Gato viejo, rata tierna Capítulo 10
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Capítulo 10

Bajo la tormenta

Adriana había aprendido tres cosas sobre el campo en las cinco semanas que llevaba en Valdebruna.

La primera era que una distancia «de aquí al lado» podía requerir cuarenta minutos, dos cancelas y una conversación con alguien que pasaba por allí.

La segunda, que el barro distinguía las botas de ciento veinte euros de las de diecinueve con una eficacia casi ideológica.

La tercera, que cuando Mateo miraba el cielo y decía «no tardará», convenía preguntar qué era exactamente lo que no iba a tardar.

—Podrías haber especificado que hablabas del diluvio —le reprochó.

El viento acababa de darle la vuelta al paraguas. No era una metáfora elegante. Las varillas apuntaban hacia ella como las patas de una araña muerta.

Mateo, que caminaba unos pasos por delante con la mochila de las cámaras protegida bajo el impermeable, se volvió sin dejar de avanzar.

—Te dije que trajeras el chubasquero.

—Me dijiste: «Echa algo por si refresca».

—Eso, en octubre, es el chubasquero.

—Eso, en un idioma normal, es una rebeca.

Un trueno hizo temblar la ladera. Mateo dejó de sonreír.

Habían subido a una de las antiguas veredas de la sierra para localizar el lugar desde el que Adriana quería fotografiar el rebaño al amanecer.

Desde allí, antes de que el cielo se cerrara, se veía el mosaico de encinas, rastrojos y lomas pálidas que rodeaba Valdebruna.

Ella había imaginado una serie de imágenes limpias, con la lana destacando contra la tierra oscura y el primer sol detrás.

A esas alturas se conformaba con que la campaña no terminara titulándose Mujer encontrada fosilizada junto a un paraguas .

La lluvia empezó sin transición. Una cortina gruesa borró el pueblo al fondo y convirtió el sendero en una reguera.

Mateo regresó hasta ella, le cerró con rapidez la cremallera de la chaqueta y señaló hacia un grupo de carrascas.

—Hay una caseta más abajo.

—¿Más abajo en qué sentido? Porque ya no veo el mundo.

—Sígueme.

Adriana se apartó cuando él intentó cogerla por el codo.

—Sé seguir una espalda.

Mateo retiró la mano sin discutir. Fue un gesto pequeño, apenas visible entre el agua y las prisas, pero ella lo registró. La semana anterior habría insistido en que era para que no se cayera. Aquella vez se limitó a bajar más despacio.

La caseta apareció al otro lado de un ribazo: una construcción de piedra seca, baja y redonda, con una puerta de madera que parecía haber sobrevivido a tres guerras y a varios presupuestos municipales.

Mateo tuvo que empujar con el hombro. Adriana entró detrás de él justo cuando una ráfaga barrió el claro.

Dentro olía a tierra húmeda, tomillo viejo y humo apagado. Había un banco corrido de piedra, una repisa con dos velas consumidas y una escoba sin ninguna intención de seguir ejerciendo. La lluvia golpeaba el tejado con una violencia que reducía el mundo a aquel círculo oscuro.

—¿Esto es seguro? —preguntó Adriana.

Mateo dejó la mochila en el rincón más seco.

—Lleva aquí más de cien años.

—Las ruinas romanas también y no me metería debajo durante una tormenta.

—No hay metal, no hay árboles encima y la piedra está bien trabada.

—Eso sonaba casi a informe técnico.

—Puedo añadir un sello si te tranquiliza.

Él se quitó el impermeable. Debajo llevaba un jersey de lana gris, oscuro en los hombros por el agua. Adriana intentó escurrirse el pelo y descubrió que su coleta pesaba como una cuerda de pozo.

—Tienes la camiseta empapada —dijo Mateo.

—Gracias. Pensaba que era una experiencia sensorial.

Abrió la mochila y sacó, junto a las cámaras, una prenda doblada dentro de una bolsa.

—Ponte esto.

Era una camisa de franela verde, ancha y seca. Adriana la miró y después lo miró a él.

—¿Llevabas ropa de repuesto?

—Llevaba algo por si refrescaba.

Ella soltó una carcajada que otro trueno cortó por la mitad.

Mateo se volvió hacia la puerta mientras Adriana se quitaba la chaqueta y se ponía la camisa sobre la camiseta. No hizo un espectáculo de su corrección. Se limitó a darle intimidad en un espacio que apenas medía cuatro metros de diámetro.

La franela olía a jabón y a él, una mezcla de madera, campo y ese frío limpio que traía pegado a la ropa por las mañanas. Adriana dobló las mangas tres veces.

—Parezco una cantante de folk que ha tomado malas decisiones.

—Te queda bien.

Mateo lo dijo todavía de espaldas. A Adriana le agradó más de lo conveniente.

Se sentaron en extremos opuestos del banco. Durante unos minutos escucharon el agua. Mateo identificó sonidos que para ella eran un único estruendo: el canal que se estaba formando detrás, una rama que golpeaba la pared, el granizo breve sobre las losas superiores.

—¿Cómo distingues todo eso? —preguntó.

—Porque llevo años oyéndolo.

—También llevas años oyendo hablar a tu hermana y no siempre parece servir de mucho.

Mateo hizo una mueca.

—Eso ha sido bajo.

—Estamos en una caseta. Todo queda bajo.

Él rio, pero no se refugió del todo en la broma.

—Ángela sigue enfadada conmigo.

—Ángela no está enfadada porque no le hayas dado las gracias por una factura. Está cansada de que la gratitud sea el salario de un trabajo que nadie considera trabajo.

—Ya.

Adriana esperó la explicación que solía venir después de aquel ya : que él tenía ovejas, que su hermana entendía mejor los papeles, que su madre prefería hacer ciertas cosas. No llegó.

—He estado mirando cuánto tiempo le lleva todo —dijo Mateo—. No se lo he preguntado todavía. Solo he empezado a fijarme.

—Es un comienzo.

—No suena a gran hazaña cuando lo dices así.

—Porque no lo es.

Mateo asintió despacio.

La lluvia se coló por una grieta y dibujó una línea oscura junto a sus botas. Él movió la mochila, comprobó el cierre y se sentó esta vez un poco más cerca. No demasiado. Lo bastante para que Adriana notara el calor de su brazo.

—¿Tú siempre has sabido hacer lo que haces? —preguntó Mateo.

—No. Nací sabiendo usar tipografías, pero la estrategia de marca tuve que estudiarla.

—Ya me entiendes.

Adriana apoyó la cabeza en la pared. La piedra estaba fría incluso a través de la camisa.

—Trabajé doce años en agencias. Al principio me encantaba.

Había algo adictivo en ver una idea convertida en una campaña que aparecía por todas partes.

Luego empecé a vivir dentro de calendarios ajenos.

Las urgencias de otros decidían cuándo comía, cuándo dormía y con quién cancelaba una cena.

Un día me escuché pedir perdón por querer irme a casa a las nueve de la noche.

—¿Y te fuiste?

—De la agencia, sí. De aquella reunión, a las once y cuarto.

—Muy rebelde.

—Siempre he sido peligrosa a plazos.

Sonrió, aunque recordarlo todavía le apretaba un punto bajo las costillas. La independencia le había costado clientes, ingresos regulares y más de una madrugada preguntándose si había confundido dignidad con imprudencia. Aun así, no habría vuelto.

—Elegir una vida no significa que deje de darte miedo —añadió—. Solo significa que el miedo no firma por ti.

Mateo miró la cortina de agua en la puerta.

—Yo no sé si he elegido la mía.

Adriana guardó silencio. Era la primera vez que lo oía hablar sin presentar su vida como una suma de certezas.

—El rebaño era de mi abuelo —continuó él—. Luego de mi padre. Desde crío sabía qué iba a hacer. No me obligaron. Se me daba bien y me gustaba. Pero una cosa puede gustarte y, aun así, venir ya decidida.

—¿Hubieras querido hacer otra cosa?

—Fotografía, durante una temporada. Tenía una cámara de segunda mano. Revelaba en el cuarto de baño hasta que mi madre se cansó de encontrar pinzas en la ducha.

Adriana giró la cabeza hacia él.

—¿Tú hacías fotos?

—Malas.

—Eso no te lo he preguntado.

Mateo se encogió de hombros.

—Mi padre decía que aquello era una afición de señoritos. Los amigos se reían porque fotografiaba sombras, paredes, manos… Dejé de hacerlo.

—Y ahora opinas sobre mis encuadres.

—Por eso sé reconocer los torcidos.

Adriana le dio un golpe suave con el hombro. Él no se apartó.

—¿Te daba miedo que se rieran?

—Me sigue dando miedo. No con las fotos.

Con casi todo lo que no sé hacer. Bailar.

Hablar delante de gente. Entrar en un sitio donde no conozco a nadie.

—Se frotó las manos—. Cuando uno tiene veinte años puede hacer el ridículo y parece que está aprendiendo.

A los cincuenta parece que ha llegado tarde.

Adriana lo observó. La penumbra le suavizaba las líneas del rostro, pero no lo hacía más joven. No lo necesitaba. Había algo profundamente atractivo en aquel hombre grande admitiendo, por fin, que parte de su inmovilidad no era convicción, sino miedo.

—A los cincuenta el ridículo dura lo mismo —dijo—. Lo que pasa es que tienes más años para anticiparlo.

—Qué alivio.

—Y una ventaja.

—¿Cuál?

—Que ya deberías saber que la gente está demasiado ocupada pensando en sí misma para recordar tus pasos de baile.

—No conoces a Charo.

—Buen punto.

Adriana se inclinó hacia la mochila y comprobó una vez más las cámaras. Las bolsas interiores estaban secas. Sacó la más pequeña, limpió una mota del objetivo y se la ofreció a Mateo.

—Toma.

Él no la cogió.

—¿Para qué?

—Para que recuerdes dónde está el botón.

—No necesito demostrar nada.

—No. Y yo no necesito que hagas una buena foto. Quiero saber qué veías cuando fotografiabas sombras y manos.

Mateo miró la cámara como si perteneciera a un oficio que había abandonado sin entregar las llaves. Finalmente la tomó. El gesto cambió en cuanto la sostuvo: el pulgar encontró los mandos, la mano izquierda se colocó bajo el objetivo y el cuerpo se inclinó apenas hacia delante.

—Estas pesan menos —dijo.

—Y cuestan bastante más. Procura que no aprenda a nadar.

Mateo enfocó la entrada. No fotografió la tormenta ni el paisaje borrado, sino el agua que caía desde el dintel y formaba una cortina delante de las botas de Adriana. Hizo un solo disparo.

Ella revisó la imagen. Sus pies aparecían abajo, quietos dentro de las botas manchadas, y más allá la vereda se deshacía bajo la lluvia. Era una foto sobria, extrañamente íntima.