Garras y Caricias
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Capítulo 1 El gato
—Miau, miau...
—Ya voy, pequeño, espera un momento —digo, intentando levantarme de la cama agitada y jadeando.
Entre la vigilia y el sueño, me frotaba plácidamente entre las piernas sumergida en fantasías húmedas, pero el maullido insistente de este gato blanco me interrumpe reclamando comida.
Mis dedos salen húmedos, cubiertos de fluidos. Intento reponerme un poco y al girar el cuello, encuentro al gato al lado de mi cama observándome fijamente. Sus ojos azules brillan con tanta intensidad que parecen diamantes.
«¿Por qué me observará de esa manera?», pienso mientras me reincorporo y me siento en el colchón.
Tal parece que el color de sus ojos cambia conforme a su estado de ánimo.
El felino sube rápidamente a mi regazo y por instinto, comienzo a acariciarlo sin darme cuenta de que lo hago exactamente con la misma mano con la que me estaba masturbando hace unos segundos.
De repente, una nube de humo blanco con cenizas comienza a inundar toda mi habitación.
Me levanto de golpe.
—Mierda, ¿será que se está quemando el edificio? —digo con sorpresa, sintiendo el corazón a punto de salírseme del pecho.
El extraño humo se disipa lentamente y aparece ante mí un hombre completamente desnudo, de unos veinte años. Tiene un cuerpo esculpido por los mismos dioses y muy bien dotado para ser verdad.
—¿Qué mierda...? ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está mi gato? —cuestiono tomando rápidamente una sombrilla que tengo a la mano.
—¿Tu gato, dices? —responde con osadía y soberbia.
—Sí. ¿Cómo entraste aquí? ¿Qué rayos eres? —interrogo apuntándole firmemente con la sombrilla.
—Soy el príncipe Arian, del reino de Amiaror.
—¿Qué? ¿De qué hablas? —cuestiono todavía más confundida.
—Humana, ¿no entiendes mi idioma? —me observa detallándome por completo.
«Mierda, no tengo ropa interior y él está completamente desnudo», me quedo paralizada, sin poder apartar la mirada de lo que cuelga entre sus piernas.
—Necesito que me expliques muy bien qué eres y qué haces aquí, pero primero tenemos que vestirnos —aclaro, moviéndome con rapidez para tomar una toalla.
Él solo me observa. No se inmuta ni tiene intención de hacer ningún movimiento; sus ojos tienen prácticamente controlado todo el perímetro. Posee el cuerpo de un humano, pero conserva actitudes felinas.
—Fui exiliado a tu mundo en forma de gato, pero realmente soy un leopardo —aclara.
—Continúa, por favor —digo sentándome en la silla de mi escritorio y acomodándome un poco la toalla.
—Fui exiliado por mi malvado tío por negarme a casarme con alguien a quien no quería.
—Entiendo —respondo asintiendo con la cabeza de forma burlona.
—¿Por qué no me crees, humana? —bufa el varonil hombre con su voz gruesa y misteriosa.
—Es que no entiendo. ¿Eres un gato o no? —interrogo.
Él solo esboza una pequeña sonrisa de medio lado, mirándome con esos ojos azules y profundos como el océano.
—¿Cómo es que apareciste aquí en mi habitación? Apenas estaba acariciando al gato que encontré —indago.
—Te estabas dando placer. Me estaba volviendo loco y me acariciaste con las manos llenas de tus fluidos; eso rompió el hechizo —dice, detallando cada parte de mí.
Me quedo completamente sorprendida y entreabro la boca por el impacto. Mis mejillas se sonrojan levemente al escuchar sus palabras.
—¿Quieres decir que mis fluidos te convirtieron en hombre? —digo.
—Eso es lo que creo. Ni yo mismo sé qué sucedió; lo que sí recuerdo es que llevaba muchos días vagando por las calles y lo que me atrajo de ti fue tu fuerte olor a hembra y tu profunda sed de sexo —aclara.
—¿Quieres decir que huelo mal? —exclamo, llevándome las manos al rostro para comprobarlo.
Posee la belleza fría y perfecta de una estatua de mármol, pero con un fuego interior que delata su linaje, además de una fuerza contenida en su cuerpo atlético y una elegancia en los movimientos de su mandíbula que me tiene sumamente intrigada.
—No hueles mal. Tienes el olor único de una hembra en celo y me tienes al límite —declara sin apartar su mirada de mí.
—Muy bien, gato... digo, Arian. Necesito que te calmes. No soy tu hembra; solo te ayudé durante la lluvia porque me apiadé de ti. No quería que murieras de hambre o de frío —aclaro, intentando poner orden mientras me aprieto la toalla contra el pecho.
«No puedo dejar de mirar su entrepierna. Además, en este instante está completamente erecto», pienso sin despegar los ojos de él.
—Necesito que te vistas —hablo dirigiéndome a mi ropero. Me ajusto la toalla y comienzo a buscar algo que le sirva, aunque se me complica la tarea porque tiene un cuerpo realmente enorme.
—¿Necesitas ayuda? —dice el hombre parado frente a mí. Mide casi dos metros de alto, con unos pectorales diseñados a la perfección y una espalda ancha.
—No, no... —tartamudeo y trago saliva, intentando disimular mientras continúo buscando algo que le pueda quedar.
Apuro mis manos, tirando al piso algunas cosas hasta que, por fin, encuentro un uniforme de fútbol que era de uno de mis exnovios.
—Ten, creo que esto te servirá —digo sonriendo, extendiendo las manos algo temblorosas.
—¿Quieres que me vista? ¿No te gusta verme así? —dice.
—Sí, necesito que te vistas para que podamos analizar bien todo lo que me has contado y me des más detalles.
«Qué gato u hombre tan atrevido. Me tiene entre la espada y la pared, mi cerebro no funciona adecuadamente, no logro concentrarme; siento un extraño calor recorriéndome todo el cuerpo y necesito controlarme para mantener la compostura».
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