Capítulo 20 #2
La giró. La puso de cara al mostrador, frente al espejo. Ella apoyó las manos entre las brochas y las paletas, y un bote de polvos rodó y cayó al suelo sin romperse.
Entró en ella de una vez.
Vera abrió la boca en el espejo y no le salió ningún sonido.
Estaba tan apretada, tan caliente, que él tuvo que parar un instante con la frente en su nuca, respirando. Cinco días. Ella se contraía alrededor de él, empujaba hacia atrás buscándolo, impaciente.
Empezó a moverse.
Rápido. No había tiempo para otra cosa. Embestidas cortas y hondas, con las manos en sus caderas, con cuidado de la izquierda, siempre con cuidado de la izquierda.
Ella se mordía el labio. Tenía los nudillos blancos sobre el mostrador.
Cada vez que él entraba hasta el fondo se le escapaba el aire por la nariz, un sonido pequeño, contenido, que a él lo volvía loco.
Fuera, a cincuenta metros, Gonzalo gritó «¡Acción!».
Dentro, las bombillas del espejo temblaban.
Darío levantó la vista y los vio.
A los dos. En el espejo. Rodeados de luces, como en un camerino de teatro. Ella inclinada hacia delante, con la camisa azul abierta, los pechos moviéndose, los rizos cayéndole por la cara, la boca entreabierta. Y detrás, un hombre.
Tardó un segundo en reconocerse.
Tenía la cara roja, la mandíbula apretada, el pelo revuelto. Los ojos verdes muy abiertos, casi asustados. Una cara de rasgos que nadie sabía situar, con la nariz torcida. La cara que llevaba veinte años escondiendo detrás de la espalda de otros.
Nunca se había visto así. No sabía que tenía esa cara.
Bajó los ojos.
—No —dijo Vera.
Lo estaba mirando por el espejo. Tenía las pupilas dilatadas.
—No apartes la vista. —Le costaba hablar. Cada embestida le cortaba una palabra—. Mírate.
—Vera…
—Mírate, Darío. —Ella soltó una mano del mostrador, la echó hacia atrás y le cogió la nuca. Le levantó la cabeza—. Ese eres tú. No Marc. No un lunar pintado. Tú. Mira la cara que tienes cuando estás dentro de mí.
Él miró.
Se miró a sí mismo follándola. Se vio la boca abierta, los tendones del cuello, el sudor en la frente. Se vio los ojos. Y vio los de ella a su lado, en el mismo espejo, clavados en él, sin parpadear.
—Esa cara —dijo ella, casi sin voz— es la que yo veo. Todo el rato. En el monitor, en el set, en la cama. Es la única que quiero ver.
A Darío se le cerró la garganta.
Le soltó la cadera y le metió la mano por delante, entre las piernas. Le encontró el clítoris, duro, resbaladizo. Lo frotó deprisa, sin delicadeza, como ella le pedía con todo el cuerpo. La vio cerrar los ojos en el espejo.
—No —dijo él—. Tú tampoco. Mírate.
Ella los abrió.
Se miraron los dos. Cuatro ojos en un espejo rodeado de bombillas.
Él entrando y saliendo de ella, ella empujando hacia atrás, las brochas saltando en el mostrador.
Y Darío notó cómo ella empezaba a correrse antes de que ocurriera: un temblor en los muslos, una contracción lenta alrededor de él, la boca abriéndose.
Le tapó la boca con la mano.
Vera se corrió contra su palma, con los ojos fijos en los suyos en el espejo, sacudida de arriba abajo, mordiéndole los dedos.
El grito le llegó a la mano, caliente, ahogado.
Ella lo apretaba por dentro, una vez, y otra, y otra.
Y no pudo más. Se corrió mirándose la cara, la suya, la de verdad, con un gemido que tuvo que tragarse hasta sentirlo en el pecho.
El walkie del mostrador crujió.
—¿Alguien ha visto a Vera? —La voz de Gonzalo, metálica, a medio metro de sus cabezas—. La necesito en monitor.
No se movieron. Él todavía dentro de ella. La mano todavía en su boca.
—Está revisando barreras en maquillaje —contestó la voz de Elena, tranquila—. Dos minutos.
—Que venga ya.
Silencio. Estática.
Vera le apartó la mano de la boca. Estaba temblando. Y se reía. Una risa muda, de puro nervio, con los ojos llenos de lágrimas.
—Dos minutos —susurró.
Él salió de ella y se abrochó el vaquero. Ella se bajó la falda, se abrochó la camisa con los dedos torpes, se miró en el espejo. Tenía la boca hinchada, el pelo hecho un desastre, la marca roja de la mano de él en la mejilla.
—Parezco exactamente lo que soy —dijo.
—Estás preciosa.
—Estoy despedida.
Se recogió el pelo con el lápiz. Cogió una esponja del mostrador y se dio dos toques de polvos en la mejilla. Después se volvió hacia él.
—Quítate la camiseta.
—¿Qué?
—El lunar. Chelo llega en cinco minutos y tú has venido a que te pinten un lunar.
Darío se quitó la camiseta. Ella cogió un pincel fino y el bote de maquillaje marrón. Le dio la vuelta. Le puso una mano en la espalda, todavía húmeda de sudor.
Antes de pintar, le besó el sitio. Bajo el omóplato derecho. Un beso rápido, con los labios abiertos.
—Odio este lunar —dijo.
Lo pintó. La punta del pincel giró despacio sobre su piel, fría, como el primer día en el salón de juegos del hotel. A ella le temblaba el pulso.
—Ya está. Ahora eres Marc.
—De espaldas.
—De espaldas. —Vera dejó el pincel. Le puso la mano en la cara y lo obligó a mirarla—. De frente eres mío.
Lo besó una vez más, corto. Descorrió el pestillo. Asomó la cabeza, miró a un lado y a otro, y salió con una caja de barreras bajo el brazo y el paso firme de una mujer que viene de hacer su trabajo.
Darío se quedó solo en la caravana.
Se sentó en uno de los sillones giratorios. Se miró en el espejo. Las bombillas. La cara.
Seguía ahí.
* * *
Esperó cuatro minutos. Chelo no llegaba. Se puso la camiseta sobre el hombro y salió.
El sol le dio de lleno. El paseo estaba casi vacío; el equipo se apretaba alrededor de la terraza, a cincuenta metros, donde Gonzalo repetía una toma. Vera ya estaba junto al monitor, con los auriculares puestos, como si no se hubiera movido de allí en todo el día.
Darío bajó los dos escalones de la caravana.
Y vio al chico.
Estaba sentado en una caja de material, a la sombra de una barca varada, a seis o siete metros. Uno de los eléctricos jóvenes. Rubén, se llamaba. Darío lo tenía visto desde Papagayo. Veintitantos años, una gorra hacia atrás, un cigarro en una mano y el móvil en la otra.
Lo estaba mirando.
—Buenas —dijo Rubén.
—Buenas.
El chico dio una calada. Señaló la caravana con la barbilla.
—Se mueve mucho eso con el viento, ¿eh?
Darío se volvió.
La caravana estaba quieta. Blanca, sucia, aparcada sobre sus cuatro ruedas junto a las barcas. Con una suspensión vieja, de las que se hunden cuando alguien sube un escalón.
No hacía viento. Era el primer día sin viento desde que habían llegado a la isla.
—Mucho —dijo Darío.
Rubén sonrió. Bajó los ojos al móvil y siguió pasando el dedo por la pantalla.
Darío echó a andar hacia el set con la camiseta al hombro y el lunar de otro hombre secándose en la espalda. No corrió. No miró atrás.
Pero durante todo el camino, cincuenta metros de paseo bajo el sol, llevó en la nuca aquel móvil.