Fuera de plano Capítulo 18
55%

Capítulo 18

Darío

Le contestó a Irene a las siete de la mañana, desde el comedor del hotel, con un café delante que no se bebió.

Tardó veinte minutos en escribir tres líneas.

Las borró cuatro veces. No quería hacerle daño.

Irene no había hecho nada malo. Se había fijado en un hombre que la trataba bien, que la cuidaba en una cama delante de cuarenta personas, y había leído en un gesto algo que no era para ella. Era lo más normal del mundo.

Al final escribió:

Darío: Gracias por la invitación, Irene. De verdad. Pero prefiero no mezclar nada con el rodaje mientras dure. Me importa mucho que estés tranquila en las escenas que nos quedan. Eres una compañera increíble. 😊

Lo leyó tres veces. Le pareció cobarde y amable a la vez, que era probablemente lo único que podía ser.

La respuesta llegó en un minuto.

Irene: Lo entiendo. Vera me dijo lo mismo. 😅 Gracias por ser tan majo.

Darío no levantó los ojos de la pantalla.

Vera me dijo lo mismo.

Ahora entendía la cara de anoche. La de una mujer que ya sabía. Que había tenido esa conversación antes que él, a solas con Irene, y le había tocado mirarla a los ojos y decirle que no era buena idea mientras guardaba en el bolsillo la llave de la 312.

Se pasó las manos por la cara.

Por la ventana del comedor vio llegar las furgonetas. Vera bajó de la primera con la carpeta bajo el brazo, el pelo recogido, una camisa negra cerrada hasta el cuello. No miró hacia el comedor.

No llevaba el pendiente.

* * *

La escena de aquel día era la del túnel.

En la casa de lava había un pasadizo que comunicaba la burbuja de la palmera con la del dormitorio, un túnel natural de roca negra, bajo y curvo, que el arquitecto de la casa había dejado sin encalar para que se viera la piedra volcánica en bruto.

En la novela, era el lugar donde la pareja se encontraba de noche, a oscuras, y él la empujaba contra la pared y le subía la camisa.

Una escena corta, violenta, casi animal.

De pie. Con la ropa a medio quitar. Llevaban dos semanas preparándola.

Darío la tenía en el plan de rodaje desde el principio. Planos de espalda, de manos, de cuerpo. Marc haría los primeros planos de cara después, por separado.

Cuando llegó al camerino, Toni lo esperaba con una expresión rara.

—Darío. Hay un cambio.

—¿Qué cambio?

—Marc quiere hacer la escena del túnel él.

Darío se paró con la sudadera a medio quitar.

—¿Él? Marc no hace cuerpo.

—Eso le he dicho yo. —Toni bajó la voz—.

Dice que se ha visto en el material montado de la semana pasada.

La escena de la pared de roca. Y que no se reconoce.

Que la gente va a ver la película y va a pensar que es él, y no es él, y que eso le parece…

—Toni buscó la palabra— una estafa a su carrera.

Que él puede hacer una escena de pie, con la ropa puesta. Que no hay desnudo.

—Hay desnudo de espalda.

—Le van a poner una camiseta.

Darío calló. Terminó de quitarse la sudadera. Estuvo un rato sentado en la banqueta del camerino, en camiseta, sin saber qué hacer con las manos.

—¿Y yo qué hago?

Toni se encogió de hombros.

—Gonzalo dice que te quedes. Por si Marc no puede y hay que volver al plan original.

Por si acaso. El doble del doble. El cuerpo de repuesto de un cuerpo que no era el suyo.

—Vale —dijo Darío.

* * *

Marc no pudo a la primera. Ni a la segunda. Ni a la quinta.

Darío lo vio desde el fondo de la burbuja de la palmera, sentado en una caja de material, apartado, mientras el equipo se apretaba en la boca del túnel con la cámara al hombro y los focos escondidos detrás de las rocas.

Marc empujaba a Irene contra la pared de piedra como quien empuja una puerta atascada.

Le subía la camisa con dos dedos, como si le diera asco tocar la tela.

Le ponía la mano en la cadera y la quitaba enseguida, como si quemara.

Gonzalo cortaba. Volvía a empezar. Gonzalo cortaba.

Y Vera, junto al monitor, a dos metros del túnel, con los auriculares puestos, le daba instrucciones a Marc en voz baja. «Más cerca. No, más despacio. La mano abierta, no con los dedos. Que se note que quieres».

Exactamente las mismas palabras que le decía a él.

Darío se dio cuenta de que tenía los puños cerrados.

No eran celos de Irene. No sentía nada por Irene. No eran celos de Marc, que no sabía tocar a una mujer delante de una cámara y que se iba a llevar en los títulos de crédito todo lo que hiciera bien el cuerpo de otro. Era otra cosa. Más vieja. Más honda.

Era verse. Desde fuera. En esa caja de material, al fondo, donde no llegaba la luz. Viendo cómo otro hacía su trabajo peor que él, con la ropa que él había llevado la víspera y un lunar de verdad, mientras la mujer con la que se acostaba cada noche le susurraba a ese otro cómo hacerlo.

Veinte años siendo el cuerpo de alguien. Y el día que alguien decidía que quería su propio cuerpo, Darío desaparecía. Ni siquiera hacía falta despedirlo: podían dejarlo sentado en una caja y seguir rodando.

—Corten —dijo Gonzalo por octava vez—. Quince minutos. Marc, por favor, ven conmigo.

El equipo se dispersó hacia el jardín a fumar. Marc salió detrás de Gonzalo con la cara roja. Irene se fue al camerino con el albornoz.

Darío se levantó de la caja y se fue en la dirección contraria.

* * *

La casa de lava tenía más burbujas de las que se usaban en el rodaje.

Detrás de la de la palmera, por un pasadizo estrecho que nadie del equipo usaba porque no llevaba a ningún set, había una cavidad pequeña que el decorador había convertido en almacén.

Sin luz eléctrica, solo con la claridad que se colaba por una grieta en el techo.

Cajas de focos vacías, rollos de cable, sacos de arena para sujetar trípodes.

Y la roca negra por todas partes, rugosa, curva, como el interior de un cuerpo.

Darío se sentó en el suelo, con la espalda contra la piedra, y cerró los ojos.

No supo cuánto tiempo estuvo allí. Cinco minutos. Diez.

Oyó pasos en el pasadizo. Ligeros. Descalzos.

Abrió los ojos.

Vera estaba en la entrada de la cavidad, recortada contra la poca luz del pasadizo. Se había quitado las sandalias para no hacer ruido sobre la roca. Llevaba la camisa negra abrochada hasta arriba y los auriculares colgándole del cuello.

—Te he visto irte —dijo, muy bajo.

Darío no contestó.

Ella entró. Se arrodilló en el suelo de roca frente a él, entre sus piernas estiradas, a un palmo. En la penumbra, sus ojos eran casi negros.

—Lo siento —dijo.

—¿Lo de Marc?

—Lo de Marc. Y lo de anoche. Y lo de Irene. Todo.

Darío la miró.

—Irene me ha dicho que tú le dijiste lo mismo que yo.

Vera bajó la vista.

—Ayer en el camerino. Me preguntó si le gustabas. —Tragó saliva—. Me contó que lo del pulgar, en los Jameos, pensó que era para ella. Estaba en medio. Entre tú y yo. En línea recta.

Darío cerró los ojos.

—Joder.

—Le mentí. Le dije que no sabía. Que no era buena idea mezclar las cosas durante el rodaje. —Vera soltó una risa sin humor—. Como coordinadora. Y como amiga. Con tu llave en el bolsillo.

—Vera…

—Y después fui a tu habitación y te usé para no pensar en eso. —Levantó los ojos—. Tenías razón. No fue para ti. Me diste la vuelta porque yo quería que me la dieras. Para no tener que verte la cara.

Darío alargó la mano y le cogió la suya. Estaba fría.

—El pulgar era para ti —dijo.

—Lo sé.

—Todo es para ti. Todo lo que hago en ese set.

Cada vez que la toco a ella, estoy pensando en ti.

Cada vez que me dices «más despacio» en el auricular, bajo más despacio por ti.

—Le apretó la mano—. Hoy, viendo a Marc, lo único que me ha jodido de verdad no ha sido que me quitaran la escena.

Ha sido oírte decirle a él «que se note que quieres».

Vera lo miró en la penumbra.

—¿Estabas celoso de Marc?

—Estaba celoso de tu voz.

Ella no se movió. Luego se inclinó hacia delante y lo besó.

* * *

Fue un beso lento, distinto del de la noche anterior. Sin rabia, sin prisa. Ella le cogió la cara con las dos manos y lo besó como se besa a alguien a quien se pide perdón. Darío notó que se le destensaban los hombros.

Y luego oyó otra cosa.

Desde el pasadizo, a unos metros, a través de la roca, llegaban voces. El equipo volviendo de fumar. Pasos. Alguien arrastrando un foco. La voz de Elena diciendo «dos minutos». La voz de Gonzalo, más lejos, discutiendo con Marc.

En aquella casa todo se oía.

Vera se separó de su boca. Tenía las pupilas muy abiertas y la respiración más rápida.

—Tenemos que volver —susurró él.

—Dos minutos.

—Vera.

—Me has dicho que estabas celoso de mi voz. —Ella bajó la mano por su pecho, por encima de la camiseta, hasta el pantalón. Lo encontró. Ya duro. Como siempre—. Te voy a dar mi voz.

Le desabrochó el pantalón. Le metió la mano dentro.

Darío apoyó la cabeza en la roca y apretó los dientes.

—Estás loca.

—Calla. —Ella se lo sacó del pantalón y lo cogió con la mano. Lo acarició de abajo arriba, mirándolo a los ojos—. Si haces ruido, nos oyen. Todo se oye en esta casa. ¿No te acuerdas?

Se acordaba. Se acordaba del grifo abierto, del baño, del gemido contra el antebrazo, y de que ella lo había oído todo a través de la piedra.

Vera acercó la boca a su oído. Y empezó a hablarle.

Muy bajo. Casi sin aire. Con la voz del auricular.

—Más despacio —susurró, y movió la mano más despacio sobre él—. Que se note que quieres.

Darío dejó de respirar.

Era su voz. La del set. La que llevaba un mes en su oreja dirigiendo su cuerpo sobre otra mujer. Y ahora lo estaba dirigiendo a él, sobre ella, con la mano, en un almacén a oscuras a seis metros del equipo.

—Quieto —susurró ella. Y él se quedó quieto, con las caderas pegadas al suelo de roca, aunque todo su cuerpo quería empujar contra su mano—. No te muevas. Respira. Más hondo.

Él respiró más hondo. Ella apretó la mano. Él tuvo que morderse el labio para no gemir.

Al otro lado de la roca, Gonzalo gritó algo sobre la luz. Alguien se rio. Elena llamó a Marc.

Vera bajó la cabeza.

Darío vio cómo los rizos se le escapaban del recogido y le caían a él sobre los muslos, cómo abría la boca, cómo se lo metía entre los labios. Caliente. Húmedo. Y tuvo que agarrarse a un saco de arena con una mano y meterse el puño de la otra en la boca para no gritar.

Ella lo chupó en silencio. Sin prisa. Con la mano y la boca a la vez, subiendo y bajando, tan despacio que era una tortura, que él notaba cada centímetro de su lengua.

Levantaba los ojos hacia él mientras lo hacía.

En la penumbra de la grieta del techo, lo miraba con la boca llena de él y esos ojos casi negros, y él supo que nunca, en toda su vida, iba a olvidar esa imagen.

—Vera —consiguió decir, contra su puño—. Vera, no voy a aguantar.

Ella se lo sacó de la boca. Lo siguió acariciando con la mano, mojado de su saliva. Se acercó a su oído otra vez.

—Mírame —susurró.

Él la miró.

—Ahí —dijo ella, con la voz del auricular—. Quédate ahí.

Y volvió a bajar la boca.

Darío se corrió en su boca con el puño entre los dientes, con la espalda clavada contra la roca negra y todo el cuerpo sacudido por espasmos que no podía sacar fuera, que se le quedaban dentro, en la garganta, en el pecho, en la mandíbula apretada, mientras a seis metros, al otro lado de la piedra, Elena gritaba «¡Volvemos! ¡Marc a su marca!».

Ella no se apartó. Lo tuvo en la boca hasta el final. Hasta que el último temblor se le fue de las piernas.

Después levantó la cabeza. Se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano. Lo miró.

Darío no podía hablar.

—Ya está —susurró ella. Le subió el pantalón con cuidado. Se lo abrochó. Le pasó una mano por el pelo, peinándolo—. Ahora sí tengo que volver.

—Vera…

—Darío. —Le puso un dedo en los labios—. Esto ha sido para ti.

Se levantó. Se colocó los auriculares. Se metió la camisa negra por dentro del pantalón y se alisó el pelo con las manos. Volvió a ser la coordinadora. Exactamente igual que antes.

Salvo una cosa.

Al llegar a la entrada de la cavidad, sacó algo del bolsillo del pantalón. Lo levantó a la luz del pasadizo. Un aro pequeño de plata.

Se lo puso en la oreja izquierda.

Y se lo tocó con dos dedos antes de desaparecer por el pasadizo.

* * *

Darío tardó cinco minutos en volver.

Cuando entró en la burbuja de la palmera, el equipo ya estaba otra vez apretado en la boca del túnel. Marc frente a Irene. Gonzalo detrás de la cámara. Vera junto al monitor, con los auriculares puestos y la carpeta abierta.

Darío volvió a su caja de material, al fondo, y se sentó.

—Acción —dijo Gonzalo.

Y Marc empujó a Irene contra la pared del túnel. Y esta vez lo hizo mejor. No bien, pero mejor. Vera le susurraba al auricular, y Darío la oía desde el fondo, muy baja, la misma voz que hacía diez minutos le había dicho «quédate ahí» con la boca llena de él.

No le importó.

Esta vez, la voz de Vera diciéndole a otro «más despacio» no le importó en absoluto. Acababa de oír esa misma voz hablándole solo a él.

—Corten —dijo Gonzalo—. Por fin. Esa nos vale.

El equipo aplaudió. Marc soltó el aire como quien acaba una maratón.

Y entonces Gonzalo se volvió.

No hacia Marc. No hacia Irene. Hacia el fondo de la burbuja, hacia la caja de material donde estaba Darío.

—Darío. ¿Dónde estabas en el descanso? Te he buscado para que le enseñaras a Marc cómo pones la mano. No te encontraba.

El equipo calló. Todos se volvieron hacia él.

—En el almacén —dijo Darío—. Me he quedado dormido.

Gonzalo lo miró un segundo de más.

Después miró, sin ninguna prisa, hacia el monitor. Hacia Vera.

Ella estaba revisando la toma en la pantalla, con los auriculares puestos, sin levantar la vista. Con un aro de plata en la oreja izquierda que por la mañana no llevaba.

Gonzalo sonrió.

—Ya —dijo—. Será el calor de la piedra. Da sueño.

Y se volvió hacia la cámara.

Darío siguió sentado en su caja con el corazón golpeándole en el pecho.

Al otro lado de la burbuja, Vera seguía mirando la pantalla. No levantó los ojos. Pero Darío vio, desde el fondo, cómo se le había ido el color de la cara.