Fuera de plano Capítulo 26
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Capítulo 26

Darío

Llamó a la puerta de Irene a las nueve y veinte de la noche, con arena de Famara todavía en el pelo.

No se había duchado. No había pasado por su habitación. Había aparcado el coche gris y había subido por la escalera. En el rellano de la tercera planta había girado a la izquierda, hacia el pasillo de enfrente, antes de que le diera tiempo a pensarlo.

Tres golpes. Suaves.

Oyó pasos descalzos. Una pausa detrás de la mirilla.

—Vete.

—Cinco minutos.

—No tengo nada que hablar contigo.

—Ya lo sé. Hablo yo. —Darío apoyó la mano abierta en la madera—. No hace falta que me dejes entrar. Me quedo aquí fuera, en el suelo. Tú, donde quieras. Si a los cinco minutos me dices que me vaya, me voy y no vuelvo a llamar.

Silencio.

Se apartó de la puerta. Cruzó el pasillo. Se sentó en la moqueta, con la espalda contra la pared de enfrente y los antebrazos sobre las rodillas. Dos metros. La distancia a la que Vera le había hablado durante semanas.

Esperó.

La puerta se abrió un palmo. Luego del todo.

Irene llevaba la sudadera enorme y unos calcetines gruesos. Tenía los ojos hinchados y el folio en la mano, tan doblado y desdoblado que se le estaba rompiendo por los pliegues. Lo miró desde arriba. Luego, a un lado y a otro del pasillo vacío.

Se sentó en el umbral de su habitación, con las piernas cruzadas, frente a él.

—Hueles a mar —dijo.

—Vengo de Famara.

—¿De verla a ella?

Darío asintió.

Irene apretó la mandíbula. Miró el reloj del móvil.

—Cinco minutos.

* * *

No sabía por dónde empezar. Llevaba cuarenta kilómetros ensayándolo en el coche y se le había olvidado todo.

Empezó por lo más difícil.

—El del coche era yo.

—Eso ya lo sé. Lo sabe todo el hotel.

—Lo sabe por una mano y una hoja de vehículos. Yo no lo he dicho. Llevo tres días sin decirlo. Te lo digo a ti la primera.

Ella no contestó.

—Empezó el primer día. Antes de que tú llegaras. En la prueba de cuerpo. —Iba lento. Cada frase le costaba—. No pasó nada durante un mes. Nada. Ella me decía que no podía, que me coordinaba. Pero estaba. Todo el tiempo. Y tú estabas en medio.

—En medio —repitió Irene.

—En la cama redonda. En el sofá. En el agua.

Cada vez que ella me decía «más despacio» por el auricular, yo bajaba más despacio por ti, encima de ti, y pensaba en ella.

—Se obligó a no apartar los ojos—. Lo del pulgar, en los Jameos, era para ella.

Tú estabas en línea. No me di cuenta de que lo veías.

No me di cuenta de nada que tuviera que ver contigo, Irene.

Esa es la verdad. Te traté bien porque es mi oficio y porque me caes bien. Pero no te miré.

A Irene se le llenaron los ojos de agua. No se los limpió.

—Sigue.

—No hiciste nada. Y aun así te usamos. Los dos. Ella te lo dijo el lunes. Yo te lo digo ahora.

—¿Y por eso vienes? ¿A quedarte a gusto?

—No.

Sacó los folios del bolsillo de atrás. Estaban arrugados, con arena en los dobleces. Se los acercó deslizándolos por la moqueta, hasta la mitad del pasillo.

Irene alargó el brazo. Los cogió. Leyó.

—México —dijo.

—Me lo dio Gonzalo el martes. Delante de todos, para que lo vierais. Mi nombre en los créditos de su próxima película. A cambio de que el del coche siga siendo un hombre sin identificar y la historia sea que Vera perdió la cabeza y te descuidó a ti.

—¿Y lo has firmado?

—No.

—Pero te has quedado.

—Sí.

—Ella está en la calle. Y tú en la cama, conmigo, con tu lunar.

—Irene le tiró los folios de vuelta; se quedaron a medio camino—.

El martes me bajaron la sábana y tú te quedaste quieto.

Cuatro tomas. Y hoy, en esas rocas, te he mirado.

Te he mirado a ti, que es lo más tonto que he hecho en mi vida, y te has quedado ahí plantado como una piedra.

—Lo sé.

—¡Pues explícamelo!

—No tengo que explicártelo. Tengo que pedirte perdón. —Darío tragó saliva—. Me miraste y no hice nada. Perdóname.

Irene calló.

Se le notó que no se lo esperaba. Él tampoco. A Vera le había dicho que no pidiera perdón a nadie. Pero esto era distinto. Esto sí estaba mal hecho.

—El lunes yo quería subir al despacho de Inés y decir que era yo —siguió—. Vera me lo prohibió. Me pidió que me callara y me quedara. No por mí. Por mañana.

—¿Por mañana?

—Por Los Hervideros. Ella vetó esa escena tres veces.

Sabía que Gonzalo iba a rodarla en cuanto la quitaran de en medio.

Y sabía que con Paula ahí sentada nadie iba a decir «corten».

—Señaló el papel que ella tenía en la mano—.

Te dio eso y te dijo que dijeras la palabra.

Y tú le preguntaste quién iba a parar si la decías.

Irene bajó los ojos al folio.

—No supo contestarte —dijo Darío—. Yo sí. Yo.

—Tú.

—Me he quedado tres días callado en ese set para estar mañana en ese acantilado. Si el lunes digo que soy yo, el miércoles hay otro doble de Madrid en mi balcón. Uno que no te conoce y que hace lo que le manden.

Irene soltó una risa corta, sin ninguna gracia.

—Tú no dices nada nunca. No te he oído levantar la voz en seis semanas. El día del sofá te sentaste. Hoy ni eso.

—Mañana no hay sofá.

—Pues ya me dirás.

—Mañana hablo.

—No te creo.

Darío asintió.

—Es justo.

No hablaron. En alguna parte del pasillo, una puerta golpeó con el viento. Irene miró el reloj del móvil. Habían pasado nueve minutos. No dijo nada.

* * *

—¿Puedo contarte una cosa? —preguntó él.

—Llevas un rato contándome cosas.

—Esta no la sabe nadie.

Irene se encogió de hombros.

Darío se levantó la sudadera y la camiseta por el costado izquierdo. La cicatriz. Larga, pálida, en diagonal sobre las costillas. Ella la había visto veinte veces, a un palmo, sin maquillaje y con maquillaje.

—¿Sabes de qué es?

—De escalar. Lo dijiste en la prueba de cuerpo. Me lo contó Toni.

—De escalar en un rodaje. Hace seis años. En los Picos de Europa. —Se bajó la ropa—. Yo doblaba a un actor que subía una pared. Treinta metros. Había dos anclajes: el principal y uno de seguridad. El de seguridad se veía en plano. Una cinta naranja, así de pequeña.

Irene lo miraba.

—El director me pidió que la quitara. «Es un segundo.

Subes, hacemos el plano y la vuelves a poner».

La luz se iba. Había cuarenta personas abajo esperando.

El coordinador de especialistas se había ido a comer.

—Hizo una pausa—. Yo tenía treinta y cinco años y sabía perfectamente que no se quita un seguro.

Lo sabía mejor que nadie en aquel monte.

—¿Y lo quitaste?

—Dije «vale».

Ella parpadeó.

—El anclaje principal saltó a los ocho metros.

Caí de lado contra una repisa. Tres costillas y un pulmón.

—Darío hablaba mirándose las manos—. En el parte de la productora pone que fue un accidente en mi tiempo libre.

Lo firmé yo, en el hospital. Porque me dijeron que si no, el seguro no cubría, la película se paraba y yo no volvía a trabajar. Y yo quería volver a trabajar.

—Dios.

—Volví. Con ese mismo director no. Con todos los demás. —Levantó los ojos—. No he vuelto a escalar hasta el martes pasado. Y no se lo he contado a nadie. Ni a ella.

—¿Por qué me lo cuentas a mí?

—Porque hoy, en esas rocas, has dicho «vale». Con la misma cara que debía de tener yo.

Irene se abrazó las rodillas.

Tardó mucho en hablar.

—Me ha dicho que es la escena que van a recordar. Que es lo que va a hacer que me llamen.

—A mí me dijeron que era el plano de la película.

—¿Y lo era?

—Lo cortaron en montaje.

A ella se le escapó un sonido que no llegó a ser risa. Se tapó la cara con las manos. Los hombros le temblaron.

Darío no se movió de su pared.

—Tengo miedo —dijo Irene, detrás de las manos—. No de las olas. Bueno, también. Tengo miedo de él. Cuando me mira y me dice «confía en mí», se me va la voz. Se me va de verdad. Abro la boca y no sale. Y encima con esa mujer preguntándome si estoy cómoda delante de todos…

—Lo sé.

—No voy a poder decirla. Vera cree que sí. Pero ella no sabe lo que es. Ella no se queda nunca sin voz.

Darío pensó en un coche, en una calima naranja, en una mujer con la mano abierta sobre su pecho diciendo aunque quiera.

—Sí lo sabe —dijo—. Pero da igual. Escúchame. No tienes que gritarla.

Irene bajó las manos.

—Mañana yo estoy en el balcón de arriba. De espaldas a cámara. A veinte metros de ti. Tú bajas al último balcón con el vestido. Antes de quitártelo, antes de bajar a la losa, te paras. Y la dices. Como te salga. Bajita, si quieres. Sin mirar a Gonzalo. Mirándome a mí.

—¿Y si no la oye nadie?

—La voy a oír yo. Y la repito. —Se le había secado la boca—. Hasta que la oiga todo el acantilado.

—Tú.

—Tú la dices. Yo hago que se oiga.

Irene lo miró un rato largo. Con esa cara suya, a punto de llorar hasta cuando no lloraba.

—¿Y ella?

—Va a estar. Fuera del set, arriba, en el aparcamiento. No puede parar nada; está suspendida. Si aparece gritando, es la coordinadora despechada. Por eso tienes que ser tú. —Señaló el folio—. Con eso en la mano. Lo que firmaste el primer día.

—Paula dice que no es un contrato-contrato.

—Paula no ha parado una toma en su vida.

Otra puerta golpeó. Irene se sorbió la nariz. Desdobló el papel. Lo alisó contra el muslo.

—¿La quieres?

—Sí.

—¿Y ella a ti?

—Sí.

Irene asintió. Una vez. Le salió una sonrisa pequeña, torcida. Le duró medio segundo.

—Qué idiota fui con lo de la cena.

—No.

—Un poco.

—No, Irene. Idiotas fuimos nosotros.

Ella se levantó del umbral. Se apoyó en el marco de la puerta, con el folio en una mano y el móvil en la otra. Veintiséis minutos.

—No te perdono —dijo—. Todavía no. Ni a ti ni a ella.

—Vale.

—¡No me digas «vale»!

Darío tuvo que apretar los labios para no sonreír. Ella no podía saberlo.

—No sé si voy a poder —dijo Irene, más bajo—. Te lo digo de verdad. A lo mejor llego allí y digo que sí otra vez.

—Entonces dices que sí. Y yo paro igual. Solo que entonces soy un doble loco que revienta un rodaje, y a ella la hunden conmigo, y Gonzalo te lo vuelve a pedir el viernes. —Se levantó del suelo. Le crujieron las rodillas—. No te lo digo para que cargues con eso. Te lo digo para que lo sepas.

Recogió los folios de México de la moqueta.

—Darío.

—Dime.