Epílogo
Vera
Un año después, llovía sobre la Gran Vía.
Era una lluvia fina, de noviembre, que hacía brillar el asfalto y deshacía la alfombra roja que alguien había extendido delante del cine. Había vallas, fotógrafos, un cartel de seis metros colgado de la fachada.
SAL. Una película de Gonzalo Arteaga.
En el cartel no había ninguna piedra, ninguna ola, ninguna mujer desnuda. Había dos espaldas alejándose sobre un tablero de agua rosa.
Vera lo miró desde la acera de enfrente, debajo de un paraguas.
—Lo cortaron en montaje —dijo.
—No llegaron a rodarlo —dijo Darío.
—Es una forma de hablar.
Él sujetaba el paraguas. Llevaba un traje oscuro que se había comprado para esa noche y que le quedaba como a todos los hombres que trabajan con el cuerpo: demasiado bien de hombros, demasiado justo de muslos.
No se había puesto corbata. Tenía una cicatriz nueva en el dorso de la mano izquierda, de una azotea de Madrid, en mayo, y otra en la otra ceja, de un caballo húngaro.
Vera llevaba un vestido negro, de punto fino, con escote en pico.
El del primer día. Se lo había puesto a propósito y no se lo había dicho. Él lo reconoció en la escalera de casa, mientras ella bajaba los tres pisos sin ascensor con los tacones en la mano, y se paró en el descansillo del segundo con cara de prueba de cuerpo.
Había sido un año.
No un año fácil. La bolsa había pasado tres semanas en el pasillo, sin deshacer, porque ninguno de los dos se atrevía a decir en qué cajón.
Él se levantaba a las seis y no sabía estar en una casa sin hacer ruido.
Ella dormía en diagonal y le daba patadas.
La vecina del clarinete ensayaba escalas los domingos.
En febrero discutieron por una estantería y Darío estuvo dos horas dando vueltas por Lavapiés bajo la lluvia, y cuando volvió, ella estaba sentada en el suelo del pasillo, al lado de la bolsa, y ninguno dijo «vale».
Dijeron otras cosas. Tardaron. Las dijeron.
En marzo él se fue a Hungría y ella contó los días sin querer.
En abril volvió con la ceja partida y un caballo de madera para el balcón.
La bolsa ya no estaba en el pasillo. Ahora había un armario con dos lados, una furgoneta mal aparcada en la calle del Amparo y, en la nevera, sujeto con un imán, un folio.
No era el de Irene. Era otro. Lo habían escrito los dos una noche, medio en broma, con una botella de vino. Tenía casillas. Qué se puede tocar —todo—. Cuándo —siempre que el otro quiera—. Palabra de parada —la de siempre—. Y al final, en la casilla de límites adicionales, con dos letras distintas:
Nada que no se haya hablado antes. Aunque sea un segundo.
Y no se dice «vale» cuando se quiere decir «no».
Ninguno de los dos había tenido que decir «Sal». El folio seguía allí, en la nevera, entre la lista de la compra y el teléfono del fontanero.
* * *
Cruzaron la calle.
En la alfombra había un pequeño atasco. Marc Ribas posaba para los fotógrafos con una sonrisa de perfil bueno. Más allá, Inés Lago fumaba debajo de la marquesina, a escondidas, con un vestido verde. Los vio y levantó el cigarro a modo de saludo.
—¡Quintana! —gritó—. ¡El lunes quiero el plan de la caída!
—El lunes lo tienes.
—¡Y esta noche quédate hasta el final!
Darío frunció el ceño. Vera se encogió de hombros. Sabía algo y no pensaba decirlo.
Irene los alcanzó en la puerta.
Venía corriendo desde el photocall, con un vestido plateado, el pelo recogido y una cara que la cámara seguía adorando.
Tenía veintisiete años, dos películas más y una nominación.
En las entrevistas de aquella semana le habían preguntado ocho veces por las escenas de sexo de Sal y las ocho había contestado lo mismo: que las había rodado tranquila, porque tenía un papel firmado y una coordinadora que le preguntaba antes de taparla.
No decía qué coordinadora.
Se paró delante de Vera. Sin aliento.
Durante un año se habían escrito. Poco. Un mensaje por Navidad, otro cuando salió la nominación, una foto del folio enmarcado en la pared de un despacho. Nunca se habían abrazado.
Irene abrió los brazos.
Vera tardó un segundo. Luego soltó el brazo de Darío y entró en ellos.
Fue un abrazo largo, apretado, en mitad de la puerta, con la gente esquivándolas. Irene olía todavía a crema de almendras.
—Ya está —le dijo al oído—. Ya se me ha pasado.
—¿Seguro?
—Me ha costado un año. Pero ya.
Vera no pudo decir nada. Apretó más.
Cuando se separaron, Irene se limpió el rímel con el meñique, miró a Darío y le dio un puñetazo flojo en el hombro.
—Y tú mírame a mí —dijo—. En la pantalla. Que salgo muy guapa.
—Te miro.
Dentro, al fondo del vestíbulo, un hombre grande, con el pelo blanco peinado hacia atrás, hablaba con dos periodistas. Movía mucho las manos. Había envejecido.
Gonzalo Arteaga levantó la vista por encima de las cabezas. Los vio.
No sonrió. No saludó. Inclinó la barbilla, un milímetro, hacia Darío. Y siguió hablando.
Darío le devolvió el milímetro.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Vera.
—No lo sé —dijo él—. Pero me ha visto la cara.
* * *
La película era buena.
Eso fue lo que más le dolió y lo que más la alegró. Era buena. Lanzarote llenaba la pantalla: el viento, la lava, la casa de burbujas con su palmera. Irene estaba luminosa. Marc hacía las caras.
Y la espalda.
La vio aparecer a los veinte minutos, en la cama redonda, bajo una claraboya con luna falsa. Quince metros de espalda. Los hombros, la línea de la columna, los dos hoyuelos encima de la cadera. Bajo el omóplato derecho, un lunar.
Trescientas personas vieron a Marc Ribas.
Ella vio otra cosa. Vio un músculo que se tensaba cuando una voz decía más despacio.
Vio una mano abierta en una cadera, sin apretar, como estaba pactado.
Vio un cuerpo que conocía centímetro a centímetro, a oscuras y con todas las luces encendidas, y que en ese plano estaba pensando en ella mientras ella se lo ordenaba por un auricular.
Se le endurecieron los pezones bajo el punto fino del vestido.
Le dio un escalofrío. Le bajó por la nuca, por la espalda, sin prisa, y se le instaló entre las piernas.
En la butaca de al lado, una mano se movió en la oscuridad. Se posó en su muslo, por encima del vestido. Grande. Caliente. Con una cicatriz nueva en el dorso.
No subió. Esperó.
Vera inclinó la cabeza hacia su oreja.
—¿Aquí puedes? —susurró.
—Lo que decida la coordinación.
—La coordinación dice que luego. En casa. Tres pisos.
—¿Sin ascensor?
—Sin ascensor.
La mano se quedó donde estaba todo el resto de la película.
Vio el sofá, y a Irene temblando, y supo exactamente en qué toma Gonzalo había pedido una mano de más. Vio la cala de Papagayo y tuvo que cruzar las piernas. Vio el túnel de lava, con Marc, peor que todo lo demás.
Y vio las salinas.
Dos figuras caminando por un muro, al atardecer. Sin tocarse. El viento empujándoles la ropa hacia el mismo lado. Un cruce. Una mano que roza unos nudillos, apenas, como quien llama a una puerta, y que no estaba en el guion.
Ella a la derecha. Él a la izquierda.
La cámara se quedaba con él. Una espalda alejándose hacia el sol, veinte pasos, treinta, sobre un tablero de agua rosa.
No se volvía.
Fundido a negro.
* * *
La sala aplaudió. Se encendieron unas luces tenues. La gente empezó a levantarse, a ponerse los abrigos, a buscar los paraguas debajo de las butacas.
—Vamos —dijo Darío.
—No.
—Vera. Son los créditos.
—Inés ha dicho que hasta el final.
Él suspiró y siguió sentado.
Empezaron a pasar los nombres, blancos sobre negro, con una música de cuerdas. Dirigida por. Producida por. Irene Alcázar. Marc Ribas. Los secundarios. La fila de delante se vació. La de detrás.
Vera le cogió la mano. Él no miraba la pantalla. Miraba el pasillo, la gente saliendo. Llevaba veintiún años yéndose antes de los créditos, porque sabía dónde estaba su nombre: al final del todo, en letra de ocho puntos, entre los conductores y el catering.
—Mira —dijo ella.
—¿El qué?
—Mira.
Después del último actor secundario, la pantalla se fue a negro un segundo.
Y apareció una cartela sola.
No era el rodillo. No subía. Era una cartela fija, centrada, con todo el negro de la pantalla alrededor.
Doble de cuerpo
DARÍO QUINTANA
En letras blancas. Del mismo tamaño que las de Marc.
Estuvo allí cuatro segundos. Vera los contó. Fue la última cosa que contó en mucho tiempo.
A su lado, él no respiraba.
La cartela cambió.
Coordinación de intimidad
VERA SOLÍS · NURIA FERRÁN
Y luego, ya sí, el rodillo, deprisa, con los eléctricos y los conductores y el catering.
Darío seguía mirando el sitio donde había estado su nombre.
Tenía la boca entreabierta. La luz de la pantalla le daba en la cara: la nariz torcida, la ceja partida, los ojos verdes, muy abiertos, llenos de agua.
No se la tapó. No giró la cabeza hacia la sombra.
—Se lee —dijo. Casi sin voz.
—Se lee.
—Desde la última fila.
—Desde la Gran Vía.
Él soltó el aire. Se rio, una vez, corto. Se pasó la mano por los ojos sin ningún disimulo.
En el pasillo, dos chicas jóvenes que se habían quedado hasta el final se pararon junto a su fila. Una le dio un codazo a la otra. Lo miraban.
—Perdona —dijo la más atrevida—. ¿Tú eres…? ¿El de la espalda?
Darío giró la cabeza hacia ella. De frente.
Vera esperó. Sabía que hacía un año ese hombre habría dicho que no, que se confundía, y habría salido por la puerta lateral.
—Sí —dijo él—. Y el de la cara.
Las chicas se rieron. Una le pidió una foto. Se la hizo, torpe, sin saber dónde poner las manos, y las miró alejarse con una expresión de asombro que a Vera le dio ganas de besarlo allí mismo.
Lo besó allí mismo.
Se encendieron todas las luces de la sala.
Ninguno de los dos se apartó.
—¿Repetimos la toma? —preguntó él contra su boca.
—Todas las que quieras.
Salieron los últimos. Fuera seguía lloviendo. En la marquesina, Inés apuraba otro cigarro y fingió no verlos pasar. El cartel de las dos espaldas goteaba sobre la Gran Vía.
Echaron a andar hacia Lavapiés debajo de un solo paraguas, sin prisa, con tres pisos por delante.
En la pantalla, durante noventa y siete minutos, trescientas personas habían visto una historia de amor.
La otra no salía.
La otra, como casi todo lo que importa en un rodaje, había pasado fuera de plano.