Gato viejo, rata tierna Capítulo 6
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Capítulo 6

La oveja del cencerro azul

A las seis y cincuenta y ocho de la mañana, Adriana aparcó junto a la nave con unas botas de senderismo recién estrenadas, dos cámaras, un trípode, una mochila de objetivos y la seguridad de haber previsto cualquier necesidad razonable.

A las siete y doce ya tenía una semilla espinosa dentro del calcetín.

—No digas nada —advirtió a Mateo mientras se quitaba la bota apoyada contra una piedra.

Él observó el calzado.

—No están mal.

—Eso cuenta como decir algo.

—He dicho que no están mal.

—Con el tono con el que un cirujano dice que todavía hay pulso.

El amanecer extendía una claridad rosada detrás de las primeras elevaciones de la sierra.

Los rastrojos parecían de cobre y el aire tenía un frío limpio que desaparecería en cuanto subiera el sol.

Cerca de la nave, las ovejas se agrupaban contra la valla, impacientes por salir.

El cencerreo era menos caótico que el primer día.

Adriana empezaba a distinguir campanas graves, golpes secos y, en medio, el tintineo agudo de Rosalía.

—¿De verdad sabes cuál es cada una por el sonido? —preguntó, volviendo a ponerse la bota.

—No todas. Sé dónde está cada grupo. Y reconozco algunos cencerros.

—El azul.

—El azul lo reconocería una persona sorda. Está torcido.

Rosalía asomó entre dos ovejas y se acercó directamente a la mochila de Adriana.

—Ni lo sueñes. Aquí no hay planos.

La oveja olfateó una correa.

Mateo abrió la cancela. Lo hizo sin aspavientos, dando espacio a los animales y utilizando apenas dos silbidos para Canelo. El rebaño empezó a salir como una corriente espesa. Adriana levantó la cámara.

—Espera un segundo.

—No puedo pedirles que repitan la entrada.

—No hace falta. Camina tú por la izquierda.

—Siempre voy por la derecha.

Ella bajó la cámara.

—¿Porque hay una razón o porque siempre se ha hecho así?

Mateo la miró con una mezcla de resignación y sospecha.

—Porque a la izquierda está el desnivel y si me abro demasiado las empujo hacia el camino.

—Esa es una razón. Quédate a la derecha.

Él sonrió.

—Gracias por autorizarme.

Adriana tomó una primera serie. No quería las imágenes habituales de una figura recortada contra el sol ni un mar de lana convertido en postal.

Necesitaba manos, texturas, movimiento y contexto: la lana antes de ser material, el trabajo antes de ser relato.

Se agachó para fotografiar pezuñas levantando polvo, el lomo irregular de una oveja, la mano de Mateo comprobando el cierre de una valla.

—No mires a la cámara —le indicó.

—No estaba mirando.

—Ahora sí.

—Porque me has hablado.

—Pues deja de ser educado durante treinta segundos.

—Eso te resultará fácil de imaginar.

La luz creció deprisa. Adriana se movía delante y detrás del rebaño, cuidando la distancia y obedeciendo a Mateo cuando le pedía que no cortara la trayectoria.

Él, a su vez, dejó de sugerir dónde debía colocarse después de que ella le enseñara dos fotografías: en una, el sol convertía el polvo en una niebla dorada; en otra, los animales parecían una masa plana y sin profundidad.

—La primera está mejor —admitió.

—Por eso llevo la cámara yo.

—Yo te he llevado a la loma.

—Y por eso intentamos no perdernos ninguno de los dos.

Al borde de una parcela, Adriana sacó un reflector plegable. El círculo plateado se abrió de golpe con un chasquido y tres ovejas retrocedieron.

Mateo levantó la mano.

—Guárdalo.

—Solo necesito devolver un poco de luz a las muestras.

—Les molesta el destello.

Adriana miró a los animales. El grupo se había tensado y Canelo esperaba una orden.

—De acuerdo.

Plegó el reflector sin discutir. Mateo la observó como si hubiera esperado otra batalla.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Nada.

—Acabas de poner cara de que por fin se puede razonar conmigo.

—Iba a decir que has aprendido rápido.

—He hecho una pregunta implícita, me has dado una razón y he cambiado el plan. El sistema funciona.

—No sabía que hubiera sistema.

—Hay un manual. Te pasaré la versión ilustrada.

Utilizó en su lugar una cartulina crema apoyada sobre una piedra. La luz resultó más suave y las ovejas ni siquiera levantaron la cabeza. Mateo sostuvo la muestra cuando ella se lo pidió y giró la muñeca dos veces siguiendo sus indicaciones.

—Así —dijo Adriana—. No hace falta que entiendas de dónde viene la luz si confías en quien está mirándola.

—Esa frase te la guardabas desde la reunión.

—Desde mucho antes de conocerte.

Llegaron a un almendro solitario. Adriana pidió hacer algunas tomas con muestras de producto. Había llevado una manta pequeña, dos fundas y varios carteles impresos con palabras de trabajo: origen , tiempo , oficio , materia . Nuria quería valorar si podían usarse en la web sin resultar solemnes.

Extendió la manta sobre una piedra plana y apoyó el primer cartel. Rosalía apareció antes de que pudiera enfocar.

—Mateo.

—La estoy viendo.

—Haz algo.

—¿Qué quieres que haga?

—Lo que hagas cuando una oveja se come una estrategia de marca.

—Normalmente no les doy estrategias de marca.

Rosalía atrapó la palabra origen y retrocedió cuando Adriana quiso recuperarla. El cartón se dobló entre sus dientes.

Mateo dejó escapar una carcajada. No una sonrisa discreta, sino una risa franca que le cambió la cara y lo hizo parecer más joven. Adriana sintió el impulso absurdo de fotografiarlo. Lo hizo antes de pensarlo.

El obturador sonó.

Mateo dejó de reír.

—Eso no era parte del trabajo.

—Documentación del proceso.

—Bórrala.

—Ni hablar. Es la única en la que no pareces estar negociando el precio del trigo.

Él se acercó a Rosalía, le ofreció un puñado de hierba seca y cambió el cartel por el soborno. Adriana examinó el daño.

—Ahora pone «rigen».

—Más original.

—No vuelvas a hacer chistes de marca.

Siguieron hacia una zona de monte bajo. Allí la tierra era más irregular y aparecían matas de tomillo entre las piedras.

Adriana notó el esfuerzo en las piernas, pero no quiso pedir una pausa.

Había pasado demasiadas horas sentada ante una pantalla durante el último año; su cuerpo se lo recordó con una precisión humillante.

Mateo no comentó su respiración. Redujo un poco el ritmo sin señalarlo y aprovechó para explicarle cómo cambiaban las rutas según las parcelas sembradas, el agua disponible y la época del año.

—Desde fuera parece que sacáis las ovejas y camináis —dijo ella.

—Desde fuera tu trabajo parece elegir colores.

Adriana levantó la cámara hacia él.

—Bien jugado.

—Llevo desde ayer practicando.

Un balido distinto interrumpió la conversación. Mateo se volvió de inmediato. A Adriana le pareció imposible que hubiera reconocido aquel sonido entre doscientas voces, pero él fue directo hacia una oveja rezagada. Se agachó a su lado y le recorrió una pata con ambas manos.

—¿Qué tiene?

—Una rozadura. Ayer no estaba así.

Mateo llamó a Canelo para contener al resto y sacó del bolsillo un pequeño dispositivo de comunicación.

—Lucía, soy Mateo. Tengo una oveja con inflamación en la cuartilla. No parece profunda, pero está caliente.

Escuchó la respuesta. Esta vez no dijo «chiquilla». Describió la zona, siguió las indicaciones y anunció que acercaría al animal a la nave.

—Podemos parar —dijo Adriana.

—Tardaremos veinte minutos. Tú puedes seguir con las muestras aquí si quieres.

—He venido a fotografiar el trabajo real. Esto también lo es.

Mateo la miró un instante, como si hubiera esperado una queja por el cambio de planes. Luego tomó a la oveja con firmeza y cuidado. No la arrastró ni la levantó para demostrar fuerza. Caminó despacio, permitiéndole apoyar la pata, y habló en voz baja mientras la guiaba.

Adriana tomó dos fotografías y bajó la cámara. Algunas cosas requerían presencia antes que imágenes.

Lucía llegó en una furgoneta blanca cuando estaban cerca de la nave. Llevaba el pelo recogido, botas de goma y un maletín. Examinó la pata y confirmó que se trataba de una pequeña herida irritada por una espiga.

—Has hecho bien en separarla —dijo.

—¿Necesitará antibiótico?

—De momento, limpieza y vigilancia. Te mando la pauta. Si mañana sigue caliente, me llamas.

Lucía pasó el lector por el crotal electrónico. El aparato emitió un pitido y mostró una fila de números que a Adriana le parecieron la contraseña de una red wifi especialmente hostil.

—¿Eso identifica a la oveja? —preguntó.

—A esta y no a una oveja genérica de un anuncio —respondió Lucía—. Fecha de nacimiento, movimientos, tratamientos. Mateo luego tendrá que registrar la incidencia.

—Luego no. Ahora —dijo él.

Sacó el teléfono, abrió la aplicación de la explotación y anotó la revisión mientras Lucía limpiaba la herida.

Lo hizo con dos dedos llenos de polvo y sin la solemnidad de quien quería demostrar que sabía utilizar un móvil.

Preguntó por el plazo de vigilancia, adjuntó una fotografía y comprobó dos veces el número antes de guardar.

Adriana encuadró el lector, el crotal y la mano de Lucía, pero no disparó todavía.

—¿Puedo fotografiar esto sin que aparezca ningún dato que no deba? —preguntó.

Lucía revisó la pantalla y le indicó un ángulo.

—Desde aquí. Se entenderá el proceso y no se leerá el código completo.

Mateo apartó la mano para dejarle sitio.

Adriana tomó tres imágenes: la comprobación, la cura y el registro.

Ninguna tenía la belleza inmediata del rebaño sobre el rastrojo, pero juntas explicaban algo más difícil de vender y más importante de comprender: el campo no funcionaba por instinto ni por estampas antiguas.

Funcionaba porque alguien observaba, medía y dejaba constancia.

—Estas van antes que la del almendro —decidió.

Mateo miró la pantalla de la cámara.

—La del almendro es más bonita.

—Y estas hacen que la bonita no sea decorado.

Él volvió a mirar la secuencia y asintió.

—Entonces van antes.

Mientras Lucía guardaba el lector, Adriana recordó el modo en que Mateo la había tratado en la reunión y observó que él evitaba deliberadamente cualquier familiaridad. No era una transformación histórica, pero sí una conducta distinta veinticuatro horas después de haber pedido disculpas.

Lucía reparó en las cámaras.

—Si me sacas, que no parezca un anuncio de yogur rural.

—Prometido.

—Y no uses la foto en la que Mateo sonríe. Nadie se lo creería.

—Ya la tengo protegida en tres copias.

Mateo negó con la cabeza.

Tras dejar a la oveja en observación, volvieron a la loma para aprovechar la última hora de luz suave.

Adriana le pidió que sujetara una pieza de lana lavada junto a un vellón sin tratar.

Mateo explicó por qué no todas las fibras servían igual y cómo la suciedad, la longitud y el manejo afectaban al aprovechamiento.

Ella grabó su voz, le hizo repetir una frase cuando usó demasiados tecnicismos y discutieron sobre si decir «residuo» dignificaba o perjudicaba el material.

—No quiero fingir que toda la lana es un tesoro —dijo Adriana—. Parte da problemas y parte no puede utilizarse. La historia funciona si es verdad.

—Pensaba que te dedicabas a hacer que las cosas parecieran mejores.

—Me dedico a encontrar por qué merecen atención. Si tengo que mentir para conseguirla, el problema no es el anuncio.

Mateo sostuvo la muestra entre los dedos, pensativo.

—Eso sí me gusta.

La aprobación la sorprendió más de lo que debería. Adriana fingió revisar el enfoque.

A las once y media, el sol estaba alto y sus botas habían adquirido el color definitivo del polvo manchego. Tenía las rodillas cansadas, el pelo revuelto y más de cuatrocientas fotografías. Mateo condujo el rebaño hacia una parcela cercana mientras ella guardaba el equipo.

Rosalía aprovechó el descuido para meter el hocico en la bolsa de los carteles.

—¡Otra vez no!

Adriana tiró de un extremo y la oveja del otro. El cartón se rasgó por la mitad.

Mateo apareció junto a ellas.

—No tires. Aprietas el nudo.

—No hay ningún nudo. Hay una delincuente comiéndose mi trabajo.

Él ofreció a Rosalía un trozo de manzana que había sacado del bolsillo. La oveja soltó el cartel al instante.

—Soborno —dijo Adriana.

—Negociación.

—¿Llevas manzana por ella?

—La llevo por si hace falta.

Mateo acarició el cencerro azul y comprobó la correa. La ternura apareció otra vez, discreta, sin que él pareciera consciente de mostrarla.

Adriana guardó el último cartel. Al incorporarse, lo encontró demasiado cerca. Los ojos de Mateo bajaron un segundo hacia su boca y regresaron a los suyos.

El momento duró menos que un golpe de cencerro.

Él retrocedió.

—¿Tienes hambre?

—Podría comerme el cartel de origen .

—En la nave tengo harina de almortas. Haré gachas.

Adriana se colgó la mochila.

—¿Tú cocinas?

Mateo entrecerró los ojos.

—Procura que eso no haya sonado como ha sonado.

Ella recordó todas las cosas que había supuesto sobre él desde el primer día.

—Tienes razón. Retiro la cara de sorpresa.

—La cara no se puede retirar.

—Pues compénsala con unas buenas gachas.

Mateo echó a andar hacia la nave. Adriana lo siguió mientras el rebaño se extendía por el campo y el cencerro azul de Rosalía sonaba detrás de ellos, agudo y satisfecho, como si acabara de detectar algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a nombrar.