Fuera de plano Capítulo 29
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Capítulo 29

Vera

Irene tardó cuarenta minutos en dejar de tiritar.

Vera le llenó la bañera. Le dejó la puerta del baño entornada y se sentó fuera, en la moqueta, con la espalda contra la pared, para que la oyera respirar.

Le pasó una toalla por la rendija y le preparó una manzanilla con el hervidor de la habitación.

Cuando Irene salió, con un pijama de franela y el pelo mojado, se metió en la cama sin decir nada y se tapó hasta la barbilla.

Vera esperó de pie.

—¿Quieres que me vaya?

—No. —Irene miraba el techo—. Quédate hasta que me duerma.

Se sentó en el suelo, junto a la cama. Tenía los pies hechos una pena: se los había lavado en el bidé de Irene y los llevaba envueltos en dos toallas de mano.

Pasó un rato largo.

—No te he perdonado —dijo Irene.

—Lo sé.

—Me mentiste en un camerino. Me usaste para tocarlo. Eso no se arregla con un albornoz.

—No.

—Pero me diste el papel. —Irene sacó una mano de debajo de las mantas. Todavía lo tenía, hecho una bola húmeda—. Y cuando lo estaba leyendo ahí abajo, con ese hombre encima, pensaba: esto lo escribió ella. Cada línea. Para que yo pudiera decir que no un día que ella no estuviera.

Vera no pudo contestar.

—Así que no sé. —Irene giró la cabeza en la almohada—. Estoy muy enfadada contigo y me has salvado la vida. Las dos cosas.

—Las dos cosas —dijo Vera—. Es lo que te dije yo a ti.

—Ya. Qué asco.

A Irene se le escapó una risa pequeña. A Vera también.

Irene cerró los ojos. Se le fue aflojando la cara.

—Vas a ir con él —murmuró. No era una pregunta.

—Sí.

—Me contó lo de la cicatriz. Anoche, en el pasillo.

Vera frunció el ceño.

—¿Qué cicatriz?

Irene abrió un ojo.

—¿No lo sabes?

—Sé que se cayó escalando.

—Ah. —Lo cerró otra vez—. Pues que te lo cuente él. Por eso le creí.

Se durmió a los cinco minutos, con la bola de papel en el puño.

Vera apagó la lámpara y salió de puntillas, sobre las toallas.

* * *

No tenía habitación.

Lo pensó en el pasillo, descalza, con la manta de Toni por los hombros y las sandalias en la mano. La suya llevaba tres días vacía: había entregado la llave el lunes, sin esperar al viernes. Sus cosas estaban en una pensión de Arrecife, a cuarenta kilómetros.

Dobló la esquina. Contó las puertas sin querer.

La 312 no tenía el pestillo echado.

Estaba a oscuras. Solo la ventana abierta, la cortina moviéndose, el ruido del mar, que esa noche se oía hasta allí. Y una forma sentada en el borde de la cama.

—¿Cómo has vuelto? —preguntó ella.

—Con Domingo. En la furgoneta de los neoprenos. —La voz le salió rota, apenas un hilo; se la había dejado en el acantilado—. Me ha dado un bocadillo.

Vera cerró la puerta.

Buscó a tientas en la pared hasta dar con el interruptor.

—No —dijo él.

—Sí.

Encendió.

La luz del techo, blanca, fea, de hotel. Él parpadeó. Estaba sentado con los codos en las rodillas, descalzo, con la camisa todavía húmeda pegada al cuerpo y el pelo tieso de sal. Tenía los pies como los suyos.

Vera cruzó la habitación y encendió la lámpara de la mesilla. Luego la otra. Entró en el baño y encendió también la del espejo.

—Vera.

—Esta noche no quiero ni una sombra. —Volvió. Se plantó delante de él—. Llevo siete semanas viéndote a trozos. En un monitor, de espaldas. A oscuras, con una almohada en la boca. Con una farola. Esta noche te quiero ver entero.

Él levantó la cara hacia ella.

Con esa luz se le veía todo. Las ojeras. Una pestaña pegada al pómulo. La barba de dos días. La cicatriz diminuta en la ceja que ella no había visto nunca. Los ojos verdes, enrojecidos de sal, que intentaron irse hacia un lado.

—No —dijo ella—. No apartes la mirada.

Los ojos volvieron.

—Así.

* * *

Lo llevó a la ducha.

Le quitó la camisa ella. Estaba tiesa, fría. Lo hizo girarse bajo la luz del espejo y le miró la espalda.

Chelo no había exagerado. El lunar se había deshecho con el agua de la ola y le bajaba desde el omóplato en tres churretes marrones, largos, hasta la cintura del pantalón. Parecía que alguien le hubiera tirado un café por encima.

—Qué desastre.

—Chelo dice que parezco un cuadro.

—Pareces un hombre al que le han pintado encima siete semanas.

Abrió el agua caliente. Se desnudó ella también y dejó el jersey y los vaqueros en un montón empapado. Se metieron los dos en el plato estrecho. El agua les cayó encima y ella soltó un gemido de alivio que no tenía nada de erótico.

Cogió el jabón.

Empezó por arriba, bajo el omóplato derecho, donde el pincel había girado cada mañana. Frotó con la palma, en círculos. El marrón se deshizo, corrió por la espalda de él, se fue por el desagüe. Frotó más. Hasta que no quedó nada. Hasta que la piel estuvo roja y limpia y era solo piel.

Puso la boca allí.

—Ya está —dijo contra su espalda—. Ya no llevas a Marc pintado encima.

A él se le movieron los hombros. Una vez. No dijo nada.

Le lavó el pelo. Le lavó los pies, agachada en el plato de ducha, uno y luego el otro, sacándole los granos de lava de los cortes con las uñas mientras él se agarraba a la pared.

Después él hizo lo mismo con los suyos. Se arrodilló delante de ella, con el agua cayéndole en la nuca, y le sostuvo el talón en la mano como si fuera de cristal.

—Irene dice que le contaste lo de la cicatriz.

Las manos de él se detuvieron.

—Sí.

—Y que por eso te creyó.

—Sí.

—A mí me dijiste que te caíste escalando.

—Me caí escalando.

Ella esperó.

Él se levantó. Cerró el grifo. Quedaron de pie en el vapor, chorreando, a un palmo, bajo la luz del espejo, que no perdonaba nada.

Se lo contó.

Los Picos de Europa. La pared de treinta metros. La cinta naranja del seguro, que se veía en plano. Es un segundo. La luz que se iba. El coordinador que se había ido a comer. Y él, con treinta y cinco años, sabiendo perfectamente que no se quita un seguro.

—Dije «vale».

A Vera se le cerró la garganta.

—Ocho metros. Tres costillas. Un pulmón. —Hablaba mirándola a los ojos, porque ella se lo había pedido; le costaba cada palabra—. En el hospital firmé que había sido en mi tiempo libre. Para que cubriera el seguro. Para seguir trabajando. No se lo había contado a nadie.

—Y se lo contaste a ella antes que a mí.

—Sí. —No se disculpó—. Porque ayer, en esas rocas, dijo «vale» con mi cara. Y porque a ti… a ti me daba vergüenza. Tú no dices «vale» cuando quieres decir que no.

Vera le puso la mano en el costado izquierdo. Sobre la línea pálida. La había besado en Haría, en La Graciosa, en la cama de esta habitación. La había recorrido con los dedos delante de Irene, un día, en un desván, sin poder evitarlo.

No sabía lo que tocaba.

—«Vale» —repitió.

—Qué.

—Llevo semanas diciéndote que no me digas «vale». —Se le llenaron los ojos—. En Famara. En esta habitación. En Haría. Cada vez que lo decías con esa voz, me ponía enferma. Y no sabía por qué.

Darío la miró.

—Yo tampoco sabía por qué me gustaba que me lo dijeras.

Ella se rio y lloró a la vez. Se inclinó. Le besó la cicatriz, de un extremo a otro, poco a poco, con la boca abierta.

—No vuelvas a decirlo —dijo contra sus costillas—. A nadie. Di «no». Di «espera». Di «corten», que ya sabes.

—Corten —dijo él, con lo que le quedaba de voz.

—Eso.

* * *

Lo tumbó en la cama sin secarlo.

Boca arriba, sobre la colcha, con la luz del techo cayéndole encima. Él hizo el gesto de siempre: un brazo detrás de la cabeza, la mirada hacia la ventana.

Como en el sofá del salón de juegos, el primer día. Un hombre acostumbrado a que su cuerpo fuera un objeto de trabajo para los demás.

—No —dijo Vera—. Así no. Los dos brazos abajo. Y mírame a mí.

Él obedeció. Se le notaba que le costaba. No sabía dónde poner las manos.

Ella siguió de pie junto a la cama, desnuda, con el pelo goteándole por la espalda.

—El primer día te hice una prueba de cuerpo —dijo—. Te miré buscando lo que no era de Marc. Lo que había que tapar. —Se sentó en el borde—. Voy a hacértela otra vez. Al revés.

—¿Al revés?

—Buscando lo que es tuyo.

Empezó por la cara.

Le pasó un dedo por la frente. Por la ceja, por la cicatriz pequeña.

—Esto. ¿De qué es?

—Un columpio. Con seis años.

—Tuyo.

Bajó por la nariz. Por el hueso torcido.

—¿Y esto?

—Una pelea de coches. Una película de persecuciones, en Almería. El airbag.

—Tuyo.

Los pómulos. La mandíbula. La boca. Se la recorrió con el pulgar, de un extremo a otro, y él abrió los labios y su aliento le dio a ella en la yema.

—Esta cara —dijo— no es de Cádiz, ni de Beirut, ni de Brasil. Me da igual de quién fuera tu padre. Es la tuya. Es la que se ha dado la vuelta esta noche delante de una cámara.

A él se le movió la nuez.

No apartó los ojos. Los tenía brillantes, muy abiertos. Le costaba tanto sostenerle la mirada que a ella le dolía verlo.

Siguió bajando. El cuello. Las clavículas. El pecho, con el vello oscuro. Lo tocaba con toda la palma. Un pezón, que se endureció bajo su mano. Las costillas. La cicatriz.

—Esto es tuyo —dijo—. Y lo que hiciste esta noche con ello, también.

El vientre. El ombligo. La línea de vello.

Y más abajo.

Estaba duro desde la ducha. Desde antes, seguramente.

Se le levantaba contra el vientre, grueso, oscuro, con la piel tirante, y a plena luz no tenía nada que ver con lo que ella había sentido a través de un vaquero, de un bañador, de dos pantalones de lino.

Lo había tenido dentro tantas veces que había perdido la cuenta.

Nunca se había parado a mirarlo así. Sin prisa. Con el fluorescente.

Él hizo un gesto con la cadera, mínimo, como para girarse.

—Quieto.

—Vera…

—Te da vergüenza.

—Con esta luz, sí.

—A ti. —Ella sonrió—. Que llevas veinte años en calzoncillos delante de figurinistas.

—No es lo mismo. Ellos miran un cuerpo.

—¿Y yo?

—Tú me miras a mí.

Vera lo cogió con la mano. Despacio. Le latía contra la palma, caliente. No le cerraban los dedos. Nunca le habían cerrado.

—El primer día pedí para esto una talla especial —dijo—. Con la voz más neutra que encontré. Y por dentro estaba pensando lo que estoy pensando ahora.

—¿Qué estás pensando?

—Que es tuya la polla. —Lo acarició de abajo arriba, una vez, muy lento—. Y la quiero dentro. Pero todavía no.

Se inclinó y se la metió en la boca.