Capítulo 32
Darío
La fiesta fue en El Golfo. En la misma terraza.
Lo decidió Elena: los rodajes había que cerrarlos donde habían empezado a torcerse.
Las mismas mesas largas con manteles de cuadros, la misma barandilla de madera azul, las mismas bombillas colgadas sobre los tablones.
Detrás del pueblo, la laguna verde brillaba con la última luz como si no hubieran pasado siete semanas.
Darío llegó en la segunda furgoneta, con una camisa de lino oscura remangada hasta los codos.
Se paró en la entrada, mirando la mesa del fondo. La de los especialistas. Junto a la barandilla. Allí se había sentado una noche con una cerveza calentándosele en la mano, viendo bailar a una mujer que hizo cuatro canciones sin mirarlo.
—Ni se te ocurra —dijo una voz a su espalda.
Se volvió.
Vera llevaba el vestido rojo.
El de tirantes finos. El que el viento le pegaba a los muslos.
El que había dejado caer en el suelo de la 312 la primera noche.
Se había soltado el pelo y se había puesto unos pendientes largos, de plata, que le rozaban el cuello.
Los dos. En la oreja izquierda, además, encima, seguía el aro pequeño.
—Ni se te ocurra sentarte allí —repitió—. Hoy te sientas conmigo.
Él la miró de arriba abajo. Con calma. Sin esconderlo.
—¿Llevas algo debajo?
—Averígualo luego.
Medio equipo la estaba mirando. El gruista del Teide. Nacho, el foquista. Un eléctrico le dio un codazo a otro.
Darío descubrió que le daba exactamente igual.
* * *
Hubo lapas con mojo verde, pescado del día y vino blanco de La Geria en jarras de cristal.
Paco, el de sonido, pagó una ronda entera y la anunció a gritos como «la comida que le debo a Quintana, con intereses».
Domingo vino con su mujer, una señora menuda que le dio a Darío dos besos y le dijo que su marido llevaba dos semanas contando lo del grito a todo Yaiza.
Rubén se acercó con una cerveza en cada mano, le dejó una delante y se fue sin atreverse a sentarse.
Darío lo llamó, le señaló la silla de al lado, y el chico se sentó con la cara roja y no abrió la boca en diez minutos.
Marc brindó desde la otra punta levantando las gafas de sol.
Gonzalo no estaba. Había cogido el primer vuelo de la mañana. Nadie lo comentó.
Irene llegó tarde, con Toni y Chelo, riéndose de algo. Llevaba una falda vaquera y las mejillas encendidas. Pasó junto a la silla de Vera y, sin pararse, le dejó la mano en el hombro. Vera levantó la suya y se la cubrió.
No se dijeron nada. A Vera se le humedecieron los ojos. Cogió la copa para disimularlo.
Nuria Ferrán estaba sentada enfrente, con sus gafas rojas y un vaso de agua.
—Voy a proponerle una cosa a la asociación —le dijo a Vera, partiendo un trozo de pan—. Una norma. Que una coordinadora con un vínculo personal con un intérprete se aparte de sus escenas y se traiga a una compañera. Por escrito, como cualquier otro conflicto de intereses.
—Ya.
—Quiero que la redactes conmigo.
Vera dejó la copa.
—¿Yo? Soy el motivo de la norma.
—Por eso. —Nuria masticó despacio—. Las normas buenas las escribe quien se ha equivocado y lo ha dicho. Las malas las escribe quien cree que no se equivoca nunca.
Vera la observó un momento. Luego miró a Darío.
—¿Te parece bien que te convierta en un artículo?
—Mientras lleve mi nombre.
Era la primera vez que Darío la veía sonreír desde que había llegado.
* * *
Inés se sentó a su lado cuando sirvieron el postre.
Olía a tabaco. Había vuelto a fumar durante el rodaje y había anunciado que lo dejaba el lunes.
—Hungría —dijo, sin saludar—. En marzo. ¿Qué es?
—Una de guerra. Caballos, caídas. Seis semanas.
—¿De qué vas?
—De especialista.
—¿Con nombre?
—En el rodillo. Entre los conductores y el catering.
Inés asintió. Se sirvió vino.
—Yo ruedo en mayo. En Madrid y en la sierra. Un thriller, tres persecuciones, una pelea en una azotea y una caída desde un segundo piso. —Bebió—. No tengo coordinador de especialistas.
Darío se quedó quieto.
—No es un favor —siguió ella—. He llamado a cuatro personas esta semana para preguntar por ti. Las cuatro me han dicho lo mismo: que eres el más seguro con el que han trabajado y que no han entendido nunca por qué no mandabas tú. Una me ha contado lo de los Picos de Europa.
Él levantó la cabeza.
—Era la script de aquella película. —Inés no lo miraba—. Dice que vio cómo quitabas la cinta naranja. Que lleva seis años sin dormir bien. Que si alguna vez quieres que eso conste de otra manera en algún papel, ella firma.
Darío tardó en poder hablar.
—No lo sabía.
—Ya. Nadie sabe nunca quién lo ha visto. —Inés dejó la copa—. El contrato te llega el lunes. A tu nombre. Sin condiciones, sin sobres en un jardín y sin que tengas que callarte nada. Lo lees, lo piensas y me dices.
—¿Adónde me lo mandas?
Fue Inés la que calló entonces. Miró a Vera, que al otro lado de la mesa fingía estar muy interesada en una lapa.
—Eso dímelo tú. Producción lleva nueve semanas preguntándote adónde vuelves.
Darío miró el vestido rojo.
—A Lavapiés —dijo—. Un tercero sin ascensor.
Vera se atragantó con la lapa.
* * *
Alguien subió el volumen del altavoz.
Una rumba. La misma, o se le parecía. La gente empezó a levantarse. Se abrió el hueco entre las mesas, sobre los tablones de madera.
Vera se quitó las sandalias debajo de la mesa.
—No —dijo Darío.
—Sí.
—No sé bailar. Se lo dije a Irene aquí mismo y era verdad.
—Ya lo sé. Te vi decírselo.
—No me miraste en toda la noche.
—No te miré. —Se levantó, descalza, y le tendió la mano—. Pero supe todo el rato dónde estabas, qué bebías y que le dijiste que no a una chica guapísima. Ven.
Él no se movió.
Sesenta personas. Las bombillas. El círculo que ya se estaba formando.
Se acordó de un balcón de lava, de una luna de plástico, de una cámara. Si había sido capaz de aquello.
Le cogió la mano.
Ella lo llevó hasta el centro. La gente se apartó. Oyó un silbido, un «¡venga, Quintana!», la risa de Elena. Tenía las orejas ardiendo.
Vera se colocó frente a él.
—Te explico cómo va esto —dijo. Con la voz del set. Con los ojos brillándole—. Primero no hagas nada. Las manos abiertas, a los costados.
Darío abrió las manos.
—Ahora acércate. Despacio.
Dio un paso. Otro, más corto.
—Para a un centímetro.
Se detuvo con su aliento en la boca. Olía a vino blanco y a sal. Tenía los rizos alrededor de la cara, los pendientes largos temblando, el aro pequeño encima.
El centímetro.
En mitad de una terraza, delante de todo el equipo, con una rumba sonando.
—¿Y ahora? —preguntó él.
—Ahora ya no hay ahora. —Le cogió las manos. Se las puso en su cintura, sobre la seda roja—. Ahora no pares.
Y empezó a moverse.
Él no supo qué hacer. Durante cuatro compases fue un mueble. Ella movía las caderas bajo sus manos, en esos círculos lentos que él conocía de otra manera, y lo arrastraba. Él iba detrás, tarde, pisándole un pie descalzo.
—Perdón.
—No pienses. —Se reía—. Tú sabes caer de un segundo piso. Sabes subir una pared. Esto es lo mismo. El peso de una cadera a la otra.
—No es lo mismo.
—Entonces sígueme a mí. Llevas dos meses siguiéndome.
Eso sí sabía hacerlo.
Dejó de mirarse los pies. La miró a ella. La cintura girando, los hombros. Dejó que las manos le dijeran por dónde iba el cuerpo que tenía entre ellas, como en una cama redonda, como en una losa de lava, como contra una pared. Su cuerpo ya la conocía. Solo tenía que no estorbarle.
Algo encajó.
No era bailar. Pero se le parecía.
—Eso —dijo Vera, muy bajo—. Así.
Alrededor había gente. Irene bailaba con Toni. Elena, con Domingo, que tampoco sabía. Paco hacía el ridículo con la pértiga plegada de pareja. Nadie se había ido del círculo, y todos, cada pocos segundos, miraban hacia el centro.
Lo estaban viendo. De frente. Bailando mal con una mujer vestida de rojo.
Le dio igual.
Lo que no le dio igual fue otra cosa. Tardó una canción entera en darse cuenta.
Vera no había apartado los ojos de él.
Ni una vez. Giraba, se echaba hacia atrás, levantaba los brazos, se reía, y en cada vuelta la cara regresaba a la suya como si tuviera un imán. No miraba el mar. No miraba las mesas, ni la barandilla azul, ni la laguna. Lo miraba a él.
—En esta terraza estuviste cuatro canciones sin mirarme —le dijo al oído.
—Las contaste.
—Las conté.
—Pues te debo cuatro.
Bailaron cuatro.
Él las contó. No pudo evitarlo. Ya no se le iba a quitar nunca.
Una rumba, otra, algo lento que alguien puso por error y que nadie cambió, y otra rumba.
En las cuatro, ella lo miró. En la lenta se le pegó entera, con la mejilla en su cuello y los pechos contra su camisa, y él tuvo a través de la seda, sin ninguna duda posible, la respuesta a lo que le había preguntado al llegar.
—Nada —le dijo al oído.
—Nada —confirmó ella.
—Toda la cena.
—Toda la cena. Con Inés al lado ofreciéndote un contrato.
Se le puso dura en mitad de la terraza. Ella lo notó. Se apretó un poco más y se rio contra su garganta.
—Es una reacción física —susurró—. Es normal. ¿Necesitas un momento?
—No. —Darío le bajó la mano por la espalda hasta donde empezaba la curva—. ¿Y tú?
—Yo necesito que se acabe esta canción y que me lleves a un sitio donde no haya nadie.
—Sé dónde.
Cuando terminó la cuarta, la gente aplaudió. No supo si a la música o a ellos. Vera hizo una reverencia de bailarina, profunda, con una mano en el pecho. Él no hizo nada. Siguió de pie, despeinado, sudando, con las orejas rojas y una mujer de la mano.
De cara.
* * *
El domingo, el aeropuerto de Arrecife estaba lleno de equipo de rodaje con resaca.
Elena repartía tarjetas de embarque en el vestíbulo, con unas gafas de sol que no se quitó para nadie. Llegó hasta Darío. Buscó en el taco.
—Quintana, Darío.
—Yo.
—Madrid. Catorce A. Ventanilla. —Se la dio—. En tu fila tienes a una señora con mucho pelo que ha pedido pasillo. Si ronca, no es asunto de producción.
—Gracias, Elena.
—No me las des. —Se bajó las gafas un dedo. Tenía los ojos húmedos—. Doce años, la conozco. Como le hagas algo, te busco en Hungría.
—Entendido.
—Y no digas «entendido» con esa voz. Dame un abrazo, anda.
Se lo dio.
Salieron a la pista a pie. Una franja de asfalto entre tierra negra, y más allá el mar, de un azul tan limpio que parecía falso. El alisio barría la arena oscura en ráfagas bajas.
Vera iba delante. El viento le levantó la falda hasta medio muslo y le revolvió la melena hasta taparle la cara. Se sujetó el pelo con una mano, riéndose sola. Un hombre de traje, dos pasajeros más atrás, la miró más de lo necesario.
Darío lo vio. No le importó. Estaba acostumbrado: llevaba dos meses mirándola él.
Subió la escalerilla detrás de ella con una bolsa al hombro. Una sola. Todo lo que llevaba.
Arriba, en la puerta del avión, se volvió.
La isla. Los volcanes, al fondo, rojos y negros. El viento. En algún sitio hacia el norte, un mirador clavado en un risco. Hacia el oeste, una piedra debajo del agua. Hacia el sur, un hotel para cuatrocientas personas, donde esa noche las puertas golpearían todas a la vez sin que nadie las oyera.
Había llegado allí siendo una espalda.
—¿Vienes? —dijo Vera desde dentro.
Llevaba veinte años sin saber qué contestar cuando le preguntaban adónde volvía.
—Voy —dijo.