Fuera de plano Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

No cerró los ojos. Los mantuvo en los de él.

Y vio, con toda la luz del mundo, lo que le pasaba en la cara mientras ella bajaba: cómo se le abría la boca, cómo se le tensaban los tendones del cuello, cómo el verde de los ojos se le volvía casi negro.

Cómo quiso echar la cabeza hacia atrás, esconderse en el techo, y no lo hizo.

—Háblame —dijo ella, soltándolo un instante.

—¿Qué?

—Esta noche has hablado delante de sesenta personas. Háblame a mí. Dime lo que sientes. En voz alta.

—No tengo voz.

—Con la que tengas.

Volvió a bajar la boca.

Él tardó. Lo oyó tragar saliva. Cuando habló, fue un susurro ronco, roto, que a ella le bajó por la espalda como una mano.

—Tu boca. Está… caliente. Joder. —Se le cortó—. La lengua. Ahí. Cuando haces eso con la lengua no puedo pensar.

Ella lo hizo otra vez.

—Vera. —Las manos se le cerraron sobre la colcha—. Te veo. Te veo la cara. Me estás mirando con la boca llena de mí y es… No he visto nada… No sé decirlo.

—Lo estás diciendo.

—Quiero tocarte.

—Dilo mejor.

—Quiero tocarte, por favor.

Ella se lo sacó de la boca. Llevaba el pulso entre las piernas desde que había encendido la luz; ahora era un latido que le llegaba a las rodillas. Tenía los pezones tan duros que le dolían con el aire de la ventana, y la humedad le bajaba por dentro del muslo.

Subió a la cama. Pasó la pierna derecha por encima de él, la buena, y se sostuvo de rodillas sobre sus caderas, sin bajar. Él tenía las manos abiertas a los costados. Esperando.

—Ahora —dijo Vera—. Tócame. Todo.

Las manos subieron. Por sus muslos, por sus caderas, con ese cuidado suyo en la izquierda. Por la cintura. Le cogió los pechos y ella cerró los ojos sin querer.

—No —dijo él, con aquel hilo de voz—. Tú tampoco. Mírame.

Los abrió.

Bajó sobre él.

Despacio. Mirándolo. Él la fue abriendo, centímetro a centímetro, llenándola, y ella vio en su cara lo que él sentía al entrar: la boca abierta, el ceño fruncido, casi dolor. Cuando lo tuvo dentro del todo se detuvo, con las manos en su pecho.

Se miraron.

No había dónde esconderse. La luz del techo no dejaba un rincón.

Ella le veía los poros, las venas de las sienes, una gota de agua resbalándole por el cuello.

Él le estaba viendo a ella las estrías de las caderas, la cicatriz, los pezones oscuros, la cara sin maquillaje de una mujer de treinta y seis años que llevaba tres días llorando.

—Qué guapa eres —dijo él.

—Sigue hablando.

Empezó a moverse sobre él. Lenta. Sin bailar, sin dirigir. Solo subir y bajar, con los ojos en los suyos.

—Estás… apretada. Caliente. Te noto latir. —Hablaba a trozos, entre respiraciones—. Cuando bajas del todo y te quedas ahí, me… Vera. Ahí. Quédate ahí.

Se quedó ahí.

—Te he echado de menos en el auricular —dijo él—. El martes. Me lo pusieron y no había nadie. Solo ruido. Estuve cuatro tomas con los ojos cerrados oyendo ruido.

Vera se contrajo alrededor de él. Él lo notó; soltó el aire entre los dientes.

—Estoy aquí —le dijo ella. Con la voz del set. La de «a tu marca»—. Estoy aquí, Darío. Más despacio.

Él cerró las manos en sus caderas. Empujó desde abajo, despacio, como ella le decía.

—Así.

—Dime más —pidió él.

—Más hondo.

Más hondo.

—Quieto.

Se quedó quieto. Entero dentro de ella. Temblando.

—Mírame.

—Te estoy mirando.

—Que se note que quieres.

—Se nota —dijo él, y se le rompió la voz del todo—. Se me nota desde el primer día. Lo ha visto todo el mundo menos tú.

Ella se inclinó y lo besó. Con los ojos abiertos. Fue rarísimo y fue lo más íntimo que había hecho nunca con nadie.

Se le fue el compás. Empezó a moverse más deprisa sin decidirlo. Él le metió el pulgar entre los dos cuerpos y le encontró el clítoris, hinchado, resbaladizo, y lo acarició en círculos, mirándola, estudiándole la cara como ella se la había estudiado a él.

—Ahí —dijo ella.

—Lo sé. Te cambia la boca. Se te abre así. —Hablaba con la respiración—. Y se te cierra un poco el ojo izquierdo. Justo antes. Siempre.

—¿Siempre?

—Desde la primera noche. No te lo había dicho.

Empezaba. Venía de lejos, ancho, sin prisa. Le subía por los muslos.

—Dímelo ahora —pidió. Le temblaba la voz—. Lo de Haría. Me lo dijiste desde atrás. Sin mirarme.

Él entendió.

Le soltó la cadera. Le cogió la cara con las dos manos. A la luz blanca, fea, de un fluorescente de hotel, con las ojeras y la barba y la voz hecha pedazos.

—Te quiero —dijo—. Vera. Te quiero. Mirándote.

Se corrió con los ojos abiertos.

No apartó la mirada. Le dejó verlo todo: la boca abriéndose, el ojo izquierdo, las lágrimas, el momento exacto en que perdía el control. Se contrajo alrededor de él una vez, y otra, y otra, sin sonido, mirándolo, y vio cómo a él se le deshacía la cara al sentirla.

—Ahora tú —le dijo, sin aire—. No te escondas.

Él no se escondió.

Lo vio llegar. Lo vio fruncir el ceño, abrir la boca, intentar un instante girar la cara hacia la almohada y volver. Lo vio mirarla hasta el final, con los ojos verdes llenos de agua, diciendo su nombre con una voz que ya no era voz.

Se dejó caer sobre su pecho y él la abrazó con los dos brazos.

Estuvieron así mucho rato. Con todas las luces encendidas.

* * *

—Inés a las diez —dijo ella, con la mejilla en su clavícula.

—A ti. A mí no me ha citado nadie.

—Gonzalo te ha dicho que no vuelves a trabajar en este país.

—Sí.

—Puede hacerlo.

—Puede intentarlo. —Darío le pasó la mano por el pelo mojado—. Paco tiene el sonido de todo. Domingo tiene su correo. Hay sesenta personas que han visto una piedra debajo del agua.

—¿Y si aun así?

—Entonces trabajaré en otro país. —Lo pensó—. O me haré coordinador de intimidad. Conozco a una que enseña.

Vera se rio contra su piel.

—Serías malísimo.

—¿Por qué?

—Porque dices «lo que decida la coordinación».

—Ya no. —Él le levantó la barbilla—. Ahora digo «corten».

Fuera, en el pasillo, una ráfaga hizo golpear todas las puertas a la vez.

Ninguno de los dos se movió.

—Que llamen —dijo Vera.

Se durmieron así, encima de la colcha, enredados, sin apagar ni una sola luz.