Fuera de plano Capítulo 31
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Capítulo 31

Vera

No la besó.

Llegó hasta ella por el muro, con el sol detrás y sesenta personas mirando, y se paró a un paso. Tenía la camisa abierta, sal en las pestañas, una toallita marrón asomándole del bolsillo. Vera había imaginado ese momento de veinte maneras, todas con música.

Él le cogió la mano. Nada más. Como se la había cogido en un barco, cruzando el Río, delante de un hombre con una caja de pescado.

—Hola —dijo.

—Hola.

Desde el borde de las salinas, alguien silbó. Luego la voz de Elena, sin megafonía, a pleno pulmón:

—¡Ya era hora, coño!

Y una carcajada general.

Vera se echó a reír. Se tapó la cara con la mano libre. Cuando la bajó, él la estaba mirando con esa expresión que durante semanas le había parecido imposible de leer y que ahora leía sin esfuerzo, como un cartel.

Volvieron por el muro de la mano.

* * *

Hubo cervezas, abrazos, fotos. Irene se la llevó aparte y le dio el folio.

Estaba hecho una pena. Roto por los pliegues, tieso de agua de mar, con la tinta corrida en la casilla de las firmas.

—Para que lo guardes.

—Es tuyo.

—Yo ya me lo sé. —Irene le cerró los dedos encima—. Para la siguiente. La que venga detrás de mí y tenga miedo.

No se abrazaron. Todavía no. Pero Irene le apretó la mano con el papel dentro, fuerte, antes de soltarla.

A las ocho, cuando las furgonetas arrancaron hacia el hotel, Vera le enseñó a Darío un juego de llaves.

—Tengo que devolver material a la casa. Las barreras, los cubresexos, el botiquín de coordinación. Producción entrega las llaves a los dueños el domingo.

—¿Ahora?

—Ahora no hay nadie.

Él miró las llaves. La miró a ella.

—¿Me lo estás pidiendo?

—Te lo estoy diciendo.

* * *

La casa de lava estaba vacía.

No vacía de gente. Vacía. Los decoradores habían pasado esa tarde y se lo habían llevado casi todo.

En la burbuja de la palmera ya no había sofá, solo el tronco subiendo hacia el agujero del techo y cuatro marcas en el suelo de roca.

El túnel sin encalar olía a piedra. En el almacén del fondo no quedaba ni un saco de arena.

Sus pasos sonaban en todas las burbujas a la vez.

Vera dejó la caja del material en el camerino. Apagó la luz. Siguió andando, con él detrás, por el túnel blanco, hasta el dormitorio.

La cama redonda seguía allí.

Era de la casa, no de la película. Le habían quitado las sábanas de lino, las almohadas, la colcha. Quedaba el colchón, desnudo, enorme, de un blanco crudo. Y encima, la claraboya.

Sin gasa. Sin proyectores. Sin luna falsa.

Por el cristal entraba la de verdad. Llena, alta, de un blanco más frío y más limpio que ninguno de los que el director de fotografía había conseguido en nueve semanas. Caía en un círculo perfecto sobre el colchón.

—Mira —dijo Darío en voz baja—. La buena.

Había recuperado la voz después de una semana, y ahora sonaba un poco más grave.

Vera se sentó en el borde de la cama. La roca negra alrededor. El silencio.

En esa cama se había tumbado debajo de él con un vaquero y había contado hasta diez con la boca seca. En esa cama había visto a Irene, por un monitor, recibir las manos que ella dirigía. Contra esa pared, la de la veta clara, había dicho «Sal».

—¿En qué piensas? —preguntó él.

—En que aquí ha pasado todo menos lo que tenía que pasar.

Darío se sentó a su lado. El colchón se hundió.

Estuvieron un rato así, hombro con hombro, mirando el círculo de luz. Y Vera supo que si no lo decía entonces, no lo iba a decir.

—Mañana es la fiesta. El domingo se va todo el mundo.

—Sí.

—Yo tengo un vuelo a Madrid a las cuatro.

—Lo sé. Lo he visto en la hoja de transportes.

—¿Y tú?

Él tardó.

—Yo no tengo vuelo. Nunca tengo. Producción me pregunta adónde vuelvo y nunca sé qué decir. —Se miró las manos—. Tengo un trastero en Málaga, con las cosas de mi madre. Una furgoneta en un garaje de Madrid. Y un rodaje en Hungría en marzo, si no se cae. Entre uno y otro, alquilo algo. O no.

—¿Nunca has vivido en ningún sitio?

—En muchos. En ninguno más de cuatro meses.

Vera asintió. Se lo imaginaba. Lo había sabido desde el coche de la calima.

—Yo vivo en Lavapiés. Un tercero sin ascensor. Sesenta metros, un balcón, una vecina que toca el clarinete. —Tragó saliva—. Llevo allí seis años. Sola. No he vivido con nadie desde que me divorcié. No sé si sé.

—Yo no sé vivir en un sitio.

—Yo no sé vivir con alguien.

Se miraron.

Tenía miedo. No se lo iba a esconder. La isla había sido un paréntesis: el viento, la lava, un hotel vacío, nueve semanas sin nada más que el rodaje.

Fuera había supermercados, facturas, lunes.

Fuera, él sería un hombre con una bolsa en su pasillo, y ella una mujer acostumbrada a dormir en diagonal.

No sabía si aquello sobrevivía a un tercero sin ascensor.

Y se acordó de una playa. De un hombre sentado en la arena, con el viento en la cara, diciéndole algo que entonces le había parecido imposible.

—Ensáyalo conmigo —dijo.

Darío levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Lo de vivir. —Le temblaba la voz y sonreía—. No para siempre. No hace falta decidirlo esta noche. Ensáyalo conmigo. Vienes a Madrid el domingo. Subes la bolsa. Vemos dónde va cada cosa. Si algo no funciona, lo decimos. Si funciona… repetimos la toma.

Él se quedó muy quieto.

—¿Me estás coordinando?

—No. —Vera negó con la cabeza—. Eso es lo que quería decirte. No sé coordinar esto. No hay posiciones. No hay tiempos. No sé quién dice qué.

—¿Y la palabra?

—La palabra se queda. —Le cogió la mano—. Siempre. Para los dos. Si un día uno dice «Sal», el otro para. Sea lo que sea.

Darío le miró la mano. Los dedos. Se la llevó a la boca y le besó los nudillos uno por uno.

—Hungría es en marzo —dijo.

—Lo sé.

—Son seis semanas.

—Sé lo que dura un rodaje.

—Y después vuelvo.

—¿Adónde?

Él la miró a los ojos. Los suyos, verdes, a la luz de la luna de verdad.

—A un tercero sin ascensor.

* * *

Se rio contra su boca cuando él la besó.

Fue un beso largo. Sin hambre, o con un hambre distinta, tranquila, de alguien que sabe que va a haber desayuno. Él le sujetó la nuca con la mano abierta, los dedos entre los rizos. No había prisa.

Se separó un centímetro.

—Hay una escena que no terminamos —dijo.

—¿Cuál?

—La de la primera noche. La marcamos aquí. Cuatro posiciones. —Señaló con la barbilla—. Y en la cuarta te dije la palabra.

Darío sonrió poco a poco.

—¿Repasamos?

—Desde el principio.

Se levantaron. Se colocaron junto a la cama, bajo la claraboya, donde había estado la marca de cinta. Ella de espaldas a la luna. Él de frente.

—Posición uno —dijo Vera. Le salió la voz del set y se le quebró de risa a la mitad—. Él la desnuda de pie.

—La otra vez llevabas una camiseta. Solo hicimos el gesto.

—Esta vez llevo botones.

Llevaba una camisa de lino blanca. La de él. Se la había quedado.

Darío levantó las manos. Las puso en sus hombros. Y bajó.

El primer botón. Despacio. El segundo. Le rozaba la piel con los nudillos al abrir cada uno, y ese roce bajaba con él, por el esternón, entre los pechos, por el vientre. No contó los botones. Se dio cuenta de que no los contaba.

La camisa se abrió. No llevaba nada debajo. La luna le dio en los pechos y vio cómo a él se le cambiaba la respiración.

—¿Y ahora? —preguntó Darío.

—Ahora ya no te digo dónde.

Él bajó la boca a su cuello. Al sitio exacto, bajo la oreja, donde aquella noche había apoyado los labios cerrados y luego los había abierto.

Esta vez los abrió desde el principio. Le pasó la lengua.

Le mordió, suave. Ella echó la cabeza a un lado para darle sitio y se le escapó un sonido que rebotó en la roca.

En aquella casa todo se oía.

No había nadie para oírlo.

Le quitó la camisa por los hombros. Le desabrochó el pantalón. Ella le sacó la camiseta por la cabeza, y esta vez no se enganchó con ninguna gorra, y le dio pena. Quedaron desnudos, de pie, en el círculo blanco, sin tocarse. Mirándose. Sin vergüenza ninguno de los dos.

—Posición dos —dijo él.

La tumbó. Con la mano en la nuca, acompañándola, como el primer día. El colchón desnudo estaba fresco contra la espalda. Él se colocó encima, apoyado en los antebrazos, suspendido.

—No —dijo Vera.

—¿No?

—El peso. Todo. —Le rodeó la espalda con los brazos—. Aquella vez me lo quitaste porque era Irene la que tenía que sentirse segura. Yo no quiero estar segura. Quiero que me aplastes.

Darío se dejó caer.

Entero. Ochenta kilos de hombre sobre su pecho, su vientre, sus muslos. Le sacó el aire. Lo tenía en todas partes: el vello contra los pezones, las costillas contra las suyas, la cicatriz, el calor. Y entre las piernas, duro, sin tela, apretado contra ella.

No contó hasta diez.

Abrió las piernas. Él lo entendió. Entró así, con todo el peso encima, despacio, sin levantar el pecho del suyo, de modo que ella lo sintió abrirla y llenarla sin poder moverse un centímetro.

Gimió en alto. La casa se lo devolvió.

—Otra vez —dijo él, con la boca en su sien.

—¿El qué?

—Ese ruido. Quiero oírlo en todas las burbujas.

Se movió dentro de ella. Corto, hondo, sin separarse. Cada embestida la hundía en el colchón y la rozaba de arriba abajo, el pubis de él contra su clítoris, su pecho contra los suyos. Vera gimió otra vez. Más alto. Lo oyó irse por el túnel, hacia la palmera, y volver.

No se tapó la boca. No mordió nada. Llevaba dos meses mordiendo almohadas, puños, colchas.

Gritó.

Fue el primero. Le vino rápido, sin aviso, aplastada bajo él, con las piernas enroscadas a su cintura y la voz rebotando en cinco burbujas de lava. No lo contó.

Él esperó a que terminara de temblar.

—Posición tres —le dijo al oído.

Los giró a los dos sin salir de ella. Quedó boca arriba, bajo la luna, y ella encima, a horcajadas, con las manos en su pecho.

Así se había sentado una vez, vestida, delante de una actriz, a enseñar cómo se toca a un hombre. No es rápido. Es largo.

Se movió largo.

Con las caderas. Con todo lo que le habían enseñado desde los ocho años y que un médico le dijo una vez que ya no le serviría.

Círculos lentos, la cintura hacia un lado, la pelvis hacia el otro.

Lo tenía dentro en cada giro, rozándole sitios distintos.

Levantó los brazos por encima de la cabeza.

El pelo le caía por la espalda. La luna le daba en la cara.

Bailó.

Encima de él, para él, en una cama redonda sin sábanas. No para una cámara. No para un patio de butacas. Hacía siete años que no bailaba para nadie y resultó que el cuerpo se acordaba de todo.

Darío la miraba desde abajo con la boca entreabierta. Tenía las manos en sus caderas, la izquierda apenas apoyada, la derecha firme. No la guiaba. La sostenía.

—¿Te duele? —preguntó.

—No.

—Pues no pares nunca.

Se rio. La risa le rompió el compás, y él aprovechó, empujó desde abajo, una vez, hondo, y a ella se le cortó la risa en un grito.

No supo cuánto estuvieron así. No había reloj.

No había nadie contando. En algún momento él se incorporó, sentado, con ella encima, y se besaron con las bocas abiertas y los pechos pegados, sudando, y ella volvió a correrse lento, contra su boca, apretándolo dentro, con un gemido largo que quedó colgado en la bóveda.

—Posición cuatro —dijo Vera, sin aire.

Los dos miraron la pared.

La roca negra. La veta clara, a la altura de la cara.

—Aquella vez estábamos de pie —dijo él.

—En el guion él la levanta.

—Tu cadera.

—Mi cadera está mejor que nunca. —Se bajó de él, se puso de pie sobre el suelo de roca, con las piernas flojas—. Y tú has levantado a medio cine español.

Darío se levantó. Fue hacia ella. La hizo retroceder paso a paso hasta que la espalda le tocó la piedra. Fría. Áspera. Exactamente como la recordaba.

Le puso una mano junto a la cabeza. La otra, en la mejilla.

A un centímetro.

—Aquí me preguntaste «¿aquí puedo?» —susurró ella.

—Y no me lo dijiste.

—Tampoco te lo digo ahora.

La cogió por los muslos y la levantó.

Como si no pesara. La pierna derecha primero, luego la izquierda, con la mano abierta bajo la cadera mala, sosteniéndola. Ella le rodeó la cintura con las piernas y el cuello con los brazos. La piedra le mordía los omóplatos. Delante, él. La cara a un palmo, con la luna de lado.

Entró en ella de una vez.

Así había sido su fantasía. La primera, la del Mirador, tumbada en una cama de hotel con la mano entre las piernas: él cerrando el centímetro, él levantándola contra un muro, ella quieta. Entonces la había asustado descubrir que con él no quería mandar.

Ya no la asustaba nada.

La folló contra la roca. Fuerte, hondo, sosteniendo todo su peso con los brazos.

Ella no tenía que hacer nada. No tenía que contar, ni vigilar, ni dirigir, ni obedecer.

Solo agarrarse. Cada golpe le subía por la espalda; tenía la veta clara de la piedra junto a la sien y la boca de él en la garganta, diciendo su nombre con la voz nueva, más grave.

—Mírame —dijo él.

Lo miró.

—No voy a preguntarte si puedo.

—No.

—Voy a mirarte la cara. Y voy a saberlo.

—Ya lo sabes.

—Lo sé. —Se hundió en ella—. Se te cierra el ojo izquierdo.

Vera se corrió riéndose.

No le había pasado en la vida. Le subió la risa y el orgasmo a la vez, mezclados, imposibles de separar, y se agarró a su cuello gritando y riéndose con la espalda contra la lava y las piernas temblando alrededor de él.

La casa entera se llenó de ese sonido. Las cinco burbujas. El túnel. La palmera.

Él se corrió con la frente apoyada en la roca, junto a su cabeza, sin soltarla. Lo sintió latir dentro. Lo oyó decir algo contra la piedra que no entendió y que no hizo falta entender.

Se quedaron así. Ella en el aire. Él sosteniéndola.

—No has dicho la palabra —murmuró Darío al cabo de un rato.

—No.

—Hemos terminado la escena.

—Sí. —Vera le besó la sien, mojada—. Corten. La tenemos.

* * *

Durmieron en el colchón desnudo, tapados con la camisa de él y con el abrigo de ella, bajo la claraboya.

La luna cruzó el cristal y se fue. Quedaron las estrellas.

En algún momento de la madrugada, Vera se despertó. Él dormía boca arriba, con un brazo por encima de la cabeza y la boca un poco abierta. Sin lunar. Sin nada pintado.

No tenía frío. No le dolía nada. No sabía qué hora era.

Se dio cuenta de que no llevaba la cuenta de nada. Ni de los días que quedaban, ni de los segundos, ni de las veces. Por primera vez desde que una rama se partió en un escenario de Barcelona, no estaba midiendo cuánto le quedaba de algo.

Le puso la mano en el costado, sobre la cicatriz. Él no se despertó. Murmuró algo. Le buscó la mano dormido y la dejó ahí.

—Mañana hay fiesta —le dijo ella, muy bajo, aunque no la oía—. Y vas a bailar conmigo. Delante de todos.

Darío siguió durmiendo.

Vera cerró los ojos. Se le cerraron los dos a la vez.