Gato viejo, rata tierna Capítulo 9
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Capítulo 9

El mapa y la vereda

Adriana extendió el mapa sobre el capó de la furgoneta y colocó cuatro piedras en las esquinas para que el viento no se lo llevara.

—La entrada debería estar aquí —dijo, señalando la plaza—. Recepción, programa y primera explicación del proyecto. Después, taller, lavadero y ruta corta hasta el mirador.

Mateo apoyó un dedo sobre el papel.

—Por esta calle no puede pasar un grupo grande. Hay coches en las puertas y el giro de la esquina es estrecho.

—Se puede cerrar durante dos horas.

—Se puede pedir. Que Bartolo quite la furgoneta es otro proyecto con su propia financiación.

Estaban junto al antiguo lavadero, una construcción de piedra a las afueras del pueblo.

El tejado se había restaurado unos años antes, pero las pilas seguían vacías y una de las entradas estaba protegida por una cadena.

A su alrededor crecían álamos jóvenes y hierba seca.

Desde allí se veía la torre de la iglesia, el perfil bajo de las casas y, más allá, una extensión de campos que cambiaba del ocre al verde apagado.

Era viernes por la tarde. Llevaban una hora recorriendo posibles accesos y todavía no se habían puesto de acuerdo sobre el primer tramo.

Lo sorprendente era que Adriana no estaba irritada.

Mateo no había intentado decidir el itinerario completo.

Marcaba pendientes, anchuras y parcelas; ella calculaba tiempos, accesibilidad y puntos de interés.

Cuando disentían, él ofrecía una razón en lugar de la frase que Pilar había prohibido convertir en argumento.

A veces la razón era buena. Otras veces solo estaba mejor disfrazada.

—¿Y si entramos por la calle del consultorio? —propuso Adriana.

—Tiene escalones al final.

—Entonces excluimos a cualquiera que lleve silla de ruedas o carrito.

—La ruta del campo tampoco puede hacerse en silla de ruedas.

—No toda la feria tiene que exigir completar toda la ruta. Necesitamos un recorrido principal accesible y actividades opcionales.

Mateo miró hacia un camino lateral.

—Hay una entrada por detrás del almacén. Es más larga, pero está asfaltada hasta el lavadero.

—No aparece en el mapa.

—Porque esto no es un mapa de caminos agrícolas.

—¿Podemos verla?

—Para eso hemos venido.

Recogieron el papel y subieron a la furgoneta.

Canelo ocupaba la parte trasera, separado por una rejilla.

Mateo condujo por una calle estrecha, saludó a tres vecinos y se detuvo para dejar pasar a una mujer con dos bolsas.

Todo el mundo parecía saber quién era Adriana aunque ella no conociera a todo el mundo.

—La noticia del atasco de las ovejas ha llegado más lejos que la fibra —dijo.

—Valdebruna tiene su propia red.

—Charo.

—Charo es el servidor central.

La entrada trasera del almacén resultó útil. Permitía llegar al lavadero sin escalones, pasaba cerca del taller de La Hebra y desembocaba en una explanada donde podían montarse algunos puestos. Adriana tomó fotografías, midió el ancho con una aplicación y añadió notas.

—Tenías razón —dijo.

Mateo, que bebía agua, casi se atragantó.

—¿Puedes repetirlo? No estaba grabando.

—Disfrútalo sin abusar. Caduca en treinta segundos.

—¿Sobre qué tenía razón exactamente?

—Sobre este acceso. Si intentas extenderlo a otros asuntos, lo retiro.

—Demasiado tarde. Ya es parte del acta.

Continuaron a pie por una vereda que subía suavemente entre almendros.

El plan consistía en llevar a los visitantes hasta un pequeño mirador natural sin acercarlos al rebaño más de lo prudente.

Mateo calculaba que podían situar una demostración de trabajo con perro en una parcela cercada.

Adriana insistía en que la explicación debía dejar claro que no era un número de circo.

—Canelo trabaja mejor con gente mirando que Sebas —dijo Mateo.

—La comparación no me ayuda.

—A Canelo le das una orden y sabe cuándo parar.

—Ahora sí.

Adriana sacó del bolsillo una tarjeta provisional con un código QR y la sostuvo a la altura de un poste.

—Quería enlazar aquí la información de la demostración. Horario, normas y una pieza corta sobre cómo trabaja Canelo.

Mateo miró su teléfono.

—Aquí no hay cobertura.

—En el mío aparece una raya.

—Esa raya es decorativa. A veces llega un mensaje de Navidad en febrero.

Adriana intentó abrir el enlace. La pantalla giró durante unos segundos y luego ofreció una página en blanco con una seguridad casi ofensiva.

—Vale. Cartel con la información esencial y descarga previa desde la plaza.

—Y una copia en papel para quien no lleve teléfono —añadió Mateo—. Aquí viene mucha gente mayor a las jornadas.

—También letra grande y un número al que llamar. Aunque si no hay cobertura…

—El número es para antes. Durante la ruta tiene que haber una persona delante y otra cerrando. Y hay que dejar paso por si entra un vehículo de la finca.

Adriana anotó las condiciones. Después midió la altura del poste, calculó dónde quedaría el cartel sin obligar a nadie a agacharse y fotografió el tramo con una persona imaginaria ocupando una silla de ruedas.

Mateo esperó sin impaciencia. Cuando ella terminó, señaló una acequia medio oculta por la hierba.

—Eso hay que marcarlo. Con el terreno seco parece un desnivel pequeño, pero después de llover resbala.

—¿Podemos cubrirlo con una pasarela temporal?

—Si no bloquea el agua. Te dibujo cómo pasa por debajo.

Se agachó sobre el cuaderno y trazó el cauce, las entradas de la parcela y el giro que necesitaría un vehículo.

Adriana añadió el flujo de visitantes y movió el punto de la demostración siete metros.

Las dos capas encajaron con una facilidad que resultó casi íntima: él conocía lo que el terreno hacía; ella, lo que las personas intentarían hacer sobre él.

—Así funciona —dijo Mateo.

—Todavía no. Así tiene posibilidades de funcionar.

—Eso es lo más parecido a un entusiasmo que te he oído desde que se ha caído internet.

—Mi entusiasmo se activa con planes de contingencia.

—Una mujer fácil de impresionar.

—Muchísimo. Dame señalización legible y un presupuesto con imprevistos y soy tuya.

La frase salió con ligereza, pero el silencio de Mateo tardó medio segundo más de lo normal. Adriana cerró el cuaderno antes de que él pudiera encontrarle otro significado.

La vereda atravesaba una finca cerrada por una cancela metálica. Mateo sacó una llave, abrió el candado y tiró. La hoja no se movió.

—Está vencida —dijo.

—¿Tenemos otro camino?

—Sí. Dando una vuelta de tres kilómetros.

—Entonces esta cancela va a descubrir el valor de la colaboración.

Adriana dejó la carpeta en el suelo y agarró uno de los barrotes. Mateo se colocó junto al extremo.

—Tienes que levantar mientras yo tiro.

—Puedo tirar.

—Desde tu lado no.

—¿Por una razón física o porque siempre…?

—Porque la bisagra está aquí. —Señaló el anclaje—. Si quieres cambiamos y lo compruebas.

Adriana ocupó su lugar. Tiró. La cancela se clavó aún más contra la piedra.

—Satisfecha —dijo Mateo.

—Informada. No es lo mismo.

Volvieron a cambiarse. Él levantó el extremo con ambas manos mientras ella empujaba desde el centro. El metal rechinó, avanzó diez centímetros y volvió a atascarse.

—Otra vez —dijo Mateo.

—A la de tres.

—Una, dos…

—Has empujado antes del tres.

—Iba a decir ya.

—Eso no es contar.

—Las ovejas no necesitan tres.

—Trabaja con ellas, entonces.

—Están ocupadas.

A la segunda intentona, la hoja cedió de golpe. Adriana perdió el equilibrio hacia delante. Mateo soltó la cancela para sujetarla por la cintura. El impulso los llevó contra el poste, ella con una mano apoyada en su pecho y él rodeándola con el brazo.

El mundo no se detuvo. Canelo jadeaba junto a la furgoneta. Un tractor trabajaba en una parcela lejana. El viento movía las hojas secas de los almendros. Sin embargo, a Adriana le pareció que todos aquellos sonidos se habían apartado unos metros.

Mateo tenía el rostro muy cerca. Sus ojos eran más verdes en aquella luz, aunque ella habría jurado que el primer día eran color miel. Quizá cambiaban. Quizá nunca los había mirado el tiempo suficiente.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí.

La mano de Mateo continuaba en su cintura. No apretaba, pero estaba allí: grande, cálida incluso a través de la camisa. Adriana notaba bajo la palma el latido firme de su pecho. Ninguno parecía recordar qué movimiento debía hacerse primero para recuperar una distancia razonable.

Mateo bajó la vista hacia su boca.

Esta vez no fue una impresión fugaz. Adriana lo vio hacerlo y supo que él vio cómo ella no se apartaba.

Se inclinó apenas.

La cancela se desplomó detrás de ellos con un estrépito metálico.

Canelo ladró. Adriana dio un salto y Mateo la soltó. La hoja había salido de la bisagra inferior y descansaba torcida sobre el suelo.

—Perfecto —dijo ella, alisándose la camisa—. Muy accesible.

Mateo se agachó junto al anclaje.

—Está oxidado.

—Un diagnóstico tranquilizador después de arrancarlo.

—No lo hemos arrancado. Ya estaba casi suelto.

—Ha esperado a que llegáramos para manifestarse.

Ambos hablaban demasiado deprisa. Adriana recogió la carpeta, aunque no había ningún peligro de que se volara. Mateo examinó la bisagra con una concentración que habría resultado más convincente si no tuviera las orejas ligeramente rojas.

—Hay que arreglarla antes de la feria —dijo.

—Voy a anotarlo.

—Y mientras tanto no puede pasar nadie.

—También voy a anotarlo.

Adriana escribió: Reparar cancela . Debajo, sin ninguna necesidad técnica, trazó dos veces la misma línea.

Continuaron por la vereda. La conversación se volvió estrictamente profesional durante casi diez minutos. Hablaron de señales, seguros, agua y tiempo estimado. Mateo mantenía una distancia escrupulosa, como si existiera el riesgo de que otro elemento del paisaje los empujara el uno contra el otro.

Al llegar al mirador, la incomodidad cedió ante la vista.

El terreno descendía hacia una sucesión de parcelas separadas por ribazos.

El pueblo quedaba a la izquierda y, al fondo, la sierra parecía una sombra azul.

En una ladera cercana pastaba el rebaño.

Desde aquella distancia, las ovejas eran pequeñas manchas móviles y los cencerros llegaban suavizados por el aire.

—Aquí —dijo Adriana—. El final tiene que ser aquí.

Mateo asintió.

—Al atardecer se ve mejor.

—La feria es por la mañana.

—Podemos hacer una segunda ruta al final del día. Con menos gente.

Adriana imaginó un grupo pequeño, una explicación sobre el territorio y las fibras, el regreso con la luz descendiendo sobre el pueblo. Sacó el cuaderno.

—Una actividad con reserva. Veinte personas como máximo.

—Quince.

—Veinte hace que salga mejor el coste del guía.

—Quince evita que se metan tres en el sembrado cuando alguien se pare a hacer una foto.

—Dieciocho.

Mateo la miró.

—Eso no tiene ninguna lógica.

—Tiene lógica negociadora.

—Dieciséis y una plaza para quien guíe.

—Diecisiete más guía.

—Hecho.

Adriana anotó el acuerdo.

—Trabajamos bastante bien cuando no intentas organizar a las mujeres por grupos.

La frase le salió antes de decidir si debía pronunciarla. Mateo no se defendió.

—Trabajo bastante bien cuando sé de qué hablo.

—El problema es que crees saber de casi todo.

—Eso también me lo dicen en casa.

—Ángela estaba muy enfadada.

Él apoyó las manos en el murete de piedra.

—Lleva mucho trabajo. A veces paga conmigo el cansancio.

Adriana cerró el cuaderno.

—Puede ser. O puede que parte de su cansancio seas tú.

Mateo miró el rebaño durante unos segundos.

—He hecho todo lo que me dejó apuntado.

—Bien.

—No parece impresionarte.

—¿Querías impresionarme?

Él volvió la cabeza. La pregunta quedó entre ambos con un significado que ya no tenía nada que ver con facturas o citas médicas.

—No lo sé —dijo.

Era la primera vez que Adriana lo oía reconocer que no sabía algo. La honestidad le resultó más seductora que cualquier certeza.

Un grupo de ovejas cambió de dirección. Mateo inclinó la cabeza y escuchó. Adriana quiso preguntarle qué había percibido, pero antes de hacerlo él señaló hacia la derecha.

—Rosalía se ha separado.

—¿La ves desde aquí?

—La oigo.

El golpe agudo del cencerro azul se distinguía débilmente del resto. Mateo emitió un silbido largo. A lo lejos, Canelo corrió hacia el borde del grupo y una pequeña figura blanca regresó con las demás.

—Es increíble —admitió Adriana.

—¿El perro?

—Que puedas escuchar una campana concreta desde tan lejos.

Mateo se encogió de hombros.

—Cuando llevas años oyéndolas, sabes cuál falta.

Adriana pensó en la cocina de Teresa, en Ángela diciendo que no podía partirse en cuatro y en la cara de Mateo al reconocer que quizá no había oído algo importante. No dijo nada. Él tendría que hacer solo aquel recorrido.

El sol empezó a descender cuando regresaron. Frente a la cancela desmontada, tuvieron que pasar de lado entre el poste y el borde de la finca. Mateo cruzó primero y sostuvo la hoja para abrirle espacio.

—Puedes pasar —dijo.

Adriana se detuvo.

—¿Puedo o quieres que pase?

Él entendió la broma. Su sonrisa apareció lentamente.

—He abierto la cancela. El camino lo eliges tú.

—Vas aprendiendo.

Adriana pasó junto a él. Sus brazos se rozaron, esta vez sin accidente. La cercanía volvió a tensar el aire, pero ninguno intentó recuperar el momento anterior.

En la furgoneta revisaron el mapa. Mateo trazó con un lápiz el acceso que no aparecía y Adriana añadió los puntos de actividad. Su letra recta y la de él, inclinada y grande, compartieron el papel sin taparse.

—Al final el mapa no estaba tan mal —dijo ella.

—Le faltaban caminos.

—Para eso necesitaba a alguien que los conociera.

Mateo cerró el capó con cuidado para no atrapar el papel.

—Y el camino necesitaba a alguien que supiera para qué iba a usarlo.

La frase la sorprendió. No era un elogio grandioso, pero reconocía su trabajo sin convertirlo en colores bonitos ni páginas de internet.

Adriana dobló el mapa y lo guardó en la carpeta.

Durante el regreso al pueblo, pensó en la cancela cediendo, en la mano de Mateo sobre su cintura y en ese segundo suspendido antes del estrépito. Podía fingir que había sido un accidente. Podía atribuir el pulso acelerado al esfuerzo y el silencio de él a la vergüenza por haber roto una bisagra.

Lo que no podía hacer era seguir creyendo que el único peligro de las veredas consistía en perderse.