Capítulo 30 #2
—Lo digo porque tú llevas mi espalda. Y me fastidia que la gente vaya a creer que la tengo yo. —Se levantó—. La espalda. Ya me entiendes.
Fue lo más parecido a una disculpa que Darío le oyó nunca.
* * *
El último día rodaron en las salinas.
La despedida de Sal. La última escena de la novela y de la película: los dos amantes caminando al atardecer por los muros de piedra que separaban los estanques, sin tocarse, hasta un cruce donde cada uno seguía por su lado.
Ni un beso. Ni una palabra. Dos espaldas alejándose sobre un tablero de agua rosa.
Dos espaldas. Irene y él.
Llegaron a las cuatro. A plena luz, las salinas de Janubio no se parecían a las de aquella noche.
Los estanques eran blancos, rosados, verdes, grises, cada uno de un color según la sal que le quedara.
El viento levantaba espuma en las esquinas y la amontonaba contra los muros como nieve sucia.
Al fondo, la playa negra. Detrás, Montaña Roja encendiéndose con el sol bajo.
Darío buscó el sitio sin querer.
Lo encontró. El tercer muro desde el camino. Un estanque cubierto de costra blanca a un lado; al otro, uno de agua quieta. No había ninguna manta. No había nada. Solo piedra, sal y un cangrejo.
Levantó la vista.
Vera estaba junto al monitor, a cincuenta metros, con el pelo recogido con un lápiz. Lo miraba.
Se tocó el pendiente.
Nuria Ferrán, a su lado, siguió la dirección de esa mirada, luego la de él, y se puso a limpiarse las gafas con mucha atención.
—Darío. Irene. A vuestras marcas.
Era la voz de Elena, por megafonía. Gonzalo no había vuelto a tener megáfono.
Se colocó. Irene, a su derecha, con un vestido de lino claro y los pies descalzos. Él, con el pantalón de la película, la camisa blanca, y en la espalda, por última vez, un lunar.
—Camináis juntos hasta el cruce —dijo Nuria en su oreja—. Sin tocaros. Al llegar, ella por la derecha, tú por la izquierda. No te vuelvas.
—¿Nunca?
—En la novela, no.
—Motor.
—Acción.
Echaron a andar.
El muro era estrecho. Iban uno junto al otro, hombro con hombro, sin rozarse. El viento les empujaba la ropa hacia el mismo lado. A la izquierda, el agua rosa. A la derecha, la costra de sal, que crujía sola con el calor.
Pasaron por delante del tercer muro.
Darío no giró la cabeza. Lo sintió en la piel de la espalda, bajo el lunar: una manta de producción, una luna enorme, una mujer gritando su nombre hacia las montañas.
Llegaron al cruce.
Irene se detuvo medio segundo. No estaba marcado. Él también.
No se miraron. Pero ella movió la mano, apenas, y le rozó los nudillos con los suyos. Un toque. Como quien llama a una puerta.
Después giró a la derecha.
Él giró a la izquierda.
Caminó. Veinte pasos, treinta, con el sol de frente y la cámara a la espalda. No se volvió. Detrás, cada vez más lejos, oía los pies descalzos de Irene sobre la piedra.
—Corten.
Fue Gonzalo. Sin megáfono. Llegó flojo, arrastrado por el viento.
Un silencio.
—La tenemos.
Darío se paró en mitad del muro. Respiró.
Y entonces la megafonía crujió otra vez.
—Atención, equipo. —Elena. Con su voz de mandar a ochenta personas a comer—. Esto ha sido el último plano de la película. Y es fin de rodaje para Irene Alcázar.
Aplausos. Silbidos. Los oyó a su espalda, una ola que subía desde el monitor.
Era la costumbre. En todos los rodajes del mundo, cuando un actor terminaba su último plano, la ayudante de dirección lo anunciaba y el equipo aplaudía. Darío lo había oído cientos de veces. Con actores. Nunca con un doble. Los dobles terminaban y se iban a devolver el vestuario.
Echó a andar otra vez, hacia el final del muro.
—Y es fin de rodaje —dijo Elena— para Darío Quintana.
Se le clavaron los pies.
Al principio no pasó nada. Solo el viento.
Luego empezó Paco. Lo reconoció por lo mal que aplaudía, con la pértiga en una mano.
Luego Toni. Chelo. Nacho. Domingo, que no tenía por qué estar allí y estaba.
Rubén. Los eléctricos, maquinaria, las chicas de vestuario.
Sesenta personas en un borde de las salinas, aplaudiendo de pie, gritando su nombre.
—¡Date la vuelta, coño! —Elena, por megafonía, con la voz rota—. ¡Que ya no estás en plano!
Darío se dio la vuelta.
De cara. Con el sol detrás, ahora, y todas esas caras delante.
No supo qué hacer con las manos. Las levantó un poco. Las dejó caer. Se le había cerrado la garganta.
Irene venía corriendo por el otro muro, descalza, con el vestido remangado. Llegó al cruce, lo pasó y se le tiró al cuello. Fue un abrazo corto, fuerte, de compañera.
—Gracias —le dijo al oído—. Por hacer que se oyera.
—La dijiste tú.
—Bajita.
Lo soltó. Se limpió la cara. Se fue hacia el equipo con los brazos en alto, y el equipo se la tragó.
Darío caminó de vuelta por el muro.
Gonzalo estaba donde empezaba la piedra, con las manos en los bolsillos de una chaqueta fina. Ya no llevaba el abrigo de borrego: la sal lo había dejado tieso y alguien lo había tirado. Parecía más pequeño.
No le tendió la mano. Darío tampoco.
—El plano de Los Hervideros —dijo Gonzalo, mirando los estanques— habría sido el cartel.
Darío lo pensó.
—Lo habrían cortado en montaje.
Gonzalo giró la cabeza hacia él. Por un instante pareció que iba a contestar.
No contestó.
Chelo lo esperaba con un paquete de toallitas.
—Date la vuelta.
—Dijiste que no me lo repintabas. Y me lo has pintado once días.
—Pues por eso. Ahora te lo quito. —Le levantó la camisa. Frotó bajo el omóplato derecho, fuerte, tres pasadas—. Hala. Ya está. Ya eres tú.
Le enseñó la toallita. Marrón.
Darío miró la toallita.
—¿Me la puedo quedar?
—Estás fatal —dijo Chelo. Y se la metió en el bolsillo de la camisa.
* * *
El sol tocaba ya el mar.
Las salinas se habían puesto de un color que no tenía nombre. Ni rosa, ni naranja. Cada estanque era un espejo distinto, y la sal brillaba en los muros como cristales rotos.
El equipo recogía. Alguien había abierto unas cervezas.
Vera estaba sola en el tercer muro.
Se había acercado sin que él la viera. Estaba de pie entre los dos estanques, el de la costra y el del agua quieta, con las sandalias en la mano y el pelo suelto. Se había quitado el lápiz. El viento se lo levantaba todo.
Lo miraba venir.
Darío echó a andar hacia ella por la piedra.
Cincuenta metros. A plena luz. Con sesenta personas detrás, con Gonzalo, con Inés, con una coordinadora catalana que se limpiaba las gafas. De frente. Con su cara.
Nadie tuvo que decir «acción».