Fuera de plano Capítulo 30
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Capítulo 30

Darío

El viernes por la mañana, Toni se sentó a su mesa.

No dijo nada. Llegó con su bandeja, apartó la silla de enfrente, se sentó, abrió un yogur.

Al rato llegó Chelo. Luego Nacho, el foquista, que le miró las manos antes que la cara y dijo «buenos días» a las manos.

Luego dos eléctricos. A las ocho y media, la mesa del fondo del comedor, la que llevaba tres días vacía, estaba llena. Nadie había comentado nada.

Paco, el de sonido, llegó el último. Le puso delante un plato con cuatro tostadas, tomate y jamón.

—La comida que te debo es a mediodía —dijo—. Esto es el desayuno. Va aparte.

Darío se comió las cuatro.

Vera no había bajado. La había dejado arriba, en la 312, delante del espejo del baño, con una camisa que le había prestado él porque no tenía otra ropa en todo el hotel.

Se la había remangado tres vueltas. Le llegaba a medio muslo.

Se había puesto debajo los vaqueros de la noche anterior, todavía húmedos.

Cuando él le dijo que así no podía ir a una reunión con una productora, ella contestó que con peor pinta había parado un rodaje hacía doce horas.

No llevaba armadura. Ni moño, ni blusa cerrada hasta el cuello. El pelo suelto, la cara lavada, un aro de plata.

A las nueve menos cinco, Gonzalo cruzó el vestíbulo camino del despacho de producción. No miró hacia el comedor.

A las diez menos diez volvió a cruzarlo en sentido contrario.

Darío lo vio pasar por la puerta de cristal. Caminaba lento. Se le había caído algo de los hombros. No era el abrigo.

* * *

A las diez, Vera entró en el despacho.

Él esperó en el banco de escay marrón del pasillo. El mismo del lunes. Esta vez Elena no tuvo que sujetarlo. Se sentó a su lado y le ofreció un chicle.

No se oía nada a través de la pared. Ningún tono de terciopelo, ninguna pregunta suave. Solo dos voces de mujer, bajas, hablando por turnos.

Cuarenta minutos.

Cuando la puerta se abrió, Vera salió con la carpeta negra bajo el brazo.

Se sentó en el banco, entre los dos. Soltó el aire.

—Suspensión levantada —dijo.

Elena cerró los ojos.

—Con condiciones. Mías y suyas. —Vera abrió la carpeta sobre las rodillas—.

La aseguradora ha visto el correo de Domingo y ha oído el audio de Paco.

Los Hervideros no se rueda. Ni de noche, ni de día, ni con arnés.

Gonzalo termina la película, porque nadie cambia de director a dos semanas del final, pero no puede dirigirse a un intérprete sobre una escena íntima si no estoy yo delante.

Por escrito. El montaje final ya no es suyo: lo firma Inés.

Y hay una delegada de producción en el set desde el lunes.

—¿Y Paula?

—Vuela esta tarde. —Vera pasó una hoja—. Tengo veto. Firmado. Si digo «corten», se corta, y el que no corte responde ante Inés.

Darío la miraba. Había algo más. Se lo veía en la boca.

—¿Y las tuyas?

Ella tardó.

—He pedido otra coordinadora.

—¿Qué?

—Para ti. Para tus escenas. —Lo dijo mirando la carpeta—.

Gonzalo es un miserable y lo que hizo no tiene excusa.

Pero en una cosa tenía razón, e Irene también.

No se puede coordinar a un hombre con el que te acuestas.

No puedo decidir cómo la tocas a ella y quererte a ti.

Lo hice durante semanas y creí que podía.

No pude. Paré bien todas las tomas, y aun así no pude.

Elena se levantó, murmuró algo de un plan de rodaje y se fue por el pasillo.

—Se llama Nuria Ferrán —siguió Vera—. Es de Barcelona. Es la mejor que conozco después de mí, y a veces antes. Llega el domingo. Ella se ocupa de ti. Yo me ocupo de Irene, si Irene quiere. Se lo voy a preguntar ahora.

—¿Y si no quiere?

—Entonces Nuria se ocupa de los dos y yo me vuelvo a Madrid con mi veto firmado y mi nombre limpio. —Levantó por fin los ojos—. Pero me parece que va a querer.

Darío no supo qué decir.

Durante siete semanas, esa mujer había defendido delante de todo el mundo que no había hecho nada mal. Se lo había dicho a Inés a través de una pared: no voy a pedir perdón. Y era verdad. Y ahora, con todo ganado, con el veto en la mano, era ella la que señalaba lo único que sí.

—¿Y quién me dice «más despacio»? —preguntó.

Vera sonrió. Le temblaba un poco la boca.

—En el set, Nuria. —Cerró la carpeta—. Fuera, yo.

* * *

Inés lo llamó a las once.

El despacho olía a café y a moqueta vieja. Ella estaba detrás de la mesa, con las gafas en la frente. Sobre la mesa, dos folios arrugados, secos, con cercos de agua de mar.

—Siéntate.

Se sentó.

—Esto —Inés tocó los folios con un dedo— no es mío. Es de Gonzalo y de un socio suyo en México. Esta mañana me ha asegurado que la oferta era de buena fe y que queda retirada por «pérdida de confianza». —Lo dijo sin entonación—. Te lo digo para que sepas que esa película no existe para ti.

—Ya lo sabía.

—Bien. Ahora lo mío. —Se bajó las gafas—. Me quedan once días de rodaje y cuatro escenas con tu espalda. No tengo otro cuerpo, y aunque lo tuviera. ¿Quieres seguir?

Darío tardó en entender la pregunta.

Había subido al despacho preparado para que lo echaran. Tenía la maleta medio hecha.

—Anoche paré su rodaje.

—Anoche evitaste que una actriz de veintiséis años se tumbara en una piedra por la que pasó un metro de agua once segundos después.

Los he contado en el audio. —Inés se frotó los ojos—.

Yo estaba allí, Darío. De pie, al lado de la cámara, con un correo en el móvil que había leído a las cuatro y dos.

Y no dije nada. Me dije que iba a esperar a ver qué pasaba.

Tú hablaste antes que yo. Eso no se me va a olvidar.

Él no contestó.

—Gonzalo dice que no vuelves a trabajar en este país. —A Inés se le movió algo parecido a una sonrisa—. Gonzalo hace una película cada cuatro años. Yo produzco cuatro al año. Haz tú la cuenta.

—¿Entonces sigo?

—Sigues. Con la coordinadora nueva. Y con una condición.

—Cuál.

—Que la próxima vez que alguien te ofrezca tu nombre en una segunda línea a cambio de callarte, me lo traigas el mismo día. No dos días después, mojado.

Darío asintió.

Ya en la puerta, ella lo llamó.

—Quintana.

—Dime.

—En los créditos figuras en el rodillo final, entre los conductores y el catering. «Dobles». Sin especificar. —Se había puesto otra vez a mirar papeles—. Voy a ver qué se puede hacer con eso.

* * *

Irene quiso.

Vera se lo preguntó a solas, en su habitación, con un cuestionario nuevo en la mano.

Darío no supo qué se dijeron. Supo que Vera salió a los veinte minutos con los ojos rojos y que Irene bajó a comer con el equipo por primera vez en una semana.

Por la tarde las vio a las dos en el jardín de la casa de lava, sentadas en el suelo, repasando un papel línea por línea.

No se habían perdonado del todo. Se les notaba en la forma de sentarse, con un palmo de más entre las dos. Pero estaban sentadas.

Nuria Ferrán llegó el domingo.

Era una mujer menuda, de cincuenta años, con el pelo gris cortado a cepillo y unas gafas de pasta roja. Hablaba poco. Lo citó el lunes a las ocho en el salón de juegos del hotel, donde el cartel del bingo seguía anunciando los jueves.

Se sentó en el borde de la mesa de billar. Sacó un cuestionario y un bolígrafo.

A Darío le dio un vuelco el estómago.

—Ya sé que has rellenado uno —dijo ella—. Lo he leído. Lo vamos a hacer otra vez, porque han pasado cosas.

Se lo fue leyendo. Zonas del cuerpo. Qué podía ver la cámara. Besos. Simulación con barrera. Él contestó a todo sin prisa, pensándolo, como la primera vez.

Llegaron a la última casilla. Límites adicionales.

—Aquí pusiste «lo que decida la coordinación».

—Sí.

—Eso no es un límite. Eso es una renuncia. —Nuria lo miró por encima de las gafas rojas—. No te lo acepto. Dame uno de verdad.

Darío cogió el bolígrafo.

Lo sostuvo un rato sobre el papel. Fuera, el viento golpeaba las persianas de las habitaciones vacías.

Escribió. Con su letra pequeña, inclinada.

Nada que no esté pactado antes de montar la cámara. Aunque sea un segundo. Aunque se vaya la luz.

Le devolvió el cuestionario.

Nuria lo leyó. Asintió una vez.

—Ese sí.

* * *

Fueron once días raros y buenos.

En el set, Vera estaba junto al monitor pequeño, de pie, con la carpeta y los auriculares, y solo le hablaba a Irene.

A él no. En su oreja había otra voz, grave, con acento catalán, que decía «Darío, a tu marca» y «Darío, gracias».

Una vez, en mitad de una toma, dijo «corten» antes de que Gonzalo abriera la boca, porque a él se le había movido la barrera.

Gonzalo cortó. No discutió.

Dirigía bien. Eso era lo más extraño. Sin el megáfono, sin las manos en los hombros de nadie, con una delegada de producción sentada a su lado tomando notas, Gonzalo Arteaga seguía sabiendo dónde poner una cámara. Hablaba lo justo. No miraba a Vera. A Darío lo trataba de usted.

La primera escena con Irene, después de todo, fue en la cama redonda.

Ella se tumbó a su lado bajo la claraboya. Olía a crema de almendras. Antes de que dijeran «motor», giró la cabeza en la almohada.

—Oye.

—Dime.

—Esta vez mírame a mí.

Darío la miró.

Tenía pecas en la nariz. Una cicatriz mínima en la barbilla. Los ojos de un castaño claro, casi amarillo, que en siete semanas a un palmo no había visto.

—Te miro —dijo.

—Vale. —Y luego, con media sonrisa—: Se puede decir «vale» cuando una quiere.

Rodaron. Salió a la primera.

Fuera del set no había reglas, y eso también era raro.

Vera no cogió otra habitación. Elena le preguntó, muy seria, si quería que producción le asignara una, y ella contestó que ya tenía. Sus maletas llegaron de Arrecife el sábado. Bajaban a desayunar juntos. Al principio el comedor se callaba cuando entraban; al tercer día, ya no.

Rubén les cedía el sitio en la cola del café.

Marc tardó una semana en dirigirle la palabra. Lo hizo en el camerino, sin gafas de sol, mientras Chelo le pintaba a Darío el lunar que había jurado no repintar.

—El día de Los Hervideros —dijo Marc, mirándose las uñas—. Yo no estaba.

—No.

—Si llego a estar, no sé qué habría hecho. —Hizo una pausa larga—. Probablemente nada.

—Ya.