Fuera de plano Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Entonces estamos empatados —dijo él al fin—. Yo te oí en la bañera. Tú me oíste en el baño.

—Empatados.

—Pero yo no te lo dije a la cara en una piscina con esa sonrisa de mala.

—No tenía ninguna sonrisa de mala.

—Tenías la sonrisa más de mala que he visto en mi vida.

Ella le mordió el hombro. Él la tumbó de espaldas. Y no hablaron de nada más hasta las cinco.

* * *

La cuarta noche ella no fue a la 312.

Le mandó un mensaje a las once.

Vera: Baja al aparcamiento. Coge una chaqueta.

Darío bajó. Ella lo esperaba junto al coche gris de producción, con unos vaqueros, un jersey grueso y una manta doblada bajo el brazo. Tenía las llaves en la mano.

—¿Adónde vamos?

—Fuera del hotel. —Vera abrió la puerta del conductor—. Estoy harta de morder almohadas.

Condujo ella. Salieron de Playa Blanca por la carretera de la costa oeste, una cinta negra entre la lava y el mar, sin una sola luz en kilómetros salvo los faros y la luna.

Una luna casi llena, enorme, blanca, que lo plateaba todo: las coladas de lava, los conos de los volcanes, el mar.

Darío no preguntó. La miraba conducir. El perfil, la mandíbula, las manos en el volante, el pelo recogido en un moño que el viento colándose por la ventanilla deshacía poco a poco.

Veinte minutos después, ella se desvió por una pista de tierra, detuvo el coche y apagó los faros.

—¿Qué haces?

—Mira.

Darío miró.

Abajo, en una hondonada entre las montañas y el mar, había un tablero de ajedrez de agua.

Cientos de estanques rectangulares, pequeños, perfectos, separados por muros bajos de piedra, que se extendían hasta casi tocar la playa.

A la luz de la luna, cada estanque era un espejo.

Algunos eran blancos, cubiertos de una costra de sal que brillaba como nieve.

Otros tenían el agua todavía líquida y reflejaban la luna, el cielo, las estrellas.

Otros, al fondo, tenían un tono rosado que ni la noche conseguía apagar.

Y alrededor, montañas negras y el mar rompiendo contra la playa con un ruido lejano y constante.

—Las salinas de Janubio —dijo ella—. Me lo contó Elena. Hace más de cien años sacaban de aquí la sal para conservar el pescado de toda la isla.

—Es…

—Ya lo sé.

Bajaron del coche. Hacía frío. El viento, al abrigo de las montañas, era menos fuerte que en Playa Blanca, pero traía el olor del mar y de la sal, un olor limpio, mineral. Vera cogió la manta y echó a andar por un camino de tierra que bordeaba el perímetro de las salinas. Él la siguió.

No había nadie. Ni una luz, ni un coche, ni una casa. Solo los estanques plateados, el ruido del mar y sus pasos sobre la tierra.

Ella se detuvo junto a un muro de piedra, en un ensanche de tierra desde el que se veían dos estanques al otro lado. Uno estaba cubierto de sal blanca, cristalizada. El otro estaba lleno de agua quieta, negra, con la luna dentro.

Extendió la manta sobre la tierra, junto al muro.

—Aquí —dijo.

—¿Aquí?

—En el set, nada. —Vera se quitó el jersey por la cabeza. Debajo no llevaba nada. A la luz de la luna, su piel tenía el color de la sal—. Esto no es el set.

Darío dejó de pensar.

* * *

Fue distinto de todas las noches en la 312.

No había que morder almohadas. No había que contener nada. No había paredes finas, ni pasillos, ni Elena pasando a las seis. Solo el cielo negro lleno de estrellas, la luna, la sal y el mar.

Ella lo desnudó sin prisa, de pie, junto al muro de piedra.

Le quitó la chaqueta, la camiseta, le desabrochó el vaquero con los dedos fríos, y cada vez que su piel quedaba al aire el viento se la erizaba, y ella le besaba la piel erizada como si quisiera calentarla con la boca.

Él le quitó los vaqueros. Tampoco llevaba nada debajo.

—Nunca llevas nada debajo —dijo él, con la voz ronca.

—Desde la primera noche no.

—¿Desde entonces?

—Desde entonces. —Ella se rio contra su cuello—. Ni en el set. Ni el sábado en los Jameos. Ni hoy con Irene en la cama. Todo el día con la carpeta en la mano, diciéndote «a tu marca», y nada debajo.

A Darío se le fue la cabeza.

La tumbó sobre la manta. El suelo era duro bajo la tela, de tierra y piedra pequeña, y a ella no le importó. Se colocó encima de ella y la besó, y ella le rodeó la cintura con las piernas, y él la sintió ya mojada, caliente, abierta contra su polla, como si llevara todo el día esperando eso.

Probablemente lo llevaba.

Él bajó por su cuerpo. Por el cuello, por los pechos, que tenían los pezones duros por el frío y por él, y que él lamió hasta que ella le hundió las manos en el pelo.

Por el vientre. Por la cicatriz de la cadera, que besó de un extremo a otro como ella besaba la de sus costillas. Le abrió las piernas sobre la manta.

Ella estaba empapada. Brillaba a la luz de la luna, hinchada, abierta, y él la lamió lento, toda la longitud, de abajo arriba, y la oyó gritar.

Gritar de verdad. Sin almohada. Sin mano en la boca. Un grito largo que se fue por encima de las salinas, por encima de los muros de piedra, hacia el mar, y que nadie oyó salvo él y las estrellas.

Él siguió. Con la lengua en el clítoris, en círculos lentos, luego más rápidos, con dos dedos dentro, curvados, buscando el sitio que ya conocía de memoria.

Ella se retorcía sobre la manta, con las manos en su pelo, con los talones clavados en su espalda, gritando cosas que no eran palabras.

Y cuando se corrió, se le arqueó todo el cuerpo hacia el cielo y gritó su nombre, y el eco se lo devolvió desde las montañas.

—Darío.

Él subió por su cuerpo. Entró en ella de una vez, hasta el fondo, mientras ella todavía temblaba.

Y la folló bajo la luna, al borde de las salinas de Janubio, sobre una manta de producción, con un estanque de agua negra al otro lado del muro, reflejando la luna.

Despacio al principio, mirándola a los ojos, con las estrellas reflejadas en las pupilas de ella.

Luego más rápido. Luego con toda la rabia de tres días de señales, de pendientes y pulgares, de «a tu marca» y «gracias», de dos metros de distancia en un set lleno de gente.

Ella lo empujó. Lo tumbó boca arriba sobre la manta y se subió encima.

Y lo cabalgó con el cielo detrás. Con la melena suelta al viento, con los pechos moviéndose a la luz de la luna, con las manos apoyadas en su pecho y la cabeza echada hacia atrás, mirando las estrellas.

Darío la miraba desde abajo y pensaba que nunca, en toda su vida, había visto nada parecido.

Que ningún director de fotografía, en ningún rodaje, con ningún presupuesto, podría haber iluminado aquello.

—Vera —dijo.

Ella bajó la cara y lo miró.

—Dime.

No supo qué decirle. Tenía demasiadas cosas en la boca y ninguna cabía en una frase.

—Nada —dijo—. Mírame.

Ella lo miró. Y se movió más deprisa sobre él, sin dejar de mirarlo, y él le cogió las caderas y empujó desde abajo, y se corrieron casi a la vez, ella primero, apretándose a su alrededor con un gemido largo y roto, él un segundo después, con su nombre en la boca y los ojos clavados en los suyos.

Después ella se dejó caer sobre su pecho. Él tiró de un borde de la manta para taparlos a los dos.

Se quedaron así mucho tiempo. Desnudos bajo la manta, sobre la tierra, junto al muro de piedra, con el estanque de sal al otro lado. El mar rompía a lo lejos. La luna cruzaba el cielo. Hacía frío y no les importaba.

—¿Darío?

—Dime.

—¿Qué vamos a hacer cuando termine el rodaje?

Él calló. Le pasó la mano por el pelo, desenredándole un rizo con los dedos.

—No lo sé.

—Yo tampoco.

—Me han ofrecido una en Hungría. En marzo. —Lo dijo mirando el cielo—. Una de guerra. No he contestado.

—¿Por qué no?

—Porque hasta hace nada decía que sí a todo sin mirar el mapa.

Ella no dijo nada. Él le notó la respiración contra el pecho, un poco más corta.

—Quedan cinco semanas.

—Cinco semanas.

Ella se acomodó más contra su pecho.

—No quiero pensarlo ahora —dijo.

—Entonces no lo pienses.

Ella no volvió a hablar del tema. Él sí lo pensó.

Miró las estrellas sobre las salinas, con el peso de ella encima y el olor de la sal en el aire, y pensó en cinco semanas, en un hotel con las paredes demasiado finas, en un set lleno de gente, en Gonzalo detrás de la cámara apuntando nombres en una lista.

Pensó que nunca había tenido tanto que perder.

Y que, por primera vez en veinte años, no le importaba que alguien le viera la cara.