Fuera de plano Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Ella le desabrochó el vaquero con prisa. Lo encontró duro, caliente contra su palma helada. Él siseó entre dientes.

—El asiento —dijo ella.

Darío tanteó bajo el asiento, encontró la palanca, y el respaldo cayó hacia atrás de golpe. Ella se quitó los vaqueros retorciéndose contra el salpicadero, se dio un golpe en la rodilla con la guantera y soltó una maldición.

Pasó una pierna por encima de él, la derecha primero, la buena, y se sentó a horcajadas sobre sus caderas, con la espalda contra el volante.

Se lo metió dentro de una vez.

Los dos se quedaron sin aire.

Era demasiado. No estaba tan mojada como otras veces; estaba enfadada, y triste, y helada, y él la abrió como la primera noche, con ese estiramiento que rozaba el dolor.

Le clavó las uñas en los hombros a través de la sudadera.

Él la cogió por las caderas, con cuidado de la izquierda incluso ahora, incluso así.

—Mírame —dijo él.

—No.

—Vera. Mírame.

Lo miró.

Tenía los ojos verdes llenos de agua.

Fue eso lo que la deshizo. No la boca, no las manos. Verle los ojos así, a un hombre que no lloraba, con ella encima en el asiento de un coche de producción.

Empezó a moverse.

No fue bailar, como en El Golfo. No fue obedecer, como en la losa.

No fue dirigir. Nadie coordinaba nada. Ella subía y bajaba sobre él con las manos en su cara, y él empujaba desde abajo, y se golpeaban, a destiempo, hasta que encontraron un compás sin buscarlo.

El volante se le clavaba en los riñones.

El claxon sonó una vez, corto, y ninguno de los dos se rio.

Los cristales se empañaron. El mar desapareció.

—No vuelvas a decirme que no te toque —le dijo él, con la voz rota, hundiéndose en ella.

—No.

—Nunca.

—Nunca.

—Dilo.

—Tócame. —Le salió un sollozo—. Tócame siempre.

Él metió la mano entre los dos. Le encontró el clítoris con el pulgar, hinchado ya, resbaladizo ahora sí. Lo frotó sin delicadeza. Ella echó la cabeza hacia atrás y se dio contra el techo.

Se corrió llorando.

No fue como ninguno de los otros. No tuvo nada de dulce.

Le subió desde el vientre como un espasmo, casi con rabia, la dobló hacia delante contra el pecho de él, le arrancó un grito ronco que no salió del coche, entre los cristales blancos.

Se contrajo alrededor de él una y otra vez y con cada contracción se le escapaba un sollozo, y él la abrazó con los dos brazos, fuerte, le apretó la cara contra su cuello, y se corrió así, sujetándola, con un gemido ronco que se le quebró contra el cuello.

Se quedaron quietos.

Ella encima. Él dentro. Las respiraciones. La arena cayéndoles del pelo.

Fuera, el viento empujaba el coche con ráfagas que lo mecían sobre los amortiguadores.

—Se mueve mucho con el viento —dijo Vera, con la boca contra su cuello.

Esta vez sí se rieron los dos. Una risa mojada, agotada, que los sacudió sin separarlos.

* * *

Limpió un trozo de cristal con la manga para ver el mar.

Estaba sentada de lado sobre él, con el jersey bajado y los vaqueros en el suelo del coche, y él tenía la mano en su cadera izquierda. Caliente. Quieta.

Sacó el aro de plata del bolsillo del jersey.

Lo llevaba encima desde el lunes. De tanto apretarlo, tenía la marca en la palma.

Se lo puso en la oreja izquierda.

Darío la miró hacerlo. No dijo nada. Le rozó el lóbulo con un dedo.

—Mañana voy a estar allí —dijo ella.

—Estás suspendida.

—Estoy suspendida de un set. Los Hervideros es un acantilado. Tiene un aparcamiento público y unos balcones donde se asoma cualquiera.

—Habrá permisos de rodaje. Cortarán el acceso.

—Cortarán el acceso a los turistas. Elena hace el control de accesos.

Darío sonrió.

—Estás coordinando.

—Es lo que sé hacer. —Se volvió hacia él—. Escúchame. Si mañana tú paras el rodaje y yo aparezco gritando, somos dos locos que revientan una película. La coordinadora despechada y su amante. Gonzalo no pediría nada mejor.

—¿Entonces?

—Entonces no lo paramos nosotros. Lo para ella.

—Irene.

—Tiene que decir la palabra. Ella. En voz alta, delante de todos.

Si una actriz dice «Sal» y nadie para, ya no es un problema de la coordinadora que se acostaba con el doble.

Es un director rodando un desnudo que no está en contrato, de noche, en un sitio que su jefe de seguridad se ha negado a firmar.

—Contaba con los dedos, como contaba segundos—.

Domingo. Que lo ponga por escrito esta noche.

Un correo a Inés, con hora. Elena se lo puede pedir.

—¿Y si Irene no la dice? Hoy ha dicho «vale».

—Hoy estaba sola.

Él se quedó pensando.

—A ti no te va a abrir la puerta.

—No.

—A mí tampoco.

—A ti te ha mirado. —Vera le cogió la cara—. Me lo has gritado hace media hora. Te ha mirado a ti, en esas rocas. Sigue buscando al que se sentó.

—Para ella soy el que se quedó callado.

—Pues ve y díselo. Todo. Lo que eres, lo que hay conmigo, por qué te quedaste. Lo que yo no supe decirle a tiempo.

—¿Y luego?

—Luego le pides que la diga. Y le prometes una cosa: que cuando la diga, alguien va a parar. —Lo miró—. Me preguntó quién. No supe qué contestarle. Ahora lo sé.

Darío asintió.

—Hablar —dijo.

—Hablar.

—Dos veces en dos días.

—Vas cogiendo práctica.

Él le apartó un rizo de la cara. Tenía arena hasta en las pestañas.

—¿Me lo estás coordinando?

—Te estoy coordinando la escena de mañana. Posiciones, tiempos y quién dice qué. —A ella le tembló la sonrisa—. Si te parece bien.

Darío le cogió la mano. Se la llevó a la boca. Le besó la palma, donde tenía marcado el aro.

—Lo que decida la coordinación.

* * *

Bajó del coche ella primero.

El viento le arrancó la puerta de la mano. Se subió los vaqueros de pie, a tirones, riéndose sola, con el pelo en la cara. Él la miraba desde dentro, por el trozo de cristal limpio.

Se agachó hacia la ventanilla.

—Sigue sin haber nosotros —dijo—. Hasta mañana por la noche.

—Hasta mañana por la noche.

—Después veremos qué queda.

—No me escribas.

—No.

—Ni me llames.

—Tampoco.

—Darío.

—Dime.

Se tocó el pendiente con dos dedos.

Luego echó a andar hacia su coche, contra el viento, sin volverse. Le dolía la rodilla del golpe con la guantera, tenía arena hasta en los dientes y los muslos todavía le temblaban.

La arena fría se le pegaba a las plantas de los pies mientras caminaba.