Gato viejo, rata tierna Capítulo 8
22%

Capítulo 8

Los trabajos que no cuentan

El jueves, Mateo llevó a su padre al traumatólogo y descubrió que una cita médica podía ocupar una mañana completa aunque el médico solo pronunciara ciento cuarenta palabras.

Primero tuvo que acercarse a casa de sus padres, ayudar a Antonio a subir a la furgoneta y regresar porque había olvidado la tarjeta sanitaria.

Después recorrieron cuarenta kilómetros hasta el hospital comarcal, buscaron aparcamiento, esperaron frente a una consulta y bajaron a radiología porque nadie había avisado de que faltaba una prueba.

Antonio se quejó del aire acondicionado, de las sillas, de la máquina de café y de que las enfermeras jóvenes llamaran a todo el mundo «cariño».

—A mí me gusta —dijo Mateo.

—Porque no te lo dicen a ti.

Salieron con una revisión para noviembre, tres ejercicios nuevos y la recomendación de caminar todos los días. Antonio insistió en que ya caminaba dentro de casa.

—Del sillón a la cocina no cuenta —explicó Mateo.

—Mira quién habla. Tu madre dice que tú solo caminas de su nevera a la mesa.

Mateo condujo en silencio durante un par de kilómetros.

—Últimamente estáis todos muy graciosos.

Cuando llegaron a Valdebruna eran casi las dos. Ángela estaba sentada a la mesa de la cocina con un portátil, dos archivadores y el teléfono sujeto entre el hombro y la oreja. Teresa removía un guiso junto a los fogones.

—Sí, mándamelo en PDF —decía Ángela—. No, una fotografía torcida no es un PDF. Escanéalo desde la aplicación… Espera.

Apartó el teléfono.

—¿Qué ha dicho el médico?

Mateo dejó la carpeta sobre la mesa.

—Que va bien y tiene que caminar.

—¿Cuánto? ¿Qué ejercicios? ¿Cuándo es la revisión?

—Está todo ahí.

Ángela miró la carpeta como si él hubiera dejado un animal muerto.

—Estoy trabajando.

—Y yo llevo fuera toda la mañana.

—Yo también. He venido porque mamá no podía entrar en la página de la receta electrónica, tenía que enviar tus movimientos del rebaño y faltaba una factura para cerrar el trimestre.

Volvió a la llamada.

—Perdona, ya estoy. Dale al icono que pone compartir…

Antonio se sentó con cuidado. Teresa bajó el fuego, le acercó un vaso de agua y cogió la carpeta médica. Mateo abrió la nevera. Había una fuente de carne guisada, fruta cortada y varios recipientes etiquetados.

—No cojas nada —dijo su madre—. Comemos en diez minutos.

—Solo miraba.

—Tú miras con tenedor.

Llamaron a la puerta. Teresa fue a abrir y regresó con Adriana, que llevaba el portátil bajo el brazo y una carpeta verde.

—Perdonad —dijo ella—. Ángela me dijo que podía recoger aquí los datos de trazabilidad. Si es mal momento, vuelvo luego.

—Pasa —respondió Ángela, después de terminar la llamada—. Mal momento es mi estado natural.

Mateo se enderezó. No esperaba verla y de pronto fue consciente de que llevaba la camisa arrugada, olía a hospital y tenía la mano dentro de la nevera de su madre. La sacó.

—¿Qué tal la ruta de las fotografías? —preguntó Teresa a Adriana.

—Muy bien. Mateo consiguió que ninguna oveja me atropellara.

—Es su principal cualidad —dijo Ángela—. En el currículum la pone antes que ofimática.

—¿Queréis parar ya? —protestó él.

Adriana sonrió y se sentó junto a su hermana. Ángela abrió una hoja de cálculo con los lotes, las fechas de esquileo y los datos de entrega. Mateo conocía el contenido general, pero no había visto aquel archivo en meses. Había pestañas de colores, avisos automáticos y una lista de incidencias.

—Necesito relacionar los lotes que podrán usarse en la primera producción —explicó Adriana—. No para poner el nombre de cada ganadero en una etiqueta, sino para contar el sistema con precisión.

—Aquí están las explotaciones —dijo Ángela—. En esta columna tienes el volumen aprovechable y en esta las observaciones de Nuria. Me faltan los albaranes de Eusebio y una ficha de Mateo que lleva tres semanas en el asiento de su furgoneta.

Adriana señaló una celda amarilla.

—¿Por qué este lote no se puede presentar como lana de una sola explotación?

Ángela abrió otra pestaña.

—Porque se lavó junto con material de tres ganaderos. Podemos rastrear quiénes son, pero después del lavado no podemos asegurar qué fibra acabó en cada pieza. Si la web dice «de la oveja al bolso» y pone la cara de Mateo al lado, alguien entenderá que ese bolso viene solo de su rebaño.

—Entonces no pondremos eso. Diremos que cada tirada identifica las explotaciones participantes y el proceso compartido.

—Es menos romántico —dijo Teresa desde los fogones.

—Es más defendible —respondió Adriana—. Y también tiene una historia: varias personas consiguiendo que un material aproveche una infraestructura que ninguna podría pagar sola.

Mateo miró la pantalla por encima del hombro de su hermana.

Él habría resumido todo aquello diciendo que la lana se juntaba en el lavadero, como se había hecho siempre.

Adriana había escuchado una limitación y la había convertido en una explicación clara sin esconderla ni adornarla.

Lo hizo, además, preguntándole a Ángela, no a él.

—¿Necesitas que aparezca el nombre de todos? —preguntó Mateo.

Adriana levantó la vista.

—Necesito saber qué podemos prometer. Los nombres vendrán después y solo con permiso. ¿Hay alguien que no quiera aparecer?

—Eusebio no quiere fotos —dijo Ángela—. Dice que en internet sale la gente que ha hecho algo malo.

—Perfecto. Sus datos estarán en el registro y su cara, donde él decida.

Ángela añadió una columna titulada «consentimiento de comunicación».

Mateo reconoció, con una incomodidad que no tenía nada de desagradable, que Adriana era muy buena en su trabajo.

No hacía que el pueblo pareciera moderno pegándole un código cuadrado a una fotografía.

Entendía qué había detrás y decidía qué podía contarse sin apropiarse de ello.

Mateo frunció el ceño.

—Te la di.

—Me diste una fotografía por WhatsApp. Faltaba la segunda página y se veía tu rodilla.

—Podías habérmelo dicho.

Ángela giró lentamente la cabeza.

—Te lo he dicho cuatro veces.

—Pues se me habrá pasado.

—A mí no se me puede pasar. Esa es la diferencia.

Adriana mantuvo los ojos en la pantalla. Mateo habría preferido que lo mirara. No hacerlo convertía la conversación en algo demasiado privado para poder representarlo y demasiado público para ignorarlo.

—Luego busco la ficha —dijo.

—La necesito antes de las cinco. También tienes que firmar la solicitud del crotal duplicado, confirmar a Lucía la fecha del saneamiento y llamar al seguro por la valla.

—Dime dónde está cada cosa y lo hago.

Ángela cerró los ojos.

—En los mensajes que te he enviado.

—Tengo muchos mensajes.

—Yo también. Los tuyos incluidos.

Teresa empezó a poner la mesa. Colocó platos, cubiertos y pan mientras Antonio le explicaba desde la silla lo que el médico había dicho, omitiendo los ejercicios.

Mateo vio que Adriana observaba el movimiento de la cocina: su madre sirviendo, su hermana escribiendo y atendiendo al teléfono, su padre esperando y él de pie junto a una nevera llena.

Cogió los vasos del aparador.

—Ya lo hago yo —dijo.

Teresa le entregó una jarra sin felicitarlo.

Adriana pasó varias filas del archivo.

—¿Tú gestionas los datos de todas las explotaciones? —preguntó a Ángela.

—Los recopilo para la parte familiar y echo una mano a la cooperativa cuando cierran campañas. Ellos tienen administración, pero siempre falta algo.

—¿Y La Hebra te paga estas horas dentro del proyecto?

—La Hebra no. Esto lo hago por la explotación de mi padre y Mateo.

—Nos ayudamos —intervino Mateo—. Yo también hago cosas para ella.

—¿Qué cosas? —preguntó Ángela.

—Te cambié las ruedas del coche.

—Las pagué.

—No te cobré el montaje.

—Sebas tampoco te lo cobró a ti.

Mateo dejó la jarra sobre la mesa con un golpe algo más fuerte de lo necesario.

—No hace falta llevar una cuenta de cada favor.

—Qué casualidad que eso lo diga siempre quien sale ganando —replicó Ángela.

El silencio cayó sobre la cocina. Teresa siguió sirviendo el guiso. Antonio se aclaró la garganta y preguntó si había vino. Nadie respondió.

Adriana cerró la carpeta verde.

—Puedo volver esta tarde.

—No —dijo Ángela—. Siéntate a comer. Mi madre ha cocinado para un regimiento porque Mateo iba a traer a un hombre que ha resultado ser solo mi padre.

—Yo no sabía que Adriana venía —dijo Mateo.

—La comida alcanza —aseguró Teresa—. Siempre alcanza porque yo me ocupo de que alcance.

Mateo miró a su madre. Había énfasis en la frase, pero no enfado. Eso era peor. El enfado le permitía esperar a que pasara. El cansancio no tenía una tormenta clara que soportar; era una humedad acumulada.

Se sentaron. Adriana quedó frente a él. Durante los primeros minutos hablaron del hospital, del calor y de las previsiones de lluvia.

Antonio explicó tres veces que no pensaba hacer ejercicios ridículos apoyado en una silla.

Teresa le recordó tres veces que prefería verlo ridículo a volver a empujarlo en silla de ruedas.

—Yo puedo venir el sábado a caminar contigo —dijo Mateo.

—El sábado tienes las ovejas —respondió su padre.

—Las tengo todos los días. Puedo organizarme.

Ángela levantó la vista, pero no hizo ningún comentario.

Después de comer, Teresa empezó a retirar los platos. Mateo recogió el suyo y el de Antonio.

—Déjalo —dijo su madre por costumbre.

—No. ¿Dónde guardas las sobras?

—En recipientes.

—Ya sé que en recipientes. ¿Cuáles?

Teresa apoyó ambas manos en la encimera.

—Abre un cajón, hijo. Si no están, abre otro.

Adriana ocultó una sonrisa bebiendo agua. Mateo abrió el primer cajón y encontró cubiertos. En el segundo había paños. Los recipientes estaban en un armario bajo, a menos de medio metro de donde había empezado.

—Esto lo cambiáis de sitio —protestó.

—Llevan ahí desde que reformamos la cocina en 2009 —dijo Ángela.

Mateo colocó la carne sobrante dentro de uno y buscó la tapa correcta. Había cinco tapas parecidas y ninguna encajaba. Antonio lo contemplaba con una satisfacción que no había mostrado al salir del hospital.

—Tienes buen ojo para las ovejas —comentó—. Para el plástico, no.

Adriana se levantó.

—Gracias por la comida, Teresa. Estaba buenísima.

—Llévate un poco.

—No hace falta.

—Aquí esa frase no sirve.

Mientras Teresa preparaba una porción, Adriana se acercó a Mateo.

—No tienes que demostrar nada porque yo esté delante —dijo en voz baja.

Él sostuvo una tapa verde sobre un recipiente azul.

—No estoy demostrando nada.

—Mejor.

—En mi familia siempre nos hemos ayudado.

Adriana miró hacia Ángela, que había regresado al ordenador y respondía un correo mientras su madre le dejaba un café al lado.

—Puede ser —dijo—. Pero parece que algunas ayudas tienen horario y otras están de guardia.

No añadió nada más. Cogió la bolsa con la comida y se despidió.

Mateo encontró por fin una tapa. Encajó con un chasquido tan satisfactorio que estuvo a punto de enseñársela a alguien. Nadie miraba.

Ángela le tendió una carpeta.

—Aquí tienes lo que falta. No me preguntes qué tienes que hacer. Está apuntado en la primera página.

—No soy idiota.

—No. Ese es el problema. Eres perfectamente capaz y te has acostumbrado a que ser capaz sea opcional para ti.

Mateo recibió la carpeta. Quiso decirle que llevaba desde los diecisiete años levantándose antes del amanecer, que había cuidado a su padre durante las primeras semanas después de la operación, que nunca había dejado a la familia tirada cuando había un problema de verdad. Todo aquello era cierto.

También era cierto que no sabía dónde estaban los recipientes, cuándo caducaba la receta de Antonio ni cuántos mensajes necesitaba enviarle Ángela para conseguir una ficha completa.

—Mándame la factura de tu tiempo —dijo, a la defensiva—. Si es una cuestión de cobrar, te pago.

Ángela soltó una risa sin humor.

—No quiero que me pagues una tarde como si te hubiera hecho una gestión. Quiero que entiendas que esto es un trabajo permanente y que dejéis de dar por hecho que será mío.

Se guardó el portátil y salió con su bolso. Teresa la siguió hasta la puerta para darle fruta. Antonio encendió el televisor. La casa recuperó su orden habitual, pero Mateo ya no consiguió verlo como algo que sucedía solo.

Abrió la carpeta. En la primera página, Ángela había escrito seis tareas con fechas, teléfonos y documentos adjuntos. Tardó cuarenta minutos en completarlas. La ficha estaba, en efecto, en el asiento de la furgoneta debajo de una chaqueta.

Cuando terminó, añadió en su propio calendario la revisión de noviembre, los ejercicios diarios de Antonio y la renovación de la póliza de la valla. Después escribió a su hermana:

Hecho todo. El sábado voy yo con papá. No hace falta que me lo recuerdes.

Ángela tardó en contestar.

Eso último está por ver.

Mateo habría preferido un agradecimiento. Guardó el teléfono y salió al corral.

Al otro lado del muro sonaban los cencerros. Identificó el de Rosalía, el del grupo de las corderas y el golpe grave de la oveja más vieja. Podía oír una diferencia mínima dentro de un rebaño entero.

Sin embargo, no supo en qué momento la voz de su hermana había pasado de ayudar a pedir auxilio.