Capítulo 24
Darío
Lo primero que notó fue el silencio en la oreja.
Chelo le pintó el lunar a las siete y cuarto, sin mirarlo a la cara.
El de sonido le colocó el auricular de siempre detrás de la oreja derecha, el pequeño, color carne, que no se veía en cámara.
Darío bajó por la escalera de caracol, entró en la burbuja del dormitorio, se quitó el albornoz junto a la cama redonda.
Y esperó.
Durante casi seis semanas, en ese momento exacto, una voz le había dicho «Darío, a tu marca». Baja. Tranquila. Tan cerca que le sonaba dentro de la cabeza.
Nadie dijo nada.
Se llevó la mano al auricular. Estaba encendido. Se oía una estática leve, el roce de una tela.
—¿Hay alguien en el canal? —preguntó.
Una risa.
—Uy, perdona, cariño. —Una voz de mujer, aguda, simpática—. Es que yo no suelo hablar por esto. Me parece que distrae a los intérpretes. Tú haz lo que te diga Gonzalo, que lo estás haciendo fenomenal.
Darío levantó la vista hacia el monitor.
Paula Sanchís no estaba junto al monitor. Estaba sentada en una silla plegable detrás de Gonzalo, con las piernas cruzadas y una tableta en el regazo. Treinta y pocos años, melena lisa, una sonrisa enorme. Lo saludó con la mano.
El sitio de Vera, de pie junto a la pantalla pequeña, estaba vacío. Alguien había dejado allí una caja de pilas.
* * *
La escena era la del despertar. La pareja en la cama, por la mañana, con la luz de la claraboya.
Él dormido boca abajo. Ella a su lado, mirándolo, pasándole un dedo por la espalda.
Una sábana hasta la cintura. Estaba pactada desde la segunda semana: la sábana no bajaba de la cadera de Irene, y la cámara no veía nada por debajo.
Irene llegó con el albornoz cerrado hasta el cuello.
No lo miró. Se tumbó a su lado en la cama, a un palmo, tiesa como una tabla. Olía a crema de almendras. Darío vio que tenía la mano derecha metida en el bolsillo del albornoz, cerrada sobre algo.
—Irene —dijo en voz baja.
—No me hables.
—Vale.
—Y no me digas «vale» con esa voz de bueno. —Ella miraba la claraboya—. Te has quedado. Ella está fuera y tú estás aquí, en la cama, con tu lunar. Ya sé lo que eres.
Darío tragó saliva.
No podía decirle nada. Gonzalo estaba a cuatro metros. El de sonido tenía la pértiga encima.
—Motor —dijo Gonzalo.
Rodaron dos tomas como estaban pactadas. Irene le pasó el dedo por la columna con la misma ternura con que se pasa un trapo. Gonzalo cortó.
—Irene, preciosa. Está muy bien. Pero hay algo que no me creo.
—Se levantó, se acercó a la cama, se agachó junto a ella con su voz cálida—.
Nadie se despierta al lado del hombre que quiere con una sábana hasta el sobaco.
¿A que no? Vamos a bajarla. Hasta aquí. —Y puso su manaza sobre la sábana, a la altura del muslo de Irene.
Ella se tensó a su lado.
—Eso no es lo que…
—Ya, ya. Lo que había apuntado Vera. —Gonzalo sonrió—. Pero Vera ya no está, y la verdad es que nos tenía a todos un poco encorsetados, ¿no? Paula, ¿tú cómo lo ves?
—Yo lo veo precioso —dijo Paula desde su silla—. Irene, cariño, ¿tú estás cómoda?
Lo preguntó en voz alta. Delante del director de fotografía, del operador, del foquista, del de sonido. Con la cámara montada y la luz de la claraboya moviéndose.
Darío conocía esa pregunta. Era la misma que hacía Vera. Las mismas palabras. Pero Vera la hacía a solas, en un camerino, antes de la toma, con un papel delante. Paula la hacía donde solo se podía contestar una cosa.
—Sí —dijo Irene.
—Pues ya está. —Gonzalo se incorporó—. Motor.
Irene sacó la mano del bolsillo. El papel quedó dentro. Se quitó el albornoz y se bajó la sábana hasta el muslo con los ojos cerrados.
Darío estaba boca abajo, con la cara vuelta hacia ella. Se suponía que dormía.
—Acción.
Se movió.
Fue un gesto de hombre dormido. Un brazo que se estira, un cuerpo que se gira buscando calor.
Le pasó el brazo por encima de la cintura y se pegó a su costado, y en el movimiento arrastró la sábana con el codo, hacia arriba, hasta la cadera de ella.
Siguió así, con el brazo cruzado sobre su vientre, tapándola.
Irene dejó de respirar un momento.
—Corten. —La voz de Gonzalo no había cambiado—. Darío. La sábana.
—Perdón. Se me ha enganchado.
—Ya.
Gonzalo lo miró desde detrás de la cámara. Un rato largo. Luego sonrió, y a Darío le pareció que en la sonrisa había una pregunta muy amable: ¿De verdad quieres jugar a esto?
—Tú en esta escena estás dormido —dijo—. Quieto. Es lo que mejor se te da.
Rodaron cuatro tomas más con la sábana en el muslo. Darío aguantó boca abajo, inmóvil, con los ojos cerrados, oyendo a su lado la respiración corta de Irene. En el auricular no hubo nada. Estática. El roce de una tela. Una vez, Paula tosiendo.
Nunca había echado tanto de menos una voz.
* * *
Comió solo.
No lo decidió él. Se sentó en la mesa larga del catering, en el jardín de la casa, y en dos minutos la mesa quedó vacía. Los de maquinaria se levantaron con las bandejas. Toni pasó a su lado sin el gesto de cabeza del día anterior. Chelo se fue a comer a la furgoneta.
Solo Paco, el de sonido, siguió un momento de pie, con el plato en la mano.
—¿Qué tal, hombre sin identificar?
Darío siguió masticando.
—No, si a mí me parece muy bien. —Paco se encogió de hombros—. Ella a la calle y tú a México. Cada uno mira por lo suyo. Lo que pasa es que yo, por lo menos, no voy por ahí sentándome en los sofás para quedar de caballero.
Se fue.
Darío dejó el tenedor.
¿Cómo sabían lo de México?
Pensó en Gonzalo.
Diez minutos después, Gonzalo salió al jardín con el café, cruzó entre las mesas y, delante de todo el equipo, le puso la mano en el hombro. Una mano enorme, caliente, que pesaba.
—Darío. Buen trabajo esta mañana. —Lo dijo alto—. Eres un profesional. Da gusto con la gente que entiende cómo funciona esto.
Y le dejó un sobre junto al plato.
No lo abrió allí. Lo abrió en el baño de la casa, con el pestillo echado, el mismo baño donde una tarde había abierto el grifo antes de bajarse el pantalón.
Era un precontrato. Dos folios. Una productora mexicana, una película de acción, dieciséis semanas en Baja California. Y en la segunda línea, en mayúsculas:
COORDINADOR DE ESPECIALISTAS: DARÍO QUINTANA
No podía dejar de mirar su nombre.
Lo había visto escrito en nóminas, en hojas de vehículos, en la lista de habitaciones del hotel. En letra de ocho puntos, al final de unos créditos que nadie se quedaba a leer. Nunca así. Nunca en una segunda línea.
Le gustó verlo. Eso fue lo peor. Durante cinco segundos, de pie en ese baño, con el lunar de Marc en la espalda, le gustó.
Dobló los folios y se los guardó en el bolsillo de atrás.
Vera le había dicho que se quedara. No le había dicho que le fuera a salir gratis.
* * *
La 312 olía a ella.
Lo notó al abrir la puerta, esa noche, y se paró en el umbral. Era la almohada. Las sábanas. La limpieza del hotel pasaba una vez por semana y esa semana no había pasado.
Encontró una goma del pelo en el suelo, junto a la mesilla. Negra, con dos rizos enredados.
Se sentó en la cama con la goma en la mano.
Sacó el teléfono. Abrió su nombre. La última llamada era de ella, del viernes. Todavía la oía: Llévame a algún sitio donde no haya nadie.
Escribió: Hoy ha bajado la sábana.
Lo borró.
Escribió: No hay nadie en el auricular.
Lo borró.
Escribió: Te
Lo borró.
Dejó el teléfono boca abajo. Se tumbó vestido, con la cara en la almohada de ella. Respiró.
Sal. Jabón. Lo de debajo.
Se le puso dura sin que él hiciera nada. Solo con el olor. Le pasó como le había pasado en la prueba de cuerpo, en el Mirador, contra el muslo de ella en la cama redonda: el cuerpo por delante de la cabeza. Siguió boca abajo, apretado contra el colchón, con los ojos cerrados.
No se tocó.
No era por nobleza. Era que no podía. Lo intentó un momento, la mano bajo el vientre, y no había nada al otro lado. Ni su voz diciendo «más despacio», ni su risa, ni sus ojos en un espejo de bombillas. Solo él, en una cama, con una goma del pelo.
Se le bajó sola.
A las dos de la madrugada, una ráfaga hizo golpear todas las puertas del pasillo.
Se levantó. Salió descalzo. Una, dos, tres. Siete.
La puerta de ella estaba entornada. Dentro, la luz del pasillo dejaba ver una cama sin sábanas, un colchón desnudo, un armario abierto y vacío. Las persianas temblaban. Olía a lejía.
Darío no se movió del umbral hasta que la ráfaga pasó.
* * *
El miércoles por la mañana fueron a ver Los Hervideros.
Estaban en la costa oeste, pasadas las salinas, donde un río de lava había llegado al mar hacía tres siglos y allí seguía, petrificado, en un acantilado negro lleno de cuevas.
La carretera lo bordeaba. Había un aparcamiento de tierra y unos senderos excavados en la propia roca, estrechos, que bajaban hacia el borde y se abrían en balcones de piedra asomados al vacío.
Darío bajó detrás del equipo.
El ruido llegaba antes que la vista. Un golpe sordo, profundo, que se notaba en las plantas de los pies. Luego un silencio. Luego otro golpe.
Se asomó a un balcón.
Abajo, el mar entraba en las cuevas. No rompía contra el acantilado: se metía dentro.
Una masa de agua verde oscura avanzaba, desaparecía bajo la roca con el mismo golpe sordo, y al momento reventaba hacia arriba por los agujeros de la lava en columnas blancas de diez metros que caían sobre las piedras como lluvia.
El agua, al retirarse, hervía. De ahí el nombre.
Espuma blanca girando en remolinos entre rocas negras, brillantes, afiladas como cristales.
El aire sabía a sal. A los diez segundos tenía la cara mojada.
—Aquí —dijo Gonzalo.
Estaba de pie en el último balcón, el más bajo, con el abrigo de borrego y los brazos abiertos. Señalaba una losa de lava inclinada, tres o cuatro metros por debajo, justo encima de la boca de una cueva. Lisa. Negra. Empapada.