Fuera de plano Capítulo 17
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Capítulo 17

Vera

Irene se lo dijo un miércoles, en el camerino, mientras Vera le quitaba las tiras adhesivas de las prendas de barrera.

Era un trabajo que Vera hacía a menudo y que nadie veía.

Al terminar una escena íntima, cuando el equipo salía y la actriz volvía al camerino con el albornoz, Vera la acompañaba.

Le preguntaba cómo estaba. La ayudaba con las barreras, que a veces se adherían de más a la piel y tiraban.

Le daba agua. La hacía hablar cinco minutos de cualquier cosa para que el cuerpo entendiera que la escena había terminado y que lo que acababa de pasar en esa cama no le había pasado a ella.

Ese día habían rodado la escena del sofá con la luz de tarde, otra vez, y había ido bien. Irene estaba relajada, se reía. Se sentó en la banqueta con el albornoz abierto mientras Vera despegaba con cuidado una tira de la cadera.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo Irene—. Como amiga. No como coordinadora.

—Claro.

—¿Tú crees que le gusto a Darío?

A Vera se le detuvo la mano sobre la tira adhesiva.

Fue medio segundo. Menos. Siguió despegándola con el pulgar, sin cambiar el ritmo, como había hecho cientos de veces.

—¿Por qué lo preguntas?

—No sé. —Irene se encogió de hombros. Se le había subido el color a las mejillas—. Es que es tan… distinto. A todos los que he conocido en un rodaje. No se aprovecha. No hace bromas. Me cuida. Lo del sofá con Gonzalo, ¿te acuerdas? Se sentó. Delante de todos. Por mí.

—Me acuerdo.

—Y cuando estamos rodando… —Irene bajó la voz—.

A veces lo miro y tiene una cara… No sé cómo explicarlo.

Como si estuviera en otro sitio. Como si estuviera pensando en algo que le duele mucho y le gusta mucho a la vez.

Y pienso que a lo mejor… —Se calló. Se rio, nerviosa—.

Bueno, a lo mejor es que actúa muy bien.

Vera terminó de despegar la tira, la dobló sobre sí misma y la tiró a la papelera.

Sabía exactamente qué cara era. La había visto la noche anterior a diez centímetros, en la oscuridad de la 312, mientras él se corría dentro de ella con los ojos clavados en los suyos.

—En El Golfo le pedí que bailara conmigo —siguió Irene— y me dijo que no sabía. Y luego no bailó con nadie. Estuvo toda la noche sentado mirando hacia donde estabais tú y Elena. Pensé que a lo mejor le daba vergüenza. Que es tímido.

—Puede ser.

—Y el sábado, en la gruta, cuando entrelazamos las manos en el agua, se pasó el pulgar por el labio antes de empezar. Así. —Irene lo imitó: el pulgar por el labio inferior, de un extremo a otro—. Y me miró. Bueno, miró hacia donde estaba yo. Y pensé… no sé. Pensé que era para mí.

Vera no movió un músculo.

El sábado, en los Jameos, Irene estaba de rodillas junto al lago, entre Darío y el monitor. En línea recta. Cuando él levantó los ojos hacia Vera y se pasó el pulgar por el labio, Irene estaba justo en medio.

—Vera.

—¿Sí?

—¿Me estoy montando una película?

Vera la miró. Veintiséis años. La cara que la cámara adoraba, la de alguien a punto de llorar incluso cuando sonríe. Los ojos brillantes, esperanzados. Mirándola a ella. A su coordinadora. A la persona en la que más confiaba de todo el rodaje.

Pensó en decirle la verdad, con las palabras exactas. No es para ti. Es para mí. Me lo hace a mí. Me acuesto con él desde el viernes, en la habitación 312, y el sábado en los Jameos me estaba diciendo que pensaba en mi boca.

No pudo.

—No lo sé, Irene —dijo—. No lo sé.

Había mentido. Sabía que el gesto del pulgar no había sido para Irene.

—¿Y si le invito a cenar? Algo tranquilo. Sin que sea nada. Solo para… ver.

Vera se levantó, fue a la mesa del camerino y le sirvió un vaso de agua de la botella, aunque Irene no se lo había pedido, porque necesitaba hacer algo con las manos.

—Como coordinadora —dijo, de espaldas, con una voz que sonaba exactamente igual que siempre—, te diría que no es buena idea. No durante el rodaje. Mezclar lo que pasa en una cama del set con lo que pasa fuera hace que todo se complique. Para ti. Para él. Para las escenas que os quedan.

Se volvió. Le tendió el vaso.

Irene lo cogió. La miró con una expresión que Vera no supo leer.

—¿Y como amiga?

Vera tardó demasiado en contestar.

—Como amiga, te diría lo mismo.

Irene tardó en asentir. Bebió un sorbo de agua.

—Vale —dijo—. Tienes razón. Gracias, Vera. De verdad. Siempre sabes qué decir.

Vera le sonrió. No supo cómo le salió la sonrisa.

* * *

Pasó la tarde con un peso en el estómago que no se iba.

A mediodía le había entrado un mensaje del arquitecto de Madrid.

¿Cuándo vuelves? Tengo mesa en el sitio de siempre cuando quieras.

Era un mensaje amable, sin prisa, de los que ella contestaba siempre en el día.

Lo leyó dos veces y no encontró nada que decirle.

Dejó el teléfono boca abajo. Llevaba tres semanas sin acordarse de que ese hombre existía.

En el set seguía siendo la misma. Dos metros. «Darío, a tu marca». «Gracias». Él se tocó el labio una vez, a media tarde, desde el otro lado de la burbuja de la palmera. Ella no se tocó el pendiente. Vio cómo él fruncía apenas el ceño, desconcertado, y apartó la vista.

Irene estaba junto al sofá, entre los dos.

Durante toda la tarde, Vera no pudo dejar de ver eso.

Que Irene siempre estaba en medio. En la cama, en el sofá, en el agua, en la gruta.

Que cada gesto que Darío le dedicaba a ella pasaba por el cuerpo de Irene antes de llegarle.

Que cada vez que ella le decía por el auricular «más despacio» o «ahí» o «quieto», era Irene la que recibía esas manos, esa boca, ese cuerpo.

Y que Irene había empezado a creer que todo eso era para ella.

A las siete, Elena la encontró en la escalera de caracol.

—¿Estás bien? Tienes mala cara.

—Estoy cansada.

Elena la miró un rato largo.

—Llevas desde el viernes con la mejor cara que te he visto en años —dijo—. Y hoy vuelves a tener la de antes.

Vera no contestó.

—No te pregunto nada —dijo Elena—. Ya sabes que no te pregunto nada.

Le apretó el brazo y siguió bajando.

* * *

Fue a la 312 a las once. Como todas las noches.

Él le abrió antes de que llamara. Estaba despierto, sentado en la cama con la lámpara de la mesilla encendida y un libro que no leía. Llevaba solo un pantalón de algodón.

—No te has tocado el pendiente en toda la tarde —dijo, nada más cerrar la puerta.

Vera no le contestó.

Se acercó, le puso las dos manos en el pecho y lo empujó contra la pared, junto a la puerta. No fuerte: lo justo. Él se dejó, sorprendido.

—Vera…

Ella lo besó.

No como las otras noches. Le metió la lengua sin aviso, le mordió el labio, le clavó las uñas en los hombros. Le bajó el pantalón con una mano mientras seguía besándolo, y lo encontró ya duro, como siempre, como desde el primer día, y lo cogió con la mano y apretó.

Él gimió contra su boca.

—Vera, espera, ¿qué…?

—No hables.

Se quitó el vestido por la cabeza. Debajo no llevaba nada, como desde la primera noche. Le cogió la mano a él y se la puso entre las piernas. Estaba mojada. No tanto como otras noches, pero estaba mojada, y se frotó contra sus dedos con los ojos cerrados.

—Ahora —dijo.

—Vera.

—Ahora, Darío.

Él la miró un instante más, sin moverse. Vera sostuvo su mirada. Luego le dio la vuelta, la apoyó contra la puerta, con las palmas abiertas sobre la madera y la mejilla contra ella, y entró en ella desde atrás, de una vez.

Vera soltó el aire.

Así. Así era lo que quería. Que la llenara del todo, que no le dejara sitio para nada más. Él la sujetó por las caderas y empezó a moverse, y ella empujó hacia atrás contra él, buscando más, más fuerte, más hondo, para que no quedara nada en su cabeza más que él dentro de ella.

—Más fuerte —dijo.

Él se lo dio más fuerte. La puerta golpeaba contra el marco con cada embestida.

Ella apretaba los dientes. El ruido seco de los cuerpos chocando.

Su respiración en la nuca de ella. Una mano de él que subió por su vientre y le cogió un pecho y le apretó el pezón entre los dedos, y la descarga le bajó hasta el clítoris como siempre, como todas las noches, el mismo hilo tenso.

Y aun así, debajo de todo, la cara de Irene.

¿Tú crees que le gusto?

—Más —dijo Vera—. Más.

Él le metió la otra mano entre las piernas y le encontró el clítoris. Lo frotó en círculos rápidos, sin delicadeza, como ella le estaba pidiendo con todo el cuerpo, mientras la follaba contra la puerta. Vera empezó a subir.

Cerró los ojos con fuerza.

Se pasó el pulgar por el labio y me miró. Pensé que era para mí.

Se corrió con la cara apretada contra la puerta.

Fue fuerte, físico, una contracción violenta alrededor de él que la dejó temblando, y gimió con la boca contra la madera para que no la oyeran en el pasillo.

Él siguió moviéndose dentro de ella hasta que se corrió también, con un gemido ronco contra su nuca y las manos clavadas en sus caderas.

No se movieron. Él, pegado a su espalda; ella, con las palmas en la puerta.

Había sido bueno. Su cuerpo lo sabía: le temblaban las piernas, le latía todavía el sexo, tenía la piel ardiendo. Había sido muy bueno.

Y estaba peor que antes de entrar.

Él salió de ella poco a poco. Le dio la vuelta con cuidado. Le apartó el pelo de la cara.

—Mírame.

Vera no lo miró. Miró su pecho. Su cicatriz.

—Vera. Mírame.

Ella levantó los ojos.

Darío la estaba mirando con una expresión que no le había visto nunca. No era indescifrable. Era preocupación.

—Eso no ha sido para mí —dijo él en voz baja.

—¿Qué?

—Lo que acabamos de hacer. No ha sido para mí. Ni para ti. Ha sido para no pensar en algo. —Le sostuvo la cara con las dos manos—. Lo he notado desde que has entrado. No me has mirado ni una vez. Has hecho que te diera la vuelta para no tener que mirarme.

A Vera se le cerró la garganta.

—No me pasa nada.

—No te has tocado el pendiente en toda la tarde.

—Estaba trabajando.

—Llevas desde el sábado trabajando y tocándotelo.

Ella se apartó de sus manos. Recogió el vestido del suelo. Se lo puso por la cabeza, de espaldas a él, con los ojos ardiendo.

—Estoy cansada, Darío. Solo eso.

—Vale.

—No me digas «vale».

—Te lo dije en Famara: ¿qué quieres que te diga?

Ella se volvió. Él seguía junto a la puerta, desnudo, con las marcas de sus uñas en los hombros. La miraba sin enfado. Esperando. Como esperaba siempre.

Podía decírselo. Ahora. Irene cree que le gustas. Irene cree que lo del pulgar era para ella. Irene va a invitarte a cenar y yo le he dicho que no lo haga, como coordinadora y como amiga, y le he mentido.

Abrió la boca.

En la mesilla, junto al libro, el móvil de Darío se iluminó.

Los dos lo miraron. La pantalla estaba boca arriba. Desde donde estaba, Vera leyó el nombre sin querer leerlo.

Irene

Y debajo, la primera línea del mensaje:

¿Te apetece cenar mañana? Algo tranquilo 😊

Vera no apartó la vista de la pantalla hasta que se apagó.

Después miró a Darío. Él también había leído. Tenía la boca entreabierta, el ceño fruncido. La miró a ella, y Vera tuvo la impresión de que él había visto en su cara que aquel mensaje no la sorprendía.

—Vera —dijo él, midiendo las palabras—. ¿Qué está pasando?

Vera cogió las sandalias del suelo.

—Contéstale tú —dijo.

Y salió de la 312 sin cerrar la puerta.

* * *

En su habitación, siete puertas más allá, se metió en la cama vestida.

No lloró. Siguió tumbada a oscuras, con la ventana cerrada por primera vez desde que había llegado a la isla, para no oír nada. Para que no la oyera nadie.

Llevaba todavía en el cuerpo lo que acababa de pasar. El temblor en los muslos. El latido entre las piernas, ahora sordo, casi doloroso. Las marcas de los dedos de él en las caderas, que mañana serían moratones. Su sabor en la boca.

Había sido de los mejores orgasmos de su vida.

Y no le había servido para nada.

Le vibró el móvil sobre la mesilla. Lo miró. Un mensaje.

Darío: No voy a ir a cenar con ella. Pero tampoco voy a dejar que esto se quede así. Mañana hablamos. Fuera del set.

Vera lo leyó dos veces.

Debajo, unos segundos después, otro.

Darío: Y tócate el pendiente, aunque sea una vez. Para que sepa que sigues ahí.

Vera apagó el móvil y lo dejó boca abajo.

Tardó mucho en dormirse. Y cuando por fin se durmió, con la primera luz entrando por las rendijas de la persiana, lo último que hizo, casi sin darse cuenta, fue llevarse dos dedos al lóbulo de la oreja izquierda.

No llevaba el pendiente. Se lo había quitado al salir de la 312.

Se tocó la oreja igual.