Gato viejo, rata tierna Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—No está mal para un hombre que ha llegado tarde.

Mateo se la devolvió demasiado deprisa.

—Ha sido suerte.

—La suerte también necesita encuadre.

No insistió. Guardó la cámara y vio que él seguía observando la mochila cerrada. El deseo no siempre regresaba como una gran llamada. A veces asomaba un segundo, comprobaba si aún tenía permiso para existir y volvía a esconderse.

Un relámpago iluminó la caseta. Adriana vio una gota detenida en la ceja de Mateo. Antes de pensarlo, levantó la mano y se la quitó con el pulgar.

El silencio cambió de forma.

Mateo no se movió. Sus ojos bajaron hasta la boca de ella y regresaron despacio. Adriana sintió el latido en la garganta, absurdo y nítido bajo el estrépito de la lluvia. Estaban tan cerca que podía contar las motas ámbar de sus iris.

—Adriana…

No supo si era una pregunta o una advertencia. Tampoco tuvo tiempo de decidirlo. Un golpe seco sonó detrás de la pared y ambos se levantaron de un salto.

Mateo abrió la puerta apenas un palmo y miró fuera. Una rama gruesa acababa de caer junto a la caseta.

—Nada —dijo—. Solo una encina podando por libre.

Cuando se volvió, la distancia había regresado. No toda, pero sí la suficiente.

La tormenta perdió fuerza veinte minutos después. Bajaron por el sendero entre regueros, con Adriana todavía dentro de la camisa verde. Mateo caminó a su lado sin sujetarla. Solo le avisaba de las piedras sueltas y dejaba que ella escogiera dónde poner el pie.

Al llegar a los vehículos, Adriana abrió la puerta del coche y empezó a desabrocharse la camisa.

—Quédatela hasta que se seque tu ropa —dijo él.

—¿No vas a decirme que cogeré una pulmonía?

—He pensado que ya sabías si tienes frío.

Ella lo miró por encima del techo del coche.

—Aprendes deprisa bajo presión atmosférica.

Mateo sonrió, pero en sus ojos seguía aquella pregunta sin terminar.

Mateo cerró la puerta de la camioneta y miró hacia el cielo, que seguía negro sobre la loma.

—Tengo que pasar por el cercado de abajo. Julián ha recogido allí el rebaño antes de la tormenta.

—Voy contigo.

—Puedes volver al pueblo. Estás empapada.

—No te he preguntado qué puedo hacer. He dicho que voy contigo.

Mateo abrió la boca, la cerró y asintió.

—Sígueme con el coche. La entrada tiene barro.

—Eso último sí es información útil.

El cercado quedaba a menos de un kilómetro, en una hondonada protegida por encinas.

Julián había dejado a las ovejas agrupadas junto a un cobertizo abierto, lejos del cauce que la lluvia acababa de improvisar en la parcela alta.

Cuando los dos vehículos se detuvieron, el rebaño respondió con un rumor espeso de balidos y cencerros.

Mateo se puso el impermeable de nuevo.

—Voy a comprobar la valla y a contarlas. Puedes esperar dentro.

Adriana ya estaba cambiando los botines mojados por las botas de goma que llevaba en el maletero desde que Valdebruna le había enseñado a desconfiar de los pronósticos.

—¿Dónde te soy útil?

La pregunta pareció descolocarlo más que una negativa.

—En la puerta. Si la sujetas mientras pasan por el pasillo, puedo ver si alguna cojea.

—Eso síguelo diciendo. Lo de que voy a resfriarme puedes ahorrártelo.

—No iba a decirlo.

—Has mirado mi pelo con intenciones médicas.

Entraron en el cercado. La tierra se pegaba a las botas en bloques y el aire olía a lana mojada, un aroma mucho menos poético de lo que sugerían los anuncios de mantas.

Adriana sostuvo la puerta estrecha mientras Mateo hacía avanzar a los animales por grupos.

No los empujaba. Usaba el cuerpo, un silbido y la ayuda de Canelo, que había permanecido con Julián y ahora trabajaba como si la tormenta no hubiera alterado su jornada.

—Ciento noventa y ocho, ciento noventa y nueve… —contó Adriana.

El pasillo quedó vacío.

—Falta una —dijo.

—Faltan dos. Has contado dos veces a la del hocico negro.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque siempre intenta volver por el lado izquierdo.

Mateo recorrió el cobertizo. Encontraron una oveja resguardada detrás del depósito de agua y a Rosalía con la cabeza introducida en un saco de paja que no contenía nada comestible desde hacía meses. El cencerro azul golpeaba la chapa a cada tirón.

—Ahí están tus dos delincuentes —dijo Adriana.

—Una está asustada. La otra es reincidente.

Mateo se acercó despacio a la primera, dejó que oliera su mano y la condujo hacia el grupo. Adriana se ocupó de Rosalía. Le sacó la cabeza del saco, recibió un golpe de morro en el hombro y la guió hasta el pasillo sujetando el borde de la lona fuera de su alcance.

—No llevo planos y aun así encuentras la forma de robarme algo —le reprochó.

Rosalía pasó junto a ella con el orgullo intacto y se reincorporó al rebaño.

Mateo comprobó el cierre, el nivel del bebedero y la pata de una cordera que había resbalado.

Adriana no intentó ayudar donde no sabía.

Hizo preguntas, sostuvo la puerta y anotó en el móvil que aquel cobertizo podía formar parte de la ruta de la feria si se nivelaba el acceso.

El campo no era un escenario que Mateo desplegara para sus fotografías.

Tenía ritmos, riesgos y decisiones anteriores a su cámara.

Cuando acabaron, la lluvia era apenas una neblina. Adriana regresó al coche cubierta de barro hasta las rodillas y con una satisfacción que no pensaba atribuir a ninguna supuesta conversión rural.

Durante el trayecto a Valdebruna, antes de tomar la carretera, bajó la ventanilla.

Detrás de la valla oyó el cencerro de Rosalía entre todos los demás.

Antes le había parecido siempre el mismo sonido.

Esa tarde distinguió cuándo la oveja se movía, cuándo se detenía y cuándo golpeaba adrede la chapa para protestar.

Quizá escuchar no consistía en oír algo nuevo.

Quizá consistía en dejar de dar por hecho que ya se sabía lo que significaba.