Gato viejo, rata tierna Capítulo 5
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Capítulo 5

Un queso no es una disculpa

Mateo eligió el queso curado porque le pareció más serio que una botella de vino y menos exagerado que un ramo de flores.

No era un regalo. Era una manera de suavizar el ambiente antes de que tuvieran que trabajar juntos. Una cortesía entre profesionales. Un gesto normal que en Valdebruna no necesitaba un análisis de intenciones ni dos horarios alternativos.

Su madre lo encontró en la despensa, comparando dos piezas envueltas en papel.

—Ese de la izquierda está más curado —dijo Teresa—. ¿Para quién es?

—Para la mujer de La Hebra.

—La mujer de La Hebra puede ser Pilar, Nuria, Sole, Concha o cualquiera de las otras siete. ¿Cuál?

—Adriana. La que han contratado.

Teresa sonrió de una manera que Mateo conocía desde la adolescencia.

—Ah.

—No hagas «ah».

—He abierto la boca. A mi edad todavía puedo hacerlo sin autorización.

—Es por la reunión de ayer.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Entonces llévale el semicurado. Sale más barato.

Mateo metió el curado en una bolsa.

—Discutimos por la organización. Ella acaba de llegar y no entiende que aquí las cosas…

Se detuvo antes de pronunciar la frase. Desde que Pilar la había desmontado en el teleclub, «siempre se ha hecho así» sonaba menos concluyente de lo habitual.

—¿Qué cosas? —preguntó Teresa.

—Nada, mamá. ¿Dónde está la autorización que dejó Ángela?

—Sobre la mesa del salón, debajo de la carpeta del traumatólogo de tu padre. El jueves tienes que llevarlo.

—Ángela no me ha dicho eso.

—Te lo estoy diciendo yo.

—El jueves tengo que mover las ovejas a la parcela de abajo.

—Pues muévelas antes o habla con Julián. Yo tengo podólogo y Ángela abre la gestoría.

Mateo cogió la carpeta y la autorización.

—Ya veremos cómo lo hacemos.

—No. Tú verás cómo lo haces. Nosotros ya hemos visto bastante.

Teresa salió de la despensa antes de que él pudiera preguntarle qué significaba aquello. Su madre llevaba unos días especialmente aficionada a las frases que parecían anunciar algo, pero Mateo tenía trabajo y no estaba para acertijos.

Encontró a Adriana en el despacho de la casa de correos, rodeada de papeles y hablando por teléfono.

La ventana estaba abierta. El router descansaba sobre tres tomos de una enciclopedia y llevaba encima un colador metálico.

Mateo se quedó en la puerta.

—¿Qué haces?

Ella tapó el micrófono.

—Pilar dice que el colador mejora la señal.

—Pilar fue maestra, no ingeniera.

—Ahora mismo tengo dos rayas. La ciencia deberá esperar.

Le indicó con un gesto que pasara. Mateo dejó la bolsa sobre una mesa pequeña y esperó mientras ella terminaba la llamada.

Adriana hablaba con seguridad, sin mirar notas, y empleaba palabras como posicionamiento, conversión y arquitectura que él conocía por separado pero que juntas parecían levantar un edificio invisible.

—Perdona —dijo al colgar—. Un cliente convencido de que cambiar el color de un botón solucionará su modelo de negocio. ¿Qué necesitas?

Mateo le tendió la bolsa.

—Te he traído un queso.

—¿Entero?

—No sabía qué parte querías.

Ella lo sacó. La pieza redonda pesaría cerca de un kilo y medio y llevaba una etiqueta de una quesería de la comarca.

—Gracias. Tiene una pinta estupenda.

—Lo hace un primo de Julián. Con leche de aquí.

—Perfecto.

Adriana dejó el queso junto al portátil. Mateo esperó. Ella volvió a sentarse y movió el ratón.

—¿Ya está? —preguntó él.

—¿Qué más tiene que pasar?

—Nada. Pensaba que… Bueno, lo de ayer. No merece la pena que empecemos mal.

Adriana apoyó las manos sobre la mesa.

—¿El queso es una disculpa?

—Es un detalle.

—El detalle lo agradezco. Pero no sé qué significa si no me lo dices.

—Significa que no quería molestarte.

—Eso describe tu intención, no lo que hiciste.

Mateo notó cómo se le endurecía la nuca.

—No hice nada para tanto. Propuse una forma de repartir tareas y tú lo convertiste en una acusación de machismo.

—Yo no utilicé esa palabra.

—No hacía falta.

—Entonces quizá la escuchaste porque se parecía a lo que estabas haciendo.

Él miró el colador sobre el router. Le pareció absurdo estar allí, interrogado por una mujer a la que había llevado un queso que podía haberse comido perfectamente en su casa.

—Mira, no he venido a discutir.

—Yo tampoco.

—En el pueblo nos organizamos así desde hace años.

—Y varias personas te explicaron que esa organización hacía que ellas trabajaran gratis.

—Porque es una asociación. Todos hacemos cosas sin cobrar.

—¿Quién llevó las mesas?

—Yo.

—¿Después de que te diera una silla o antes?

Mateo se quedó callado.

—¿Quién hizo el café? ¿Quién trajo las tazas? ¿Quién tomó acta? ¿Quién preparó las muestras? ¿Quién se llevó todo para limpiarlo? —Adriana no elevó la voz—. Tú viste una reunión que empezó cuando os sentasteis. Ellas llevaban trabajando desde antes y siguieron después.

—¿Y ahora qué quieres que haga? ¿Que pida perdón por no haber fregado una taza?

—No quiero que hagas nada para dejarme contenta. Tú has venido.

La respuesta lo dejó sin terreno. Mateo cogió aire.

—Pues ya te he dado el queso.

—Y yo te he dado las gracias.

Salió de la casa con la sensación incómoda de haber perdido una discusión cuya existencia no había aceptado. Recorrió la plaza, subió a la furgoneta y arrancó con más fuerza de la necesaria.

En la finca lo esperaban problemas que sí tenían forma y solución. Un bebedero perdía agua. Dos ovejas habían empujado una valla móvil. Rosalía tenía el cencerro enganchado en una malla, algo que Mateo consideró una provocación personal.

—Quietecita.

La oveja tiró cuando él intentó soltar la correa. Mateo aflojó la tensión, acercó la malla hacia ella y deshizo el enganche sin forzarle el cuello. Rosalía quedó libre y salió trotando.

—Si tiras en la dirección equivocada, aprietas más el nudo —comentó Julián, que acababa de llegar con las trece ovejas separadas.

Mateo lo miró.

—Ya lo sé.

—Hablaba del cencerro.

—Pues yo también.

Julián empezó a descargar unas vallas de la caja de su camioneta. Mateo agarró el otro extremo sin que se lo pidiera.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó el joven.

—Nada.

—Has llegado dando portazos y llevas diez minutos discutiendo con una oveja.

—He ido a hablar con Adriana.

—Ah.

—No hagas «ah». Mi madre ya lo ha hecho esta mañana.

Julián dejó la valla contra la pared.

—¿Y qué le has dicho?

—Le he llevado un queso.

—Eso no es decir.

—Ahora resulta que todo el mundo es experto en disculpas.

—Yo no. Por eso tuve que aprender.

Mateo sabía que Julián y la madre de su hija habían pasado un año complicado antes de separarse. Nunca lo había oído hablar mal de ella y organizaba los turnos de la niña con una aplicación que Sebas consideraba una prueba de sometimiento.

—¿Y cómo se hace, según el manual? —preguntó Mateo.

—No hay manual. Dices qué hiciste, sin explicar durante veinte minutos que en realidad eres una persona estupenda. Y luego procuras no repetirlo.

—Yo no he dicho que sea estupendo.

—Lo llevabas escrito en la cara junto con el precio del queso.

Mateo levantó otra valla.

—No sé para qué hablo contigo.

—No has hablado. Me has preguntado y te he contestado. A veces se confunden las dos cosas.

Julián sonrió y se alejó para abrir el cercado. Mateo estuvo a punto de llamarlo insolente. Después recordó que él mismo había pedido una respuesta y continuó trabajando.

Trabajaron durante una hora. Julián le confirmó que podía ocuparse del rebaño el jueves mientras Mateo llevaba a Antonio al traumatólogo. No le preguntó por qué no lo hacía Ángela. Apuntó la hora en el móvil y siguió descargando sacos.

Al mediodía, Mateo abrió la nevera de la nave.

Había agua, medio pimiento, una fiambrera vacía y una cerveza sin alcohol.

Recordó la tortilla que su madre había dicho que tenía preparada en su casa.

Recordó también que Teresa había comprado los huevos, cocinado, guardado la porción y enviado el mensaje.

Él habría descrito todo aquello diciendo que había encontrado comida en la nevera.

Se sentó sobre un saco y sacó el teléfono. Tenía un mensaje de Ángela preguntando si había firmado la autorización. Respondió que sí y añadió que él llevaría a su padre el jueves.

Tres puntos aparecieron en la pantalla.

Gracias , escribió ella al fin.

No era un entusiasmo desbordante, pero se dio cuenta de que su hermana había esperado una solución y no otra pregunta.

A las siete, volvió a la casa de correos. Esta vez no llevaba nada.

Adriana abrió con unas gafas de cerca apoyadas en la cabeza y una cuña del queso en la mano.

—Está muy bueno —dijo.

—Lo sé.

—Eso no mejora lo que tengas que decir a continuación.

Mateo miró hacia la plaza y luego a ella.

—Ayer te interrumpí varias veces. También interrumpí a Nuria y traté a Lucía como si siguiera siendo una niña. Propuse repartir el trabajo de una forma que nos dejaba a nosotros decidiendo y a vosotras haciendo cosas que no se ven. Cuando me lo dijiste, me defendí en lugar de escucharlo.

Adriana no respondió enseguida. Mateo sintió el impulso de explicar que no era su intención, que en realidad respetaba a todas aquellas mujeres, que no era la clase de hombre que ella quizá pensaba. Se obligó a mantener la boca cerrada.

—Eso sí es una disculpa —dijo ella.

—¿La aceptas?

—Acepto que te hayas disculpado. Lo demás dependerá de lo que hagamos trabajando.

No era la absolución que esperaba. Sin embargo, tampoco parecía un castigo.

Adriana abrió más la puerta.

—Ya que estás aquí, necesito revisar una cosa contigo.

Lo condujo hasta el despacho. En la pantalla había un documento con horarios, tipos de plano, muestras necesarias y una columna titulada «qué no debemos fingir». Mateo se acercó con cautela, como si la tabla pudiera exigirle otra disculpa.

—Quiero fotografiar la salida del rebaño, el desplazamiento y la revisión del material —explicó ella—. Nada de colocar ovejas alrededor de una manta como si eligieran decoración. También necesito saber dónde puedo moverme sin alterar el trabajo.

Mateo leyó la secuencia. La profesional que, según él, venía a poner colores bonitos había previsto luz, permisos, bienestar animal, autorizaciones de imagen y hasta una alternativa por viento.

—Aquí no —dijo, señalando la tercera localización—. A esa hora pasan cerca de una carretera y necesito a Canelo pendiente del cruce. Una persona con cámara delante puede romper el grupo.

Adriana no discutió.

—¿Qué propones?

—La loma del almendro. El camino es ancho y, a primera hora, la luz entra por detrás de la sierra. Después podemos bajar a la parcela del pozo para las tomas de lana.

Ella abrió el mapa digital y le pasó el ratón.

—Márcamelo.

Mateo lo hizo. Adriana calculó distancias, cambió el orden de tres fotografías y redujo el tiempo previsto junto al rebaño.

—¿Por qué solo has puesto diez minutos para la revisión de los vellones? —preguntó él.

—Porque pensaba que era una toma sencilla.

—Si quieres enseñar diferencias de fibra, necesitarás al menos tres muestras y alguien que explique por qué no sirven igual.

—¿Tú puedes hacerlo?

—Sí.

—Entonces media hora. Te grabaré también en audio.

Trabajaron unos minutos inclinados sobre la misma pantalla. Mateo no entendía todos los códigos de color, pero reconocía un plan construido para que cada persona supiera qué debía hacer. Adriana no entendía aún el movimiento del rebaño, pero cambiaba una idea cuando recibía una razón mejor.

La competencia de ella le resultó más atractiva que la camisa color teja del bar, lo que ya era decir bastante.

Adriana cerró el documento y cogió el móvil.

—¿Mañana a las siete o el viernes a las siete y media?

Mateo casi respondió que la luz no negociaba horarios. Luego recordó las dos opciones que ella había pedido.

—Mañana a las siete. El viernes anuncian viento.

—Mañana a las siete, entonces.

Él señaló la cuña de queso.

—Eso tiene que respirar antes de comerlo.

—También me vas a explicar el queso.

—En este caso tengo razón.

Adriana sonrió por primera vez desde que lo conocía sin que la sonrisa pareciera el preludio de una batalla.

Mateo regresó a su furgoneta con una ligereza que no tenía nada que ver con haber sido perdonado, porque no lo había sido del todo.

Quizá tenía que ver con haber dicho, por fin, lo que había hecho en lugar de lo que había querido hacer.