Garras y Caricias Capítulo 3 Ayuda
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Capítulo 3 Ayuda

—Necesito tu ayuda —dice el imponente hombre a mi lado, con los brazos cruzados, luciendo su espléndido cabello blanco ceniza.

—¿Qué haces aquí en mi cama? Quedamos en que dormirías en el sofá, como lo hacías desde el principio —aclaro, intentando abrir bien los ojos para encontrarme con sus enormes pectorales frente a mí.

—No podía dormir bien; ya no tengo la forma de un gato —responde, observándome con detenimiento y malicia.

—Menos mal que no eres un gato, pero sigues siendo travieso, ¿no te parece? —digo entre dientes.

Al tratar de acomodarme mejor en la cama, me llevo las manos a los ojos. No lo puedo creer: debajo de las sábanas, en su entrepierna, se asoma una enorme montaña que parece a punto de hacer erupción.

Mi boca se abre levemente sin mi consentimiento y mi corazón se agita a pasos agigantados. Aprieto las sábanas con las manos y sin pensarlo, me muerdo el labio inferior.

—¿Estás en celo, no? —dice con la respiración agitada, suspirando sin dejar de posar sus ojos en mi pecho, como si tuviese un escáner para mirar por debajo de mi diminuta franelilla.

Tomo la sábana rápidamente y me la coloco sobre el pecho, tratando de disimular que mis pezones están completamente erectos a estas horas de la mañana.

«¿Cómo sabe que tengo ganas? ¿Por qué dice que estoy en celo?», pienso rápidamente.

—No estoy en celo, Arian —respondo.

—¿Pero tienes ganas de aparearte? —pregunta.

Mis ojos quieren salirse de sus órbitas. Es sumamente intuitivo con todo lo que sucede a su alrededor; pese a estar en su forma humana, tiene un olfato increíble y un oído con el que puede escuchar la caída de un alfiler.

—Arian, ¿qué favor necesitas? —respondo tratando de no observar la enorme máquina que tiene entre las piernas, apenas cubierta por esas sábanas blancas que no disimulan nada.

—Necesito que te cases conmigo —dice tajante y serio, con un aire de poderío y realeza, sin titubear.

—¿Casarnos? ¿Estás hablando en serio? —cuestiono observándolo con recelo.

—Sí. Eres mi hembra y al casarnos, podré recuperar mi reino y asesinar a mi despreciable tío —sentencia, levantándose de la cama.

Pensaba que había dormido desnudo, pero la verdad es que se durmió con el short que le había entregado.

—Me pediste que no anduviera desnudo en el apartamento, ¿recuerdas? No es mi estilo de ropa, pero supongo que no tengo más opciones —aclara, moviendo el cuello de lado a lado.

—Arian, no puedo casarme contigo. No sé si eres un gato o un hombre, y mucho menos te conozco bien —refunfuño.

—¿Y qué necesitas saber? Me tienes frente a ti. Sabes perfectamente que puedo protegerte y que tendremos buenas crías —aclara.

—¿Crías?

—Soy un cambiaformas, pero aquí no tengo la fuerza suficiente para transformarme; tu mundo inhabilita mis poderes —dice observándome con detenimiento mientras me mantengo en la cama.

—Creo que necesito comer y tomarme una taza de café —respondo levantándome, sin darme cuenta de que solo llevo puesta la franelilla y mi diminuta ropa interior.

Él no aparta los ojos de mí. Me observa como si fuera su presa y quisiera abalanzarse encima. Odio que sea tan apuesto y no saber si realmente es un hombre o producto de mi imaginación.

—Te voy a preparar café —dice, dirigiéndose a mi pequeña cocina.

—¿Dónde aprendiste a prepararlo, señor gato? —cuestiono minutos después con una enorme taza frente a mí. Su aroma es delicado y sutil, propio de un café gourmet.

—Dormí por varios días en una cafetería del centro; había buena comida allí —responde sentándose frente a mí con los brazos cruzados.

—Está delicioso, aprendiste muy bien.

—Sí, algunas cosas... —dice el apuesto hombre, sonriendo de medio lado.

—Arian, no creo que sea la indicada para ayudarte. Tengo mis propios problemas: necesito pagar mis cuentas y estudiar —aclaro, llevándome la taza a la boca.

El aroma del café recién preparado me embriaga por completo; el sabor es delicioso, idílico y único.

—Puedo darte lo que desees en mi reino —menciona.

—¿En tu reino? Pero aquí tengo mi vida y en este momento necesito comprar comida, pues ya no me queda nada en la nevera —acoto dándole otro sorbo al café.

Él solo me observa y extiende una de sus manos sobre la mesa. Cierra los ojos por un segundo, una luz brillante me encandila y de repente, aparece ante mí un cristal.

—Mierda... ¿es un diamante? —pregunto con sorpresa.

No puedo creerlo; me quedo anonadada.

—Es lo único que mis poderes me permiten crear en tu mundo —dice algo desmotivado y cabizbajo, mostrando pesar y vergüenza.

—Pero es un diamante, ¿sabes cuánto vale esto? —lo tomo con dos dedos y con mucho cuidado para que no se me caiga.

Brilla con extrema belleza y sus facetas parecen talladas por los mismos dioses.

—Sí, aunque en mi mundo es un simple cristal —dice.

—¿Y qué otras cosas puedes hacer? —pregunto con curiosidad, entretenida observando la belleza de la gema.

—Todo lo que te puedas imaginar —responde con picardía, mostrándome los dientes.

Trago saliva. Arian no pierde el tiempo; sabe lo que quiere y se nota a leguas que está acostumbrado a que hagan su voluntad. No se detendrá hasta obtenerlo. Supongo que vendiendo esta gema podré mejorar mi calidad de vida.

—Además puedo darte placer, si así lo quieres —añade tajante, sin dejar de mirarme.

—¿Por qué insistes en que estoy en celo? Estoy normal, no necesito sexo —bufo observándolo con osadía.

—Porque tus hormonas te delatan; por eso lo pregunto —aclara sonriente.

—Es decir, ¿que si me caso contigo lo que me espera es placer y sexo?

—Y caricias —me interrumpe—. Te adoraré por toda la eternidad y te protegeré con mi vida —dice con honestidad.

Me quedo perpleja ante este monumento de hombre, que me tienta a sucumbir junto a él en los más profundos placeres carnales.

—¿Me serás fiel? Aquí en este mundo es sumamente difícil encontrar a un hombre fiel —declaro con desdén.

—Porque nunca tuviste frente a ti a tu pareja destinada —menciona mirándome ahora con lujuria. Lo noto porque sus ojos han vuelto a cambiar de color.

—¿Pareja destinada? Pero si apenas te conozco...

—Pero me tenías en tus sueños, te lo puedo asegurar. Muchas veces soñaste con sábanas blancas de seda y con un hombre al que no le veías el rostro, pero que te atraía con fervor —dice.

—Ese es un sueño que cualquiera puede tener —cuestiono.

—Sí, claro. ¿Con mi cuerpo y con los mismos tatuajes que tengo yo, o no los recuerdas? —dice mientras deja al descubierto los tatuajes de su cuerpo.

«Mierda, tiene razón. Ahora los recuerdo», pienso, quedándome en shock.

Mi corazón se acelera con rapidez; comienzo a respirar agitadamente.

Desde hacía mucho tiempo tenía ese tipo de sueños húmedos y solo pensaba que se trataba de mi imaginación y del calor sexual jugándome una mala pasada.

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