Capítulo 28 #2
—Inés. —Vera no dejó de mirarlo a él—. Tienes en tu correo una negativa del jefe de seguridad marítima, de las cuatro y dos de esta tarde. Tienes tres partes míos sobre esta escena, con fecha. Y tienes el cuestionario de Irene, firmado por ella y por el director. Lo demás lo has visto tú.
Todo el mundo miró a Inés.
Estaba junto a la cámara, empapada como los demás, con las gafas en una mano y los dos folios de México, mojados, en la otra. Tenía la cara de una mujer que lleva tres días sin dormir.
Miró a Gonzalo. Miró la losa. Miró a Irene, envuelta en blanco. Miró a Darío.
—Los he leído —dijo—. Los tres partes. Esta mañana, entera la carpeta.
—Inés, por favor, no me vengas ahora…
—Corten.
Lo dijo bajo. Casi con educación.
Gonzalo se quedó con la boca abierta.
—Lo digo yo, que soy la que firma. Se ha acabado por hoy. Recoged. —Se guardó los folios en el bolsillo del anorak—. Mañana a las nueve en mi despacho. Tú, yo y la aseguradora por videollamada.
—Es mi película.
—Es mi dinero. Y era mi actriz la que iba a estar en esa piedra. —Inés se puso las gafas—. Paula, gracias por venir. Mañana hablamos de tu vuelo.
Paula no dijo nada.
—Vera.
Vera esperó.
—Sigues suspendida hasta que yo diga otra cosa. Mañana a las diez me dices qué otra cosa tengo que decir. —Hizo una pausa—. Mientras tanto, si Irene quiere que la acompañes al hotel, no seré yo quien lo impida.
—Quiero —dijo Irene.
Elena ya tenía el walkie en la boca.
—Recogemos. Repito: recogemos. Bajad el globo.
* * *
El set se deshizo en un minuto.
Era lo que tenían los rodajes: sesenta personas quietas y, de pronto, sesenta personas moviéndose. Cables, trípodes, cajas. Nadie hablaba alto. Chelo apareció con una manta para Irene. Toni, con otra, que le echó a Vera por los hombros sin pedir permiso.
Darío siguió donde estaba.
Le temblaban las piernas. No de frío. Se sentó en un escalón de lava, con los codos en las rodillas, y se miró las manos. También temblaban.
Gonzalo pasó a su lado camino del sendero. Se detuvo.
Chorreaba. Había perdido el megáfono y, con él, algo más. Pero los ojos seguían siendo los mismos.
—No vuelves a trabajar en este país —dijo, en voz baja—. Ni de doble, ni de especialista, ni de figurante. Me encargo yo. ¿Sabes lo que acabas de tirar?
Darío levantó la cara.
—Mi nombre en una segunda línea.
—Exacto.
—Ya lo he dicho yo. En voz alta. —Se encogió de hombros—. Me ha salido gratis.
Gonzalo lo miró un momento más. Buscaba algo que decir.
Siguió subiendo.
Alguien se sentó a su lado en el escalón. Olía a tabaco mojado. Paco, el de sonido, con la pértiga plegada entre las rodillas.
—Joder con el hombre sin identificar —dijo, mirando al frente.
Darío no contestó.
—Lo tengo grabado, ¿eh? Todo. El «corten», lo del megáfono, la niña leyendo el papel. Estaba rodando sonido. —Paco se rascó la barba—. Por si Inés lo quiere para mañana. O por si lo quieres tú.
—Gracias.
—No me las des. Te debo una comida. —Se levantó—. Y lo del sofá, lo que te dije… Bueno. Eso.
Se fue.
Vino Domingo. No se sentó. Le tendió una mano enorme, mojada, y se la apretó sin decir nada.
Vino Rubén. Se quedó a dos metros, con la gorra en la mano, y dijo «perdón, tío» tan bajo que casi no se oyó, y se marchó corriendo antes de que le contestaran.
Y vino Chelo, de vuelta de dejar la manta. Se paró detrás de él. Le levantó la camisa empapada por la espalda sin preguntar.
—Se te ha corrido.
—¿El qué?
—El lunar. —Le pasó un dedo bajo el omóplato y se lo enseñó. Tenía la yema marrón—. Lo llevas chorreando hasta la cintura. Pareces un cuadro.
Darío giró la cabeza. No alcanzaba a verlo.
—Ni se te ocurra pedirme que te lo repinte —dijo ella. Y le dejó caer la camisa.
* * *
Bajaron el globo.
La luna de plástico descendió arrugándose, y la luz se fue apagando sobre el acantilado hasta que solo quedaron las linternas frontales del equipo y, arriba, por primera vez en toda la noche, las estrellas.
El mar seguía. El golpe. El silencio. El golpe.
Darío subió el sendero el último.
En el segundo escalón encontró dos sandalias, tiradas, una boca arriba y otra boca abajo. Las recogió.
En el aparcamiento, la furgoneta de Elena tenía el motor en marcha. Vio a Irene dentro, en el asiento de atrás, envuelta en el albornoz y la manta, con la cabeza apoyada en el cristal. Tenía los ojos cerrados y el papel todavía en el puño.
Vera estaba de pie junto a la puerta abierta. Descalza. Con la manta de Toni por los hombros.
Lo vio venir.
Se paró a dos metros. La distancia del set. No sabía cuál era la norma ahora. No sabía si había norma.
Le tendió las sandalias.
Ella las cogió. Le miró la cara. Sin prisa, toda: la frente, la nariz torcida, la boca. Como si la viera por primera vez. O quisiera aprendérsela.
—Te has dado la vuelta —dijo.
—Sí.
—En mitad del plano.
—Ya.
—Lo he visto desde el coche. —Le tembló la barbilla—. No te veía la cara. Te veía la espalda. Y he sabido igual que te estaban viendo todos.
Darío no supo qué decir. Tenía la garganta hecha polvo.
Dentro de la furgoneta, Irene abrió los ojos. Los miró a los dos por el cristal. No sonrió. Pero bajó la ventanilla un palmo.
—Vera.
—Dime.
—Me has preguntado antes de taparme.
—Siempre se pregunta.
Irene asintió. Miró a Darío.
—Y tú también. En la ola.
Subió la ventanilla.
Vera se volvió hacia él. Elena tocó el claxon, corto, desde el volante.
—Tengo que llevarla. Quiero quedarme con ella hasta que se duerma.
—Claro.
—Luego… —Se interrumpió.
Darío esperó. Era lo que mejor se le daba, y ya no le importaba.
—En Famara te dije que seguía sin haber nosotros —dijo ella—. Hasta mañana por la noche.
—Me acuerdo.
Vera se llevó dos dedos a la oreja izquierda. Al aro de plata.
—Ya es mañana por la noche.
Subió a la furgoneta. Cerró la puerta. Elena arrancó.
Darío se quedó solo en el aparcamiento de tierra, descalzo, empapado, con el lunar de otro hombre deshaciéndosele por la espalda, viendo alejarse dos luces rojas por la carretera de la costa.
Se dio cuenta de que estaba sonriendo.
Se dio cuenta también de que su coche seguía en el hotel.