Gato viejo, rata tierna Capítulo 7
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Capítulo 7

Gachas para una incrédula

La nave de Mateo contenía doscientas cosas que Adriana no sabía nombrar y una cocina que sí.

No era exactamente una cocina. Era una encimera de acero junto a un fregadero, un hornillo de gas, una nevera pequeña y tres estantes protegidos por una cortina de cuadros.

Había una sartén de hierro colgada de un gancho, tarros de legumbres, ajos, pimentón, aceite y suficientes utensilios para demostrar que Mateo no acababa de inventarse lo de las gachas para impresionar a una mujer.

—Puedes sentarte —dijo él, señalando una mesa de madera—. Pero aparta esas cuerdas.

Adriana dejó la cámara sobre una caja limpia y movió dos rollos.

—¿Son para atar ovejas?

—Para reparar cercados.

—Era mi segunda opción.

—¿Cuál era la primera?

—No quiero saberlo antes de comer.

Mateo abrió la cortina, sacó un delantal azul y se lo anudó a la cintura. La imagen habría resultado cómica si no lo hubiera hecho con tanta naturalidad. Se lavó las manos y puso la sartén al fuego.

—¿Con tropezones? —preguntó.

—¿Hay una respuesta que pueda desacreditarme como persona?

—Si dices que no, un poco.

—Entonces con tropezones.

Él cortó panceta en dados, peló unos dientes de ajo y dejó a un lado harina de almortas, pimentón y agua.

Adriana lo observaba mientras descargaba las fotografías en una tableta.

Había tomado más de quinientas. Eliminó desenfoques, repeticiones y una serie completa en la que Rosalía mostraba el trasero a la cámara con una expresividad casi política.

Llegó a la imagen de Mateo riéndose.

La amplió.

La luz le entraba de lado, dibujaba el gris de la barba incipiente y le encendía los ojos. No posaba. Tenía una mano extendida hacia la oveja y la cabeza ligeramente hacia atrás. Parecía un hombre que no necesitaba controlar el mundo durante ese segundo.

—Esa no —dijo él a su espalda.

Adriana dio un respingo.

—¿No estabas cocinando?

—Los ajos no necesitan vigilancia emocional.

—La foto es buena.

—Parezco tonto.

—Pareces alegre. Entiendo que puedas confundirlo si no practicas.

Mateo regresó al hornillo, pero ella vio que se le escapaba una sonrisa.

El aceite empezó a chisporrotear. El olor a ajo frito y panceta llenó la nave y se mezcló con el heno, el polvo y la lana.

No se parecía a ninguna de las cocinas abiertas de los restaurantes donde Adriana había pagado cantidades absurdas para ver a un hombre con pinzas colocar tres hojas sobre un plato.

Allí no había nada diseñado para ser contemplado y, sin embargo, cada movimiento de Mateo era preciso.

—¿Quién te enseñó? —preguntó.

—Mi madre. Y mi abuelo. Él cocinaba en el campo cuando se quedaban varios días fuera.

—¿Tu padre no?

—Mi padre sabe hacer asado, patatas y poco más. Pero friega lo que usa.

—Un pionero.

—En su época, casi.

Mateo retiró parte de los tropezones, añadió la harina y comenzó a trabajarla con una rasera.

Adriana volvió a la tableta. Seleccionó imágenes de los vellones, las manos, los caminos y la atención veterinaria.

Creó una carpeta aparte con las de Rosalía.

No sabía aún para qué servirían, pero la oveja poseía una capacidad de comunicación que muchos clientes de Adriana habrían pagado por adquirir.

—Has hecho una fotografía de la herida —observó Mateo.

—Y otra de Lucía limpiándola. Si la usamos, será para hablar del cuidado y con su autorización. La lana no aparece mágicamente en una cesta bonita.

—A mucha gente no le gusta ver la parte sucia.

—A mucha gente le molesta descubrir que lo que compra tiene una historia anterior a la tienda.

—¿Y tú quieres enseñarlo todo?

—Quiero enseñar lo necesario para que nadie crea que esto consiste en abrazar ovejas y hacer mantas en una tarde.

Mateo vertió agua poco a poco. La mezcla espesó con un sonido suave. Él removía sin prisa.

—Nuria va a estar de acuerdo contigo.

—¿Y tú?

—Mientras no pongas una fotografía mía abrazando una oveja.

—No descartes nada. El mercado de calendarios rurales está sin explorar.

—Entonces fotografiamos a Julián. Tiene menos barriga.

Adriana bajó la tableta y lo miró. Mateo era ancho de hombros, fuerte, con una ligera curva en el abdomen que la camisa no ocultaba.

La observación no parecía pedir consuelo.

Aun así, ella había dedicado más atención de la profesionalmente justificable a cómo se le ajustaban los vaqueros cuando se agachaba.

—No selecciono modelos al peso —dijo.

—Eso dices porque todavía no has visto a Sebas sin camiseta.

—Y espero terminar el contrato conservando esa suerte.

Las gachas quedaron listas poco después. Mateo puso la sartén en el centro de la mesa sobre una tabla de madera, dejó los tropezones alrededor y cortó rebanadas de pan.

—Se comen desde la sartén —explicó.

—Sé lo que son unas gachas.

—¿Las has comido?

—No.

—Entonces sabes lo que has leído.

—En mi gremio eso cuenta como conocimiento hasta que llega un especialista a humillarte.

Mateo le enseñó a recoger una porción con el pan sin dejar caer la mitad.

Adriana se quemó la lengua en el primer intento y consiguió disimularlo solo porque él estaba sirviéndose agua.

El sabor era intenso, cálido y mucho más delicado de lo que esperaba de una mezcla color ocre dentro de una sartén de hierro.

—Están muy buenas —admitió.

—Tampoco hace falta que parezcas sorprendida.

—He retirado la cara.

—Sigues teniéndola puesta.

Ella repitió el gesto que él le había enseñado. Esta vez no se quemó.

—Te había juzgado —dijo.

Mateo alzó las cejas.

—¿Tú?

—Un poco.

—Te metiste por una vereda con un plano de papel y, antes de que pudiera decir mi nombre, ya me habías preguntado si era machista porque quería girarte el coche.

—Te pregunté si querías girarlo porque era mujer. La otra opción era que no hubiera espacio.

—No había espacio.

—Y te dejé.

—Después de un interrogatorio.

—La prudencia nunca sobra.

Mateo mojó otro trozo de pan.

—¿Qué pensabas? ¿Que mi madre me deja la comida en recipientes con los días de la semana?

Adriana no contestó lo bastante deprisa.

Él dejó la rasera en el borde de la sartén.

—No me lo puedo creer.

—No sabía que tu madre vivía cerca.

—Eso lo empeora. Has imaginado a una señora recorriendo el campo con siete fiambreras.

—He conocido hombres que se han alimentado gracias a una cadena logística menos eficiente.

—Sé cocinar.

—Ha quedado demostrado y estoy rectificando públicamente.

—Estamos solos.

—No puedo convocar una rueda de prensa por unas gachas.

Mateo se rio otra vez, más breve. Adriana comprobó que empezaba a esperar aquel sonido.

—Sé cocinar —repitió él—. Sobre todo aquí. En casa me complico menos.

—¿Qué significa menos?

—Mi madre hace comida para ellos y siempre sobra. Ángela también cocina algunos domingos. Yo llevo carne, queso, verduras… Nos organizamos.

—¿Quién organiza?

Mateo se llevó el pan a la boca y masticó antes de responder.

—Mi madre suele decir qué falta.

—Eso imaginaba.

—No pongas esa cara. Yo hago compras y me ocupo de cosas de la finca de mi padre.

—No he dicho nada.

—También piensas con mucho volumen.

Adriana reconoció la frase del primer día y sonrió.

—¿Y Ángela?

—Es mi hermana. Tiene una gestoría. Lleva papeles del negocio y las citas de mis padres porque se maneja mejor con eso.

—¿Le pagas por los papeles?

—Nos ayudamos entre todos.

La respuesta llegó tan preparada que parecía heredada junto a las tierras.

Adriana decidió no convertir el almuerzo en otra reunión.

Mateo acababa de pedir disculpas de una manera razonablemente decente y había modificado su trato con Lucía.

No necesitaba examinar toda su estructura familiar antes del café.

—Yo no sé hacer gachas —dijo—. Si te sirve para equilibrar el mundo.

—¿Cocinas?

—Sé preparar doce versiones de comida rápida que parecen una cena adulta si usas un plato bonito. También hago una lasaña muy digna.

—¿Y tu madre no te llena la nevera?

—Mi madre vive en Alicante y cree que mi nevera contiene agua con gas, humus y decisiones sentimentales equivocadas.

—¿Se equivoca?

Adriana lo miró por encima del vaso.

—No tengo suficientes datos para responder.

—Pensaba que te dedicabas a encontrarlos.

—De productos. Los hombres no admitís una segmentación fiable.

—¿Por qué has venido de verdad? —preguntó Mateo.

La pregunta no fue brusca, pero cambió la temperatura de la conversación. Adriana desmigó un trozo de pan entre los dedos.

—Porque La Hebra me ofreció un trabajo interesante.

—Podías hacerlo desde Madrid.

—No bien. Necesito conocer el proceso, a la gente y el lugar. Y me apetecía salir una temporada.

—¿De qué?

Ella pensó en su piso silencioso, en las videollamadas encadenadas, en la sensación de que cada cliente tenía derecho a invadir cualquier hora porque ella trabajaba por cuenta propia.

Pensó también en su última relación, terminada un año antes, y en cómo había aceptado durante meses planes que siempre se organizaban alrededor de la agenda de otro hasta que un día dejó de discutir y empezó a hacer la maleta por dentro.

—Del ruido —dijo.

Mateo miró hacia el exterior de la nave. Canelo dormía a la sombra y, a lo lejos, el rebaño producía una música irregular de balidos y campanas.

—Aquí también hay.

—Es distinto. Este no espera que responda a un correo.

—Dale tiempo a Rosalía.

Terminaron las gachas sin prisa. Mateo recogió la sartén y abrió el grifo. Adriana se levantó con su plato.

—Lo friego yo.

—No hace falta.

—He comido.

—Y yo he cocinado.

—Eso suele conducir a un reparto bastante obvio.

Mateo le entregó el estropajo.

—Adelante. No voy a impedirte luchar contra los roles tradicionales.

—Qué generoso.

Él secó mientras ella fregaba. No le explicó cómo hacerlo, lo que Adriana consideró un avance tan pequeño que resultaba ridículo contabilizarlo y tan agradable que lo contabilizó de todos modos.

Después revisaron las fotografías. Mateo se situó detrás de su hombro para mirar la tableta. La cercanía trajo otra vez el olor a jabón y a campo. Adriana pasó imágenes con el dedo, consciente de la respiración de él junto a su pelo.

—Esa —dijo Mateo.

Señaló una fotografía de las ovejas avanzando sobre el rastrojo. Su mano rozó la de Adriana. Ninguno de los dos la apartó enseguida.

—¿Por qué? —preguntó ella, y su voz salió más baja.

—Porque no parece que estén colocadas. Se ve el camino.

Adriana amplió la imagen. Tenía razón. La ruta curvaba entre los animales y conducía la mirada hacia la sierra. No era la más espectacular, pero contaba algo verdadero.

—Tienes buen ojo.

—Conozco lo que estoy mirando.

Adriana retrocedió dos fotografías. En una, Canelo parecía lanzarse contra el rebaño con una energía magnífica. El polvo dibujaba una diagonal perfecta y la luz recortaba al perro como si acabara de firmar un contrato con una marca deportiva.

—Esta habría servido de portada —dijo.

Mateo se inclinó de nuevo.

—No.

—¿No es buena?

—Es muy buena. Pero parece que está acosando a las ovejas. En realidad iba a cortar a Rosalía antes de que se acercara a tu bolsa. Si la ve alguien que sepa, va a pensar que trabajamos a lo bruto. Y quien no sepa aprenderá algo que no es verdad.

Adriana amplió la imagen. La posición del perro resultaba espectacular precisamente porque, aislada de la secuencia, contaba otra historia. Marcó la fotografía como descartada.

—Me duele hacer eso.

—Puedes guardarla para enseñársela a Rosalía en privado.

—Quiero que conste que acabo de renunciar a una foto excelente por integridad ganadera.

—La integridad ganadera agradece tu sacrificio.

Revisaron las siguientes. Mateo no opinó sobre colores ni tipografías.

Señaló cuándo una oveja estaba alerta, cuándo el perro esperaba una orden y qué postura indicaba que el grupo iba a girar.

Adriana tradujo esas observaciones en pies de foto breves y comprensibles.

A la tercera propuesta, él corrigió una palabra, ella defendió otra y terminaron encontrando una frase mejor que cualquiera de las dos primeras.

Trabajar con alguien que sabía mucho y no necesitaba fingir que sabía lo de ella producía una clase de placer muy concreta. Adriana cerró un segundo la aplicación para no quedarse mirándolo.

Él se separó para coger una botella de agua. El aire volvió a caber entre ambos.

Cuando Adriana guardó el equipo, Mateo envolvió una porción de gachas y algunos tropezones.

—Para Pilar —explicó—. Si descubre que has comido aquí y no le llevas, subirá el alquiler.

—¿Eso también es tradición?

—Eso es supervivencia.

En la puerta, Adriana vio una fotografía antigua clavada sobre un tablón. Tres niños posaban junto a un pajar. Uno de ellos estaba sentado en el tejado, con las piernas colgando.

—¿Eres tú?

Mateo siguió su mirada.

—Sí.

—Ahora entiendo lo del Gato.

—Subía a todas partes. Mi madre decía que iba a matarme.

—¿Y «viejo»?

—Eso lo añadió Sebas cuando cumplí cuarenta y seguía sin casarme. Dice que un gato viejo no cambia de tejado.

Adriana se ajustó la mochila.

—Sebas tiene una relación preocupante con los refranes.

—Y con la vida de los demás.

—¿Tú también crees que no cambias de tejado?

Mateo se apoyó en el marco de la puerta. La observó con una expresión más seria que todas las anteriores.

—Hasta ahora no había necesitado hacerlo.

La frase podía significar muchas cosas. Adriana eligió no pedir ninguna explicación porque su corazón acababa de cometer la vulgaridad de acelerarse.

Salió hacia el coche con las gachas de Pilar en una mano y una certeza incómoda en la otra.

Mateo Roldán cocinaba, escuchaba a las ovejas, sabía leer una imagen y podía pedir disculpas si uno le daba suficientes oportunidades para equivocarse primero.

Era una combinación mucho más peligrosa que un hombre atractivo en mitad de un camino.