Capítulo 23 #2
—Llevo todo el día escuchando. A Gonzalo, a Marc, a los de sonido. —Se le endureció la voz—. Te han echado a ti sola por algo que hicimos los dos. No voy a seguir cobrando de esa película mientras tú…
—El jueves ruedan Los Hervideros.
Darío se calló.
—Estaba en el plan nuevo. Lo he visto esta mañana, encima de la mesa de Inés, mientras me hablaba de suspensiones cautelares.
Jueves noche. Los Hervideros. Escena 94 bis.
—Vera se inclinó hacia él—. La que veté tres veces.
Irene desnuda del todo en las rocas, de noche, con el mar reventando a dos metros. Sin barreras. Sin doble para ella.
—No puede. No está en su contrato.
—Con Paula Sanchís en el monitor, el contrato de Irene es un papel. Gonzalo se lo va a pedir allí, con la cámara montada y sesenta personas esperando y la marea subiendo. «Es un segundo, Irene. La escena lo necesita». Como en el sofá. —Le sostuvo la mirada—. ¿Te acuerdas del sofá?
Darío no contestó.
—En el sofá yo dije «corten». Y cuando Gonzalo la presionó, tú te sentaste.
No dijiste nada. Te sentaste, y él no pudo seguir.
—A Vera le temblaban las manos; las metió bajo la mesa—.
El jueves no voy a estar para decir «corten».
Si tú subes mañana a ese despacho, el jueves tampoco vas a estar tú.
Habrá otro doble. Uno de Madrid, que llegará el miércoles, que no conocerá a nadie y que hará lo que le digan.
—Me estás pidiendo que me calle.
—Te estoy pidiendo que te quedes.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo. —Se le rompió la voz—. Le he dicho a Irene que diga la palabra. Y ella me ha preguntado quién va a parar si la dice. Y no he sabido qué contestarle, Darío. Eres lo único que queda en ese set que va a parar.
Él apartó la vista hacia el agua. Las barcas. La ballena.
Tenía la mandíbula apretada, el músculo junto a la oreja. Vera lo había visto así en el agua de Papagayo, conteniéndose con todo el cuerpo.
—Si me quedo —dijo él despacio—, Gonzalo cree que he aceptado.
—Sí.
—El equipo cree que te he dejado caer sola.
—Sí.
—Irene cree que soy un cobarde.
—Hasta el jueves.
—¿Y tú?
—Yo sé lo que eres.
Darío volvió a mirarla. Tenía los ojos verdes más oscuros que nunca, con la luz de las farolas.
—¿Y nosotros?
Era la pregunta que ella llevaba toda la tarde esperando. La había ensayado: tenía las frases marcadas, una detrás de otra, como una coreografía.
Le costó igual.
—No hay nosotros hasta que termine el rodaje.
—Vera…
—No me llames. No me escribas. No vengas.
—Lo dijo deprisa, sin respirar—. Si te ven conmigo, Gonzalo tiene lo único que le falta.
Si alguien nos hace otra foto, estás fuera, y entonces todo esto no ha servido para nada.
Tú no me conoces. Yo soy la coordinadora que perdió la cabeza por un hombre sin identificar.
—Eso es romper.
—Sí.
Él no movió un músculo.
—Dilo con sus palabras.
—Lo acabo de decir.
—No. Has dicho «hasta que termine el rodaje». Quedan menos de tres semanas. Después, ¿qué?
Vera abrió la boca.
Después no lo sabía. Después ella sería una coordinadora suspendida con un vídeo en sesenta y tres teléfonos, que eran ya seiscientos, que la semana siguiente serían todos los de la profesión.
Y él sería el hombre que se calló. Aunque fuera por ella.
Aunque se lo hubiera pedido ella. No sabía si eso se podía arreglar con las manos, como un músculo.
—No lo sé —dijo.
Darío asintió.
Metió la mano en el bolsillo del vaquero, sacó el aro de plata y lo dejó sobre la mesa, entre los dos, al lado de la copa de vino sin tocar.
—Me pediste que te lo guardara.
—Quédatelo.
—No es mío.
—Darío. Por favor.
Él no lo recogió. Ella tampoco.
Él se levantó. Rodeó la mesa. Se detuvo junto a su silla, muy cerca. A ella le llegó el calor de su cuerpo a través de la sudadera, el olor, jabón y sal y aquello de debajo. Él levantó la mano hacia su cara.
—No me toques.
La mano se detuvo en el aire. A un centímetro de su mejilla.
—Si me tocas, no puedo —dijo ella. Miraba al frente, a las barcas—. Si me tocas, me levanto y me voy contigo y mañana subimos los dos a ese despacho. Y el jueves Irene está sola en esas rocas. No me toques.
La mano siguió allí. Vera la veía con el rabillo del ojo. Los dedos largos, los callos, los nudillos. La mano que un foquista conocía mejor que la suya. Sentía su calor en la piel sin que la rozara.
El centímetro. Siempre el mismo.
Se le endureció todo el cuerpo hacia aquella mano. La mejilla, el cuello, los pezones bajo la camisa, el vientre. Como una planta hacia una ventana.
No se movió.
Él bajó la mano.
—En Famara te dije que no te lo volvería a pedir. Que la próxima vez me lo pedirías tú —dijo. La voz grave, lenta, con sus pausas—. Y viniste a mi puerta.
Ella apretó los dientes.
—Ahora te lo digo al revés. No voy a llamarte. No voy a escribirte. Voy a quedarme en ese set y voy a hacer lo que me has pedido. —Pausa—. Y cuando se acabe, voy a ir a buscarte adonde estés. Y esa vez no voy a esperar a que me lo pidas tú.
Se fue.
Lo oyó alejarse por el paseo de piedra. Los pasos lentos. No se volvió a mirarlo, porque sabía que él tampoco se volvía.
Cuando dejó de oírlo, miró la mesa.
El aro de plata seguía allí, junto a la copa. Pequeño. Brillando bajo la farola.
Lo cogió y lo apretó en el puño hasta que se le clavó en la palma.
Y entonces sí llegó. Allí, en una terraza del Charco de San Ginés, delante de dos parejas de turistas y un camarero que tuvo la decencia de mirar hacia otro lado, Vera Solís lloró como no había llorado desde que un fisioterapeuta le puso la mano en la cadera y le dijo que podría hacer vida normal.
* * *
En la pensión, de madrugada, no se duchó.
Se tumbó vestida sobre la colcha, con el balcón abierto y el ruido del agua contra los cascos de las barcas. Se llevó el brazo a la cara. La piel le olía todavía a sal. A La Graciosa. A él.
Sabía que, si se duchaba, se iba.
Siguió así, con el pendiente cerrado en el puño, oliéndose el brazo en la oscuridad, hasta que amaneció.