines y una blusa color vino bajo el abrigo.

Nada espectacular en el sentido aparatoso de la palabra.

Sin embargo, al verla bajar los dos escalones de la entrada, Mateo olvidó el saludo que había preparado, una frase normal y adulta que no incluía ninguna referencia al tiempo.

—Estás…

—Vestida —completó ella.

—Iba a decir muy guapa.

—Ah. En ese caso puedes terminar.

—Estás muy guapa.

Adriana sonrió y subió a la camioneta.

—Tú también. La camisa número tres ha sido una buena elección.

Mateo se quedó inmóvil con una mano en la puerta.

—¿Cómo sabes que es la número tres?

—Ángela me ha enviado una encuesta.

El mensaje existía. Adriana se lo enseñó junto con tres iconos de camisa y una petición de voto «para evitar una desgracia textil». Mateo arrancó mientras ella reía.

—Esto es una traición familiar.

—Esto es participación ciudadana.

No llegaron a Albacete. Al atravesar Cañada Serena, el pueblo vecino, encontraron la carretera cortada por una fila de farolillos y un agente municipal que les indicó el desvío.

En la plaza había una verbena de otoño, puestos de comida y una orquesta probando sonido bajo una pancarta que celebraba a la patrona con tres semanas de retraso.

—Me había olvidado de las fiestas —dijo Mateo.

—¿Tu conocimiento absoluto de todos los caminos no incluía el calendario?

—Conozco dónde llevan. No qué santo se pone delante.

El desvío añadía cuarenta minutos. El restaurante perdería la reserva.

Mateo miró la plaza, después a Adriana.

—Las piezas ya están recogidas, así que podemos llamar y llegar tarde o cenar aquí. Hay miguelitos, bocadillos y una barra donde seguramente el concepto de reserva cause risa.

—¿Qué prefieres tú?

La pregunta le pilló desprevenido. Había pasado el trayecto vigilándose para no elegir por ella y ahora Adriana le devolvía la responsabilidad de tener un deseo.

—Quedarme —dijo—. Si no te importa cenar de pie.

—Me parece perfecto.

Aparcaron a la salida del pueblo y caminaron hasta la plaza. La noche olía a leña, aceite caliente y azúcar. Compraron dos bocadillos de lomo, una ración de pimientos y una bolsa de almendras garrapiñadas que Adriana empezó a comerse antes de que él pudiera pagar.

—Te devolveré los tres euros —prometió.

—Eso espero. No quiero que pienses que esta relación se basa en mi patrimonio.

—¿Qué relación?

Mateo casi se atragantó con un pimiento. Adriana sostuvo su mirada durante dos segundos y luego sonrió.

—Era por comprobar tus reflejos.

—Mis reflejos funcionan mejor con ovejas.

—Romántico y específico.

La orquesta empezó con una versión entusiasta de una canción de los ochenta.

Había niños corriendo entre las mesas, parejas mayores que habían ocupado la primera fila y grupos de jóvenes junto a la barra.

Mateo reconoció a gente de la cooperativa y saludó desde lejos, esperando que no se acercaran a comentar su camisa.

No tuvo suerte. Julián apareció con Laura, su mujer, y sus dos hijos. Inés llevaba una diadema luminosa; el pequeño, un globo con forma de tiburón que golpeó a Mateo tres veces antes de que terminaran los saludos.

—Así que has ido dos veces a Albacete por una cena —dijo Julián.

—Las piezas las he recogido esta tarde. La carretera estaba cortada.

—Una cadena de circunstancias muy romántica.

Laura saludó a Adriana sin examinarla como a una recién llegada en periodo de prueba. Hablaron unos minutos sobre el taller de La Hebra; ella había visto las etiquetas provisionales y quería apuntarse a uno de los cursos de fieltro.

—Mi madre dice que estas cosas se me dan mal —comentó—, así que ya tengo una razón excelente para probar.

—No hace falta que se te den bien para empezar —respondió Adriana.

Mateo reconoció la frase aunque no fuera idéntica a la que ella le había dicho bajo la tormenta.

—Eso mismo le digo yo con el barro —dijo Laura, señalando a Julián—. Lleva ocho años prometiendo venir conmigo al taller de cerámica.

—Voy cuando los niños sean mayores.

—Para entonces podrán quedarse solos y ya no tendrás excusa.

Julián aceptó el golpe con una sonrisa. Laura se volvió de nuevo hacia Adriana.

—¿Y tú qué tal? Te lo pregunto a ti, no al comité de vecinos que ya ha decidido si te quedas.

Adriana miró un instante a Mateo. Él no respondió por ella ni adoptó la expresión confiada de quien conoce la respuesta correcta.

—Estoy bien —dijo—. Me gusta el trabajo, me gusta la casa y ya sé qué camino no debo tomar con el coche. También echo de menos que en Madrid nadie controle cuántas veces compro pan.

—Aquí no lo controlamos —protestó Julián.

—Charo me preguntó ayer si estaba haciendo tostadas francesas porque llevé huevos y pan el mismo día.

—Eso no es control —dijo Laura—. Es una auditoría sin consentimiento.

Adriana rio.

—Me quedaré los cuatro meses del contrato. Después decidiré yo.

—Buena respuesta —dijo Laura.

No había pedido una promesa romántica ni presentado el pueblo como una prueba que Adriana debía aprobar.

La había escuchado describir dos verdades a la vez: podía gustarle Valdebruna y seguir necesitando una parte de la ciudad.

Mateo sintió el impulso de preguntar qué echaba de menos exactamente. Lo guardó para cuando estuvieran solos.

Inés pidió a su padre dinero para una atracción. Julián se agachó, negoció dos viajes y después comprobó con Laura a qué hora se marcharían.

—¿No tienes que madrugar por el ganado? —preguntó Mateo.

—Sí. Y Laura trabaja mañana. Nos vamos a las doce los cuatro.

La respuesta fue simple. No había mártir, ayudante ni persona cuya mañana importara menos. Mateo miró a Adriana, que seguía conversando con Laura. Pensó que empezaba a ver repartos que antes le habían parecido naturaleza.

—Pasadlo bien —dijo Julián antes de alejarse—. Y si bailas, Gato, procura no mover las mismas patas a la vez.

—¿Todo el mundo sabe que no bailo?

—Todo el mundo te ha visto no bailar durante treinta años.

Adriana, en cambio, parecía cómoda. No contemplaba la fiesta como una turista ni se esforzaba por demostrar que sabía divertirse en un pueblo. Comía almendras, observaba a la gente y movía un pie al ritmo de la música.

—¿Bailas? —preguntó Mateo.

—Lo suficiente para no lesionarme. ¿Tú?

—No.

—Qué pena.

—No he dicho que no vaya a hacerlo.

Adriana volvió la cabeza.

—Mateo Roldán, ¿acabas de ofrecerte a bailar?

—He preguntado si tú bailabas.

—Y yo he oído una puerta abriéndose.

—No dramatices.

—Solo si la orquesta toca algo que no exija coreografía.

La orquesta interpretó dos rumbas, un rock lento y una canción latina en la que Mateo consiguió permanecer a salvo detrás de una mesa. Entonces el vocalista anunció un pasodoble «para los que todavía saben bailar de verdad».

—Esto es una trampa —dijo él.

Adriana ya se había puesto en pie.

—Nadie baila pasodobles por accidente.

—Yo no sé.

—Yo tampoco.

—Entonces, ¿qué vamos a hacer?

—El ridículo durante tres minutos. Después la gente volverá a pensar en sí misma.

Mateo recordó la caseta de piedra. Miró la pista. Había parejas que se movían con una precisión adquirida durante décadas y otras que simplemente caminaban abrazadas procurando no derramar la bebida. Sebas, si llegaba a enterarse, tendría material hasta Navidad.

Adriana le tendió la mano.

Mateo la tomó.

Al principio se movió como si condujera un mueble por una escalera estrecha. Puso una mano en la espalda de Adriana, avanzó cuando ella también avanzaba y le pisó el pie antes del primer estribillo.

—Perdón.

—No pasa nada. Me queda otro.

—Podemos parar.

—Podemos. ¿Quieres?

Él observó sus ojos brillantes, el mechón que se había soltado junto a su mejilla y la sonrisa que no era cruel ni indulgente. Se estaba riendo con él, no de él. La diferencia le aflojó los hombros.

—No.

—Entonces deja de contar pasos.

—Si dejo de contarlos, podemos acabar en la fuente.

—La fuente está a doce metros. Confío en ti hasta ocho.

Mateo dejó de pensar en sus pies. La música era demasiado rápida, la mano de Adriana estaba caliente y, cuando giraron, chocaron con una pareja que les pidió perdón aunque la culpa había sido claramente suya. Para el final de la canción no bailaban bien, pero habían logrado no separarse.

—Has sobrevivido —dijo Adriana.

—Tú cojeas un poco.

—El aprendizaje tiene costes.

La siguiente canción fue lenta. La pista se vació en parte. Mateo no soltó su mano.

—Esta la sé bailar —dijo.

—¿Cuál es la técnica?

—No moverme mucho.

—Por fin una disciplina adecuada a tu experiencia.

Adriana se acercó. Mateo apoyó la mano con más seguridad en su cintura. Durante un rato no hablaron. A su alrededor, los farolillos oscilaban con el viento y la voz del cantante se perdía entre conversaciones. Ella olía a un perfume suave y a azúcar de las almendras.

Al terminar, se apartaron de la pista y caminaron hasta una calle lateral para respirar lejos de los altavoces. Unas banderolas cruzaban de balcón a balcón. El ruido de la plaza llegaba amortiguado.

—No ha sido tan terrible —dijo Adriana.

—He perdido sensibilidad en el pie derecho.

—Ese era el que me pisaba. Justicia poética.

Mateo quería besarla. Lo sabía desde la tormenta, quizá desde mucho antes, pero allí el deseo dejó de ser una posibilidad que podía guardar entre tareas. Adriana estaba apoyada en una pared blanca, mirándolo con una calma que no le facilitaba ninguna excusa.

Sacó el móvil para comprobar la hora. Tenía un mensaje de Antonio preguntando si todo iba bien.

Respondió que sí y abrió sin querer el grupo «Valdebruna avisos», donde Charo acababa de compartir una fotografía de un perro perdido.

Bloqueó la pantalla y guardó el teléfono en el bolsillo de la camisa.

—Llevo media noche queriendo besarte —dijo.

Adriana alzó una ceja.

—¿Solo media?

Mateo rio por lo bajo.

—Desde la tormenta.

—Eso ya es una respuesta mejor.

—¿Puedo?

—Sí.

La besó despacio, con una mano junto a su cuello y la otra todavía torpe en la cintura. Adriana le agarró la camisa y lo acercó. El primer contacto fue suave; el segundo, no tanto. Mateo sintió que el cuerpo entero se le ordenaba alrededor de aquella boca.

El teléfono empezó a vibrar entre los dos.

Lo ignoró. Vibró otra vez, luego tres seguidas. Adriana se apartó apenas un centímetro.

—O tu padre necesita algo o las ovejas han creado un sindicato.

Mateo sacó el móvil. Había doce mensajes nuevos en «Valdebruna avisos».

El primero era de Pilar: «Mateo, has enviado un audio de 0:47».

El siguiente, de Charo, contenía tres labios rojos.

Después venían un «¡viva!» de Maribel, un «este grupo es para información útil» de un vecino y la respuesta de Charo: «A mí me está resultando utilísimo».

Mateo abrió el audio. Su propia voz salió del altavoz: «Llevo media noche queriendo besarte». Luego se oía a Adriana preguntar «¿Solo media?», su respuesta y, durante varios segundos insoportablemente claros, el sonido del beso. La grabación terminaba con la vibración inicial del móvil.

Adriana se tapó la boca. Mateo no supo si estaba horrorizada hasta que la vio doblarse de risa.

—No tiene gracia.

—Has retransmitido tu primer beso al servicio municipal de avisos.

—No es municipal.

—Eso es lo que te preocupa.

Mateo borró el audio. Ya lo habían escuchado cuarenta y dos personas.

—Mañana no puedo volver al pueblo.

—Tienes doscientas ovejas. Acabarán notando tu ausencia.

—Puedo trasladarlas.

Adriana le quitó con suavidad el móvil de la mano, lo apagó y lo guardó en el bolsillo de su abrigo.

—Ya está. Has hecho el ridículo. ¿Notas algo distinto?

—Sí. Quiero mudarme.

—Además de eso.

Mateo la miró. Seguía deseando besarla. El pueblo entero podía haberlo oído y el deseo no se había vuelto menos verdadero ni más vergonzoso.

—No.

—Pues terminemos lo que la tecnología ha interrumpido.

Adriana lo acercó por el cuello de la camisa número tres.

La segunda vez, Mateo dejó el teléfono apagado.

Y dejó de contar cuánto podía durar el ridículo.