Fuera de plano Capítulo 24 #2
75%

Capítulo 24 #2

—Ella baja sola. Descalza. Se quita el vestido aquí, en el balcón, y baja desnuda hasta la losa. Se tumba. La ola revienta detrás. La luna, el agua, la piel. Un plano. Uno solo. —Se volvió hacia el director de fotografía—. Es la imagen de la película. Es el cartel.

El director de fotografía miraba la losa. No decía nada.

El que habló fue otro.

—Ahí no baja nadie.

Era Domingo, el jefe de seguridad marítima. El hombre de la isla, con la cara curtida, que los había acompañado en el agua de Papagayo. Estaba apoyado en la roca con los brazos cruzados.

—Para el jueves dan mar de fondo. Dos metros y medio, del noroeste. Con ese mar, la ola no revienta detrás de esa piedra. La barre. —Señaló con la barbilla—. ¿Ve que está mojada? No es de la espuma. Es que el agua pasa por encima.

—No va a estar ni un minuto.

—En un minuto entran cuatro olas.

—Pondremos una línea de vida.

—¿A una mujer desnuda? ¿Dónde se la engancha? —Domingo negó con la cabeza—. De día, con mar llana, con arnés y dos de los míos abajo, a lo mejor. De noche y con ese parte, no. Yo eso no lo firmo.

Gonzalo lo miró con toda la paciencia del mundo.

—Pues no lo firmes.

—¿Cómo dice?

—Que no lo firmes. Firma producción. Tú estás aquí para asesorar, y ya has asesorado. Gracias, Domingo.

El hombre calló. Miró a Inés, que estaba dos balcones más arriba, hablando por teléfono, de espaldas. Miró a Paula.

—¿Y la coordinadora qué dice?

Paula levantó la vista de la tableta. Sonrió.

—Yo de mares no entiendo, cariño. Si el director y producción lo ven viable, yo acompaño a Irene en lo que necesite.

Darío buscó a Irene.

Estaba en el balcón de arriba, sola, con una sudadera y el pelo recogido, agarrada a la barandilla de piedra. Miraba la losa. Tenía el folio en la otra mano, desdoblado. El viento se lo sacudía.

La vio bajar hasta donde estaba Paula y enseñarle el papel. Darío se acercó dos pasos, lo justo para oír por encima del mar.

—…desnudo integral no está. Aquí pone «parcial, con barreras». Lo firmé el primer día.

—Ya, cariño, ya lo he visto. —Paula le acarició el brazo—. Pero eso es un documento de trabajo, no es un contrato-contrato. Y las películas van cambiando. No te agobies ahora con eso, ¿vale? Mañana lo hablamos tranquilamente antes de rodar.

—Mañana antes de rodar es de noche, aquí, con todo montado.

—Pues por eso. Lo vemos en el momento, con la luz, y si no lo ves, lo decimos.

—¿A quién?

Paula sonrió. No contestó.

Gonzalo se había acercado. Le puso a Irene las dos manos en los hombros, desde atrás.

—Irene. Mírame. —Ella se volvió—. Tienes veintiséis años y esta es tu primera película grande. Dentro de treinta, nadie se va a acordar de la escena del sofá. Se van a acordar de esto. De ti, ahí abajo, con el mar. Es lo que va a hacer que te llamen. Confía en mí.

Irene no dijo nada.

Y entonces, por encima del hombro de Gonzalo, miró a Darío.

Era la primera vez en dos días. Una mirada rápida. La de alguien que busca, sin querer, al único que una vez se sentó.

Darío se la sostuvo.

Tenía a Gonzalo de frente. A Paula. A Inés arriba. Dos folios con su nombre en el bolsillo de atrás.

No se movió. No dijo nada. Estaba quieto, que era lo que mejor se le daba.

Vio cómo a Irene se le apagaba algo en la cara. Cómo bajaba los ojos. Cómo doblaba el papel en cuatro y se lo guardaba.

—Vale —le dijo ella a Gonzalo.

* * *

Se quedó el último en el balcón.

El equipo subió hacia las furgonetas. Gonzalo, al pasar, le dio una palmada en la espalda.

—Mañana tú estás arriba, en ese mirador. Un plano de espaldas, mirándola bajar. No tienes que hacer nada.

Darío esperó a estar solo.

El mar entró en la cueva. El golpe le subió por las piernas. La columna de agua reventó por el agujero y cayó sobre la losa negra, entera, de lado a lado, y la losa desapareció bajo la espuma. Tres segundos. Cuatro. Luego el agua se retiró, hirviendo, y la piedra volvió a aparecer, lisa, brillante.

Contó. Como le había enseñado ella.

Cuatro olas en un minuto. Domingo no había exagerado.

En el sofá había bastado con sentarse. Lo había pensado mil veces desde el lunes. Vera decía «corten», Gonzalo presionaba, y él se apartaba sin abrir la boca. Era lo que ella le había pedido: eres lo único que queda que va a parar.

Pero mañana él no iba a estar encima de Irene. Iba a estar veinte metros más arriba, en un balcón, de espaldas a la cámara. No había nada de lo que apartarse. No había ningún sofá en el que sentarse.

Y no habría nadie que dijera «corten».

Darío se agarró a la barandilla de lava. Estaba mojada. Fría.

Llevaba veinte años trabajando con el cuerpo y cuarenta y uno sin levantar la voz. Lo había hecho todo así. Se había negado con el cuerpo, había obedecido con el cuerpo, había querido con el cuerpo. Hasta a ella le había dicho que la quería después, tumbado detrás, sin mirarla.

Mañana el cuerpo no iba a servir.

Iba a tener que hablar. En voz alta. Delante de sesenta personas, de una productora, de un director con tres premios. Con su cara.

Otra ola. El golpe. La losa bajo el agua.

Subió al aparcamiento. El coche gris de producción seguía a su nombre en la hoja de vehículos; nadie se había atrevido a quitárselo. Se sentó al volante. Las furgonetas ya bajaban hacia el sur, hacia Playa Blanca, levantando polvo.

Puso el intermitente a la izquierda.

Luego lo quitó. Lo puso a la derecha.

Le había prometido que no la llamaría. Que no le escribiría. Que no iría a buscarla.

No iba a buscarla. Iba a un sitio. Al único de la isla donde, según ella misma, el viento era tan fuerte que no dejaba pensar en nada. Necesitaba no pensar durante una hora. Y si no podía estar con ella, por lo menos podía estar donde ella iba cuando no podía más.

Salió a la carretera y giró hacia el norte.