Capítulo 23
Vera
Inés se lo dijo con las palabras más amables que encontró.
—No es un despido, Vera. Quiero que eso quede claro. Es una suspensión cautelar mientras hablamos con el seguro y con los representantes de Irene. Sigues cobrando. Tienes la habitación hasta el viernes y un vuelo cuando tú quieras.
—¿Y quién coordina mañana?
Inés miró a Gonzalo. Gonzalo miró su café.
—Paula Sanchís llega esta noche de Madrid —dijo él.
Vera estuvo a punto de reírse.
Conocía a Paula Sanchís. Todo el mundo en el oficio conocía a Paula Sanchís.
Tenía el mismo título que ella y cobraba la mitad.
Los directores la adoraban. En tres años de carrera no había parado una sola toma.
Su trabajo consistía en estar en la sala, sonreír y firmar al final del día un parte que decía que todo se había rodado con normalidad.
—La tenías llamada desde antes del vídeo —dijo Vera.
Gonzalo no lo negó.
—Soy un hombre previsor.
Ella dejó la carpeta sobre la mesa de Inés. Seis semanas de partes, cuestionarios, límites firmados. La empujó con dos dedos.
—Está todo ahí. Léelo antes de dárselo a ella —le dijo a Inés—. Sobre todo los tres partes de Los Hervideros. Tienes copia en tu correo.
—Vera…
—Léela.
Gonzalo ya le había preguntado con quién estaba en el coche. Ella ya había dicho lo que dijo. No quedaba más que salir.
* * *
Elena la alcanzó en el vestíbulo. No le habló. Subió con ella en el ascensor, entró con ella en la habitación, se sentó en la cama y la miró meter cosas en la maleta.
—No tienes que irte hoy. Tienes la habitación hasta el viernes.
—No voy a quedarme en un pasillo donde todo el mundo ha visto ese vídeo. —Vera dobló una camisa. La desdobló. La volvió a doblar—. Ni a siete puertas de él.
—¿Adónde vas?
—A Arrecife. A cualquier pensión.
—¿Y luego?
—No lo sé.
Elena calló un rato.
—Te dije que tuvieras cuidado. —No era un reproche—. Y después os di quince minutos en una caravana. Así que no tengo nada que decirte.
—No fue la caravana.
—Ya lo sé. Fue que eras feliz. Se te notaba a un kilómetro. —Elena se frotó los ojos—. Doce años, Vera. Nunca te había visto así. Y me ha durado una semana.
Vera se sentó en el suelo, entre la maleta y la cama, con una sandalia en la mano.
No lloró. Tenía el llanto en algún sitio, lo notaba, como se nota una tormenta lejos. No llegaba.
Lo que notaba era el cuerpo. Era absurdo.
La acababan de apartar de su trabajo, sesenta y tres personas habían visto su cara en un vídeo, y lo que se le imponía era el cuerpo: la piel de los hombros tirante por el sol de La Graciosa, los muslos doloridos, la sal seca en el pelo, que no se había lavado.
Entre las piernas, una sensibilidad que le recordaba a cada paso lo que había pasado veinticuatro horas antes sobre una losa de lava, con las manos por encima de la cabeza.
Veinticuatro horas.
Ayer había aprendido a no vigilar nada.
—Tengo que ver a Irene antes de irme —dijo.
—No sé si es buena idea.
—No lo es.
* * *
Irene abrió la puerta con los ojos hinchados y una sudadera enorme. Vio quién era. No se apartó.
—No quiero hablar contigo.
—No hace falta que hables. —Vera llevaba un folio doblado en la mano—. Solo tienes que coger esto.
Irene no lo cogió.
—Es tu cuestionario. Una copia. Lo que firmaste el primer día y lo que hemos ido añadiendo. Qué se puede tocar, qué se puede ver, hasta dónde. Son tus límites firmados. Nadie puede cambiarlos sin que tú aceptes. Ni Gonzalo, ni la persona que entra mañana.
—¿Te han echado?
—Me han apartado.
—Bien.
Vera encajó la palabra. Se la merecía.
—Mañana viene una coordinadora que se llama Paula —siguió, con la voz del set, porque era la única que le quedaba—.
Es amable. Te va a caer bien. Y no va a parar nada.
Si Gonzalo te pide algo que no está en este papel, ella va a mirar hacia otro lado.
Así que el papel lo llevas tú. Lo lees antes de cada escena. Y si te piden algo que no está…
—¿Me cuidabas a mí o lo mirabas a él?
Vera se calló.
Irene tenía los brazos cruzados sobre la sudadera y la barbilla levantada. Le temblaba, pero no apartó los ojos.
—En la cama redonda —dijo—. La primera vez. Yo estaba muerta de miedo y tú me hablabas por el auricular. «Respira. Lo estás haciendo muy bien». ¿Me lo decías a mí?
—A ti.
—¿Y cuando le decías a él «más despacio»?
Vera pensó en mentir. Lo pensó de verdad. Una mentira pequeña, limpia, que a esa chica le habría dejado algo en pie.
Ya le había mentido una vez. En un camerino, despegándole una tira de la cadera.
—Las dos cosas —dijo—. Te cuidaba a ti. Y lo miraba a él. Las dos a la vez. No tendría que haber sido así y fue así.
Irene soltó el aire como si le hubieran dado un golpe.
—El día del desván. Cuando me enseñaste cómo tocarlo. Te subiste encima.
—Sí.
—Dije que parecía que lo conocías.
—Lo dijiste.
—¿Ya estabais…?
—No. Todavía no. Pero yo ya lo quería. Y te usé para tocarlo. —A Vera se le quebró la voz por primera vez en todo el día—. Te enseñé bien. Lo que te enseñé era verdad y te sirvió. Pero lo hice también por mí. Y eso no te lo dije.
Silencio. En el pasillo, una puerta golpeó con el viento, que había vuelto.
—Y en el camerino me dijiste que no sabías si le gustaba.
—Te mentí.
—Me dijiste que no lo invitara a cenar. Como coordinadora y como amiga.
—Sí.
Irene se limpió la cara con la manga.
—Eras la única persona de este rodaje en la que confiaba —dijo—. La única. He hecho cosas en esa cama que no habría hecho con nadie más mirando. Porque estabas tú.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Vera dejó el folio en el suelo, en el umbral, entre las dos. No intentó dárselo otra vez.
—Tienes razón en todo —dijo—. No te pido que me perdones. Te pido una cosa, y luego me voy.
Irene no contestó.
—La palabra sigue siendo tuya. Sal. Aunque yo no esté. Aunque Paula no la respete, aunque Gonzalo se ría. Si algo no está en ese papel, la dices. En voz alta. Delante de todos. Que conste.
—¿Y quién va a parar si la digo?
Vera abrió la boca y la cerró.
No lo sabía. Hasta esa mañana, la respuesta había sido ella.
—Dila —repitió.
Irene la miró un momento más. Luego empujó la puerta con cuidado, sin dar portazo.
El folio quedó en el suelo del pasillo.
Vera estaba ya delante del ascensor cuando oyó la puerta abrirse otra vez, un instante, y cerrarse. Cuando se volvió, el folio no estaba.
* * *
Arrecife no se parecía al resto de la isla.
Era una ciudad de verdad, con semáforos, tiendas de móviles y gente que iba a trabajar. Nadie la miró. Dejó el coche de alquiler en una calle cualquiera y echó a andar con la maleta hasta que las casas se abrieron y apareció el agua.
El Charco de San Ginés era una laguna de mar en mitad de la ciudad.
Una lámina quieta, verde, rodeada de casas bajas, blancas, con las puertas y las ventanas pintadas de azul.
Decenas de barquitas de colores fondeadas, inmóviles, cada una sobre su reflejo.
Un paseo de piedra alrededor, terrazas, gaviotas.
Y en un extremo, sobre unos soportes de hierro, el esqueleto de una ballena.
Vera se paró delante. Era enorme: las costillas blancas, arqueadas, vacías; la columna; el cráneo largo. Todo lo que queda de un cuerpo cuando se le quita lo que lo movía.
Cogió una habitación en una pensión con balcón sobre el agua. Se sentó en una terraza y pidió un vino blanco que no se bebió.
Pasó así la tarde, viendo cómo la marea entraba en el Charco por debajo de un puente de piedra y levantaba las barcas un palmo. Viendo a unos niños tirarse al agua desde el muelle. Pensando en la pregunta de Irene.
¿Me cuidabas a mí o lo mirabas a él?
Llevaba cuatro años diciendo a quien quisiera oírla que su trabajo era proteger. Que ella era la que no tenía nada que ganar en la sala. La única persona del set cuyo deseo no contaba.
Y durante cinco semanas había tenido el deseo metido en el cuerpo como una fiebre, de pie junto a un monitor, con los muslos apretados y los pezones duros debajo de la blusa, diciéndole a una chica asustada dónde poner las manos sobre el hombre que ella quería.
No había parado ninguna toma sin motivo. Era verdad. Se lo había dicho a Inés y era verdad.
También era verdad lo otro.
A las siete, el sol se puso detrás de las casas y el agua se volvió rosa. Se encendieron las farolas y el esqueleto quedó iluminado desde abajo.
Oyó sus pasos en la piedra antes de verlo. Los habría reconocido en cualquier parte. Lentos. Sin un gesto de más.
Darío se sentó en la silla de enfrente.
Llevaba la sudadera gris. Tenía la cara de no haber comido en todo el día.
—Elena —dijo Vera.
—Me dijo que te habías ido a Arrecife. Llevo una hora buscándote.
—Te pedí que no vinieras.
—Me pediste que no entrara en la sala. No he entrado.
Ella miró alrededor. Dos parejas de turistas. Un camarero. Nadie del equipo.
—Si te ven conmigo…
—Tengo que contarte una cosa. Luego me dices lo que quieras.
Se lo contó. La puerta abierta, Gonzalo en el umbral con la taza de café. A ti no se te ve la cara. Y eso, bien llevado, puede seguir siendo así.
—Me ha ofrecido terminar la película. Y la siguiente.
Dice que tiene un proyecto en México con mucha acción y que necesita un coordinador de especialistas.
No un doble. Un jefe de equipo. Mi nombre en los créditos, grande.
—Darío lo dijo sin ninguna entonación—. A cambio de que no diga nada.
Que el del coche siga siendo «un hombre sin identificar».
Que la historia sea que la coordinadora perdió la cabeza por alguien y descuidó a su actriz.
Vera cerró los ojos.
Era perfecto. Era tan perfecto que casi daba gusto verlo. Gonzalo le ofrecía a Darío exactamente lo que no había tenido en veinte años, un nombre, a cambio de seguir sin tener cara.
—¿Y qué le has dicho?
—Nada. Me he dado la vuelta y me he ido. —Él puso las manos sobre la mesa—. Mañana a primera hora subo a ese despacho y le digo a Inés que era yo. Con Gonzalo delante. Y luego hago la maleta.
—No.
—Vera.
—No. Escúchame.