Capítulo 25
Vera
El martes se duchó.
No hubo más remedio. Tenía una videollamada con su representante a las once y el pelo hecho una costra de sal. Aguantó bajo el agua de la pensión hasta que salió fría, viendo cómo La Graciosa se le iba por el desagüe en un hilo de arena.
Su representante fue amable y breve. El vídeo ya estaba en dos grupos de la profesión. Una productora de Madrid había «aplazado» un contrato para febrero. La asociación de coordinadoras quería un comunicado.
—¿Diciendo qué?
—Que lamentas lo ocurrido.
—No lo lamento.
Hubo un silencio largo al otro lado.
—Pues entonces no digas nada, Vera. Pero nada de nada.
Elena llamó por la noche. Le contó la escena del despertar. La sábana en el muslo. Paula, desde una silla plegable, preguntando en voz alta delante de seis hombres: «Irene, cariño, ¿tú estás cómoda?».
Vera tuvo que sentarse en el borde de la cama.
—¿Y qué ha hecho Irene?
—Decir que sí. ¿Qué va a hacer?
—¿Y Darío?
Elena tardó.
—Se ha movido dormido y la ha tapado con el brazo.
Una vez. Gonzalo le ha dicho que se estuviera quieto y se ha estado quieto las cuatro tomas siguientes.
—Se le endureció la voz—. Y luego ha comido solo, porque no se le ha sentado nadie al lado, y Gonzalo le ha puesto la mano en el hombro delante de todo el equipo y le ha dejado un sobre.
Dicen que es una película en México. Con su nombre.
Vera cerró los ojos.
—Yo creía que era otra cosa, Vera. Te lo juro. Lo vi sentarse en aquel sofá y pensé: este sí. Y resulta que…
—Se lo pedí yo.
Silencio.
—¿Qué?
—Que se quedara. Que no dijera que era él. Se lo pedí yo, el lunes, en el Charco. Él quería subir al despacho y contarlo todo.
—¿Por qué?
—Por el jueves. Por Los Hervideros. Para que haya alguien.
Elena respiró al otro lado. Una vez. Dos.
—A ver si lo entiendo. Le has pedido a ese hombre que se quede en un set donde lo llaman «el hombre sin identificar». Donde le dejan la mesa vacía. Donde Irene no le habla y Gonzalo lo soba como a un perro que ha aprendido un truco. —Hizo una pausa—. ¿Y lo está haciendo?
—Sí.
—Sin decir que se lo has pedido tú.
—Sí.
—Joder, Vera.
No dijo nada más.
Vera se pasó la noche del martes sentada en el balcón, viendo las barcas del Charco subir y bajar con la marea, con un aro de plata en el puño.
Había pensado en Irene. En el jueves. En la losa mojada. Había montado toda la coreografía en una terraza, con la cabeza fría, moviendo a la gente como siempre la había movido: tú aquí, tú allí, tú te callas, tú te quedas.
No había pensado en lo que costaba quedarse.
* * *
El miércoles a mediodía cogió el coche y subió a Famara.
No lo decidió. Se encontró en la carretera del centro, entre los viñedos negros, y siguió.
El viento la recibió en el aparcamiento como una bofetada. Bajó a la playa con el jersey gris, los vaqueros, descalza. Cinco kilómetros de arena, con el risco arriba, metido en las nubes. Las cometas. El ruido.
Se sentó donde se había sentado la otra vez.
Aquí él le había dicho «anoche te oí». Aquí le había dicho «ensáyalo conmigo». Aquí se había ido andando hacia el pueblo sin volverse, y a ella la había dejado con las manos en la cara.
El viento no la dejaba pensar. Para eso había venido.
Estuvo así una hora, quizá más. La arena le picaba en los tobillos y se le metía en el pelo, en la boca.
Y en algún momento supo que no estaba sola.
No lo oyó. Con ese viento no se oía nada. Fue lo de siempre, lo de la terraza de El Golfo, lo del comedor del hotel: un cambio de temperatura en la nuca.
Giró la cabeza.
Estaba a cincuenta metros, sentado en la arena, con la sudadera gris y los brazos sobre las rodillas. Mirando el mar.
A ella no. No se había acercado. Estaba ahí, sin más, a cincuenta metros exactos, como si hubiera una marca pintada en la playa y él no pensara cruzarla.
A Vera se le paró el corazón y después empezó a latirle fuera de compás.
No voy a llamarte. No voy a escribirte. No había llamado. No había escrito. Había conducido media isla hasta el sitio donde ella iba cuando no podía más, la había visto, y se había sentado a cincuenta metros a mirar el agua.
Ella volvió la cara hacia las olas.
Estuvieron así diez minutos. Veinte. Dos figuras sentadas en una playa enorme, separadas por un trozo de arena, con el viento pasando entre las dos.
Vera aguantó hasta que no pudo.
Se levantó. Cruzó los cincuenta metros.
—Te dije que no vinieras.
Él levantó la cara. Tenía ojeras. Arena en las cejas.
—No he venido a buscarte.
—¿Ah, no?
—He venido a no pensar. Me dijiste que aquí no se podía.
—¿Y por qué no te has ido cuando me has visto?
—Porque estabas tú.
Lo dijo sin moverse, con esa calma suya. Y a Vera le subió una rabia que no sabía que tenía.
—¡No puedes estar aquí! —Tuvo que gritar por encima del viento—. ¿No lo entiendes? ¡Si alguien del equipo sube a hacer surf, si Rubén…!
—Es miércoles. Están rodando.
—¡Me da igual! ¡Te pedí una cosa!
—Y la estoy haciendo.
—¡Has comido solo!
Él parpadeó.
—¿Qué?
—¡Has comido solo! ¡Te ha puesto la mano en el hombro!
¡Te llaman el hombre sin identificar! —Le temblaba la voz y no era el frío—.
Elena cree que eres un cobarde. Irene cree que eres un cobarde.
¡Y tú te quedas ahí y no dices nada, porque te lo pedí yo desde una terraza, con un vino, como quien mueve una silla!
—Vera.
—¡No me digas «Vera» con esa voz!
Darío se levantó.
Sin prisa. Se plantó delante de ella, con el viento sacudiéndole la sudadera. La calma de siempre había desaparecido. Tenía los puños cerrados y la mandíbula tensa.
—¿Qué voz quieres? —dijo.
—La que sea. Una de verdad.
—¿Una de verdad?
Y gritó.
Era la primera vez que lo oía gritar; no sabía que pudiera. Le salió una voz ronca, enorme, que el viento no consiguió tapar.
—¡Ayer le bajaron la sábana y me quedé quieto!
¡Cuatro tomas! ¡Con ella al lado sin respirar!
¡Hoy me ha mirado, en esas rocas, me ha mirado a mí, y me he quedado quieto!
¡Porque estaba Gonzalo, porque estaba Inés, porque tú me pediste que aguantara hasta el jueves!
—Se golpeó el pecho con la mano abierta—.
¡Llevo toda la vida quieto, Vera! ¡Toda!
¡Es lo que mejor se me da, me lo ha dicho él dos veces!
¡Y tú vas y me pides que lo haga otra vez, lo único que no quería hacer contigo!
Vera retrocedió un paso.
—Y lo hago. —Él bajó la voz. Fue peor—. Lo hago porque tienes razón. Porque si no estoy, mañana esa chica baja sola a una piedra por la que pasa el mar por encima. Pero no me digas que he comido solo como si no supieras por qué.
Metió la mano en el bolsillo de atrás. Sacó dos folios doblados y se los puso en la mano.
—Toma. Para que lo veas todo.
El viento casi se los arranca. Vera los sujetó con las dos manos. Leyó.
COORDINADOR DE ESPECIALISTAS: DARÍO QUINTANA
—Me gustó verlo —dijo él—. Cinco segundos. En el baño de la casa. Me gustó ver mi nombre ahí. Eso también lo tienes que saber.
Vera levantó los ojos del papel.
Tenía delante a un hombre de cuarenta y un años, con arena en las cejas, que acababa de gritar como nunca lo había oído gritar y le estaba enseñando algo que le avergonzaba.
La rabia se le fue como había venido. Le quedó lo que había debajo.
—Perdóname —dijo.
—No.
—Darío…
—No me pidas perdón. Te dije en La Graciosa que no pidieras perdón a nadie por lo que no has hecho mal. A mí tampoco. —Le quitó los folios de la mano—. Lo pediste bien. Era lo que había que hacer. Solo quiero que sepas lo que es.
Una ráfaga les tiró arena a la cara. Ella cerró los ojos. Cuando los abrió, él se estaba limpiando la boca con la manga.
—Aquí no se puede hablar —dijo.
—No.
—Tengo el coche arriba.
—El gris —dijo Vera.
—El gris.
—El del vídeo.
—No tengo otro.
Le dio la risa. No pudo evitarlo. Una risa corta, rota, que el viento se llevó.
* * *
Dentro del coche, el silencio fue como un golpe.
Cerraron las puertas y el rugido quedó fuera. Solo había el tic del motor, la arena cayéndoles de la ropa, las respiraciones. El parabrisas daba al mar. Un rectángulo blanco de espuma.
Vera ocupó el asiento del copiloto con las manos entre las rodillas. Él, al volante. La palanca de cambios en medio.
Como en la calima.
—Mañana no voy a estar encima de ella —dijo Darío, mirando al frente—. Voy a estar arriba, en un balcón, de espaldas. No tengo ningún sofá donde sentarme.
—Lo sé. Me lo ha contado Elena.
—Voy a tener que hablar.
Ella volvió la cabeza.
—Delante de todos —dijo él—. Parar un rodaje con la boca. No lo he hecho en mi vida. No sé si me va a salir.
—Te acaba de salir.
—Era contigo.
—Pues mañana grítame a mí.
Él soltó el aire por la nariz. Casi una risa.
Callaron. Vera le miraba las manos sobre el volante: los nudillos, los callos, las manos que un foquista conocía mejor que las suyas. El lunes, en una terraza, una de esas manos se había parado a un centímetro de su cara y ella le había dicho que no.
Llevaba dos días con esa mejilla fría.
—Darío.
—Dime.
—En el Charco te dije que no me tocaras. Que si me tocabas, no podía.
—Me acuerdo.
—Tócame.
Él tardó en girar la cabeza.
—Ya no puedo —dijo ella—. De todas formas.
No hubo centímetro.
Se le echó encima salvando la palanca, o él tiró de ella, no lo supo.
Se encontraron a mitad. Las bocas chocaron con sabor a arena y a sal.
Él le metió las dos manos en el pelo, enredado, áspero de viento, y le sujetó la cabeza, y la besó como no la había besado nunca: con rabia.
Con los dientes. Ella le mordió el labio y hubo sangre, a saber de quién.
—Te odio por obedecerme —le dijo contra la boca.
—Y yo a ti por pedírmelo.
—Mentira.
—Mentira.
Él le subió el jersey. Debajo no llevaba nada; la lana gris le había rozado los pezones toda la mañana y los tenía ya duros, irritados.
Él se los cogió con las manos frías y ella gritó.
Bajó la boca. No fue delicado. Chupó fuerte, mordió, y a Vera el hilo se le tensó de un tirón, del pecho al clítoris, tan brusco que se le cerraron los muslos solos.
Dos días. Dos días oliéndose el brazo en una pensión.