Gato viejo, rata tierna Capítulo 11
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Capítulo 11

Una disculpa con verbo

Mateo llevaba desde las seis y media de la mañana intentando no pensar en la boca de Adriana, lo cual habría resultado más sencillo si la camisa verde que ella le había devuelto no estuviera colgada justo delante de él.

La había lavado. También la había planchado, algo que Mateo dedujo por la raya impecable de las mangas y por una nota sujeta al cuello con una pinza: «Gracias por el refugio y por no diagnosticarme una pulmonía. A.». La letra inclinada parecía burlarse de él desde el tendedero interior.

La dobló, la guardó en un cajón y, treinta segundos después, volvió a abrirlo porque había dejado un calcetín debajo.

—Esto empieza estupendamente —murmuró.

La reunión de La Hebra era a las diez. Mateo llegó siete minutos antes, que en Valdebruna equivalía a una declaración de intenciones.

Pilar aún estaba colocando las sillas del antiguo salón parroquial.

Nuria extendía sobre una mesa muestras de fieltro y etiquetas provisionales.

Adriana revisaba una presentación en el portátil, vestida con una chaqueta azul y una coleta alta que no tenía ninguna obligación de recordarle la tormenta, pero lo hizo.

—Buenos días —dijo él, procurando que sonara como si no hubiera estado a punto de besarla dentro de una caseta.

—Buenos días —respondió ella, con un tono que demostraba que también podía fingir normalidad y probablemente había realizado cursos avanzados.

Mateo ayudó a Pilar a mover una mesa. Después preguntó dónde la quería, en lugar de depositarla bajo la ventana porque allí había estado siempre. Pilar lo miró con sospecha.

—En el centro.

—¿Atravesada o a lo largo?

—A lo largo. ¿Te encuentras bien?

—Perfectamente.

—Pues avisa si empeoras.

Fueron llegando Ángela, Lucía, dos ganaderos de la cooperativa, tres mujeres de la asociación y Sebas, que apareció con café para los hombres y una caja de pastas «para que repartieran ellas».

Pilar le señaló la mesa sin decir una palabra.

Sebas dejó allí la caja y se sirvió su propio café bajo ocho miradas femeninas.

Adriana abrió la sesión.

—Hoy necesitamos cerrar tres cuestiones: quién aporta cada tipo de lana, qué capacidad real de producción tenemos y qué información queremos que acompañe a cada pieza. Real, no aspiracional. Si podemos fabricar veinte fundas al mes, no vamos a prometer cien porque una diapositiva quede más bonita.

—La lana más blanca la puedo separar yo y… —empezó Mateo.

Se oyó a sí mismo antes de terminar. Adriana tenía una mano apoyada en el respaldo de la silla. No parecía enfadada. Tampoco impresionada.

Mateo cerró la boca.

—Perdona, Nuria. Estabas hablando tú.

Nuria parpadeó.

—Todavía no había empezado.

—Pues estabas a punto.

—Eso sí.

Hubo un silencio corto. Sebas carraspeó para esconder una risa. Mateo sintió un calor incómodo en el cuello. Durante medio segundo estuvo tentado de convertirlo en broma y recuperar el terreno. En lugar de eso, sacó el bolígrafo.

—Decía que podemos hacer las mantas pequeñas por tandas —continuó Nuria—. Las fundas y los salvamanteles permiten aprovechar retales. Pero necesitamos saber con antelación qué lana llega lavada y cuál no.

Mateo tomó nota. Cuando Nuria terminó, explicó qué lotes podía separar y cuánto tiempo necesitaba. Adriana hizo dos preguntas. Él respondió solo a las dos.

No fue una experiencia mística. No se abrió el techo ni bajó una voz a felicitarlo por haber dejado hablar a una mujer durante cuatro minutos completos. Simplemente la reunión avanzó más deprisa.

La segunda cuestión levantó más polvo. Ángela propuso que cada producto llevara una tarjeta con el nombre de la artesana, el origen de la lana y las horas aproximadas de trabajo. Sebas apoyó los codos sobre la mesa.

—Eso de poner la historia está bien. La gente compra más si sabe que la lana viene del Gato y que las piezas las hacen aquí.

—No ha dicho eso —intervino Pilar.

—Bueno, pero se entiende.

—No —dijo Adriana—. Precisamente estamos intentando dejar de confiar en que las cosas importantes «se entiendan».

Mateo vio que Sebas se volvía hacia él, invitándolo a suavizar el ambiente. Era lo que solían hacer: una frase graciosa, una palmada y el asunto quedaba reducido a un exceso de seriedad de las mujeres.

—La idea es de Ángela —dijo Mateo—. Y no consiste en poner mi nombre más grande. Consiste en que se sepa quién ha hecho cada parte.

—Si yo no he dicho que sea tuya —protestó Sebas.

—Has empezado por mí y has dejado a las artesanas en «las piezas las hacen aquí». Tienen nombre.

Ángela lo miró. Mateo habría preferido que sonriera o asintiera, cualquier señal que le permitiera saber que había acertado. Su hermana se limitó a pasar la página del cuaderno.

—Entonces —dijo ella—, ¿incluimos también el lote y la explotación? Así hay trazabilidad.

—Por mí, sí —respondió Mateo.

—Falta escuchar a los demás ganaderos —señaló Adriana.

Mateo notó la corrección. También notó que no le dolía.

Preguntaron. Uno aceptó y el otro pidió que el sistema fuera sencillo. Lucía explicó qué datos sanitarios podían comunicarse sin convertir la etiqueta en un prospecto. Cuando Mateo la llamó «chiquilla», la palabra salió por pura costumbre.

—La chiquilla sabe qué… —Se detuvo—. Lucía. Perdona.

La veterinaria levantó una ceja.

—Mira, otro milagro sin romería.

—No abuses, que aún puedo recaer.

—Entonces no es un milagro. Es conducta.

Adriana bajó la vista para ocultar una sonrisa. Mateo sintió algo parecido al orgullo y se obligó a no disfrutarlo demasiado. Si solo se comportaba bien cuando ella estaba mirando, no era comportamiento. Era cortejo con papelería.

Al llegar a los plazos, propuso llevar la primera entrega el lunes. Adriana consultó a Nuria antes de apuntarlo.

—¿Te da tiempo a recibirla y clasificarla?

—El lunes no. Tengo a Alma conmigo y sale del colegio a las dos. El martes por la mañana, sí.

Mateo pensó que él podía dejarla el lunes en el almacén y ahorrarse el viaje del martes. La solución se le formó entera en la cabeza, con llaves, horarios y hasta el lugar donde apilar los sacos.

—¿Prefieres que vaya el martes o que lo deje el lunes en el almacén? —preguntó.

Nuria eligió el martes porque quería comprobar los lotes al recibirlos.

—Hecho.

No explicó por qué el lunes era más práctico. No insistió. La solución de Nuria no necesitaba vencer a la suya para ser válida.

Pilar pasó al reparto de tareas para la jornada de prueba. Había que mover mesas, colocar señales, preparar agua para el taller y registrar las entradas de material. Sebas miró la lista.

—Las mesas podemos traerlas nosotros. Lo de recibir a la gente y preparar las cosas, vosotras sabréis mejor.

Mateo conocía el mecanismo. Los hombres cargaban durante veinte minutos, recibían las gracias y se marchaban a por una cerveza; las mujeres pasaban dos días haciendo listas, comprando vasos, confirmando asistentes y recogiendo cuando nadie quedaba para verlo.

—Yo puedo encargarme del agua, los vasos y la recogida —dijo.

Sebas se volvió hacia él.

—¿Tú vas a poner vasos?

—No sabía que exigieran una titulación.

—No pega mucho contigo.

—Entonces será una jornada de descubrimientos.

Pilar escribió su nombre en la pizarra.

—La compra se hace con factura —le advirtió Ángela—. Nada de perder el tique y luego decir que son veinte euros.

Mateo estuvo a punto de responder que siempre le había entregado los gastos. Recordó tres comidas de la cooperativa que Ángela había tenido que reconstruir preguntando por WhatsApp y cerró la boca.

—Con factura —repitió.

—Y no le preguntes a mamá dónde están los termos —añadió su hermana—. Están en el armario del salón de actos. Etiquetados.

—Sé leer.

—Hoy estamos confirmando muchas capacidades.

Adriana repartió entonces unas fichas de una sola página.

En la parte superior aparecían cuatro campos: explotación, tipo de lana, tratamiento y persona responsable de verificar los datos.

Debajo había un espacio breve para explicar el origen del lote sin convertir la etiqueta en una novela pastoril.

—Necesito una por cada ganadería antes del martes —dijo—. La información técnica tiene que venir de quien conoce el material. Yo la adapto al espacio y al tono de la marca, pero no voy a inventarla.

Eusebio examinó la hoja.

—Yo te mando un audio con lo que haga falta y tú lo pones bonito.

—Puedes mandarme un audio si después revisas y apruebas por escrito la ficha. No asumiré la responsabilidad de adivinar si cuando dices «esta lana es la buena» hablas de finura, longitud o simpatía del animal.

—Tú entiendes de comunicar.

—Y tú de tu lana. Por eso el trabajo necesita a los dos.

No sonó a negativa caprichosa ni a una profesional defendiendo territorio por orgullo.

Adriana estaba protegiendo la exactitud del proyecto y también su tiempo.

Mateo recordó cuántas veces había enviado a Ángela una fotografía torcida de un documento con un «mira a ver qué piden», como si entender un problema incluyera resolverlo.

—Podemos rellenar el primer ejemplo ahora —propuso Adriana—. Así sabremos si la ficha sirve o solo es bonita.

Colocó sobre la mesa una muestra del lote que Mateo había separado la semana anterior.

—Descríbela para alguien que no ha tocado una oveja en su vida.

—Es vellón de manchega, de la zona del costillar, con una longitud media de seis centímetros y buen rizado para…

—Te he perdido en «costillar» —dijo Maribel.

—Y yo en «longitud media» —añadió Pilar—. Parece la descripción de un sospechoso.

Mateo miró la fibra entre sus dedos. Sabía reconocerla, limpiarla y explicar durante una hora qué podía hacerse con ella. Traducir ese conocimiento sin esconderlo bajo tecnicismos era otra clase de oficio.

—Es una lana resistente —dijo al fin—. No es la más suave para llevarla pegada al cuello, pero funciona bien en fieltro y piezas que tienen que durar. Esta parte sale más limpia y uniforme porque se separa al esquilar.

Adriana escribió sin apartar la mirada de él.

—Eso sí lo entiende alguien que compra una bolsa. Lucía, ¿hay algo que no podamos afirmar?

La veterinaria leyó el borrador y pidió sustituir «natural» por una explicación concreta del lavado. Nuria añadió qué parte utilizaba para cada producto. En diez minutos, la ficha dejó de pertenecer a quien hablaba más alto y empezó a contener el trabajo de varias personas.

—El martes traeré la mía completa —dijo Mateo.

—La tuya y solo la tuya —precisó Adriana—. No recojas las de los demás para ahorrarnos tiempo. Cada responsable tiene que responder por sus datos.

Mateo había estado a punto de ofrecerse exactamente a eso.

—Entendido.

Nadie lo felicitó por asumir una tarea. Pilar siguió repartiendo responsabilidades.

Mateo anotó «vasos, agua, termos, recoger» y comprendió que un verbo concreto obligaba mucho más que ofrecerse a «ayudar en lo que hiciera falta».

Lo segundo permitía aparecer cuando todo estaba decidido.

Lo primero tenía hora, coste y consecuencias.

La reunión terminó a las doce y cuarto con una lista de responsables escrita por Pilar en la pizarra.

Bajo «logística» había cuatro nombres. Bajo «diseño», Adriana y Nuria.

Bajo «precios», Nuria, Ángela y Pilar. Mateo observó que el suyo no aparecía en todos los apartados y el edificio seguía en pie.

Sebas lo alcanzó fuera.

—¿Qué te han dado de desayunar?

—Café.

—Parecías un concejal en jornada de igualdad.

—Parecía alguien en una reunión.

—Si es por la madrileña, te aviso de que tanto esfuerzo luego crea expectativas.

Mateo guardó las llaves en el bolsillo.

—No es por la madrileña.

—Claro.

—Y se llama Adriana.

Sebas abrió las manos, divertido.

—Como quieras, Gato. Te estás volviendo muy fino.

Mateo habría respondido otras veces con alguna grosería sobre estar fino o no estarlo. Miró a través de la puerta. Ángela seguía dentro, recogiendo los vasos que Sebas y él habían usado.

Volvió sobre sus pasos, tomó los dos vasos y los llevó a la cocina.

—Tampoco hace falta que montes una representación —dijo Ángela.

—No la monto.

—Bien.

Su hermana siguió guardando papeles. Mateo lavó los vasos, los secó y los dejó donde Pilar le indicó. Aquella ausencia de aplausos empezó a parecerle la medida exacta de las cosas.

Adriana cerró el portátil cuando ya se habían marchado casi todos.

—La camisa está limpia —dijo.

—La he visto.

—No sabía si las pinzas de tu casa tenían protocolo de entrega.

—Solo para prendas diplomáticas.

Se quedaron de pie a ambos lados de la mesa. A Mateo le volvió a la memoria la gota en la ceja, el pulgar de ella y el golpe de la rama.

—Lo de hoy… —empezó él.

Adriana lo miró con calma. Mateo supo que podía decir lo he hecho bien , ¿te has fijado? , ves como puedo cambiar . Cualquiera de esas frases convertía una conducta elemental en una moneda que ella debía pagar.

—Nuria tiene razón con los plazos —terminó—. El martes iré antes de las diez.

Algo se suavizó en la expresión de Adriana.

—Perfecto.

Mateo se dirigió a la puerta.

—Y, Mateo.

Se volvió.

—Gracias por devolverle la idea a Ángela.

—Era suya.

—Precisamente.

Salió a la plaza con una sensación extraña. No era la satisfacción limpia de haber hecho algo admirable. Era más modesta y más incómoda: la certeza de que durante años habría aceptado aquel mérito sin darse cuenta.

En el campanario dieron las doce y media. Mateo escuchó las campanas, el motor de una furgoneta, una persiana que subía y, desde el corral de la calle de atrás, un cencerro irregular.

Reconocer un sonido no bastaba para entenderlo.

Pero al menos ya empezaba a saber cuándo debía callarse para oír el resto.