Gato viejo, rata tierna Capítulo 4
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Capítulo 4

Siempre se ha hecho así

La primera reunión de La Hebra empezó con doce minutos de retraso, seis sillas de menos y una discusión sobre quién tenía la llave del armario donde se guardaba el proyector.

Adriana había llegado veinte minutos antes.

A las cinco menos cuarto había conectado el portátil, probado la presentación y colocado sobre una mesa las muestras que Nuria le había prestado.

A las cinco menos diez, Mateo apareció con dos mesas plegables bajo el brazo y comentó que la pantalla quedaba mejor en la pared contraria.

A las cinco menos cinco, Sebas desenchufó el alargador para conectar la cafetera.

A las cinco en punto, Pilar descubrió que el proyector estaba en un armario cerrado y que la llave la tenía el concejal de Cultura, que se encontraba a nueve kilómetros revisando una fuga de agua.

—No pasa nada —dijo Adriana, cerrando el portátil—. Podemos trabajar sin diapositivas.

—Eso es lo que llevo diciendo yo desde 1987 —declaró Sebas.

—En 1987 no habías trabajado con diapositivas en tu vida —repuso Pilar.

—Por eso. Cero problemas.

El teleclub conservaba un escenario bajo, cortinas color mostaza y varias fotografías enmarcadas de representaciones teatrales.

Olía a polvo, a café recién hecho y al ambientador de pino que alguien había colocado sobre un radiador apagado.

Adriana miró a las personas sentadas en semicírculo: Pilar; Nuria, con una carpeta llena de papeles; Charo, que ejercería de secretaria; tres mujeres de La Hebra llamadas Sole, Mariví y Concha; Mateo, Sebas y otros dos ganaderos; Julián Moya, un hombre alto de treinta y tantos que había llegado empujando un carrito con una niña dormida; y Lucía Ferrer, la veterinaria, que consultaba el móvil junto a la puerta.

La variedad le gustó. La forma de distribuirse, menos.

Los hombres habían ocupado un lado y las mujeres el otro sin que nadie lo hubiera propuesto.

Ellas acercaron sillas, repartieron vasos y colocaron las muestras.

Ellos permanecieron de pie hablando del precio del gasóleo hasta que todo estuvo listo.

Adriana cogió una silla plegada y se la tendió a Mateo.

—¿Me ayudas?

Él la recibió por reflejo.

—Claro.

Ella le señaló las tres personas que seguían de pie. Mateo miró la silla, miró a sus amigos y terminó por desplegarla. Luego fue a buscar otras dos sin decir nada.

Pilar golpeó una cucharilla contra una taza.

—Empezamos. Adriana ha visto el taller y hoy quiere escuchar qué necesitamos. Escuchar significa que primero habla la persona a la que se ha dado la palabra y después los demás procuramos no demostrar que tenemos garganta.

Sebas levantó la mano.

—¿Eso va por alguien?

—Por orden alfabético, por ti.

Las risas deshicieron parte de la tensión. Adriana abrió su cuaderno.

—No voy a presentaros una marca cerrada porque todavía no la conozco. Necesito saber qué queréis conseguir con la feria, qué productos podéis fabricar de forma sostenible y qué cosas no queréis hacer, aunque pudieran venderse.

—Vender lana —dijo uno de los ganaderos, Eusebio—. Eso es lo que queremos.

—La lana en bruto no vale casi nada —explicó Nuria—. El proyecto intenta transformarla.

—Ya. Pero si para transformar un kilo vais a tardar dos días, tampoco salen las cuentas.

—Por eso necesitamos hablar de costes —dijo Adriana.

Mateo se inclinó hacia delante.

—Lo primero sería saber qué productos se venden. Antes de perder tiempo con nombres y colores.

—Eso forma parte del análisis —contestó ella—. Pero un producto no se vende solo porque exista. Y el precio no se calcula únicamente con la materia prima.

—Claro, aunque el cliente no va a pagar cualquier cosa porque la etiqueta sea bonita.

—No he dicho eso.

—Lo que Mateo quiere decir —intervino Pilar— es que muchos ganaderos temen que el proyecto se quede en una campaña sin salida comercial.

—Ese temor es razonable. Por eso he pedido los costes, los tiempos y el histórico de ventas. Nuria, ¿puedes contar lo que habéis medido?

Nuria abrió su carpeta.

—Para la funda de tableta, entre limpieza, preparación del fieltro, corte y costura…

—Eso puede mecanizarse —dijo Mateo.

Nuria alzó la vista.

—Algunas partes, sí. Ahora mismo no tenemos la máquina ni presupuesto para comprarla.

—Podemos preguntar en la cooperativa de Alcaraz. Tienen una prensa que a lo mejor…

—Mateo —lo cortó Adriana—, deja que termine.

El silencio llegó tan deprisa que hasta el carrito de la niña de Julián dejó de chirriar.

Mateo apoyó la espalda en la silla.

—Solo aportaba una opción.

—La apuntamos después. Nuria.

Nuria continuó. Había calculado dos horas y cuarto de trabajo por funda en una tirada pequeña.

Sole añadió el coste de cremalleras; Mariví, el tiempo de lavado; Charo anotó las cifras.

Adriana hizo preguntas y comprobó que no se habían incluido las horas de preparación del puesto, los desplazamientos ni el embalaje.

—Si metéis todo eso, no lo comprará nadie —dijo Eusebio.

—Si no lo metemos —repuso Nuria—, trabajaremos gratis nosotras.

—Bueno, pero la feria es una cosa del pueblo.

—Mi hipoteca también es una cosa del pueblo —dijo Nuria—. Está en una casa de aquí.

Julián soltó una risa. Mateo se frotó la barbilla.

—Hay que encontrar un término medio.

—El término medio entre cobrar y no cobrar suele parecerse mucho a no cobrar —señaló Adriana.

—Tampoco vamos a convertir cada minuto en una factura.

Ella respiró antes de responder. Había prometido escuchar. Escuchar no implicaba asentir hasta que le doliera el cuello.

—¿Tú descuentas del precio del cordero las horas que pasas con el rebaño porque el cliente prefiera pagarlo más barato?

—No funciona igual.

—¿Por qué?

Mateo buscó una respuesta. Adriana vio el momento exacto en que comprendió que cualquier explicación iba a conducirlo a un lugar poco favorecedor.

—Porque son mercados distintos —dijo al fin.

—Eso sí. Y vamos a estudiarlos como tales.

Lucía levantó la mano desde la puerta.

—También habría que decidir el tratamiento de la lana antes de prometer que todo es local. Parte de la limpieza se hace fuera.

Mateo se giró.

—Eso lo vemos luego tú y yo, chiquilla.

—Doctora Ferrer cuando estamos trabajando —respondió ella sin levantar la voz—. Y lo vemos todos porque afecta a lo que se puede comunicar.

—Llevo conociéndote desde que tenías coletas.

—Y yo llevo seis años firmando tus certificados sanitarios. Ninguna de las dos cosas cambia esta reunión.

Sebas ocultó una sonrisa detrás de la taza. Mateo alzó las manos, como si de pronto estuviera rodeado de peligros invisibles.

—Vale, doctora. No sabía que hoy había que venir con tratamiento oficial.

Adriana anotó algo en su cuaderno para no responder. No era incapaz de reconocer que él conocía bien su oficio. Precisamente por eso irritaba más verlo reducir el de otras mujeres con la naturalidad de quien aparta una silla del paso.

La reunión avanzó hacia la feria. Pilar explicó que la ayuda exigía una jornada pública antes de diciembre.

Nuria propuso demostraciones breves y venta directa.

Concha sugirió recuperar fotografías del antiguo lavadero.

Julián habló de una ruta para que las familias vieran el rebaño sin interferir con el trabajo.

—Eso puede funcionar —dijo Adriana—. Una ruta corta y accesible, con varios puntos de interpretación. Sin convertir a los animales en un espectáculo.

—Yo puedo marcar por dónde —se ofreció Mateo—. Hay que evitar el barranco y las fincas sembradas.

—Perfecto. Lo vemos juntos esta semana.

Él asintió, y durante unos minutos colaboraron sin rozarse.

Mateo conocía las distancias, los desniveles y los lugares donde un autobús podía girar.

Adriana planteaba cómo ordenar el flujo de visitantes y conectar la ruta con los puestos.

Fue tan sencillo que ella alcanzó a pensar que quizá el principio había sido solo una mala entrada.

Entonces Pilar preguntó por la distribución de responsabilidades.

—Lo lógico —dijo Mateo— sería que nosotros nos ocupáramos de accesos, proveedores y precios de la lana. Vosotras podéis preparar los puestos, los talleres y la comida. Se os da mejor organizar esas cosas.

La mala entrada regresó acompañada de una banda de música.

Nuria cerró la carpeta. Lucía soltó el aire por la nariz. Charo dejó de escribir.

—¿Vosotras quiénes? —preguntó Adriana.

Mateo señaló vagamente el lado femenino del semicírculo.

—La asociación.

—La asociación no es el servicio de cáterin de los ganaderos.

—No he dicho eso.

—Has propuesto que los hombres controléis proveedores y precios mientras las mujeres decoran puestos y preparan comida.

—Porque ya tenéis experiencia con las ferias.

—Nuria tiene más experiencia calculando costes de estos productos que cualquiera de vosotros.

Pilar ha gestionado presupuestos públicos.

Lucía controla trazabilidad. Julián acaba de proponer una actividad familiar y Charo conoce la logística del bar.

¿Por qué no repartimos por competencia y disponibilidad en lugar de hacerlo por el lado en el que se ha sentado cada uno?

Mateo la miró, molesto de una forma contenida.

—No hace falta convertirlo todo en una cuestión de hombres y mujeres.

—Estoy de acuerdo. Por eso te propongo que no lo repartas entre hombres y mujeres.

Julián se tapó la boca con la mano, fingiendo una tos. La niña del carrito se despertó y empezó a removerse. Él la cogió sin abandonar la reunión, sacó de una mochila una botella de agua y la sentó sobre sus rodillas. Nadie lo felicitó por aquella hazaña; sencillamente siguieron hablando.

Pilar se puso en pie.

—Vamos a ahorrarnos tres horas. Precios y viabilidad: Nuria, Eusebio y yo. Trazabilidad: Lucía, Mateo y Sole. Ruta y accesos: Mateo, Adriana y Julián. Puestos y actividades: Concha, Sebas y Mariví. Comida: Charo decidirá qué puede asumir y qué hay que contratar.

—Yo de puestos no sé —protestó Sebas.

—Aprenderás. Tienes dos manos y sabes usar un metro.

—Siempre se ha hecho de otra manera —dijo Mateo.

Pilar recogió su carpeta con una tranquilidad peligrosa.

—Y por eso llevamos años regalando el trabajo de media asociación, la lana sigue en un almacén y hemos tenido que pedir una ayuda para cambiarlo. Si «siempre se ha hecho así» fuera un argumento suficiente, no estaríamos aquí.

La reunión terminó poco después. Las sillas chirriaron, las tazas regresaron a una bandeja y los grupos intercambiaron teléfonos. Adriana guardaba las muestras cuando Mateo se acercó.

—No quería decir que las mujeres no supierais de precios.

—Qué alivio.

—Pero has llegado ayer. Hay maneras de organizarse que funcionan.

—¿Para quién?

Él se quedó callado.

Adriana colocó la última funda en la caja.

—Nos vemos para la ruta. Mándame dos horarios posibles y elijo uno.

—El jueves por la mañana me viene bien.

—Dos horarios. Elegir implica que exista más de una opción.

Mateo apretó la mandíbula. Luego asintió y salió del teleclub con Sebas.

Nuria apareció a su lado con la caja de muestras.

—Gracias por frenarlo —dijo.

Adriana cerró la cremallera de su bolsa.

—No tienes que darme las gracias. La idea era tuya y te estaba interrumpiendo.

—Ya. Pero cuando llevas años en una mesa con las mismas personas, una acaba eligiendo qué discusiones puede permitirse.

—No quiero ocupar tu voz en el proyecto.

—Ni yo quiero que gastes la tuya peleándote por todas nosotras. —Nuria se colocó la caja bajo el brazo—. La próxima vez déjame terminar a mí. Si Mateo va a aprender algo, también puede aprender a escucharnos sin traductora.

Adriana asintió. Había llegado preparada para impedir que los ganaderos se apropiaran del trabajo de La Hebra y, en el intento, podía convertirse fácilmente en otra persona que hablaba en lugar de sus autoras.

—Trato hecho —dijo—. Pero si necesitas que le pise el pie por debajo de la mesa, eso no cuenta como traducción.

—Depende de la fuerza.

Ambas sonrieron. Nuria se despidió y Adriana anotó una frase en la esquina de su cuaderno: Dar espacio no es ocuparlo en nombre de otra persona.

Pilar se acercó a Adriana.

—Podías haber sido más suave.

—¿Lo he estropeado?

—No. Podías haber sido más suave, pero habría servido de menos.

Pilar recogió dos tazas y le entregó otras dos.

—Ven. Aquí las revoluciones también lavan su vajilla.

La pequeña cocina del teleclub tenía un fregadero, una nevera con imanes de campañas municipales y un calendario del año anterior abierto por septiembre, una coincidencia que nadie se había molestado en corregir. Adriana abrió el grifo.

—¿Mateo es siempre así?

—No. A veces está dormido.

—Hablo en serio.

—Yo también. Dormido interrumpe menos.

Pilar secó una taza y la colocó en el armario.

—Mateo no es el pueblo —añadió—. Ni Sebas. Igual que nosotras tampoco somos un bloque de mujeres sabias esperando que llegue una madrileña a tomar notas. Aquí hay gente que lleva años intentando cambiar cosas, gente que cree que ya han cambiado demasiado y gente que opina según quién pague el café.

—No he venido a dar clases de modernidad.

—Lo sé. Por eso te contratamos.

La frase tenía más confianza de la que Adriana esperaba haber ganado en dos días. La recibió con una gratitud que no quiso convertir en solemnidad.

—También porque mi presupuesto era razonable.

—Sobre todo por eso.

Terminaron de ordenar la sala. Al salir, un vehículo blanco aparcó junto al ayuntamiento.

No era un autobús regular, sino el transporte a demanda que comunicaba Valdebruna con varias localidades dos días por semana.

Bajaron una mujer con bolsas, un hombre joven con una carpeta médica y dos estudiantes que regresaban de clase.

—El jueves va lleno —explicó Pilar—. El martes, depende. Si la aplicación no reconoce una dirección, llamamos a Marisa, que trabaja en el ayuntamiento y convence al sistema de que existimos.

—En Madrid también hay que convencer a muchos sistemas de que una existe.

—Sí, pero allí no conoces el nombre de quien termina haciéndolo.

Cruzaron la plaza. Pilar le señaló el tablón con los horarios del punto limpio, el bibliobús y una asesoría agraria itinerante. Nada tenía la estética pulida de una campaña; todo respondía a una necesidad concreta.

—Cuando diseñes la feria —dijo—, recuerda que aquí la gente no dispone de tiempo infinito por vivir en un pueblo. Hay quien trabaja fuera, quien cuida, quien estudia a cuarenta kilómetros y quien espera toda la mañana a que venga un técnico.

Adriana guardó la observación. Era el tipo de dato que no aparecía en las estadísticas de población ni en un tablero de inspiración. También era una forma de amistad: Pilar no le estaba mostrando la versión bonita de Valdebruna, sino la que necesitaba comprender para no utilizarla como decorado.

Adriana sonrió, cansada. Al despedirse de Pilar, vio a Mateo cruzar la plaza. Caminaba como si cada baldosa perteneciera a una ruta que conocía desde siempre.

Lo preocupante no era que aquel hombre creyera saber por dónde debía pasar todo el mundo.

Lo preocupante era que, incluso enfadado, seguía pareciéndole atractivo.