Capítulo 22
Darío
Lo despertó el teléfono a las seis menos diez.
Ella dormía a su lado, de espaldas, con el pelo extendido por la almohada.
Olía todavía a sal. Tenía en el hombro la marca roja del sol de La Graciosa y, más abajo, en la cadera, la huella de su mano, donde él la había tenido apoyada toda la noche.
El vestido blanco colgaba del respaldo de la silla.
Darío la miró un momento. La espalda subiendo y bajando. Un rizo pegado a la nuca.
Después cogió el teléfono.
Ciento cuarenta y tres mensajes. Todos del mismo sitio: SAL · Equipo técnico. El grupo donde producción colgaba las órdenes del día y la gente compartía fotos de puestas de sol y memes de Gonzalo. Sesenta y tres personas.
Abrió.
Lo primero que vio fue una línea gris, a la 1:47 de la madrugada.
Rubén Eléctricos: Este mensaje fue eliminado.
Y debajo, a la 1:49, otro número, uno de maquinaria:
Josu Grúa: tío borra eso
Josu Grúa: RUBÉN
Rubén Eléctricos: hostia. me he equivocado de chat. perdón perdón
Rubén Eléctricos: ya está borrado
A Darío se le helaron las manos.
Siguió bajando.
1:58. Sonido Paco: demasiado tarde, campeón 😂
2:03. Un vídeo. Reenviado. Catorce segundos.
No quería tocarlo. Lo tocó.
La imagen estaba grabada desde lejos, con el zoom al máximo, granulada, temblorosa. El aparcamiento del hotel de noche. Una farola. Debajo de la farola, el coche gris de producción. Dentro, a través del parabrisas, dos figuras.
Una mujer con un vestido blanco le cogía la cara con las dos manos al hombre del asiento de al lado y lo besaba, largo, con el pelo cayéndole hacia delante.
Luego pasaba por encima de la palanca de cambios y se le sentaba en las rodillas.
Se reía. Se le veía reírse. Una mano de hombre subía por su espalda y se le hundía en los rizos.
En el segundo once, ella se separaba para respirar y levantaba la cara.
La luz de la farola le daba de lleno.
Era Vera. No había duda. La melena, el perfil, el aro de plata brillando en la oreja izquierda. La cara de una mujer feliz que no está vigilando nada.
A él no se le veía.
Darío lo miró tres veces para estar seguro. La nuca. Un hombro. El antebrazo y la mano en el pelo de ella. La cabeza de Vera tapaba todo lo demás.
Veinte años sin cara. Y en el único vídeo que importaba, tampoco.
Siguió leyendo.
Maquillaje Chelo: ¿esa es Vera???
Josu Grúa: la comisaria 😳
Sonido Paco: y luego nos dice a nosotros dónde poner las manos
Vestuario Toni: Por favor, borrad eso. No tiene ninguna gracia.
Sonido Paco: ¿y el tío quién es?
Josu Grúa: no se le ve
Eléctricos Fran: el coche gris lo firmó ayer Darío. está en la hoja de vehículos
Sonido Paco: el dobleeeee
Sonido Paco: con razón hace tan bien las escenas 😏
Foco Nacho: Es Darío. Esa mano la he enfocado yo veinte veces en los Jameos. La conozco mejor que la mía.
Maquillaje Chelo: ostras. el viernes me encontré el lunar ya pintado
Maquillaje Chelo: y no lo había pintado yo
Josu Grúa: 😂😂😂😂
Vestuario Toni: Basta ya. En serio.
Elena 1ª AD: Este grupo es para órdenes de rodaje. El próximo que escriba algo que no sea trabajo sale del grupo y habla conmigo. Borrad ese vídeo de vuestros teléfonos. AHORA.
Eso había sido a las 2:31. Después, nada. Silencio durante tres horas.
Y a las 5:48, el mensaje que lo había despertado.
Gonzalo Arteaga: Buenos días a todos. He visto lo que ha circulado esta noche. Lamento mucho que tengamos que empezar así la semana. Lo trataremos con la productora a primera hora, con la seriedad que merece. Os pido discreción y respeto. Lo primero es la seguridad de nuestra actriz.
Darío leyó la última frase dos veces.
La seguridad de nuestra actriz.
No decía Vera. No decía Darío. Decía Irene, sin decirla. En una sola línea había convertido un beso en un coche en un peligro para una chica de veintiséis años.
Lo había hecho bien. Eso había que reconocérselo.
* * *
—Vera.
Ella se movió. Murmuró algo. Buscó su mano sin abrir los ojos y se la puso en la cintura.
—Vera. Despierta.
Algo en su voz la despertó del todo. Abrió los ojos y se volvió.
Él no supo cómo decirlo. Le dio el teléfono.
La vio leer. No se incorporó. Leyó tumbada de lado, con la pantalla iluminándole la cara, pasando el dedo sin prisa. No se le movió nada: ni la boca ni las cejas. Llegó al vídeo. Lo abrió.
Lo vio una vez. Otra. Otra.
A la tercera, lo paró en el segundo once. Su propia cara bajo la farola, riéndose.
—Qué contenta estoy —dijo.
Fue lo único que dijo. Darío habría preferido que gritara.
—Vera…
—Se me ve la cara. —Ella amplió la imagen con dos dedos—. Entera. Y el pendiente.
—Lo sé.
—A ti no.
—Saben que soy yo. Lo pone ahí. El coche, la mano…
—Saben que es tu coche. Y Nacho dice que es tu mano. —Vera dejó el teléfono sobre la sábana—. Eso no es una cara, Darío. Con eso, un abogado no hace nada.
Él tardó en entender adónde iba.
—No.
—Escúchame.
—No. Ni se te ocurra.
Ella se sentó en la cama. Estaba desnuda, despeinada, con las marcas del sol en los hombros, y hablaba con la voz del set. La que no temblaba.
—A mí me van a apartar igual. Hoy. Lo sabía antes del vídeo y lo sé ahora.
Pero tú tienes un contrato, un plano mañana y veinte años de oficio en los que nadie ha podido decir nunca nada de ti.
Si no dices nada, no pueden probar que eres tú.
Gonzalo te necesita para terminar la película. No tiene otro cuerpo.
—No voy a esconderme detrás de ti.
—No es esconderte. Es no regalarle a Gonzalo los dos.
—Es exactamente esconderme. —Le salió más alto de lo que quería. Bajó la voz—. Llevo toda la vida haciéndolo. Detrás de Marc, detrás de cualquiera. No me pidas que lo haga contigo.
Vera lo miró.
Alargó la mano y le tocó la mejilla, la mandíbula, la nariz torcida.
—Ayer mandabas tú —dijo en voz baja—. Hoy mando yo. No entres en esa sala.
—Vera.
—Te lo estoy pidiendo.
Las mismas palabras con las que había llamado a su puerta.
El teléfono de ella vibró en el suelo, dentro de la mochila todavía llena de arena. Ella se agachó a cogerlo. Leyó. Se lo enseñó.
Inés Lago: Vera, a las 8:30 en el despacho de producción. Gonzalo estará presente.
Se levantó de la cama. Se puso el vestido blanco, porque no tenía otra cosa allí. Se recogió el pelo. Fue hasta la puerta, descalza, con las sandalias en la mano.
Antes de abrir se llevó los dedos a la oreja izquierda. Se quitó el aro de plata.
Volvió sobre sus pasos y se lo dejó a él en la palma de la mano. Le cerró los dedos encima.
—Guárdamelo —dijo—. Hoy no puedo llevarlo.
Y salió al pasillo. Siete puertas. Él la oyó andar por la moqueta, sin correr, hasta que la suya se cerró.
* * *
Darío bajó a desayunar a las siete y media porque no bajar era peor.
El comedor estaba lleno. El ruido de siempre: cubiertos, la máquina de café, cuarenta personas hablando a la vez.
Cuando entró, se acabó.
No fue de golpe. Fue una ola. Las mesas más cercanas a la puerta se callaron primero, y el silencio corrió hacia el fondo, mesa a mesa, hasta que solo se oyó el molinillo de la cafetera.
Cruzó el comedor.
Lo miraban. Todos. No le había pasado nunca en veinte años de rodajes. Estaba acostumbrado a que le miraran la espalda, las manos, el cuerpo. A que lo midieran. No a que lo miraran a él.
Paco, el de sonido, bajó los ojos a su tostada. Josu le dio un codazo a otro. Chelo se puso roja. Toni, desde la mesa de vestuario, le sostuvo la mirada y le hizo un gesto con la cabeza, pequeño, serio. Un saludo.
En la mesa del fondo, Marc desayunaba con las gafas de sol puestas. Se las bajó un dedo.
—Vaya con el doble —dijo, lo bastante alto—. Y yo que pensaba que solo me copiabas la espalda.
Alguien se rio. Poco.
Darío no contestó. Se sirvió un café que no iba a beberse.
Y entonces la vio.
Irene estaba sentada sola, junto a la ventana, con un yogur sin abrir delante. Tenía el móvil boca abajo sobre la mesa y las dos manos encima, como si lo sujetara. Lo estaba mirando a él. Tenía los ojos enrojecidos.
Darío dejó la taza. Fue hacia ella.
—Irene.
Ella se levantó antes de que llegara.
—Yo le pregunté a ella —dijo. Hablaba bajo, pero con ese silencio se oyó en todo el comedor—. Le pregunté a ella si te gustaba. En el camerino. Mientras me quitaba las barreras.
—Lo sé.
—Y me dijo que no lo sabía.
Darío no encontró nada que decir.
—Lo del pulgar —siguió Irene. Le temblaba la barbilla—. En la gruta. Era para ella, ¿no? Yo estaba en medio.
—Irene, tú no has hecho nada…
—Ya sé que no he hecho nada. —Cogió el móvil—. Me he pasado cinco semanas desnuda encima de ti con ella mirando. Pensando que me cuidabais los dos.
—Te cuidábamos.
—¿A mí?
No esperó la respuesta. Pasó a su lado sin rozarlo y salió del comedor.
Nadie volvió a hablar hasta que la puerta se cerró.
* * *
A Rubén lo encontró en el aparcamiento, descargando cable de una furgoneta, con la gorra calada hasta las cejas.
El chico lo vio venir y soltó el rollo. Retrocedió un paso. Levantó las manos.
—Tío, no. No. Escucha. Yo no quería. Te lo juro por mi madre. Se lo iba a mandar a un colega y me equivoqué de chat, lo borré enseguida…
—¿Por qué lo grabaste?
Darío no había levantado la voz. Estaba a un metro, con las manos en los bolsillos. Rubén tragó saliva.
—Estaba fumando. Os vi. No sé, tío, saqué el móvil. Una tontería.
—El viernes también tenías el móvil en la mano. En Playa Quemada.
—El viernes no grabé nada. Te lo juro.
—Pero mirabas.
Rubén bajó los ojos.
—¿Quién te dijo que miraras?
Silencio. El chico movió un pie sobre la grava.
—Rubén.
—A mí nadie me dijo que grabara. —Lo dijo muy deprisa—.
Solo… cuando montaron la segunda unidad, Quique nos dijo que si veíamos algo raro contigo lo comentáramos.
Que venía de arriba. Que había un tema con la coordinadora y que producción quería estar al tanto.
Yo pensé que era por la película. Por un seguro o algo.
—De arriba.
Rubén no contestó. Pero se le fueron los ojos, un instante, hacia el edificio del hotel. Hacia la planta baja, hacia las ventanas del antiguo despacho del director, donde producción había instalado su oficina.
Darío lo miró un rato.
Tenía veintitrés años. Un cigarro y un móvil. No era él.
—Borra el vídeo.
—Ya lo he borrado. Te lo juro.
—Da igual —dijo Darío—. Ya no hace falta.
* * *
A las ocho y veinticinco estaba en el pasillo de la planta baja.
Vera le había pedido que no entrara. No le había pedido que no estuviera.
El despacho de producción tenía una puerta de madera barnizada con una placa de latón donde todavía se leía DIRECCIÓN. Enfrente había un banco de escay marrón, de los años noventa. Darío se sentó. Tenía el aro de plata en el bolsillo del vaquero. Lo notaba contra el muslo.
Elena apareció por el fondo del pasillo. Se sentó a su lado sin decir nada. Olía a tabaco.
—No entres —dijo.
—Ya me lo ha pedido ella.
—Pues hazle caso. Si entras, Gonzalo tiene la foto completa. Y a ti te destroza, y a ella no la salvas.
—¿La van a echar?
Elena miró la puerta.
—Inés no es mala. Pero Inés tiene un seguro, un director con tres premios y un vídeo en sesenta y tres teléfonos.
A las ocho y media en punto, Vera dobló la esquina del pasillo.
Se había cambiado. Pantalón negro, camisa blanca, el pelo recogido en un moño bajo. Sin pendientes. Bajo el brazo, la carpeta de coordinación, con los cuestionarios de límites, los partes diarios, todo.
Pasó por delante del banco. No se detuvo. Pero al llegar a la puerta lo miró, un segundo, y a Darío le pareció que se llevaba la mano a la oreja y la bajaba a mitad de camino.
Llamó. Entró. Cerró.
* * *
Los hoteles de los noventa tenían las paredes de papel.
No se oía todo. Se oían los tonos. La voz de Inés, baja, incómoda, con frases largas. La de Vera, breve. Y la de Gonzalo.
Gonzalo no gritaba. Hablaba con calma, con una tristeza muy bien medida. A Darío le llegaban trozos.
—…nada personal, Vera, tú lo sabes…
—…una chica de veintiséis años que ha confiado en ti…
—…la persona que decide cómo la tocan resulta que se acuesta con el que la toca…
—…conflicto de intereses de manual…
—…me paraste una toma por una mano en una cadera. Una mano. Y mientras tanto…
Darío tenía los codos en las rodillas y las manos apretadas. Elena le puso la suya en la espalda.
La voz de Vera. Más larga esta vez. No distinguió las palabras. Solo el ritmo: igual, sin prisa, como cuando contaba segundos.
Luego Inés. Una pregunta.
Silencio.
Y la voz de Vera, más cerca de la puerta, clara por primera vez:
—No voy a pedir perdón.
Darío cerró los ojos.
—He parado cada toma que había que parar —seguía ella—.
Está todo ahí, en los partes. Día por día.
Lo que yo haga fuera del set no ha cambiado ni una sola de esas decisiones.
Una vez ensayé una escena a solas con un intérprete, de noche, sin nadie más en la casa.
Eso no está en los partes y es un error mío; lo pongo yo encima de la mesa antes de que lo busque nadie.
Lo demás está limpio. Si queréis apartarme, apartadme.
Pero no me pidáis que diga que he hecho mal mi trabajo en ese set, porque no es verdad.
—Nadie dice eso —dijo Inés.
—Él sí.
Otro silencio. Más largo.
—¿Con quién estabas en ese coche, Vera? —preguntó Gonzalo. Suave.
Darío abrió los ojos.
Elena le clavó los dedos en el hombro.
Dentro no se oía nada. Tres segundos. Cinco.
—Eso no es asunto de producción —dijo Vera.
—Es exactamente asunto de producción. Si es un intérprete al que coordinas…
—En ese vídeo hay una mujer a la que se le ve la cara. Esa soy yo. De lo demás no tenéis nada. Y de mí no vais a sacarlo.
Darío se levantó.
—No —dijo Elena.
Dio un paso hacia la puerta.
—Darío. Te lo ha pedido.
Se clavó en mitad del pasillo, a un metro del latón, con el puño cerrado dentro del bolsillo, alrededor de un aro de plata.
Detrás de la madera, las voces bajaron. Hablaba Inés. Un rato largo. Palabras sueltas: mientras se aclara, por tu propio bien, otra profesional, hasta nuevo aviso.
Una silla se movió.
La puerta se abrió.
Vera salió con la espalda recta y la cara blanca. No llevaba la carpeta. Lo vio allí plantado, a un metro, y se detuvo.
No lloraba. Tenía los ojos muy abiertos, muy secos.
—No entres —dijo. Casi sin voz.
Pasó a su lado. Le rozó la mano con el dorso de la suya al pasar. Siguió andando por el pasillo hacia el vestíbulo, sin volverse, con las sandalias golpeando el terrazo.
Elena fue detrás de ella.
Darío se quedó solo delante de la puerta abierta.
Dentro, Inés estaba sentada tras la mesa, con la cabeza entre las manos. La carpeta de Vera delante.
Y en el umbral, apoyado en el marco, con la camisa de lino abierta hasta el esternón y una taza de café en la mano, estaba Gonzalo.
Lo miraba sin sorpresa, como quien lleva un rato esperando.
—Darío —dijo—. Qué bien. Pasa. Contigo también quería hablar.
Darío no se movió.
Gonzalo dio un sorbo al café. Sonrió. Una sonrisa amable, casi de padre.
—Tranquilo, hombre —dijo en voz baja, para que Inés no lo oyera—. A ti no se te ve la cara.
Hizo una pausa.
—Y eso, bien llevado, puede seguir siendo así.