Capítulo 20
Darío
Gonzalo lo hizo bien. Eso había que reconocérselo.
No hubo ninguna escena. Nadie levantó la voz.
El lunes por la mañana, el plan de rodaje apareció colgado en el tablón del comedor con una segunda unidad que hasta entonces no existía: una semana en Famara, con un director de segunda unidad llamado Quique, un operador, dos eléctricos y Darío.
Planos de acción. El personaje nadando entre las olas.
El personaje corriendo por la playa. El personaje escalando el risco.
—Lleva semanas diciendo que no tenemos suficiente paisaje —dijo Elena, sin mirarlo a los ojos—. Y como tú escalabas…
—¿Y dónde dormimos?
Elena tardó en contestar.
—Producción ha alquilado una casa en la Caleta. Para ahorrar traslados.
Darío asintió.
Ni siquiera el hotel. Ni el pasillo, ni las siete puertas. Gonzalo no se había limitado a separarlos en el set. Había puesto la isla entera entre los dos.
—Elena.
—No me preguntes nada —dijo ella en voz baja—. Yo solo cuelgo el papel.
Pero antes de irse le apretó el antebrazo. Justo donde Vera se lo había apretado una vez, junto a una bandeja de platos sucios.
* * *
Famara le gustó, a pesar de todo.
La casa era de surfistas, con tablas apoyadas en la fachada y arena en todos los rincones.
La Caleta, un pueblo de calles sin asfaltar donde el viento amontonaba dunas contra las puertas.
Y el risco. Seiscientos metros de pared oscura cayendo a pico sobre el mar, con las cumbres metidas en las nubes.
El martes lo escaló.
No hasta arriba. Quique quería sesenta metros de pared para un plano con teleobjetivo: una figura diminuta subiendo por la roca, con el océano blanco de espuma detrás.
Lo aseguraron con una cuerda que borrarían en posproducción.
Darío revisó el anclaje principal. Después el de seguridad.
Después otra vez el principal. El técnico de cuerdas, un canario de pocas palabras, lo dejó hacer sin ofenderse.
Darío se puso los pies de gato por primera vez en seis años, metió las manos en la bolsa de magnesio y tocó la piedra.
Estaba fría. Áspera. Olía a sal y a liquen.
Subió.
Se le había olvidado lo que era eso. El cuerpo pensando solo. Los dedos buscando un agarre, el pie encontrando una repisa de dos centímetros, el peso pasando de una cadera a otra. A veinte metros dejó de oír a Quique. A cuarenta dejó de oír el mar. A sesenta se colgó de una mano, se volvió y miró.
La playa entera, cinco kilómetros de arena dorada. Las cometas de los surfistas. El pueblo. Y al norte, al otro lado de un brazo de mar de un azul imposible, una isla pequeña, baja, de color arena, con cuatro volcanes y un puñado de casas blancas.
La Graciosa.
La había visto al amanecer, desde el Mirador del Río, el día que tuvo a Vera a un centímetro de la boca. Entonces era una mancha dorada al fondo de un ensayo. Ahora la veía completa, a plena luz. Una isla sin asfalto. Lejos del equipo.
Pensó que le gustaría llevarla allí.
Después pensó en la cicatriz de sus costillas, en la caída de hacía años, y en que la última vez que había estado colgado de una pared no tenía a nadie en quien pensar. Ahora sí. Y descubrió, a sesenta metros del suelo, que eso daba más vértigo que la altura.
* * *
Hablaban por las noches.
Ella lo llamaba a las doce, cuando el pasillo del hotel callaba, y él cogía el teléfono tumbado en una litera de la casa de surfistas, con la ventana abierta y el ruido del mar. Hablaban en susurros, como dos adolescentes con los padres en la habitación de al lado.
La primera noche ella le contó lo de la productora.
—Me ha llamado Inés. Quiere verme el lunes.
«Para repasar cómo está funcionando la coordinación».
—Vera imitó la voz de la productora ejecutiva y luego calló—.
Gonzalo le ha dicho que he perdido objetividad.
Que protejo demasiado a unos intérpretes y demasiado poco a otros.
Que hay «dinámicas» en el set que deberían revisarse.
—¿Ha dicho mi nombre?
—No. Todavía no. Es más listo que eso. Está preparando el terreno.
Darío cerró los ojos.
—Vera, si quieres que paremos…
—No.
—Escúchame. Hasta que termine el rodaje. Cuatro semanas. Yo puedo esperar cuatro semanas.
—Yo no. —Lo dijo sin dudar—. Llevo siete años esperando, Darío. No voy a esperar ni un día más porque a Gonzalo Arteaga le moleste que yo exista.
Él no supo qué contestar. Oía su respiración al otro lado. El viento en la persiana de ella. El mar en la ventana de él.
—Además —dijo Vera, más bajo—, van a quitármelo igual. Lo sé. Conozco a los hombres como él. Cuando deciden que sobras, sobras. Así que prefiero que me lo quiten por algo que he hecho y no por algo que no me he atrevido a hacer.
Era la primera vez que la oía hablar así. Sin protocolo. Sin red.
Le dio miedo y le gustó a la vez.
No hicieron nada por teléfono aquella noche. Ni la siguiente. Él habría querido, y ella también, se lo notaba en la voz. Dejaban el teléfono sobre la almohada, con el altavoz puesto, y se escuchaban respirar hasta que uno de los dos se dormía.
—Te quiero —le dijo ella la tercera noche, ya medio dormida, con la voz espesa.
Era la primera vez que lo decía con esas palabras.
Darío no durmió hasta las cuatro, mirando el techo de la litera con el teléfono en el pecho, oyéndola dormir a cuarenta kilómetros.
* * *
El viernes, las dos unidades se juntaron en Playa Quemada.
Era un pueblo de pescadores en la costa sur, un puñado de casas blancas y tres restaurantes alrededor de una playa de callaos negros que el sol calentaba como una plancha.
De ahí el nombre. Se rodaba la única escena de la película con figurantes: la pareja comiendo en una terraza, rodeada de gente, fingiendo ser dos personas normales.
Y después, un plano de él entrando en el mar de espaldas, desnudo de cintura para arriba.
El lunar de Marc bajo el omóplato. El cuerpo de Darío.
Llegó en la furgoneta de la segunda unidad a las diez. El pueblo estaba tomado: camiones, cables, la carpa de catering, la caravana de maquillaje aparcada al final del paseo, junto a las barcas varadas.
La vio enseguida.
Estaba de pie junto al monitor, a la sombra de un toldo, con una camisa de lino azul y el pelo recogido con un lápiz. Hablaba con el director de fotografía. Tenía ojeras. Estaba más delgada, o se lo pareció. Cinco días.
Ella levantó la vista.
No sonrió. No hizo ningún gesto. Lo miró dos segundos, por encima del hombro del director de fotografía, y a Darío esa mirada le dio en el estómago, en las rodillas, entre las piernas. Después ella se llevó la mano a la oreja izquierda. Dos dedos. El aro de plata.
Y se sacó el lápiz del pelo.
Los rizos le cayeron por la espalda de golpe.
Darío se dio la vuelta y se puso a ayudar a los eléctricos a descargar un camión, porque no podía estarse quieto.
Gonzalo estaba a tres metros de ella, detrás de la cámara. No la perdió de vista en toda la mañana. Ni a ella ni a él. Cada vez que Darío cruzaba el paseo, notaba esos ojos claros siguiéndolo con la calma de alguien que tiene todo el tiempo del mundo.
No hubo forma de acercarse. Ni una palabra. Ni un roce.
A la una y media, Elena apareció a su lado con la tableta.
—Darío. Tu plano es a las tres. Chelo te pinta el lunar en la caravana a las dos y cuarto.
—Vale.
—Chelo está en el set hasta las dos y media con los figurantes. —Elena miraba la tableta, no a él—. Así que vas a tener que esperarla allí dentro un rato. Solo.
Darío la miró.
—Y a Vera le he pedido que revise las barreras de Irene para la escena de mañana —siguió Elena, pasando el dedo por la pantalla—. Están en la caravana. En el armario del fondo. Le he dicho que a las dos y cuarto es buena hora, que no hay nadie.
Levantó por fin los ojos.
—Yo no sé nada —dijo—. Yo solo hago horarios. —Hizo una pausa—. Tenéis quince minutos. Y echa el pestillo, por el amor de Dios.
* * *
La caravana olía a laca, a polvos y a café frío.
Era estrecha, de un blanco sucio, con dos sillones giratorios frente a un espejo largo rodeado de bombillas.
Sobre el mostrador había brochas, esponjas, paletas de colores, un secador, un walkie-talkie en su cargador con la luz verde encendida.
Las persianas de lamas estaban bajadas. Por las rendijas entraban rayas de sol que cortaban el aire lleno de polvo.
Darío entró a las dos y trece. Esperó en mitad del pasillo, sin saber dónde poner las manos.
Fuera se oía todo. La voz de Gonzalo pidiendo silencio. Los figurantes riéndose. El mar sobre los callaos. Alguien pasó junto a la caravana arrastrando un carro y la carrocería entera vibró.
A las dos y dieciséis se abrió la puerta.
Vera entró, cerró detrás de ella y echó el pestillo. Era un pestillo ridículo, de aluminio, de los que se abren con un empujón.
Se miraron. Dos metros. La distancia del set.
—Hola —dijo ella.
—Hola.
Ninguno se movió.
Después ella cruzó los dos metros y él la tuvo encima.
No fue un beso. Fue un choque. Las bocas abiertas, los dientes, las manos de ella tirándole del pelo, las de él cogiéndole el culo y levantándola contra su cuerpo.
Le abrió la camisa mientras seguían besándose.
Cinco días. Le supo a café y a sal. Olía a ella, a ese olor de debajo del jabón que llevaba cuatro noches intentando recordar en una litera.
—Quince minutos —dijo ella contra su boca.
—Trece.
—Entonces no hables.
Le desabrochó el vaquero con las dos manos, sin dejar de besarlo.
Él le subió la falda. Debajo no llevaba nada.
Nunca llevaba nada. Ni siquiera hoy, con Gonzalo a tres metros toda la mañana.
Le metió la mano entre los muslos y la encontró empapada, tan mojada que los dedos le resbalaron dentro sin querer, y ella soltó un gemido que él le tapó con la boca.
—Llevo así desde que te has bajado de la furgoneta —susurró ella—. Desde las diez. Cuatro horas. Con la carpeta en la mano.
Darío creyó que se le paraba el corazón.