Capítulo 19 #2
Él siguió bajando. Le besó el vientre. La cadera. La cicatriz.
Ella se movió para abrirle las piernas.
Y la cadera le dio un calambre.
Fue brusco, un latigazo agudo en la articulación izquierda, donde la habían operado, que le subió por la ingle y le bajó por el muslo. Soltó un grito que no tenía nada de placer. Se dobló hacia un lado.
Darío se incorporó al instante.
—¿Qué pasa?
—La cadera. —Vera apretó los dientes—. Calambre. No pasa nada. Es… a veces, si la abro de golpe…
No pudo terminar. Le dolía. Se le saltaron las lágrimas, esta vez de dolor.
Darío no dijo nada. Se colocó a su lado, le cogió la pierna izquierda con mucho cuidado por la corva y el tobillo, y empezó a moverla.
Poco a poco, en rotación: hacia dentro, hacia fuera, en círculos pequeños.
Con las manos grandes, firmes, sin hacer fuerza.
Como si supiera exactamente lo que hacía.
El calambre empezó a soltarse.
Vera le observó la cara: concentrada, seria, los ojos fijos en su pierna.
—¿Cómo sabes hacer eso?
—Veinte años de especialista. —Él no levantó la vista—. Me he roto casi todo. Y he visto romperse a casi todos. Sé cómo ayudar a que se pase un calambre.
Siguió moviéndole la pierna. Luego le puso la mano abierta sobre la cadera, sobre la cicatriz, y la dejó ahí, caliente, sin moverla. El calor fue entrando en la articulación, ablandándola.
Y entonces, sin saber por qué, empezó a llorar.
No de dolor. El calambre ya había cedido.
Darío no le preguntó nada. Siguió con la mano en su cadera. Esperó.
—La última vez que alguien me tocó la cadera así —dijo Vera al fin, con la voz rota— fue el fisioterapeuta del hospital. El día que me dijo que no iba a volver a bailar.
Él no apartó la mano.
—Tenía veintinueve años. Llevaba bailando desde los ocho.
Seis horas al día, siete días a la semana.
No sabía hacer otra cosa. No sabía ser otra cosa.
Mi cuerpo era lo único que yo era. —Se secó la cara con el dorso de la mano—.
Y me dijo que podría andar, que podría hacer vida normal. Y yo pensé: entonces ¿quién soy?
Darío le acarició la cicatriz con el pulgar. De un extremo a otro.
—Y me hice coordinadora —siguió ella—. Para seguir dentro de los cuerpos.
Aunque fueran los de otros. Para seguir decidiendo cómo se mueven.
Y me volví muy buena. Y me olvidé del mío.
Lo usaba para follar de vez en cuando, para andar, para trabajar.
Pero no estaba ahí. Hacía siete años que no estaba dentro de mi propio cuerpo.
Lo miró.
—Hasta el Mirador. Hasta que me dijiste «¿y tú?» en aquella cama redonda. Hasta el agua de Papagayo. Hasta que te oí a través de la roca.
Darío la escuchaba en silencio.
—Contigo vuelvo a estar dentro —dijo ella—. Me duele la cadera y me río y lloro y me mojo solo con que me mires en un monitor. Estoy dentro, Darío. Y me da un miedo horrible. Porque la última vez que estuve tan dentro de mi cuerpo, se rompió.
Él se inclinó. Le besó la cicatriz.
Luego subió por su cuerpo, sin prisa, besándola. El vientre. El pecho. El cuello. Hasta llegar a su cara. Le besó las lágrimas, una por una.
—No se va a romper —dijo, contra su mejilla.
—No lo sabes.
—No. No lo sé. —Le apoyó la frente en la suya—. Pero si se rompe, lo arreglamos. Alguna cosa sé de cuerpos que se rompen.
Vera soltó una risa entre lágrimas.
Lo besó.
* * *
Esta vez fue despacio. Muy despacio.
Él se tumbó de lado, detrás de ella, para que no tuviera que abrir la cadera.
La rodeó con un brazo. Le besó la nuca, el hombro, el omóplato.
Le cogió un pecho con la mano y se lo acarició sin prisa, el pulgar rodeando el pezón, una y otra vez, hasta que ella empezó a respirar más hondo y a apretarse contra él.
Lo tenía detrás, contra el culo. Duro, caliente. Esperando.
—¿Así? —preguntó él al oído.
—Así.
Él le levantó un poco la pierna izquierda, con cuidado, y la dejó apoyada sobre la suya. Entró en ella por detrás, de lado, con calma, mientras le seguía acariciando el pecho.
Vera cerró los ojos.
No era como las otras veces. No había urgencia.
No había que esconderse. Él se movía dentro de ella casi sin moverse, con embestidas cortas y hondas que no salían nunca del todo, como si quisiera quedarse dentro el mayor tiempo posible.
Le besaba la nuca. Le respiraba en el oído.
Bajó la mano del pecho al vientre, y del vientre al sexo, y le encontró el clítoris con los dedos y lo acarició al mismo compás lento con que se movía.
Por la ventana pequeña entraba la luz de la tarde. Dorada. Caía sobre la cama de hierro, sobre las sábanas blancas, sobre la piel de los dos. Fuera, en el patio, se oía el viento entre las palmeras y, a lo lejos, una campana.
Vera estaba dentro de su cuerpo.
Lo sentía todo. Cada centímetro de él dentro de ella.
Cada roce de sus dedos en el clítoris. El calor de su pecho contra su espalda.
El latido de su corazón, que notaba contra los omóplatos.
El aliento en la nuca. La cadera, que ya no dolía, apoyada contra su muslo.
Lo sentía todo como no había sentido nada desde los veintinueve años.
El orgasmo llegó lento. Sin aviso. Como el agua llenando la sima de la cueva.
Subió desde el vientre, lento, ancho, y se le extendió por todo el cuerpo, hasta las manos, hasta los pies, hasta la cara.
No gritó. Soltó el aire en un gemido largo, bajo, que no se parecía a ninguno de los que él le había oído, y se contrajo alrededor de él una y otra vez, y él la abrazó más fuerte y permaneció inmóvil dentro de ella, sintiéndola.
Cuando terminó, él empezó a moverse otra vez. Igual de lento. Y se corrió así, un rato después, con la cara hundida en su pelo y un gemido ahogado contra su nuca, abrazándola tan fuerte que casi no la dejaba respirar.
No se separaron.
Él detrás. Ella delante. Dentro todavía. La luz dorada resbalando por la pared.
—Vera.
—Dime.
Él tardó mucho en hablar.
—Creo que me he enamorado de ti.
Vera abrió los ojos.
No se volvió. Miraba la ventana, el valle, las palmeras doradas por la luz de la tarde. El corazón de él le golpeaba en la espalda, deprisa, como si tuviera miedo de lo que acababa de decir.
—Creo que desde el primer día —siguió él, muy bajo—. Desde la mesa de billar. Cuando me dijiste que no te podía dar igual.
Vera cogió la mano que él tenía sobre su vientre. La apretó.
—Eso es un pozo sin fondo —dijo.
—Lo sé.
—O diez centímetros de agua.
—También lo sé.
Ella se volvió entonces, con cuidado con la cadera, hasta quedar frente a él en la cama de hierro, con la cara a un palmo de la suya. Él la miraba con los ojos verdes abiertos, desnudos, sin nada detrás. Esperando.
—Yo también —dijo Vera.
Él cerró los ojos un instante.
—Yo también, Darío. Y me da igual que sea un pozo.
Lo besó.
Fuera, la campana dejó de sonar. El viento siguió moviendo las palmeras del patio.
Y en la cama de hierro de una casa que nadie del equipo conocía, en el valle más verde de una isla negra, dos personas que se ganaban la vida construyendo el deseo de otros delante de una cámara se quedaron dormidas abrazadas a las seis de la tarde, sin fingir nada.
* * *
Vera se despertó a las nueve, a oscuras, con el móvil vibrando en el suelo, dentro de su bolsa.
Lo sacó a tientas. Diecisiete llamadas perdidas. Todas de Elena.
Y un mensaje.
Elena: Vera, ¿dónde estás? Llámame en cuanto veas esto.
Gonzalo ha cambiado el plan de rodaje de toda la semana.
Ha puesto a Darío en exteriores en Famara y a ti con Marc en la casa.
No coincidís ni un solo día. Y en la reunión de esta tarde con la productora ha pedido que se revise el protocolo de coordinación. Ha dicho tu nombre tres veces.