Capítulo 27
Vera
Llegó a Los Hervideros a las cinco, una hora antes que el equipo, y aparcó el coche de alquiler entre una furgoneta de surfistas alemanes y un todoterreno lleno de polvo.
Apagó el motor. Apagó las luces. Echó el asiento un poco hacia atrás.
Y se dispuso a hacer lo más difícil que había hecho en su vida, que era nada.
Vio llegar los camiones. Vio montar los generadores, tender los cables, bajar la cámara por el sendero de lava entre cuatro hombres.
Vio inflarse el globo: una bolsa blanca, arrugada, que fue creciendo en el suelo del aparcamiento hasta convertirse en una esfera de tres metros, y que subió poco a poco, tirando de sus cables, hasta quedar colgada sobre el acantilado como una luna que alguien hubiera encargado por catálogo.
Vio a Elena colocar las vallas. Elena pasó junto a su coche con el chaleco reflectante, sin girar la cabeza, y al pasar dio dos golpes con los nudillos en el techo.
Los turistas se fueron. Los alemanes también. Quedaron seis coches. El suyo era uno más.
A las seis y cuarto bajaron las furgonetas del hotel.
Lo vio a él.
Bajó de la de eléctricos, el último, solo.
La camisa blanca abierta, el pantalón de lino.
Echó a andar por el sendero sin mirar hacia el aparcamiento.
Se movía como siempre: sin prisa, sin un gesto de más.
Ella, que llevaba siete semanas estudiando ese cuerpo, notó que tenía los hombros un centímetro más altos de lo normal.
Subió al balcón más alto. El que quedaba más cerca de ella. Treinta metros, no más. Se colocó de espaldas a la cámara, de perfil para ella, con las manos en la barandilla de piedra.
Vera le veía la nuca. La línea de los hombros bajo la camisa. Debajo de la tela, donde ella no llegaba a ver, tenía pintado el lunar de otro.
Apretó el volante con las dos manos.
No podía bajar. Lo había dicho ella misma, en un coche con los cristales empañados: si aparecía, era la coordinadora despechada. Todo lo que iba a pasar allí abajo lo había diseñado ella, posición por posición, quién dice qué y cuándo. Esta vez no iba a estar junto al monitor para dar la entrada.
Y si algo fallaba, no sería ella quien parara la toma.
En La Graciosa había aprendido a cerrar los ojos una hora, tumbada en una losa, con alguien mirando por ella. Le había parecido lo más difícil del mundo.
Aquello era fácil. Aquello era con el cuerpo. Esto era quedarse sentada, vestida, a oscuras, mientras una chica de veintiséis años bajaba hacia el mar con un papel en la mano.
Bajó la ventanilla.
Entró el ruido. El golpe sordo de las olas en las cuevas, que se notaba en el suelo del coche. El zumbido de los generadores. El viento. Y por encima, de vez en cuando, cortada por las ráfagas, una voz amplificada.
Gonzalo tenía un megáfono.
* * *
No oía nada más. Solo a él.
Desde el aparcamiento, el set era una maqueta iluminada.
La luz blanca del globo lo aplanaba todo: el sendero, los balcones excavados en la roca, las figuras pequeñas que se movían entre ellos.
Más allá, el mar. Las olas entraban en filas, altas, y las columnas de espuma reventaban por los agujeros de la lava hasta la altura de las barandillas, una detrás de otra, blancas contra el cielo negro.
La losa de Irene aparecía y desaparecía.
Vera apenas oía, pero veía. Y si había algo que sabía hacer, algo que le habían enseñado desde los ocho años en una sala con espejos, era leer cuerpos a distancia.
Leyó.
Gonzalo, junto a la cámara, en el penúltimo balcón: los brazos abiertos, el peso en los talones. Un hombre que ya ha visto el plano en su cabeza.
Inés, dos pasos detrás de él: los brazos cruzados sobre el pecho, una mano agarrándose el codo. Miraba el mar y no la cámara.
Domingo, al borde del último balcón, de neopreno: las piernas separadas, las rodillas flojas. Un hombre preparado para saltar.
El equipo, apretado contra la roca: quietos. Demasiado quietos. Nadie hablaba con nadie.
Y la puerta de la caravana.
Salió Paula. Y detrás, de blanco, Irene.
Vera dejó de respirar.
La vio bajar los dos escalones. La vio levantar la cara hacia los balcones, buscando. Tenía el puño derecho cerrado.
Y vio moverse el codo de Darío.
Estaba de perfil, lejos, a contraluz del globo. No le veía la mano ni la cara. Solo el brazo derecho, que se dobló, subió hacia la boca, se detuvo allí un segundo y volvió a bajar a la barandilla.
Sabía lo que era. Lo habría reconocido a un kilómetro.
Se llevó dos dedos a la oreja izquierda, a oscuras, dentro de un coche, donde nadie podía verla.
* * *
—Vamos a rodar. Silencio todo el mundo. —El megáfono, deformado por el viento—. Irene, preciosa, cuando Paula te quite el albornoz, bajas al último balcón. Te quedas un momento en la barandilla. Y cuando tú lo sientas, el vestido, y bajas a la piedra. Sin prisa. Es tuyo.
La figura blanca echó a andar por el sendero. Paula iba detrás.
Llegaron al último balcón. Paula le quitó el albornoz de los hombros, con esa dulzura suya, y se retiró hacia la roca con él en los brazos. Irene quedó sola junto a la barandilla.
Llevaba un vestido blanco, de tirantes, fino, que el viento le pegaba al cuerpo. Una columna de espuma reventó a su izquierda y Vera vio cómo se encogía.
—Motor.
Algo, inaudible.
—Acción.
Irene no se movió.
Estaba de pie frente al mar, con las dos manos en la barandilla. Vera le leía la espalda: los omóplatos juntos, el cuello hundido. Tenía frío. Tenía miedo. Estaba sola en mitad de un círculo de luz con sesenta personas mirándole la nuca.
Cinco segundos. Diez.
Vera contaba. No podía no contar.
Quince.
—Cuando quieras, Irene.
Veinte.
En la losa, cuatro metros más abajo, entró una ola. La piedra desapareció. Vera contó tres segundos hasta que volvió a salir, negra, chorreando.
—Irene. El vestido.
La figura blanca soltó una mano de la barandilla. La izquierda. Se la llevó al tirante.
No, pensó Vera. No, no, no.
Tenía la mano en la manija de la puerta. No recordaba haberla puesto allí. Con abrir, eran treinta metros de aparcamiento y un sendero. Podía estar abajo en un minuto. Podía gritar «corten» con la voz que había usado mil veces, la que todo el mundo en ese set conocía.
Y sería la coordinadora que perdió la cabeza. E Irene sería la chica a la que otra tuvo que rescatar. Y el viernes Gonzalo se lo pediría otra vez.
Soltó la manija. Se sentó sobre las manos, como una niña.
Irene tenía los dedos en el tirante.
No lo bajó.
Aguantó así, con la mano en el hombro. Y entonces, muy lenta, giró la cabeza. No hacia la cámara. No hacia Gonzalo. Hacia arriba. Hacia el balcón más alto.
Levantó el puño derecho. Lo abrió.
Un papel. Blanco, pequeño, sacudido por el viento.
Vera vio moverse su boca.
Una sílaba. Desde el aparcamiento no oyó nada; el mar se llevó la voz antes de que llegara hasta ella. Pero sabía qué palabra estaba intentando decir.
Sal.
—¿Qué? —El megáfono—. No te oigo, Irene. Venga, cariño, el vestido, que se nos va la ola buena.
La boca de Irene se movió otra vez. Igual. Sin voz.
—Paula, ¿qué dice?
Paula, desde la roca, hizo un gesto con la mano. Nada. Nervios. Sonreía. Vera se lo leyó en los hombros.
—Pues eso. Irene, respira. Y el vestido. Ya.
Vera tenía las uñas clavadas en los muslos.
Ahora, pensó. Ahora. Por favor. Ahora.
Darío se dio la vuelta.
* * *
No fue un gesto brusco. Fue como lo hacía todo.
Soltó la barandilla. Giró sobre los talones. Y quedó de frente: de frente al set, de frente a la cámara, de frente al globo, que le dio de lleno en la cara.
De cara al aparcamiento quedó su espalda. Pero Vera vio el efecto. Lo vio en los demás.
El operador levantó la cabeza del visor. El foquista bajó la mano. Gonzalo se quedó con el megáfono a medio camino de la boca.
En siete semanas de rodaje, la cámara no había visto nunca la cara de Darío Quintana. Tenía su espalda, sus manos, su nuca, su vientre. Su cara no. Su cara estaba prohibida. Su cara rompía la película.
Acababa de ponerla en mitad del plano.
Y habló.
Vera lo oyó. Por encima de los generadores, del viento, de las olas reventando en las cuevas. No usó megáfono. No lo necesitó. Le salió la voz de Famara, ronca, enorme, la que ella había oído una sola vez en una playa.
—¡HA DICHO «SAL»!
El set se congeló.
—¡Irene ha dicho «Sal»! ¡Dos veces! —Una pausa, para coger aire. Vera le vio subir los hombros—. ¡Es la palabra de parada de este rodaje! ¡Está pactada desde el primer día!
Nadie se movía.
—¡CORTEN!
A Vera se le saltaron las lágrimas.
No fue por la palabra. Fue por cómo la dijo. Con todo el cuerpo. Con veinte años de estar quieto. La palabra que solo podía decir un director, dicha por el último mono del rodaje, por el hombre que no tenía cara ni nombre en los créditos.
Su palabra. La de ella. En la boca de él.
Se tapó la suya con las dos manos.
* * *
—¿Quién ha dicho corten?
El megáfono chilló. Gonzalo se había vuelto hacia el balcón alto con todo el cuerpo.
—Aquí no corta nadie más que yo. ¡Seguimos rodando! Darío, date la vuelta, coño, que estás en plano.
Darío no se dio la vuelta.
Echó a andar.
Bajó de su balcón por los escalones de lava, sin correr. Cruzó por delante de la cámara, por mitad del encuadre, con la camisa blanca abierta sacudida por el viento. Pasó junto al equipo de eléctricos, junto a sonido, junto a maquinaria. Las figuras se apartaban para dejarle sitio. Nadie lo paró.
—¡Que alguien saque a ese hombre de mi set!
Nadie se movió.
Vera ya estaba fuera del coche.
No supo cuándo había abierto la puerta. El viento le pegó el pelo a la cara, le llenó la boca de sal. Echó a andar hacia las vallas. Luego a correr.
Elena estaba plantada en mitad de la carretera, con el chaleco y el walkie. La vio venir. Levantó la mano.
—Señora, no puede pasar. Hay un rodaje. —Lo dijo muy alto, para quien quisiera oírlo. Y después, más alto todavía—: Además, usted está suspendida.
Se llevó el walkie a la boca. Se dio la vuelta, con parsimonia, de espaldas a la valla, y se puso a hablar con alguien sobre un generador.
La valla estaba abierta un palmo.
Vera pasó.
* * *
El sendero estaba mojado.
Las sandalias le resbalaron en el segundo escalón. Se las quitó sin pararse, las dejó donde cayeron y siguió descalza. La lava le mordía las plantas de los pies. Fría, áspera, llena de aristas. Le dio igual.
Corrió.
Hacía siete años que no corría así. Con todo. El cuerpo sabía: dónde poner el pie, cómo repartir el peso, cómo caer sobre la pierna derecha para que la cadera izquierda no cargara. La bailarina bajaba por la roca y la coordinadora iba detrás, intentando alcanzarla.
Una columna de agua reventó a su derecha y la empapó de arriba abajo. No se detuvo.
El megáfono seguía.
—…una vergüenza. Una falta de profesionalidad que no he visto en treinta años. Inés, ¿tú estás viendo esto?
Dobló el primer recodo. El segundo. El ruido del mar era ya tan fuerte que le vibraba en el pecho.
Llegó a la altura de los camiones de luz. Se metió entre dos, a oscuras, fuera del círculo blanco del globo.
Y los vio.
A diez metros. El penúltimo balcón, con la cámara, el monitor, el equipo apretado contra la pared. Y tres escalones más abajo, el último, asomado al vacío.
Irene estaba contra la barandilla, con el vestido blanco calado por la espuma, pegado al cuerpo, transparente. Tiritaba. Se abrazaba a sí misma con el papel arrugado en el puño.
Nadie la había tapado.
Paula estaba a dos metros, con el albornoz doblado en los brazos, mirando a Gonzalo, esperando a que alguien le dijera qué hacer.
Domingo había dado un paso hacia la chica. Tenía una mano abierta, a medio camino, sin atreverse a tocarla.
Y delante de Irene, entre ella y los tres escalones, entre ella y la cámara, estaba Darío.
De pie, con los brazos caídos y las manos abiertas a los costados. Como en el Mirador.
No la tocaba. No la miraba. Miraba hacia arriba, hacia el hombre enorme del abrigo de borrego que bajaba los escalones con el megáfono colgando de la mano.
Gonzalo se detuvo en el último.
Ya no necesitaba el megáfono. A aquella distancia, Vera lo oyó perfectamente. Hablaba bajo, con la calma de siempre.
—Vamos a ver si lo entiendo. —Lo miró de arriba abajo. La camisa abierta. El pantalón de otro. Los pies descalzos—. Tengo una actriz, un equipo de sesenta personas, una noche que me cuesta cuarenta mil euros y el plano de mi vida ahí abajo. Y me lo para… ¿quién?
Darío no contestó.
—No, en serio. Dímelo. Porque yo aquí veo una espalda. Unas manos. Un lunar pintado. —Gonzalo sonrió—. ¿Tú quién coño eres para parar mi película?
El mar entró en la cueva. El golpe subió por la roca.
Vera estaba a diez metros, en la sombra de un camión, empapada, descalza, con el corazón en la garganta.
Nadie allí abajo se había vuelto hacia ella.
Podía dar tres pasos y entrar en la luz. Tenía la respuesta. Tenía cuatro años de respuestas, tres partes firmados, un correo de las cuatro y dos, la voz que todo el mundo en aquel acantilado estaba acostumbrado a obedecer. Era su oficio. Era su palabra.
Se agarró con una mano al espejo del camión.
No se movió.
Esa pregunta no era para ella.
Vio cómo a él se le hinchaba el pecho. Cómo levantaba la barbilla. Cómo la luz de la luna falsa le caía de lleno en la nariz torcida, en la mandíbula, en los ojos.
Darío abrió la boca.