Garras y Caricias Capítulo 2 Primer encuentro
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Capítulo 2 Primer encuentro

(Días antes)

Qué cansada estoy. La verdad es que llevo varios días sin poder descansar adecuadamente: los exámenes finales de la universidad me están matando y tener que trabajar para sobrevivir hace que mi vida social sea prácticamente nula.

Me siento completamente enjaulada, como un ave.

«Todo va a mejorar», me repito una y otra vez, intentando darme ánimos.

Salgo corriendo después de mi última clase. Ya es bastante tarde y creo que, si no llego a tiempo a la parada de autobuses, voy a tener que regresar caminando a mi apartamento.

Intento por todos los medios apresurar el paso, pero al llegar a la salida descubro que está cayendo una torrencial tormenta con rayos y centellas.

—Genial, lo que me faltaba el día de hoy...

Por instantes me quedo embobada viendo la lluvia caer, disfrutando de esta oscuridad y de esos toques de frío que trae la brisa. Me encantaría estar en mi cama leyendo un buen libro con una taza de café, pero de repente una sombra aparece detrás de mí.

—Hola, Jinga, ¿cómo estás? —habla el desconocido a mis espaldas. Reconozco su voz de inmediato.

—Hola, Abel. Linda noche. Estoy bien, ¿y tú? —respondo a secas y con desdén, sin disimular mi molestia.

—Muy bien ahora que te veo. ¿Quieres que te lleve a tu casa? —pregunta intentando sonar amable y convincente.

La verdad es que no lo soporto. Es un canalla que intentó jugar conmigo, pero gracias a mi intuición me di cuenta antes de que pasara a mayores. Así que hoy en día soy lo más básica y cortés posible con él.

Solo tuvimos sexo un par de veces y listo.

La universidad es un lugar donde aprendes a interactuar con todo tipo de personas para llevar la fiesta en paz; pero créanme que, si por mí fuera, lo echaría a los leones para que le destruyeran la piel y los huesos poco a poco. No merece menos.

—No, gracias, Abel. Muy amable de tu parte, pero estoy esperando a alguien —respondo con una espléndida sonrisa de hipocresía.

—¿Estás segura? Ya es muy tarde —cuestiona el indeseable nuevamente.

Tal parece que quiere llevarme a la cama otra vez. Aunque, siendo honesta, muero de ganas por tener un encuentro carnal furtivo y lleno de lujuria, pero Abel no me inspira ni un mal pensamiento.

—Claro. Te estoy diciendo por segunda vez que estoy esperando a alguien —digo, ya casi con fastidio.

Creo que si este sujeto continúa insistiendo voy a tener que propinarle un puñetazo en medio de los ojos. Al fin y al cabo, no se merece menos ni él ni su insoportable grupo de amigos, a quienes detesto de la misma manera.

Por fin termina de irse. Me alegra verlo alejarse bajo la lluvia por el estacionamiento.

Mientras continuo viendo caer el agua, siento cierta nostalgia; no de tristeza, pues adoro los días lluviosos, sino porque en este preciso momento no estoy en mi casa bajo una enorme y caliente cobija.

«Que pare de llover para irme», pido en silencio.

Me muevo de lado a lado, impaciente. De repente, entre la bruma y la oscuridad de un pequeño matorral, escucho un maullido.

—Miau, miau...

Es un maullido de auxilio, un pedido de ayuda. Me pongo en alerta y mi instinto me dice que vaya a salvarlo. Es un gato; puede que esté atrapado entre la maleza, mojado, lastimado o con mucha hambre.

—Pobrecito... —murmuro, y comienzo a llamarlo.

Me acerco lentamente, con un poco de temor.

De pronto brinco asustada por el sonido tenebroso de un trueno. El estruendo estremece mis oídos y deja un resplandor con el que logro divisar entre las ramas la silueta del pequeño animal.

Con mucho cuidado de no lastimarme las manos, intento alejar las ramas que cubren el lugar.

Las gotas de lluvia caen incesantes, dejándome empapada. Me estiro haciendo un esfuerzo hasta que mi mano lo toca. Él no pone resistencia; supongo que sabe que solo quiero ayudarlo.

Al entrar en contacto con su cuerpo siento un pequeño chispazo eléctrico. Me asusto un poco, pero no lo suelto; si lo hago, puede asustarse y escapar. Lo arrastro con cuidado hacia mí y le sonrío tiernamente al mirar su hermosa carita.

Es un gatito blanco que tiembla de frío por estar completamente empapado. Me mira con sus enormes ojos negros; a pesar del miedo, se mantiene alerta a todo lo que sucede a su alrededor.

—No te preocupes, peludito, todo estará bien —susurro para que se calme.

Termino de cargarlo y lo acomodo debajo de mi suéter. Como ya estoy mojada, me arriesgo a correr hacia la parada de autobús para irme a casa antes de pescar un resfriado.

Logro tomar el último autobús de la noche. Voy temblando de frío, pero noto que el felino se queda dormido; debe haber pasado un día bastante difícil.

«No entiendo cómo hay personas capaces de abandonar a estos animalitos tan tiernos», pienso mientras lo sostengo con fuerza.

Estar perdido en el campus de la universidad no es buena idea. Hay gente muy amable, pero también hay personas a las que no les gustan los gatos y pueden ser crueles. Espero que no le haya pasado nada malo ni tenga traumas en el futuro.

Al llegar a mi apartamento, me quito inmediatamente los zapatos, busco una toalla y comienzo a secarlo. Lo coloco en el sofá y lo envuelvo en una sábana para que entre en calor.

Mientras me voy quitando la ropa, observo que el pequeño gato blanco asoma la cabeza para mirarme con agrado. Se nota cansado y abre y cierra los párpados lentamente. Voy directo a darme un buen baño y a ponerme ropa seca.

Al salir, el pequeño animal vuelve a asomar la cabeza, pero esta vez sus ojos han cambiado de color y me mira de una forma extraña.

«Qué raro... si es solo un gato», pienso mientras me me termino de vestir.

Busco en mi nevera algo de comer que pueda darle.

Nunca en mi vida he convivido con un gato; cuando era niña mis padres nunca me dejaron tener uno porque decían que transmitían enfermedades, pero siempre sentí fascinación por ellos. Son criaturas tan tiernas y hermosas…

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