Fuera de plano Capítulo 21
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Capítulo 21

Vera

Darío se lo contó el viernes por la noche, por teléfono, desde la litera de Famara.

—Había un chico fuera. Rubén, el eléctrico. Con el móvil en la mano. Me ha dicho que la caravana se movía mucho con el viento.

Vera tardó en contestar.

—Hoy no hacía viento.

—No.

Miró el techo de su habitación. Las persianas estaban quietas por primera vez en cinco semanas. El silencio del hotel era tan raro sin el viento que parecía que la isla contuviera la respiración.

—¿Tiene algo?

—No lo sé. No creo. A mí me vio salir. Por lo que dijo, llevaba allí un rato.

—Si me vio salir a mí también, con eso basta.

—Vera…

—Con eso le basta a Gonzalo. —Se pasó la mano por la cara—. El lunes tengo la reunión con Inés. Si Rubén habla antes del lunes, entro en esa sala ya despedida.

Darío no dijo nada. Ella oía el mar al otro lado del teléfono.

Debería haber sentido pánico. Lo buscó dentro de sí misma, como quien se palpa un bolsillo, y no lo encontró. Encontró otra cosa: un cansancio enorme, de años, y debajo algo que se parecía mucho a la calma.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó él.

—El domingo es el día libre.

—Sí.

—Llévame a algún sitio donde no haya nadie.

Lo oyó respirar. Lo oyó sonreír, aunque eso no se oye.

—Sé dónde —dijo.

* * *

Salieron del hotel a las siete de la mañana, antes de que nadie se levantara, en el coche gris de producción. Él conducía. Ella iba con los pies descalzos en el salpicadero y un vestido blanco de algodón que no se había puesto en todo el rodaje.

Cruzaron la isla hacia el norte con el sol saliendo a la derecha.

Órzola era un pueblo de pescadores al final de la carretera, con un muelle pequeño y un barco blanco que cabeceaba amarrado.

Subieron los últimos. No había más de quince personas: un par de familias de la isla, unos ciclistas, un hombre con una caja de pescado.

El barco salió del puerto y entró en el brazo de mar que llamaban el Río.

Vera se agarró a la barandilla. El agua era de un azul oscuro, casi negro, y el barco subía y bajaba con un vaivén largo. A la izquierda, enorme, se levantaba el risco de Famara: casi quinientos metros de pared cayendo a pico. Y arriba del todo, apenas visible, incrustado en la roca, un punto.

—¿Lo ves? —dijo Darío a su lado.

—¿El qué?

—El Mirador.

Vera lo buscó. Un muro de piedra del color de la montaña. Una cristalera que brillaba con el sol.

Allí arriba, casi seis semanas antes, había tenido a ese hombre a un centímetro de la boca y le había dicho «quieto ahí».

—Desde ahí se veía esto —dijo.

—Desde ahí se veía esto.

Él le cogió la mano. Delante de las familias, de los ciclistas, del hombre del pescado. A plena luz. Nadie los miró. Nadie sabía quiénes eran.

A Vera se le llenaron los ojos de agua y le echó la culpa al viento.

* * *

La Graciosa no tenía asfalto.

Caleta de Sebo era un puñado de casas blancas con las puertas azules y verdes, y calles de arena por las que la gente andaba descalza. Había barcas varadas en mitad del pueblo, un perro dormido a la sombra, olor a pescado frito y a salitre.

Alquilaron dos bicicletas y salieron por una pista de tierra hacia el sur.

No había nada: arena, matorral bajo, conchas rotas. A la izquierda el mar, a la derecha cuatro volcanes pequeños de colores distintos. Media hora pedaleando sin cruzarse con nadie. Vera iba delante, con el sol en los hombros, el vestido pegado a los muslos y la cadera respondiendo sin quejarse.

Poco antes de La Francesa dejaron las bicicletas junto a la pista y siguieron a pie.

Delante, al cabo de un rato, apareció una montaña amarilla.

Amarilla de verdad. Un cono volcánico de color ocre, casi dorado, que caía directamente al mar. Y a sus pies, escondida entre la pared amarilla y una lengua de lava negra, una cala.

Vera se paró a mirar.

La arena era clara, fina. El agua, de un turquesa tan transparente que desde arriba se contaban las piedras del fondo. Una media luna perfecta, protegida del viento por la montaña, sin una sola huella. Enfrente, al otro lado del Río, el risco. Y nadie. Ni una toalla, ni una barca, ni una voz.

—Se llama La Cocina —dijo Darío—. La vi desde la pared, el martes. Colgado de una mano.

—¿Y pensaste en traerme?

—Pensé en traerte.

Vera bajó a la arena. Dejó la mochila. Se volvió hacia él.

Tenía una cosa que decirle. Llevaba dándole vueltas desde la llamada del viernes, y en el barco, y en la bicicleta.

—Darío.

—Dime.

—Hoy no quiero decidir nada.

Él esperó.

—Llevo cuatro años decidiendo dónde va cada mano.

La de todos. Cuántos segundos, hasta dónde, cuándo se para.

Y contigo también. La primera noche me pediste que te coordinara, y lo hice.

En las salinas conduje yo. En el almacén te dirigí yo.

—Tragó saliva—. Mañana entro en una sala donde van a decidir otros por mí.

Y hoy… hoy quiero saber qué se siente cuando no decido yo y no pasa nada malo.

Darío la miraba muy quieto.

—Quiero que mandes tú —dijo ella—. Todo. Dónde, cuándo, cómo. No me preguntes. No me pidas permiso.

—Vera.

—Lo que decida la coordinación —dijo ella, y le salió una sonrisa temblorosa—. Hoy la coordinación eres tú.

Él tardó en contestar. Se le tensó la mandíbula.

—Tienes tu palabra —dijo.

—Lo sé.

—Dila.

—Sal.

—Es lo único tuyo hoy. Lo demás es mío. —Hizo una de sus pausas—. Si la dices, paro. Si no la dices, no voy a parar, ni voy a preguntarte, ni voy a ir más deprisa porque me lo pidas.

A Vera le recorrió un escalofrío desde la nuca. El mismo del primer día, en el salón de juegos. Le bajó por la espalda, vértebra a vértebra, y se le alojó entre las piernas.

—Vale —dijo.

—No me digas «vale».

Se le escapó la risa. A él no.

—Quítate el vestido.

* * *

No la tocó.

Se plantó a dos metros, con los brazos cruzados, y miró cómo ella se sacaba el vestido blanco por la cabeza. Debajo no llevaba nada. El sol le dio de lleno en la piel, en los pechos, en el vientre. El aire le endureció los pezones.

—Date la vuelta.

Ella se dio la vuelta: de espaldas a él, de cara al mar. Lo oyó desnudarse detrás: la camiseta, el pantalón cayendo en la arena. No lo veía. No saber dónde estaba le aceleró el pulso.

—Suéltate el pelo.

Se quitó la goma. Los rizos le cayeron por la espalda.

Nada. Silencio. El agua lamiendo la orilla.

Tenía sus ojos en la nuca, en la cintura, en el culo, en la cicatriz.

Diez segundos. Veinte. Nadie la había mirado nunca tanto tiempo sin tocarla.

Se le erizó la piel de los brazos. Entre los muslos empezó a latirle el pulso, lento, y ella no se movió, porque no le había dicho que se moviera.

—Entra en el agua.

Entró.

Estaba fría. Le cortó la respiración en los tobillos, en las rodillas, en los muslos. Cuando le llegó al sexo soltó un gemido corto. Siguió andando hasta que le cubrió la cintura.

Lo oyó entrar detrás.

Los brazos de él le rodearon la cintura bajo el agua y la atrajeron hacia atrás, contra su pecho. Caliente. Sólido. Como una pared de piedra al sol.

Papagayo.

Vera cerró los ojos. Era exactamente igual. El agua helada, el cuerpo ardiendo detrás, la barbilla de él rozándole el hombro. Pero ahora no había jefe de seguridad, ni lancha, ni camisa de lino, ni bañadores. Lo sintió contra el culo, duro, pesado, piel con piel.

—Vuélvete.

Se giró dentro de sus brazos. Él tenía los ojos verdes llenos del turquesa de la cala y gotas en las pestañas.

—Las piernas.

Se apoyó en sus hombros, se impulsó en la arena del fondo y le rodeó la cintura con las piernas. Él la sostuvo por el culo con las dos manos.

Y lo sintió.

Sin lycra. Sin nada. Su polla apretada a lo largo de su sexo, entre los labios abiertos, dura y caliente en el agua fría. No dentro. Contra ella. Justo donde aquella tarde, a través de dos bañadores, la presión había estado a punto de hacerle perder la cabeza.

—En Papagayo dijiste pausa —dijo él. La voz grave, lenta, a un palmo de su boca.

—Sí.

—¿Cuánto te faltaba?

A Vera se le encendió la cara.

—Tres —dijo—. Tres roces.

—Pues termina lo que empezaste.

—Darío…

—Muévete. Como aquel día. Yo no voy a hacer nada. —La sujetó más fuerte—. Y cuéntalos en voz alta.

Vera se movió.

Las caderas hacia delante y hacia atrás, sin prisa, deslizándose a lo largo de él. El clítoris, hinchado, resbaló sobre toda su longitud, de la base a la punta, y la sensación fue tan intensa que se le fue la cabeza hacia atrás.

—Uno —dijo. No le salió casi voz.

Él no se movía. La miraba. Tenía la mandíbula apretada, el músculo marcado junto a la oreja.

Otra vez. Más despacio. Cada centímetro le pasó bajo el clítoris; sintió cómo se le abrían los labios alrededor de él, cómo la humedad caliente de su cuerpo se mezclaba con el agua fría. Los pezones, duros, le rozaron el pecho.

—Dos.

—Mírame.

Lo miró. Se le estaban cerrando los ojos y los abrió.

Empujó las caderas una vez más. Larga. Hasta el final.

—Tres…

Se corrió con la palabra todavía en la boca.

Aquel orgasmo parecía llevar un mes esperándola en el agua, intacto, donde lo había dejado.

Le cerró las piernas alrededor de la cintura de él y le arrancó un grito que se fue por encima de la cala hacia el risco.

Él la sostuvo. No se movió ni un milímetro.

La dejó temblar contra su cuerpo hasta que se le acabaron las sacudidas.

Vera quedó colgada de su cuello, sin aire.

—Ese era el de Papagayo —dijo él contra su pelo—. Ahora vamos a por los míos.

* * *

La sacó del agua en brazos.

Había una losa de lava lisa al pie de la montaña amarilla, a la sombra, que no se veía desde la pista. Él extendió la toalla con una mano. La tumbó encima.

—Las manos por encima de la cabeza.

Vera subió los brazos. La roca, bajo la toalla, estaba tibia.

—No las bajes. Si las bajas, paro y empiezo otra vez desde el principio.

—¿Desde el principio de qué?

No le contestó.

Empezó por los tobillos.