Capítulo 19
Vera
Fue la primera vez desde que habían empezado a dormir juntos.
Le mandó un mensaje a las once —Hoy no. Gonzalo— y él contestó con una sola palabra —Lo sé— y Vera siguió despierta en su cama, con la ventana cerrada, oyendo el viento golpear las persianas y repasando una y otra vez la cara de Gonzalo al volverse hacia ella desde detrás de la cámara.
Será el calor de la piedra. Da sueño.
No había dicho nada. No había preguntado nada. Solo había mirado el pendiente y había sonreído. Y Vera conocía a los hombres como Gonzalo lo bastante bien para saber que esa sonrisa no era el final de nada. Era el principio.
El sábado, en el set, él no le dirigió la palabra salvo para lo imprescindible. No hizo ningún comentario. No la llamó «comisaria». Fue amable, casi cordial. Le preguntó su opinión sobre una toma delante del director de fotografía y le dio la razón.
Eso fue lo que más miedo le dio.
* * *
El domingo era el día libre.
El único de la semana. El equipo se dispersaba por la isla: unos a la playa, otros a Arrecife, otros a dormir doce horas seguidas.
Elena se iba con Irene y dos chicas de maquillaje a hacer surf en Famara.
Gonzalo, según el plan de producción, tenía una reunión con la productora en un hotel de Puerto del Carmen.
Darío le escribió a las nueve de la mañana.
Darío: Cueva de los Verdes. Primer turno de visita, a las diez. No vengas conmigo. Ven sola.
Vera estudió el mensaje.
Vera: ¿Por qué ahí?
Darío: Porque es el único sitio de la isla donde va a estar oscuro a las diez de la mañana.
Fue sola, en un coche de alquiler que pidió en el hotel con la excusa de ir a comprar a Haría.
Atravesó la isla de sur a norte. Pasó por los viñedos negros de La Geria, por los pueblos blancos, por el valle de las mil palmeras de Haría, verde y frondoso como si fuera otra isla.
Y al llegar al norte, donde la carretera bajaba hacia el mar entre coladas de lava cubiertas de líquenes grises, encontró la entrada de la cueva: una boca negra abierta en el suelo, en mitad del malpaís, con una escalera de piedra que se hundía en la tierra.
Él estaba en la cola. Con una gorra, gafas de sol y una sudadera con capucha. Entre una pareja de alemanes jubilados y una familia con dos niños. No la miró cuando ella se puso tres personas detrás.
Vera sonrió sin querer.
* * *
La Cueva de los Verdes era el mismo tubo volcánico que, un poco más abajo, desembocaba en los Jameos del Agua.
Un túnel de lava de seis kilómetros que la colada había excavado al fluir hacia el mar, y que durante siglos había servido a los habitantes de la isla para esconderse de los piratas que desembarcaban en la costa.
La guía lo explicaba en tres idiomas mientras bajaban: piratas berberiscos, esclavos, familias enteras escondidas durante semanas en la oscuridad.
Dentro hacía fresco. Las paredes eran de roca rojiza, ocre, negra, con vetas de colores que la iluminación tenue, escondida en el suelo, hacía brillar como si estuvieran vivas.
Había pasajes tan bajos que había que agacharse y galerías tan altas que el techo se perdía en la oscuridad.
El grupo avanzaba en fila, a paso corto, por un camino de tierra apisonada.
Darío iba delante. Vera, detrás. Entre ellos, los alemanes y la familia.
En un tramo estrecho, la guía se detuvo para explicar algo sobre la formación de la lava. El grupo se apretó. Y, en la penumbra, una mano buscó la de Vera por detrás de la espalda de un alemán.
La cogió.
Siguieron así, de la mano, a oscuras, a espaldas de todo el mundo, durante el resto del recorrido. Él delante, ella detrás, las manos unidas por detrás del alemán, que no se enteró de nada. Cada vez que el pasaje se ensanchaba se soltaban. Cada vez que se estrechaba volvían a encontrarse.
Era lo más tonto que Vera había hecho en años.
Le latía el corazón como a una adolescente.
* * *
Al final del recorrido, la guía los reunió en una galería amplia, al borde de lo que parecía un abismo.
Vera se asomó. Delante de ella, el suelo se acababa.
Había un precipicio vertical, negro, que bajaba y bajaba hacia una oscuridad que no tenía fondo.
En sus paredes se veían las formaciones de la roca, las vetas, los colores, hundiéndose, cada vez más lejos, cada vez más pequeños, hasta desaparecer.
Una sima. Un pozo sin final. Daba vértigo mirarlo.
Los niños de la familia se agarraron a los pantalones de su padre.
—¿Cuánto hay hasta abajo? —preguntó uno de los alemanes en inglés.
La guía sonrió. Debían de hacerle esa pregunta cada día.
Se agachó y cogió una piedrecita del suelo.
Y la tiró al abismo.
La piedra no cayó. Tocó algo casi enseguida, apenas a medio metro, con un ruido pequeño y húmedo, y todo el abismo se rompió en círculos concéntricos que se fueron extendiendo por la superficie. Las vetas se deformaron. Los colores temblaron. La sima infinita se onduló como una sábana.
Era agua.
Una lámina de agua de pocos centímetros de profundidad, tan quieta y tan transparente que reflejaba el techo de la cueva a la perfección. Lo que parecía un pozo sin fondo era el techo visto al revés. Un reflejo.
El grupo soltó una exclamación. Los niños se rieron. Los alemanes aplaudieron.
Vera no se movió.
Siguió mirando el agua mientras los círculos se calmaban y el abismo volvía a formarse, perfecto, negro, sin fondo. Sabiendo ya que era mentira. Y aun así, sintiendo el vértigo igual.
Alguien se colocó a su lado. Darío. Sin mirarla, con la gorra calada, como un turista más.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
—Sí.
—Te has quedado blanca.
Vera siguió mirando el agua.
—Llevo un mes con miedo de caerme en algo así —dijo—.
Contigo. Pensando que no tiene fondo. Que si me suelto, no paro de caer.
Que pierdo el trabajo, la carrera, todo lo que he construido desde que dejé de bailar.
—Tragó saliva—. Y a lo mejor es solo un reflejo.
A lo mejor son diez centímetros de agua.
Darío no dijo nada.
Le rozó la mano. Solo los dedos. A la vista de todos, sin que nadie se diera cuenta.
—Y a lo mejor es un pozo de verdad —dijo él—. Y nos caemos los dos.
Vera giró la cabeza y lo miró.
—¿Eso tendría que tranquilizarme?
—No —dijo él—. Pero por lo menos no te caerías sola.
* * *
No volvieron al hotel.
Darío había alquilado una casa. Lo dijo en el aparcamiento de la cueva, apoyado en su coche, con las gafas de sol en la mano: una casa vieja de piedra en las afueras de Haría, con un patio con palmeras y un aljibe, que había encontrado en una web una de esas noches y había pagado para todo el fin de semana.
Nadie del equipo sabía que existía. Nadie iba a ir allí.
—¿Cuándo has hecho eso?
—La noche que me dijiste «hoy no».
Vera lo estudió un rato largo.
—Estás loco.
—Probablemente.
Fue detrás de su coche por la carretera del valle, entre palmeras y casas blancas con puertas verdes, hasta una pista de tierra que subía hacia la montaña.
La casa estaba al final, sola, con las paredes de piedra volcánica sin encalar, un tejado de teja árabe y un muro bajo que rodeaba un patio lleno de buganvillas.
Dentro olía a madera vieja y a cal. Había una cocina con una mesa enorme, un salón con chimenea y, al fondo, un dormitorio con una cama de hierro vestida con sábanas de algodón blanco y una ventana pequeña que daba al valle.
Era la primera vez que tenían una casa entera solo para ellos, sin pasillo ni paredes finas, sin Elena pasando a las seis, sin el equipo al otro lado de la roca y sin Gonzalo.
Y Vera, de repente, no supo qué hacer.
Se plantó en mitad del dormitorio, con la bolsa todavía colgada del hombro, mirando la cama de hierro.
—¿Qué pasa? —preguntó él desde la puerta.
—No lo sé. —Se rio, nerviosa—. Es raro. Llevamos una semana follando como animales en una habitación de hotel con la almohada en la boca. Y ahora tenemos una casa entera y no sé por dónde empezar.
Darío dejó las llaves sobre la cómoda. Se acercó. Le quitó la bolsa del hombro y la dejó en el suelo.
—Empieza por donde quieras —dijo—. O no empieces. Podemos no hacer nada. Podemos comer. Dormir. Hay una hamaca en el patio.
Vera lo miró.
—No quiero no hacer nada.
—Vale.
—No me digas «vale».
Él sonrió.
Ella le puso las manos en el pecho. Le subió la sudadera.
Él levantó los brazos y ella se la quitó por la cabeza, y al hacerlo se le enganchó en la gorra, que seguía puesta, y la gorra salió volando y cayó detrás de la cama, y él terminó con la sudadera enredada en los brazos por encima de la cabeza, atrapado, sin poder ver nada.
—Vera, que no veo.
Ella se echó a reír.
No pudo parar. Se rio con una risa que le salía del estómago, una risa que no usaba desde hacía meses, mientras él forcejeaba con la sudadera a ciegas y acababa tropezando con el borde de la cama y cayendo sentado sobre el colchón con la cara todavía tapada.
Ella se rio más. Se le saltaron las lágrimas.
Tuvo que sentarse a su lado para no caerse.
Él consiguió sacarse la sudadera. Tenía el pelo de punta y la cara roja.
—Esto no estaba en la coreografía —dijo.
—No. —Vera se secó los ojos—. Esto no lo coordino yo.
Él la miró con una sonrisa torcida. Le apartó un rizo de la cara.
Y la besó.
* * *
Fue torpe. Desde el principio.
No como las noches en la 312, donde todo era hambre y urgencia y cuerpos que se encontraban sin pensar.
Aquí había tiempo. Y el tiempo los volvía torpes.
Se desnudaron a trompicones, riéndose. Ella se enredó con la cremallera del vestido y él tuvo que ayudarla.
Él se atascó con un calcetín. Se tumbaron en la cama de hierro y el somier chirrió con un sonido tan escandaloso que los dos se detuvieron, mirándose, y volvieron a reírse.
—Esto lo oye todo el valle —dijo él.
—Que lo oiga.
Él le besó el cuello. Bajó. Le cogió un pecho con la mano y se lo besó, rodeando el pezón con la lengua, y Vera cerró los ojos y el hilo volvió a tensarse, el de siempre, del pezón al vientre, del vientre al clítoris.