Capítulo 4 Diamante
Ese día, ambos nos vestimos ridículamente con lo primero que encontramos, ya que nuestra intención es pasar desapercibidos para poder vender la gema. Necesito un sitio clandestino que me entregue el dinero en efectivo.
Sé perfectamente lo peligroso que es andar por esta ciudad con un diamante en la mano sin tener una respuesta convincente sobre su procedencia.
Aunque debo ser bien honesta, me irrita que algunas mujeres se volteen a mirar a Arian. Supongo que su temple las deslumbra al cruzarse con él.
—¡Jinga, cuidado! —grita Arian, envolviendo mi cintura con sus enormes manos para evitar que un automóvil a alta velocidad me atropelle.
—¡Desgraciado! —grito furiosa mientras el elegante vehículo se aleja de nosotros, dejando una nube de polvo.
—¿Estás bien? —pregunta preocupado, mirándome fijamente a los ojos con ternura.
—Sí, sí... —tartamudeo un poco.
Nuevamente mi respiración se acelera y los latidos de mi corazón se desenfrenan por el contacto de sus manos en mi cuerpo.
Él me suelta lentamente, mordiéndose apenas el labio inferior. Esa mirada tan profunda me intriga, me hipnotiza y me inspira a dejar atrás toda esta vida llena de agitación, caos y peligro que me rodea diariamente.
Soy una simple esclava con deudas impagables, solo por querer una educación digna; soy el producto del sistema con apenas veinte años.
«Detesto que todo tenga que ser tan difícil en mi vida», pienso mientras nos dirigimos a una pequeña casa de empeños en un callejón bastante tenebroso.
—¿Quieres el dinero en efectivo? ¿Estás segura? —pregunta el hombre tras el mostrador.
—Sí, por favor, en billetes de alta denominación —aclaro tajante y decidida.
—Pero es una cantidad muy elevada. ¿No prefieres una transferencia bancaria? —cuestiona el desconocido.
—No tengo cuenta bancaria —respondo con seriedad.
Comienzo a pensar que esto no fue una buena idea. ¿A quién se le ocurre cambiar un diamante en una casa de empeños tan horrible y cuestionable? Solo a nosotros.
La espera parece una eternidad cuando, de repente, aparecen tres hombres corpulentos vestidos de negro con armas y navajas en las manos.
—Esos son. Llévenselos, interróguenlos y mátenlos para que nadie se entere —dice el hombre tras el mostrador.
—¡Maldito! ¿Qué les pasa? —grito mientras uno de ellos me sostiene con fuerza por los brazos.
—¿De dónde sacaron el diamante? —pregunta uno de los matones.
—¡Qué les importa! ¡Es mío! —grito furiosa, tratando de zafarme de ellos.
En cuestión de segundos, Arian comienza a golpear a cada uno de ellos, despojándolos de sus armas. En un abrir y cerrar de ojos, los hombres yacen en el suelo llenos de moretones y con sangre brotando de sus labios por la paliza que les acaba de dar.
—Ahora sigues tú —dice Arian, mirando al hombre tras el mostrador, quien levanta rápidamente las manos y suplica por clemencia.
—Fue un error, chicos. Pueden irse, discúlpenme. Aquí está su diamante, pueden irse, por favor —exclama entre lágrimas.
Arian toma la joya, me agarra de la mano y salimos de allí rápidamente, dejando solo nuestra estela.
—Supongo que tendremos que salir mañana a buscar otra casa de empeños —digo, intentando pasar el susto.
Ya en el apartamento, Arian está pensativo, callado, y noto una mueca de dolor o incomodidad en su rostro.
—¿Qué te sucede, pequeño gatito? —digo en tono bajo mientras me acerco a él cuidadosamente.
Al estar a su lado, me percato de que tiene el brazo lastimado y cubierto de sangre.
—No sabía que sangrabas rojo —digo en tono de broma para intentar subirle el ánimo.
—No solo sangro, también hago otras cosas —responde. Sus ojos cambian nuevamente de color.
Ágilmente busco en uno de mis cajones el botiquín para curar y vendar su brazo lastimado. Lo hago con mucho cuidado y detenimiento.
—Eres muy bueno peleando, no tardaste ni cinco minutos con esos hombres —sonrío amigablemente, alabándolo por su hazaña.
—Fue puro instinto; solo quería protegerte —susurra sin dejar de mirarme.
Arian comienza a sonrojarse: sus orejas se tornan rojas y suspira lentamente. Supongo que sintió que me excité repentinamente ante sus encantos y sus palabras.
«Qué vergüenza. ¿Por qué no me puedo controlar?», pienso mientras termino con su brazo.
Bajo un poco la mirada y me doy cuenta del enorme bulto que se asoma en su mono deportivo; es mío y le queda sumamente ajustado.
—¿Qué te sucede? —pregunto en un susurro frente a él.
—Nada. Gracias por curarme —dice, mordiéndose sensualmente el labio inferior y acomodándose un poco en la silla.
—¿Estás intimidado? —pregunto.
Él alza la mirada y me observa fijamente a los ojos, que otra vez han cambiado de color. Se queda allí, esperando a que yo me abalance sobre él de una buena vez.
—No tienes que hacer nada todavía; no estamos casados aún —responde él con un tono de voz bajo y entrecortado.
Levanto una ceja levemente. ¿Cómo se atreve a decirme que no nos hemos casado aún, después de estar provocándome sexualmente desde que llegó a mi vida con su tierna forma de gato blanco indefenso?
Me levanto abruptamente, indignada.
—Lo siento, no me expliqué bien —dice tomándome del brazo, haciéndome girar para quedar frente a su hermoso rostro. Su mandíbula es perfecta y me tiene al borde de la locura.
—¿Ahora no quieres sexo conmigo? —rujo molesta.
—Quiero que te cases conmigo —refuta, respirando agitadamente frente a mí con más profundidad.
Puedo sentir los latidos de su corazón acelerados como un reloj; siento cosquillas en mi estómago y la piel se me eriza de repente.
—No quieres tener sexo conmigo hasta que nos casemos, ¿no? —cuestiono nuevamente.
—Sí, pero quiero que sepas que eres mi hembra y que tenemos que casarnos luego de lo que ocurra aquí y ahora —explica el delicioso hombre frente a mí.
—¿Y si no me gusta tu sexo? —rebato bajando la guardia.
Él sonríe levemente, empujándome con delicadeza contra su pecho, enorme y fuerte como el hierro.
—Tú decides si, después de lo que pase, quieres o no casarte conmigo. ¿Te parece? —me reta.
Incapaz de seguir resistiéndome al deseo, me dejé llevar por completo ante el hombre a quien yo misma había abierto las puertas de mi apartamento bajo la forma de un indefenso felino.
Lo besé sin pedir permiso, impulsada por una sed voraz de él y de sus caricias. El choque de nuestros labios liberó una descarga eléctrica tan abrasadora que me cortó la respiración al instante.
Nuestras manos comenzaron a explorar la piel del otro, fundiendo nuestros cuerpos en un abrazo febril mientras un tenue gemido se me escapaba de la garganta.
Arian no se detuvo; sabía perfectamente lo que quería y eso era tenerme por completo.
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