Capítulo 28
Darío
¿Tú quién coño eres para parar mi película?
Tenía la respuesta de siempre en la punta de la lengua. Cuatro letras. La había dicho en los Picos de Europa, con una cinta naranja en la mano. La había dicho en mil platós. Era la palabra más fácil del mundo.
Vale.
Se la tragó.
Oía a Irene detrás, tiritando. La lava le helaba las plantas de los pies. Tenía delante a un hombre con tres premios y un abrigo de borrego, y detrás de ese hombre, apretadas contra la roca bajo una luna de plástico, sesenta caras.
Lo miraban a él. A la cara.
Le dio el mismo vértigo que la pared de Famara.
—Soy Darío Quintana.
Le salió ronco. Se había dejado la voz en el balcón de arriba.
—Soy el doble de cuerpo de esta película. La espalda que veis en pantalla es mía. Las manos son mías. —Tragó saliva—. El lunar no. El lunar me lo pintan.
Alguien, entre los eléctricos, soltó una risa nerviosa que se cortó sola.
—Y el del coche era yo.
El murmullo recorrió el balcón como una ola pequeña. No era sorpresa. Lo sabían todos. Era otra cosa: era oírlo.
—El del vídeo. El domingo por la noche, en el aparcamiento. No se me ve la cara. —Miró a Gonzalo—. Tú mismo me lo dijiste, en la puerta del despacho. «A ti no se te ve la cara. Y eso, bien llevado, puede seguir siendo así».
Gonzalo no parpadeó.
Se volvió hacia el equipo con los brazos abiertos, como un hombre al que por fin le dan la razón.
—Ahí lo tenéis. —Casi con pena—. El amante de la coordinadora.
Yo no quería decirlo; lo ha dicho él. ¿Entendéis ahora lo que está pasando aquí?
Esto no tiene nada que ver con Irene, ni con el mar, ni con ningún contrato.
Esto es una venganza. A la señora la aparto el lunes y el jueves su novio me revienta el plano.
—Se giró hacia Inés—. Te lo dije. Te dije que había una dinámica.
Algunas caras cambiaron. Paco, el de sonido, asintió. Rubén miraba al suelo.
Lo hacía bien. Lo hacía muy bien.
Hacía tres días, eso lo habría dejado mudo.
Metió la mano en el bolsillo de atrás.
Los dos folios estaban húmedos, arrugados, con arena de Famara en los dobleces. No se los dio a Gonzalo. Subió los tres escalones, pasó a su lado y se los tendió a Inés.
—El martes me dio esto. Delante de todo el equipo, en el jardín.
Inés se puso las gafas. Leyó con la luz del globo.
—Es una película en México. Dieciséis semanas.
Mi nombre en la segunda línea. Coordinador de especialistas.
—Darío hablaba despacio. Cada frase la sacaba como quien saca piedras de un pozo—.
A cambio de que el del coche siguiera sin tener cara.
De que la historia fuera que Vera Solís perdió la cabeza por alguien y descuidó a su actriz.
—Eso es un precontrato perfectamente legal —dijo Gonzalo—. Te ofrecí trabajo porque eres bueno. Si tú has querido entender otra cosa…
—No lo he firmado.
—Pues peor para ti.
—Me gustó verlo. —Darío lo dijo mirando a Inés—. Mi nombre ahí. Cinco segundos. Lo digo para que conste.
Inés levantó los ojos del papel. Lo miró por encima de las gafas, largo.
Él volvió a bajar los escalones. Se puso otra vez donde estaba: entre Irene y la cámara.
—No he parado la película por Vera —dijo.
Ya no gritaba. No se oía ni una voz—. Vera no está aquí.
Está suspendida. Yo llevo tres días en este set sin ella, callado, comiendo solo, dejando que me llamarais lo que quisierais.
El martes le bajaron la sábana a Irene y me quedé quieto.
Ayer me miró, en estas rocas, y me quedé quieto.
Se le quebró la voz. Carraspeó.
—He parado porque una actriz ha dicho la palabra de parada y nadie ha cortado.
Dos veces. Con la cámara rodando. —Señaló la losa—.
Porque ese desnudo no está en su contrato.
Porque el jefe de seguridad se ha negado a firmar esa piedra.
Y porque yo sé lo que es decir «vale» con la luz yéndose y cuarenta personas esperando.
Se llevó la mano al costado izquierdo, por encima de la camisa.
—Tengo tres costillas que lo saben.
No vio a nadie reaccionar. A su espalda, Irene se movió.
* * *
Gonzalo cambió de táctica en el acto. Darío lo vio: bajó los hombros, la voz se le volvió de terciopelo.
Pasó a su lado sin mirarlo. Fue hacia Irene.
—Irene. Preciosa. Mírame.
Darío no se apartó. Gonzalo tuvo que hablarle por encima de su hombro.
—Tú y yo nos entendemos, ¿verdad? Llevamos siete semanas trabajando juntos. Yo te elegí entre trescientas. —La sonrisa—. Dime una cosa, y te creo a ti, no a ellos. ¿Has dicho algo? ¿O este hombre ha oído lo que le convenía oír?
Silencio.
El mar entró en la cueva. El golpe. Una columna de espuma reventó a la izquierda del balcón y los salpicó a todos.
Darío no se volvió. No podía ayudarla. Era lo único que no podía hacer por ella.
Tú la dices. Yo hago que se oiga.
Ya había hecho su parte.
—Irene. —Gonzalo, más bajo—. ¿Te ha obligado alguien a algo? Porque si no, cariño, estamos perdiendo una ola preciosa.
Darío oyó un papel. Unos dedos helados desdoblándolo.
Y una voz. Pequeña, rota de frío.
—He dicho «Sal».
—¿Cómo?
—He dicho «Sal». —Más alto—. Dos veces. Y tú me has dicho que el vestido.
Darío cerró los ojos.
—Aquí pone «desnudo parcial, con barreras». —Estaba leyendo. Le temblaba la voz y leía igual—. «No se rodará desnudo integral. No se rodará sin la presencia de la coordinadora designada». Lo firmé el primer día. Y lo firmaste tú.
—Eso es un documento interno de…
—Ayer le dije a Paula que esto no estaba en mi contrato. Aquí mismo. Y me dijo que no era un contrato-contrato.
Todas las caras se volvieron hacia Paula.
Paula seguía con el albornoz en los brazos. Era la primera vez que Darío la veía sin sonreír.
—Cariño, yo… Si me lo hubieras dicho de otra manera…
—Te lo dije así.
—No bajo —dijo Irene. Ya no leía—. No quiero bajar. Tengo miedo de esa piedra y tengo miedo de ti, y llevo dos días sin poder decirlo porque cada vez que me miras se me va la voz. —Cogió aire—. No bajo.
Gonzalo tardó en reaccionar.
Luego se rio. Una risa corta, incrédula. Se volvió hacia Inés.
—¿Estás oyendo esto? Les han comido la cabeza. A los dos. Esto lo ha montado ella desde donde esté, con el…
—¡FUERA DEL BALCÓN!
Fue Domingo.
No lo dijo. Lo ladró. Tenía los ojos en el mar.
Darío miró.
Venía una ola distinta. Más alta que las otras, más lenta, sin espuma en la cresta. Una pared lisa, verde oscura, que avanzaba hacia el acantilado tapando las de detrás.
—¡Arriba! ¡Todo el mundo arriba!
No pensó. Se volvió hacia Irene.
—¿Puedo?
Ella asintió con la boca abierta.
La cogió por la cintura y la subió los tres escalones casi en vilo. Domingo empujaba a Paula. Uno de sus hombres agarró a Gonzalo del abrigo de borrego y tiró de él hacia atrás sin ningún respeto.
La ola entró en la cueva.
El golpe no fue un golpe. Fue una explosión. A Darío le llegó a los dientes. La roca tembló bajo sus pies descalzos, y un segundo después el agua reventó por todos los agujeros a la vez, una cortina blanca de quince metros que tapó el globo, el cielo, todo.
Les cayó encima como un camión de agua.
Cuando pudo abrir los ojos, tenía a Irene agarrada a su camisa y el pelo chorreándole en la cara.
Miró abajo.
El último balcón, donde habían estado de pie diez segundos antes, tenía medio metro de agua corriendo de lado a lado. El megáfono de Gonzalo flotó un instante contra la barandilla de piedra, giró sobre sí mismo y se fue por un desagüe hacia el mar.
Y la losa.
La losa no estaba. Donde tenía que estar había un metro de espuma blanca, hirviendo, girando en remolinos sobre la boca de la cueva. Contó. No pudo no contar. Cuatro. Seis. Ocho. A los once segundos, el agua empezó a retirarse y la piedra negra asomó, chorreando.
Nadie decía nada.
Sesenta personas empapadas, agarradas a la roca, mirando una piedra.
Domingo se limpió la cara con la mano. Se volvió hacia Gonzalo.
—Ahí la quería usted. —No levantó la voz—. Tumbada. Desnuda. Sin cuerda.
Gonzalo tenía el pelo blanco pegado a la frente. El abrigo de borrego le colgaba como un animal muerto. Abrió la boca.
No le salió nada.
* * *
Fue entonces cuando ella entró en la luz.
Darío la vio antes que nadie. Venía de la sombra de los camiones, descalza, calada, con los vaqueros pegados a las piernas y el pelo hecho una maraña negra chorreando sobre un jersey gris. Tenía los pies ensangrentados de la lava.
No lo miró.
Cruzó el balcón entre el equipo. La gente se apartaba. Paco se quitó de en medio con la pértiga. Toni dijo su nombre en voz baja.
Fue derecha a Paula.
No le dijo nada. Le quitó el albornoz de los brazos. Estaba seco por dentro; Paula lo había protegido de la ola con su propio cuerpo, apretado contra el pecho, y no se le había ocurrido ponérselo a nadie.
Vera se acercó a Irene.
Se detuvo a un paso. Con el albornoz abierto entre las manos.
—¿Puedo?
Irene la miró. Tiritaba tanto que le castañeteaban los dientes. El vestido blanco era ya una segunda piel transparente.
Asintió.
Vera la envolvió. Le subió el cuello. Le cerró el albornoz por delante, le ató el cinturón con dos vueltas, le sacó el pelo mojado de dentro.
Todo con las manos rápidas, exactas, sin tocarle la piel más de lo necesario.
Darío la había visto hacerlo cien veces al final de cada toma.
No sabía cuánto lo había echado de menos hasta ese momento.
—¿Qué necesitas? —le preguntó. En voz baja. Solo para ella.
No ¿estás cómoda? No delante de todos.
Irene tardó en poder hablar.
—Irme de aquí.
—Pues nos vamos.
—¡Tú! —Gonzalo había encontrado la voz. Le salió aguda, irreconocible—. ¡Tú estás suspendida! ¡No puedes estar en mi set! ¡Inés!
Vera se volvió.
Darío la había visto parar tomas, echar a un director de una sala, contestar «comisaria» con la barbilla alta. Nunca la había visto así. Estaba descalza, sangrando, hecha un trapo. Y no había en toda la isla nada más sólido que ella.
—No he venido a coordinar —dijo—. He venido a tapar a una actriz que ha dicho la palabra de parada hace seis minutos y a la que nadie le ha puesto un albornoz.
—¡Inés!