Capítulo 26 #2
—Dile que el papel lo cogí. Que no lo dejé en el pasillo.
—Ya lo sabe.
Irene cerró la puerta sin ruido.
Él aguantó un momento solo en el pasillo, con la mano en la pared.
Le temblaban las piernas. No había hablado tanto seguido en toda su vida.
* * *
El jueves amaneció con el mar rugiendo.
Se oía desde el hotel. Un fondo sordo, grave, que no era el viento. Darío salió a la terraza de la 312 a las siete y vio la costa de Playa Blanca cubierta de espuma hasta donde alcanzaba la vista.
Elena estaba en el comedor, sola, con la tableta y un café. Se sentó frente a ella.
Era la primera mesa que compartía en tres días. Ella levantó una ceja.
—Era yo —dijo Darío—. El del coche. Y me quedé porque ella me lo pidió.
—Ya lo sé. Me lo contó el martes.
—Esta noche Irene va a decir la palabra. Y yo voy a parar el rodaje.
Elena dejó la taza.
Lo miró como la primera mañana, en el Mirador, cuando lo había encontrado apoyado en un muro con la sudadera tapándole la entrepierna. Mucho rato.
—¿Qué necesitáis?
—Que Domingo ponga por escrito que no firma. Un correo a Inés. Con hora.
—Hecho. Lleva desde ayer diciéndome que quiere dejarlo por escrito. —Elena ya estaba tecleando—. ¿Qué más?
—Tú llevas el control de accesos.
—Yo llevo el control de accesos.
—Va a haber un coche en el aparcamiento de arriba.
—En el aparcamiento de arriba va a haber muchos coches. Es de noche. Yo no veo bien de noche. —Siguió tecleando—. ¿Algo más?
—No.
—Pues desayuna, que estás en los huesos.
Le acercó su propio plato de tostadas sin levantar los ojos de la pantalla.
* * *
A mediodía vio a Inés.
Estaba en la terraza de la planta baja, al sol, con las gafas de leer y una carpeta abierta sobre la mesa. Una carpeta negra, gruesa, con pestañas de colores. Darío la reconoció a diez metros. La había visto seis semanas bajo el brazo de Vera.
Inés pasaba las hojas una a una. Tenía el teléfono al lado, boca arriba. En un momento lo cogió, leyó algo, lo volvió a dejar. Se quitó las gafas. Se frotó los ojos.
Volvió a ponérselas y siguió leyendo.
Darío no supo qué pensar de eso. Se lo guardó.
* * *
Salieron hacia Los Hervideros a las cinco y media, con el sol ya bajo.
Gonzalo subió al primer coche eufórico. Había dormido poco y se le notaba en los ojos, brillantes, enormes.
Hablaba con el director de fotografía de la luz.
No había luna esa noche; la ponía él. Un globo de helio de tres metros, blanco, lleno de lámparas, que flotaría sobre el acantilado sujeto por cuatro cables.
—Mejor que la de verdad —decía—. La de verdad no la puedo mover.
Paula subió detrás con Irene, cogiéndole la mano.
Darío fue en la furgoneta de eléctricos. Nadie se sentó a su lado. Rubén, dos filas más atrás, no levantó la vista del suelo en todo el trayecto.
Llevaba el pantalón de lino de la película, una camisa blanca abierta y, en la espalda, el lunar de otro hombre. Chelo se lo había pintado a las cuatro. Esta vez lo había mirado por el espejo.
—Te ha quedado un poco más alto que el del viernes —había dicho él.
—El del viernes no lo pinté yo. —Y luego, sin dejar de girar el pincel—: Estaba mejor pintado que los míos, la verdad.
No supo si era una paz o una pulla. Con Chelo nunca se sabía.
En el bolsillo de atrás llevaba dos folios arrugados. En el auricular, estática.
* * *
Lo oyó antes de bajar de la furgoneta.
El golpe. Sordo, profundo, en las plantas de los pies. Y luego otro. Y otro. Más seguidos que el día anterior.
El aparcamiento de tierra estaba lleno de camiones. Los generadores zumbaban. Habían cortado la carretera con dos vallas y un cartel de RODAJE, y Elena estaba plantada en medio, con un chaleco reflectante y un walkie, mandando dar la vuelta a un coche de turistas.
Darío bajó por el sendero de lava.
El globo ya estaba arriba. Una luna lechosa que temblaba en mitad del cielo negro, sujeta por cuatro cabos, a quince metros sobre el acantilado. Lo iluminaba todo con una luz blanca, sin sombras: los balcones excavados en la roca, la espuma, las caras del equipo.
Y el mar.
No se parecía al del miércoles. Las olas llegaban en filas, altas, lentas, con la cresta deshecha por el viento.
Entraban en las cuevas con un golpe que hacía vibrar la barandilla.
Las columnas de agua reventaban por los agujeros hasta la altura de los balcones, blancas contra la luna falsa, y caían sobre la roca como una cortina.
La losa inclinada, la de Irene, estaba bajo el agua más tiempo del que estaba fuera.
Domingo estaba junto al último balcón, con el neopreno puesto y los brazos cruzados. Tenía a dos de los suyos detrás, con cuerdas. No había firmado. Había venido igual.
Cuando Darío pasó a su lado, el hombre le habló sin mirarlo.
—Las cuatro y dos de la tarde. A la productora y a mí mismo, con copia. —Escupió a un lado—. Si esa niña baja, yo bajo detrás. Pero que conste.
—Consta.
Subió a su balcón.
Era el más alto. Una repisa de lava con una barandilla de piedra, a veinte metros de la cámara y a otros veinte de la losa. Desde allí se veía todo: el set, el mar, el sendero, las vallas, y más arriba el aparcamiento público, a oscuras, donde había media docena de coches parados.
Uno de ellos tenía las luces apagadas y alguien dentro.
No distinguía más que una forma detrás del parabrisas.
Abajo, en la boca del sendero, se abrió la puerta de la caravana de maquillaje. Salió Paula, sonriendo. Y detrás, envuelta en un albornoz blanco, descalza, con el pelo suelto, Irene.
Tenía el puño derecho cerrado sobre algo.
Bajó dos escalones. Levantó la cara hacia los balcones. Lo buscó.
Lo encontró.
Darío no se movió de la barandilla. No hizo ningún gesto que pudiera ver la cámara, ni Gonzalo, ni Paula.
Solo se llevó la mano a la boca y se pasó el pulgar por el labio, despacio, de un extremo a otro.
Esta vez era para las dos.