Fuera de plano Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Con la boca. Le besó el empeine, el hueso del tobillo, la pantorrilla salada, la corva.

Subió por la cara interna del muslo con la lengua, tan lento que ella sentía cómo se le secaba el agua del mar en la piel antes de que él llegara.

Se detuvo a dos dedos de su sexo. Su aliento le llegó allí, caliente.

Y pasó de largo.

Le besó la cadera. La cicatriz, de un extremo a otro. El vientre. El ombligo. Subió por las costillas. Vera tenía los puños cerrados por encima de la cabeza y se dio cuenta de que estaba levantando las caderas hacia nada, buscándolo.

—Quieta.

Obedeció. Le temblaban los muslos.

Él llegó a los pechos. Rodeó uno con la lengua, en círculos cada vez más pequeños, sin tocar el pezón. Vera lo tenía tirante, dolorido, tan duro que el simple aire le hacía daño. Él sopló encima. Ella gimió.

—Darío.

—¿Qué?

—Por favor.

—¿Por favor qué?

Nunca se lo había pedido a nadie. Solo a él, y solo en una bañera, cuando él no estaba.

—La boca. Por favor.

Él le cerró los labios sobre el pezón y chupó. Vera soltó un grito. El hilo se tensó de un tirón, del pecho al vientre, del vientre al clítoris, que le dio un latido tan fuerte que se le encogieron los dedos de los pies. Se le fueron las manos solas hacia el pelo de él.

Él levantó la cabeza.

—Las has bajado.

—No…

—Desde el principio.

Y volvió a los tobillos.

Vera creyó que se moría.

Repitió el recorrido completo: el empeine, la pantorrilla, la corva, el muslo.

Más lento todavía. Ella tenía las manos clavadas en la roca por encima de la cabeza y los ojos llenos de cielo, un cielo azul sin una nube, con la montaña amarilla encima.

Estaba empapada. Lo notaba bajarle entre las nalgas hasta la toalla.

El clítoris le latía solo, sin que nadie lo tocara, con cada beso que él dejaba en cualquier otro sitio.

Esta vez no pasó de largo.

Le abrió las piernas con las dos manos, con cuidado de la izquierda, y bajó la boca.

Un solo lametón. Largo, lento, plano, de abajo arriba.

Vera arqueó toda la espalda. No bajó las manos.

—Bien —dijo él contra ella.

Y siguió. Sin prisa, sin ritmo, parando cada vez que a ella se le aceleraba la respiración. La llevaba hasta el borde con la lengua, con dos dedos dentro, y cuando notaba que empezaba a contraerse se detenía. Esperaba, inmóvil. La dejaba bajar. Volvía a empezar.

Una vez. Dos. Tres.

A la tercera, Vera estaba llorando, no de pena sino de pura desesperación del cuerpo, con las lágrimas resbalándole hacia las orejas y las manos arañando la lava.

Tenía la palabra en la boca. Sal. Una sílaba. Con decirla, él pararía, y ella podría bajar las manos, tocarse, acabar en cinco segundos.

No la dijo.

Se dio cuenta de que no quería decirla. Por debajo de la desesperación se sentía extrañamente tranquila: no tenía que vigilar nada. Darío estaba pendiente de ella. Podía cerrar los ojos.

Los cerró.

—Ahora sí —dijo él.

Luego su peso encima, los antebrazos a los lados de su cabeza, y él, entrando. De una vez, hasta el fondo, tan grande que se le abrió la boca sin sonido.

—Las manos —dijo él—. Ya puedes.

Vera bajó los brazos y se agarró a su espalda como si se ahogara.

Él la folló despacio, muy hondo, marcando él el compás de cada embestida, sin dejar que ella lo acelerara con las caderas, mirándola a los ojos.

Vera lo sentía entrar y salir, entero; el roce de su pubis contra el clítoris al llegar al final, los pezones aplastados contra su pecho.

El orgasmo se acercaba desde muy lejos, como la ola larga del Río que levantaba el barco.

—¿Puedo? —preguntó ella.

Era su pregunta. Se la estaba haciendo a él.

Darío sonrió. Fue la primera vez en toda la mañana.

—Todavía no.

Diez embestidas más. Lentas. Ella las contó sin querer. Le clavó las uñas en los hombros.

—Darío, por favor…

—Mírame.

—Te estoy mirando.

—Ahora.

Se soltó.

No hubo nada que hacer. Fue como caer por la sima que había imaginado en la cueva, la que parecía no tener fondo.

El placer le golpeó el vientre, le cerró la garganta y le dejó las piernas temblando.

Gritó su nombre hacia la montaña amarilla y la montaña se lo devolvió.

Se contrajo alrededor de él tantas veces que perdió la cuenta, y cuando creyó que se acababa, él empujó una vez más, hondo, y empezó otra vez.

Lo sintió correrse dentro en mitad de aquello. La cara de él encima de la suya, abierta, sin esconder nada. La cara del espejo.

Después él se dejó caer a su lado y la arrastró contra su pecho.

Vera no podía hablar. Le temblaban las manos. Tenía la piel llena de sal, la espalda marcada por la toalla, el pelo hecho un nudo.

Él le puso la palma abierta sobre la cadera izquierda. Caliente. Quieta.

—¿Duele?

—No.

—¿Estás bien?

Ella se rio. Le salió una risa floja, mojada.

—Has preguntado.

—Ya he terminado de mandar. —Le besó la frente—. Ahora pregunto todo lo que quiera.

Vera hundió la cara en su cuello.

—Estoy bien —dijo—. No he vigilado nada. En una hora entera no he vigilado nada.

—Lo sé. Te lo he visto en la cara.

—¿Qué cara tenía?

Él lo pensó.

—La de alguien que se ha quedado dormida en un coche porque conduce otro.

* * *

Comieron pan y queso sentados en la losa, desnudos, con los pies en el agua. Se bañaron otra vez. Durmieron una hora a la sombra de la montaña, ella con la cabeza en su vientre.

A las cuatro, él le desenredó el pelo con los dedos, rizo a rizo, con una paciencia que a ella le dio ganas de llorar otra vez.

—Mañana —dijo Vera.

—Mañana.

—Voy a entrar sola.

—Puedo ir contigo.

—No. Si vienes, les das la foto que Gonzalo quiere. La coordinadora y el doble, de la mano. —Negó con la cabeza—. Entro sola.

Darío siguió con el pelo.

—¿Y qué vas a decir?

—No lo sé. —Ella miró el risco, al otro lado del agua—. Hoy mandabas tú. Dímelo tú.

Él se tomó su tiempo.

—Diles la verdad o no se la digas. Eso es tuyo. —Le soltó el último nudo—. Pero no les pidas perdón.

Vera se volvió a mirarlo.

—No has hecho mal tu trabajo ni un solo día —dijo él—. Ni uno. Has parado a Gonzalo cada vez que había que pararlo. Has cuidado a Irene mejor que nadie. Lo que haces conmigo fuera del set no le ha quitado nada a nadie dentro. No pidas perdón por eso.

Ella no dijo nada. Le cogió la mano y se la llevó a la boca.

* * *

Cogieron el último barco a las seis, con el sol bajando detrás de los volcanes. En el Río, él la abrazó por detrás contra la barandilla. A nadie le importó.

Hicieron el camino de vuelta casi sin hablar.

Ella conducía esta vez, porque le apeteció, con la mano de él en la nuca.

La isla se fue quedando a oscuras. Cuando llegaron a Playa Blanca eran más de las ocho y el aparcamiento del hotel estaba medio vacío, con dos farolas encendidas y el resto en sombra.

—Déjame aquí y entra tú primero —dijo él.

—Sí.

Ninguno se movió.

Vera apagó el motor. Siguieron dentro, en la penumbra, oliendo a sal los dos.

Sabía lo que tenía que hacer. Bajar. Entrar sola. Subir por la escalera. Diez minutos después, él. Lo habían hecho así todas las noches.

Se volvió hacia él, le cogió la cara con las dos manos y lo besó.

Un beso largo, lento, de los de la casa de Haría.

Sin prisa, sin mirar por el retrovisor. Él le metió la mano en el pelo recién desenredado.

Ella se pasó por encima de la palanca de cambios y acabó casi sentada en sus rodillas, riéndose contra su boca, con el vestido blanco subido hasta medio muslo.

Esta vez no miró alrededor.

Cuando por fin se separó para respirar, vio algo por encima del hombro de él. Al fondo del aparcamiento, junto a los contenedores de la cocina, una brasa naranja. Alguien fumando.

Se encendió. Se apagó.

No le dio importancia. Aquel día había aprendido a no vigilar nada.

Volvió a besarlo.